Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

Jordan

No duermo. Lo intento un rato, con la casa a oscuras y ese silencio típico de la madrugada que a veces es mucho peor que el ruido. Luego dejo de intentarlo y me levanto a preparar una infusión.

Por algún motivo, me quedo mirando mi mano derecha.

Cogí la de Noa varias veces en el trayecto y el problema es que ni siquiera me lo pensé.

La tuve llorando contra mi hombro en el suelo de las duchas y era yo la que no quería apartarse.

Después aparqué frente a su portal, apagué el motor y tampoco quise moverme.

Me quedé quieta, mirando una calle vacía con mi mano sobre la suya.

Le dije: “Descansa, mañana no pienses en nada de esto”.

Y soy yo la que lleva toda la noche pensando en ello.

En el aparcamiento me dije que la estaba acompañando. Pero, claro, se puede acompañar a alguien sin cogerle la mano en cada semáforo y, sobre todo, sin que te guste cada vez que lo haces, que es la peor parte de todo este asunto.

Sé lo que me ocurre. Llevo sabiéndolo más tiempo del que me gustaría admitir, desde la fiesta o quizá desde antes.

He puesto mucho empeño en llamarlo de otras maneras: preocupación profesional, seguimiento del programa, el fichaje más caro de la historia del club que tiene que funcionar sí o sí.

Todo eso es verdad, lo que no quería reconocer es que hay algo más.

Me gusta Noa Reeves. Y dirijo el programa de salud mental del equipo en el que juega.

Mañana hablo con Tessa.

Me lo digo a mí misma el miércoles de madrugada.

No hablo con Tessa hasta el lunes.

El jueves me levanto con la decisión tomada y se me deshace antes del desayuno, como un terrón de azúcar en el café.

Incluso la veo en la cafetería. Me saluda levantando las cejas desde su mesa y haciendo un gesto para que me una a ella. Yo señalo el reloj y muevo los labios: luego, ahora tengo mucha prisa.

Prisa no tengo ninguna, pero me aterra lo que debo decirle.

Por la tarde escribo un mensaje. No puedo dejarlo pasar.

“¿Tienes un rato hoy? Necesito hablar contigo de una cosa del programa. Es importante”.

Lo guardo en borradores.

Escribo otro.

“Creo que estoy metida en un problema serio y necesito que lo hablemos”.

También lo guardo y, a continuación, empiezo uno para Noa y solo con pensar en su nombre ya se me acelera el corazón y siento una opresión en el pecho.

“¿Qué tal estás?”

Lo borro antes de terminarlo.

Me concentro en hacer mi trabajo porque así no pienso. Nadie nota nada.

A la hora de comer estoy en mi mesa de siempre, en la esquina de la cafetería y Noa come sola tres mesas más allá, deprisa, sin levantar la vista del plato.

Todo mi cuerpo me grita que me acerque. Por suerte, el sentido común me recuerda que es mejor que no lo haga. Gana el sentido común. Por ahora.

El fin de semana lo paso en casa. Trato de mantenerme ocupada. Hago la compra, limpio el baño, contesto correos que podían esperar. Trato de leer una novela y no consigo concentrarme.

El sábado camino hasta Ballard y me tomo un café frente a la cafetería que le recomendé. No entro. Me digo a mí misma que solo salí a pasear, pero no quito ojo de la puerta por si aparece Noa.

El lunes voy directa al despacho de Tessa porque no puedo aguantar más.

—Traes mala cara —dice cuando me ve comprobar si hay alguien en el pasillo antes de cerrar la puerta.

—Es sobre Noa Reeves. Y sobre mí —admito, sentándome frente a ella.

Tessa deja el bolígrafo en la mesa y alza las cejas.

—Sobre Noa Reeves y sobre ti —repite muy bajito.

Apoyo las manos en las rodillas y lo suelto todo de golpe, prácticamente temblando.

—La llevé a casa y le cogí la mano en cada semáforo. Cuando aparqué, me quedé con la mano encima de la suya mientras me contaba cosas de su padre que no creo que le haya contado a mucha gente. Luego subió y yo seguí parada delante del portal, con el corazón acelerado.

—Cogerle la mano en una situación de crisis de ansiedad puede no significar nada… o sí.

Cojo aire.

—Siento algo por ella. No sé cuándo empezó y eso da igual. Lo supe seguro en ese aparcamiento. Mientras hablábamos, lo único que quería era besarla.

—Joder, Jordan —suspira, llevándose las manos a la cabeza—. Vale, hay que cortar esto cuanto antes. Lo sabes, ¿verdad? Tú no le has dicho nada, ¿no? Espera, ¿se lo has dicho?

—No, ni siquiera creo que ella haya notado nada —le aseguro.

—Vale, entonces hay que cortar por lo sano.

Diriges el departamento de salud mental del equipo.

Entre Zoe y yo ya hubo polémica, pero tratándose de una psicóloga…

uf, no quiero ni pensar en lo que podría ocurrir.

Salimos seguro en todos los periódicos y eso no es bueno para nadie. Y mucho menos para ella.

—Desde este momento, me aparto de cualquier decisión que afecte a Noa. El seguimiento, los informes, cualquier contacto que pida a partir de ahora: todo pasa a Valeria.

Tessa asiente lentamente con la cabeza.

—También me gustaría proponer una derivación externa.

La doctora Amara Osei. Pasa consulta en Fremont y está especializada en ansiedad.

Tiene mucha experiencia con deportistas profesionales.

Lo mejor para Noa es sacarla de la estructura del club, porque me temo que no ha sido la primera vez que le ocurre.

—Está bien, hoy hablo con Valeria y preparo la derivación con esa doctora. ¿Quién se lo dice a Noa?

—Yo. Lo hago esta tarde. Eso no lo delego —digo antes de despedirme mientras me recuerda que debo mantener la distancia profesional en todo momento.

***

Esa misma tarde le pido a Noa que se pase por mi despacho al terminar el entrenamiento. Llega con el chándal puesto, el pelo mojado de la ducha y la bolsa colgada del hombro. Se sienta en el borde de la silla, con las manos sobre las rodillas, como si estuviese esperando una mala noticia.

—¿He hecho algo? —pregunta confusa.

—¿Eh? No, no. Nada —me apresuro a responder—. Es solo que… A ver, quería decírtelo yo antes de que te llegue la noticia por otra persona. Desde hoy me aparto de cualquier decisión que te afecte dentro del programa. Si quieres pedir seguimiento, lo llevará Valeria.

Noa asiente sin preguntar nada, pero cierra con fuerza la mano alrededor del asa de la bolsa.

—También he preparado una derivación externa, si la quieres.

Yo te recomendaría mucho que lo hagas. La doctora Amara Osei, en Fremont.

Está especializada en ansiedad de rendimiento y tiene experiencia con deportistas de élite.

Es todo confidencial, por supuesto, y creo que es la mejor opción para ti.

De nuevo, asiente sin ninguna pregunta y con la otra mano se aparta el pelo mojado de la frente.

—No tienes que decidirlo ahora, claro. Tessa te hará llegar sus datos. Si prefieres a alguien de aquí, Valeria sigue estando siempre que la necesites y...

—Está bien, está bien, lo entiendo. Soy demasiado lío para tu programa —añade con un gesto de decepción.

—Yo no he dicho eso.

—¿Es por lo que ocurrió en el coche? —pregunta muy bajito, dejándome helada.

—Es por… es por hacer bien las cosas.

—Vale, así que prefieres no tenerme cerca de ti. Bueno, pues gracias por decírmelo tú en persona —responde—. Y gracias por lo del miércoles.

Sonríe. La misma sonrisa que le vi en la fiesta. Educada, pero nada más.

A continuación, sale del despacho y cierra la puerta muy despacio, con tanto cuidado que no hace ningún ruido.

Un portazo me habría dejado dormir mejor.