Capítulo 9
Jordan
La carta lleva en el cajón desde el lunes. La escribí el domingo, de una sola sentada, porque tenía muy claro lo que había que decir. A la mañana siguiente, en vez de dejarla sobre la mesa de Tessa, la guardé debajo de una caja de clips que ya no uso nunca.
El martes sigue ahí y el miércoles también.
Lo peor de todo es que no es indecisión, porque la decisión está tomada. En realidad, no puedo hacer otra cosa, hacerla iría contra las reglas de la ética.
La que espera soy yo, buscando el modo de que esto salga bien para todos y no solo para mí.
Diseñé este programa desde cero cuando llegué a las Seattle Emeralds hace seis temporadas.
Ahora hay un protocolo bien formado y casi todas las jugadoras del equipo han pasado por mi despacho.
Y todo se complica precisamente con la jugadora por la que acabamos de pagar una cifra récord.
La misma a la que llevé a su casa hace dos semanas mientras no quería soltar su mano.
La misma en la que no he podido dejar de pensar desde ese momento.
Técnicamente, no hay ninguna relación clínica que cortar. Noa Reeves nunca llegó a ser mi paciente; el intake lo hizo Valeria y el seguimiento es voluntario y nunca lo pidió. Éticamente es otra cosa porque soy yo la que dirige los servicios de salud mental del club.
Una recusación me evita posibles problemas. Aun así, llevo toda la semana repitiéndome a mí misma que puedo gestionarlo, que soy capaz de mantener una distancia profesional con Noa, porque todavía no ha pasado nada entre nosotras y porque somos dos mujeres adultas que sabemos poner límites.
El viernes, Tessa lee mi carta de dimisión sin apenas poder creérselo. Hace varias pausas, la lee de nuevo y, cuando termina, la deja sobre la mesa, apoyando dos dedos sobre ella como si se fuese a escapar a algún sitio.
—¿Esto es una decisión ética o una huida? —suelta, alzando las cejas.
—Obviamente, es una decisión ética. Creo que es lo correcto —me defiendo.
—Has contestado muy rápido.
—Llevo una semana pensándolo.
Se inclina hacia delante y me señala con el bolígrafo.
—Sabes que legalmente no es necesario, ¿verdad?
Podrías quedarte. Recusas cualquier trato con Noa y dejas que Valeria lleve el seguimiento o terapia si lo solicita.
No has incumplido ningún protocolo, nadie te está echando de aquí.
Esto es de locos, Jordan. Llevas seis años en el equipo y las jugadoras están encantadas contigo.
No entiendo lo que se te está pasando por la cabeza para dimitir.
—Aunque legalmente pueda quedarme, no puedo dirigir el programa mientras siento lo que siento cada vez que la veo.
No puedo fingir que una recusación resuelve lo que empiezo a sentir, y tú lo ves igual que yo.
Tú has tenido una situación algo similar con Zoe hace unas temporadas, pero siendo salud mental, es muchísimo más serio.
Tessa se lleva una mano a la nuca. No me recuerda que fui yo la que escribió el manual que ahora me aplico a mí misma, aunque las dos lo estamos pensando.
—Drummond va a preguntar por qué lo haces —dice al fin.
—Por motivos personales. Lógicamente, no voy a explicarle a nadie que he empezado a sentir algo por una jugadora, porque ni siquiera sé si ella también lo siente. De todos modos, Valeria lleva año y medio dentro del programa, está bien formada. La transición es natural.
—Me sigue pareciendo una gilipollez. ¿Qué quieres que te diga? Estás asumiendo un sacrificio enorme, esto suena más a huida que a cualquier otra cosa. O a un castigo por sentir lo que sientes, y eso lo entiendo todavía menos.
—La decisión está tomada —insisto.
—¿Y qué vas a hacer cuando salgas de aquí?
—Tengo una opción provisional en Capitol Hill. Llegaré a fin de mes, no te preocupes.
Alza las cejas y ladea la cabeza. Ambas sabemos que no preguntaba solo por el trabajo.
—Lo estoy gestionando, ¿vale? Estaré bien. No llegó a pasar nada —le recuerdo.
***
El lunes hago el traspaso de todos los casos a Valeria, aunque más o menos está al día.
—Iris se sienta a hablar de cualquier cosa, pero no la cortes, porque es lo que necesita. Eso le ayuda mucho. Jade cumple al pie de la letra todo lo que le digas, así que ten mucho cuidado con cómo lo dices. Es muy supersticiosa.
Y así una jugadora detrás de otra. Al menos las que pasan de manera individual por los servicios de psicología deportiva del club, que son casi todas.
Dejo a Noa para el final y hago una pausa.
—Sabes que lleva con psicólogos deportivos desde los trece años, así que sabe manejar la situación. Casi seguro que no va a pedir seguimiento. Le hemos pasado el contacto de la doctora Osei, pero no creo que la llame.
Una hora más tarde, cuando estoy a punto de irme, Iris entra sin llamar y cierra con un portazo.
Pero hoy no dice “Buah”, se me queda mirando con las manos en los bolsillos del chándal.
—Me ha dicho un pajarito que te vas —murmura, mirando hacia el suelo.
—Sí.
Mira a la estantería, a la ventana, a cualquier cosa que no sea yo.
—Esto es una mierda, joder.
—Estarás bien, Iris. Valeria es una gran profesional.
—Vine la primera vez porque Zoe me lo mandó en un mensaje —dice, frotándose las manos en el pantalón—. No sabía ni por qué estaba aquí y me quedé cuarenta minutos hablando contigo. Te voy a echar de menos.
Antes de que pueda contestar, rodea la mesa y me abraza. Iris abraza como lo hace todo: sin pedir permiso y con más energía de la necesaria.
Cuando se aparta, se limpia la nariz con la manga.
—Quizá tú también necesitas hablar con alguien —dice de pronto—. Yo escucho fatal, pero puedo intentarlo.
—Gracias, Iris.
—La inglesa nos tiene a su lado, solo que todavía no lo sabe. Bueno, eso. No desaparezcas del todo, ¿eh? Como tenga que ir a buscarte, voy a ser muy pesada —me advierte antes de salir.