Capítulo 8
Noa
Cuando acabamos el entrenamiento del jueves, me quedo tirando faltas hasta que el chico del material recoge los conos a mi alrededor y me mira mal.
Las que fallo las repito hasta que entran.
No es que falle mucho, es que estar aquí sola mantiene mi mente ocupada y es mejor que entrar en el vestuario con las demás.
Llevo así toda la semana. Llego la primera al complejo todos los días. El vigilante ya me conoce desde hace tiempo.
Estoy entrenando bien, corro, me ofrezco, doy buenos pases. En el gimnasio, hago las series enteras y alguna más. No me escaqueo como Iris o Tina. Si alguien me pregunta qué tal estoy, le digo que muy bien y me marcho rápido para que no insistan. Nadie puede quejarse de mí esta semana.
Lo de Jordan Hayes es otra cosa muy diferente.
No la miro. Me he propuesto no mirarla y no lo hago. Me ha dejado muy claro que para ella soy un problema.
Pero siempre sé dónde está.
Se sienta en una mesa en la esquina de la cafetería, normalmente con Tessa y Zoe, otras veces ella sola. Ahora he decidido comer dando la espalda a esa mesa, sin levantar la vista del plato. Y lo hago deprisa. Lo peor de todo es que odio saber el motivo.
El martes la veo al fondo del pasillo hablando con Valeria y giro por el gimnasio para no cruzarme con ella. Cualquier persona normal habría pasado a su lado y dicho un “hola” un poco seco. Y algo dentro de mí me impide hacerlo.
Me apartó de su programa. Me lo dijo de manera educada, con cuidado y buenas palabras. Pero me lo dejó muy claro: soy demasiado lío.
Las dos sabemos lo que pasó en el coche. No cruzamos ninguna línea prohibida, pero los sentimientos estaban ahí. Es inútil negarlo. En su despacho le di la oportunidad de explicarlo, y eso es raro en mí. Dudó y no me contestó del todo.
“Es por hacer bien las cosas”, dijo.
Lo raro es que ahora noto su ausencia. Como cuando alguien se lesiona y al tercer día empiezas a notar el hueco en el vestuario.
Me jode echarla de menos y al mismo tiempo verla a diario.
Y eso que no llegó a pasar nada entre nosotras, así que supongo que es un modo bastante tonto de echar de menos a alguien.
Iris me espera a la salida del gimnasio.
—Buah, Inglesa, qué cara traes, ¿eh? ¿Otra vez sin dormir?
Ya te dije que el primer mes es así, luego ya no te quieres marchar.
Oye, esta noche cenamos en un sitio nuevo que ha encontrado Tina.
Vente con nosotras, comes tres cosas y te vas cuando quieras, no te obliga nadie.
Bueno, yo un poco, pero es por tu bien. ¿Te vienes?
—Hoy no puedo —respondo un poco seca.
—Tú misma. Pero un día de estos me dices que sí, ¿vale? Que ya somos amigas y las amigas cenan juntas. Y no me pongas esa cara, que si no te apetece salir pedimos comida a domicilio y cenamos en tu casa. Hasta si quieres podemos ver en la tele algún partido de la liga inglesa. Bueno, eso.
Se va por el pasillo antes de que conteste, llamando a gritos a Tina y Jade, que están casi en la salida.
***
El ataque de ansiedad me llega esa misma noche, en casa, a oscuras, sin partido ni vestuario ni nadie delante, que se supone que era lo que los provocaba.
Me despierto a las cuatro y media con todo el cuerpo temblando.
La losa en el pecho. El aire pasando por un agujero pequeño.
Ya me sé de memoria lo que se siente, pero eso no lo hace más fácil, en todo caso lo complica más porque conozco lo mal que se pasa.
Me siento en el suelo, abrazo las rodillas, trato de respirar y espero a que se acabe.
Tarda más de lo que me gustaría, pero siempre pasa.
Porque lo que no les conté a Jordan ni a Tessa es que el de las duchas no fue el primero.
He tenido otros. Los llevo teniendo desde que empecé la adolescencia.
Casi todos a solas, las noches antes de los partidos.
A veces, también el día del partido, tras analizarlo con mi padre.
Esos días, me encerraba en mi habitación, decía que iba a leer y fui poco a poco aprendiendo a que nadie lo notase, igual que se aprende todo. Con práctica.
Los de ahora son más intensos.
El viernes hay otra botella de agua en mi taquilla. La segunda. Sin nota, como la primera. Zoe Méndez pasa por delante con las botas en la mano, me guiña un ojo y no dice nada.
En este equipo, parece que la gente te cuida sin decirte nada, salvo Iris, que no calla.
La meto en la bolsa y sigo.
Llamo a la doctora Osei nada más salir de la ducha.
***
La consulta de la nueva psicóloga deportiva está en Fremont, en una primera planta, encima de una tienda de bicicletas. Antes de entrar, doy dos vueltas a la manzana despacio, buscando la motivación necesaria para hacerlo, porque llevo con psicólogos deportivos desde los trece.
—¿De dónde eres? —pregunta, supongo que para romper el hielo porque lo tiene escrito en el informe.
—De Guildford. Surrey.
—Yo estudié en Edimburgo. Cuatro años. Llovía menos que aquí, aunque no por mucha diferencia.
Se me escapa una pequeña risa y eso ya es bastante raro en mí cuando estoy con una psicóloga. Hablamos de Escocia, del viento y de la comida de Edimburgo.
—¿Y qué te trae por mi consulta? —pregunta cuando ve que ya estoy más relajada.
—Un ataque de ansiedad —confieso—. Antes de uno de los partidos.
Miento un poco. No añado que también me dan sin partido y que no han empezado este mes, pero si hace bien su trabajo, lo descubrirá pronto. De momento, doy lo justo. Nunca doy más de lo que me preguntan, es una manía que tengo desde que empecé a acudir a este tipo de consultas.
Me pide que le cuente lo del vestuario. Jordan le ha pasado la información justa: la fecha y lo que ocurrió, nada más. Se lo cuento como si estuviese narrando un partido de fútbol.
—¿Y antes de ese día? —pregunta al fin—. ¿Te había pasado?
Asiento lentamente con la cabeza, aunque supongo que ya se esperaba mi respuesta.
—¿Y en el campo? ¿Cómo va la temporada?
—No va mal, de momento hemos ganado todos los partidos, pero queda mucha liga por delante.
A continuación, me pregunta por mi familia. Le hablo de mi madre, que vive en Kent con su segundo marido, y de que nos llamamos por su cumpleaños, Navidades y poco más.
—¿Y tu padre?
Ahí me quedo sin palabras un poco más de tiempo.
—Mi padre es director de cantera en el club en el que jugaba, en Inglaterra. Empezó a llevarme a los partidos a los cuatro años y a los cinco empecé a entrenar con él.
Le doy la versión corta, la que tengo ensayada.
Hasta que no insiste, no le cuento lo de los análisis de mis partidos de vuelta en el coche.
O que lleva un cuaderno por cada temporada, uno para mi hermano y otro para mí.
Que tiene un ojo extraordinario para el juego, y que esa es la peor parte, porque es difícil discutir con él.
—¿Y cuándo empezaste a tener miedo de sus comentarios? —suelta de pronto.
La pregunta me deja sin palabras. Va derecha al sitio al que yo no pensaba llegar hoy, ni siquiera este mes. Quizá nunca.
Amara lo nota. Se inclina hacia atrás en la silla y espera. No sé si es consciente de que ha ido demasiado deprisa o siempre es tan directa.
—No sé —contesto tras dejar escapar un largo suspiro—. Siempre tuve miedo de sus comentarios. No hubo un cuándo.
Por suerte, reconduce la sesión y hablamos de cosas más generales. Ha dado en el clavo, las dos lo sabemos, pero es mejor no acercarse tanto al precipicio en la primera cita.
***
El sábado jugamos en casa. Marco un gol y celebro con los aficionados que abarrotan la grada.
No miro hacia donde sé que está Jordan ni una sola vez.
En los partidos, mi cuerpo va solo, no necesito pensar.
Lleva casi veinte años yendo solo: corro, controlo, me voy por fuera, levanto la cabeza y encuentro a Iris dentro del área.
Es raro. Llevo toda la vida jugando para que mi padre me dé su aprobación y resulta que sin pensar en él también se puede jugar.
El domingo no salgo de mi apartamento. Veo el partido de Callum en la tablet, ordeno el armario, busco cosas estúpidas que me mantengan ocupada, incluso cocino. El teléfono vibra de vez en cuando y cada vez que lo hace me pone en alerta. Ninguna de ellas es mi padre.
Es la peor semana desde que llegué a Seattle. Y eso que la primera fue horrible, así que es mucho decir.