Capítulo 10
Noa
Amara se pone a hablar antes incluso de que me quite el abrigo.
—La semana pasada quizá fui un poco más rápido de lo que debía —admite—. Hoy vamos a ir algo más despacio, a tu ritmo.
Lo suelta de manera casual, como quien avisa de que quizá llueva esta noche. No pone cara de pena ni es una disculpa formal.
El otro día salí de la consulta con una sensación rara, no sabía si era consciente de que se había pasado de frenada o si siempre era así de directa con todas sus pacientes.
Supongo que no estoy muy acostumbrada a que la gente asuma sus errores y se quede tan tranquila. Es como debería ser, pero he crecido viendo a mi padre corregir a todo el mundo sin jamás corregirse a sí mismo.
La campanilla de la tienda de bicicletas de abajo suena cada vez que entra un cliente y se escucha desde aquí. En la sesión anterior no lo noté, pero esta tarde ya van cuatro veces.
—¿Qué cosa importante no hiciste esta semana?
Es una pregunta rara. Los otros psicólogos siempre quieren saber lo que hice, o lo que debería haber hecho mejor, no lo que no hice.
Tardo en responder. En la calle, un autobús se detiene casi debajo de la ventana y un grupo de estudiantes se baja cantando una canción que no conozco.
—Esta semana no llamé a mi padre por teléfono.
Decirlo en voz alta cambia bastante las cosas porque suena a lo que de verdad es; una decisión y no un olvido.
—Interesante. ¿Y qué tal te fue eso?
—No te sabría decir —admito, encogiéndome de hombros.
No insiste. No sigue tirando del hilo como hacían otros psicólogos deportivos. Hablamos de que duermo poco, de que los ataques de ansiedad suelen llegar por la noche. Le digo que los que sufro desde que estoy en Seattle son más fuertes que los de antes y ella me escucha con calma, tomando notas.
***
En el entrenamiento del martes recibo un balón de espaldas, con una central casi pegada a mi cadera y otra cerrándome por dentro. El balón llega botando, de esos que son incómodos de controlar, de los que te dan ganas de devolver a la primera y quitártelo de encima.
Doy un toque para orientarme, la cabeza arriba, veo el hueco y envío el balón tenso y a media altura.
Iris lo coge en carrera y lo envía directo a la red con una volea, sin ni siquiera controlarlo antes.
—¡Buah, Inglesa, eso sí que es un pase! —grita—. ¿Habéis visto qué buena asistencia? ¡Es mía, la inglesa es mía! — dice mientras viene corriendo con los brazos abiertos, como si estuviésemos jugando la final de los playoffs en vez de un partidillo en el entrenamiento.
Se me cuelga del cuello y me río, y eso que hace semanas que no me río con nada.
Cuando salgo de la ducha, el vestuario está casi vacío. Solo queda Zoe, sentada en el banco, con un zapato puesto y el otro en la mano, mirándolo como si no supiese qué hacer con él.
—¿Te puedo contar una cosa? —pregunta—. Pero no quiero que me des un consejo, solo necesito que me escuches.
Asiento mientras deja el zapato en el suelo, entre sus pies.
De pronto se abre conmigo. Me cuenta que este año le vence el contrato.
Que le está costando ser madre y adaptarse a los entrenamientos y los continuos viajes y que cuando Wesley empiece el colegio será más complicado.
Dice que, por primera vez, se ha dado cuenta de que su último partido está más cerca que lejos y eso fue un golpe muy duro.
—A mí me costó un año admitir que necesitaba ayuda —confiesa—, y eso que tenía a todo el equipo empujándome y las conocía bien a todas.
No le digo que, en mi opinión, todavía le quedan muchas temporadas en las piernas, o que es la mejor capitana que he tenido en mi vida, aunque las dos cosas sean verdad. La escucho, que al fin y al cabo es lo que me ha pedido.
Y mientras lo hago, me doy cuenta de que nunca había hecho esto. Yo siempre fui la que da lo justo, la que se encierra en sí misma para no crear auténticas amistades en el vestuario y así evitar que me pregunten por mi vida.
—Gracias, Inglesa —dice al salir.
El aparcamiento está prácticamente vacío cuando abandono las instalaciones del club, pero ojalá hubiese estado lleno para no ver la imagen que me deja helada.
Jordan cruza hacia su coche con una caja de cartón de la que asoman un par de plantas: un cactus y algo de hojas largas que se doblan con el viento. Abre el maletero con el codo y la coloca con cuidado.
Ha abandonado el programa y el club. Iris me dijo una vez que cuidaba a la gente sin que se notase, y empiezo a recordar los pequeños detalles; la servilleta con la dirección de la cafetería, la silla en una zona discreta en nuestra primera sesión con el equipo para no ponerme en el foco de atención. Ahora se va por mi culpa.
Cierra el maletero, se sube al coche y arranca bajo la lluvia y justo en ese momento deja un vacío en mi interior que no soy capaz de comprender.
Por un instante estoy a punto de hacerle una seña para que espere, pero mi teléfono suena. Doy por hecho que es Callum, o quizá Iris para invitarme una vez más a una cena a la que no voy a ir.
Es mi padre.