Capítulo 11
Jordan
Al cartel de la puerta del despacho en Capitol Hill le ponen mi nombre solamente los martes y los jueves. Los otros días le ponen el de la terapeuta con la que comparto consulta. Una mujer a la que ni siquiera conozco en persona y eso que llevo aquí tres semanas.
En el alféizar he colocado las dos macetas que rescaté de mi despacho de las Seattle Emeralds.
Supongo que es un pequeño gesto que debería ayudar a sentirme como en casa, pero que no lo hace en absoluto.
No he colgado ningún diploma, aunque debería.
De algún modo, inconscientemente pienso que estoy solo de paso.
Los martes por la mañana superviso a un residente que toma muchas más notas de lo que sería necesario y pregunta todo el tiempo si lo está haciendo bien.
Los jueves doy un taller de gestión del estrés para los empleados de un banco.
Vienen obligados por la dirección y la última vez varios se durmieron en el segundo ejercicio de respiración.
Preferí dejarlo pasar y no tomarlo como algo personal.
No es como trabajar para las Seattle Emeralds, pero entre la consulta y el taller me da para llegar a fin de mes.
Eso sí, tengo mucho más tiempo libre. Esa debería ser la parte positiva y es lo peor de todo, porque mi mente no para de darle vueltas a la situación.
Me pasé seis temporadas diseñando un programa desde cero para el mejor equipo de la liga, y ahora empiezo otro, más pequeño, sin el presupuesto de un club grande detrás.
Me repito a mí misma que esto es algo temporal.
Es la misma palabra que llevo usando desde que escribí la carta de renuncia y todavía no me la creo.
El correo de Recursos Humanos del club entra a las cinco, cuando ya he cerrado la puerta detrás del último paciente del día.
Asunto: Revisión interna, cierre de expediente.
Lo leo de pie frente al ordenador, con el abrigo ya en la mano.
Todo bien documentado; se ve que Drummond ha puesto a funcionar a los abogados por si las cosas se tuercen.
Adjuntan un resumen de dos párrafos: no hubo ninguna relación clínica de manera individual con la jugadora y el protocolo se siguió en cada paso.
Firma alguien del departamento legal al que nunca le he puesto cara.
***
Cuando llego al restaurante, mi hermana Beth ya está sentada a la mesa, con el abrigo colgado del respaldo igual que hacía cuando éramos adolescentes, como si necesitase tenerlo siempre cerca por si hay que salir corriendo.
Ha cumplido los treinta en marzo, es media cabeza más baja que yo, pero desde siempre ha tenido la virtud de decir las cosas a la cara tal como las siente, sin edulcorantes.
—¿Te has cortado el pelo?
—Joder, Jordan, eso fue hace dos meses. Vaya ojo clínico de mierda tienes —bromea.
—¿Has hablado con mamá? —pregunto en algún punto entre el pan y la carta.
—El domingo. No más de diez minutos.
—¿Cómo estaba?
—Bien. Bueno, ya sabes cómo es nuestra relación, no hablamos de nada personal.
Todo giró alrededor de las plantas del jardín, o del vecino nuevo que se ha mudado a la casa de la derecha.
Nuestras conversaciones semanales se reducen más o menos a eso, aunque supongo que es mucho más que las tuyas con ella, que no existen.
Solo asiento y acepto la crítica. No se puede decir que nuestra madre pudiese ser candidata para ningún premio como madre del año. Todavía no entiendo cómo mi hermana y yo salimos normales.
Pedimos y Beth me cuenta un caso que está llevando, haciendo continuas pausas y parpadeando para no ponerse a llorar.
Un crío de siete años en una casa de acogida nueva y un juez que no ha prestado atención a los informes que preparó.
Me dice que se plantó delante de su despacho y le dijo a voces que si le pasaba algo a ese niño, se encargaría de que saliese en todas las televisiones del país. El juez no se lo tomó muy bien.
—¿Cuántas plantas tienes ahora, contando las del despacho? —pregunta para cambiar de tema mientras bebe un trago de agua.
—Doce.
—Guau. Doce plantas a las que cuidar y sigues sin una persona que te cuide a ti.
—Las plantas no discuten —gruño, aunque ella solamente niega con la cabeza.
Hemos tratado este tema muchas veces. Según su teoría, siento la necesidad de cuidar a todo el mundo, pero no dejo que nadie cuide de mí. También según su teoría, eso viene del modo en que nuestra madre nos educó, básicamente ignorándonos.
Le pregunto por el piso nuevo y por si sigue saliendo con la misma pareja. Trato de ejercer de hermana mayor, aunque ya no funciona.
—¿Y qué tal en el club? —pregunta cuando dejan el segundo plato en la mesa—. ¿Iris sigue volviéndote loca los jueves?
—Ya no.
—¿Ya no te vuelve loca o ya no va los jueves?
—Ya no trabajo allí —suelto, dejando escapar un suspiro.
Se queda con la boca abierta y deja muy despacio el tenedor sobre el plato.
—¿Desde cuándo? ¿Por qué no me dijiste nada? —pregunta, mirándome a los ojos.
Desvío la mirada porque en el fondo no tengo ninguna explicación para la segunda pregunta. No sé por qué no le dije nada, supongo que por no explicar lo que tendré que explicar ahora.
—Lo dejé hace tres semanas.
—¿Y me entero así, en mitad de una cena y solo porque he preguntado por Iris?
No contesto y muerdo mi labio inferior, lo que ya es en sí mismo una respuesta.
—¿Por qué, Jordan?
—Es largo.
En realidad, no lo es. Cabe todo en una sola frase, la misma que le di a Tessa: no puedo dirigir un programa de salud mental mientras siento algo por una jugadora, aunque no haya pasado nada. Se lo digo así, tal cual, sin nombres.
—¿Y estás bien? —pregunta, bajando la voz e inclinándose hacia delante.
—Razonablemente bien, supongo —confieso.
El camarero deja la cuenta entre las dos, dentro de una carpetita negra. La cojo yo, meto la tarjeta sin mirar el total y se la devuelvo antes de que a mi hermana le dé tiempo a llegar a su bolso.
—Lo estás haciendo de nuevo, lo sabes, ¿verdad?
—¿El qué?
—Pagar un precio enorme como un castigo que te pones a ti misma, y no me refiero a esta cena.
El restaurante se vacía despacio a nuestro alrededor. Quedan dos mesas, una vela casi consumida en cada una y un camarero que ya ha dejado de fingir que no tiene prisa.
Durante el postre, Beth vuelve a la carga.
—¿Te acuerdas de aquel recital en el colegio? Creo que yo iba a sexto.
Sé exactamente a qué recital del colegio se refiere porque solamente hubo uno que importó.
—Mamá estaba mal esa semana —murmura Beth.
—Ya, bueno, mamá estaba mal casi todas las semanas de aquel año. Aun así, te dije que iría a verte y sabía que te estaba mintiendo.
—Yo sabía que me estabas mintiendo —admite mi hermana—, que mamá no iría a verme, pero esperaba que tú sí lo hicieses. En el escenario te busqué entre las caras del público una y otra vez hasta que se terminó.
Sujeta la cuchara con las dos manos, como si necesitase sostener algo entre los dedos.
—Cuando llegué a casa, la cena estaba hecha —dice—.
Siempre pensé que aquel día no fuiste porque no te importaba para nada mi recital.
Luego comprendí que te habías quedado en casa para prepararme una cena especial, porque mamá se había encerrado en su habitación.
Solo que quizá podías haberme explicado algo y así no habría tenido que deducirlo yo sola.
Ese es tu problema. Cuidas a la gente, te pones a ti misma castigos que no te corresponden y no explicas nada a los demás.
Me quedo en silencio. De nuevo, desvío la mirada para no tener que mirarla a los ojos.
—Di algo, por favor —pide Beth.
—Supongo que tienes razón —reconozco bajito—. Pero es complicado.
—Pues hazlo menos complicado y sé feliz de una vez, por favor —dice, apretándome la mano y dedicándome una sonrisa.