Capítulo 6
Noa
Partido entre semana, el primero de la temporada.
A las siete y media, el vestuario del estadio está en plena rutina: el reguetón de Tina sale de los altavoces y dos compañeras discuten a gritos si las medias nuevas aprietan más que las del año pasado.
Yo estoy junto a mi taquilla, con las espinilleras en el regazo.
Llevo un minuto intentando atar el cordón de la bota izquierda y los dedos no me responden.
Desde la bronca del último partido hablo lo justo, y lo hago a propósito.
Prefiero no dar motivos para otra bronca.
Faltan menos de treinta minutos para salir a calentar cuando el corazón se me dispara sin venir a cuento.
Primero pienso que es el café de la comida.
Luego, que es la falta de sueño, porque llevo semanas despertándome a las cuatro y media; da igual a qué hora me acueste.
Me quedo quieta, esperando a que baje solo. Normalmente lo hace.
Pero esta vez no.
Algo me oprime el pecho como si me acabasen de colocar una losa de mármol.
Las manos me hormiguean y el aire no llega del todo, como si estuviese respirando a través de un agujero pequeño.
Dejo las espinilleras en el banco y me levanto.
Camino hacia la zona de las duchas, porque lo único que tengo claro en estos momentos es que nadie puede verme así.
Me apoyo en los azulejos y no sé muy bien qué ocurre a continuación.
Las voces del vestuario me llegan de pronto desde muy lejos.
Lo peor no es que me falte el aire o que todo mi cuerpo tiemble. Lo peor es que una parte de mí sigue calculando cuánto falta para que empiece el calentamiento y si me dará tiempo a recomponerme antes de que alguien se dé cuenta.
En algún momento alguien se detiene en la puerta de la ducha.
—Buah, Inglesa, pero ¿qué haces en el suelo? No te habrás quedado dormida —Iris se planta delante, con las espinilleras en la mano y entonces me ve la cara—. Eh. Joder, ¿qué te pasa? Oye, ¿estás bien?
Trato de responder, aunque no me sale la voz y eso es lo que más me asusta.
—¿Qué hago? —Iris mira alrededor con las espinilleras colgando—. Inglesa, dime qué hago, que yo de esto no sé. ¡Jade! ¡Jade, ven, rápido, corre! —chilla.
Antes de que me quiera dar cuenta, Jade está sentada en el suelo, delante de mí. Sin tocarme.
—Noa. Cinco cosas que puedas ver —dice, bajito—. Dímelas.
Sé lo que está haciendo. Nos lo enseñaron en aquella sesión con la psicóloga, hasta sé por qué funciona. Al menos en teoría, porque en estos momentos no consigue ayudarme.
—Vale, vale, empiezo yo. Veo los azulejos. Veo tus botas. Veo la puerta…
Va contando con los dedos contra su pierna mientras habla, igual que aquel jueves en la sala. No sé por qué me fijo en ese detalle. Termina su lista y empieza otra. A continuación, se calla. Y yo sigo igual que estaba.
Luego llega más gente. Tessa se agacha, me coge la muñeca y me habla con mucha calma.
—Tranquila, parece un ataque de ansiedad. Es horrible y no es peligroso, las dos cosas al mismo tiempo. ¿Has tenido alguno antes de este? —Luego se gira hacia la puerta—: Dejadnos sitio, venga, todo el mundo al campo a calentar, que aquí no hay nada que ver.
A Jordan no la veo llegar, pero cuando levanto la cabeza, está sentada en el suelo, a mi altura, con la espalda pegada a los azulejos.
—Eh, Noa. Soy Jordan —dice como si no lo supiese—. Vamos a hacer una cosa, y la voy a hacer yo. Tú solo tienes que concentrarte en mis palabras y no pensar, ¿vale?
Asiento y empieza.
—Cinco cosas que veo. Tu cordón de la bota izquierda, a medio atar. La cinta del pelo que se le ha caído a Jade. La ducha sobre nosotras, que está goteando por si no te has dado cuenta. Mi reloj. —Hace una pequeña pausa—. Y a ti, que me estás escuchando. Cinco cosas.
Solamente muevo la cabeza, tratando de que el aire entre en mis pulmones.
—Ahora vamos a hacer cuatro que se puedan tocar. Sin ninguna prisa.
Me coge las manos y me las apoya en el suelo, abiertas.
—El suelo. Está frío, ¿verdad? Y un poco húmedo. Vamos a tener que cambiarnos de ropa cuando esto acabe.
No sé en qué número lo dejamos. En algún momento el aire regresa a mis pulmones y me doy cuenta de que respiro cuando ella respira conmigo. También me doy cuenta de que estoy llorando abrazada a la psicóloga del club.
***
Media hora más tarde estoy en uno de los bancos del vestuario, con el chándal puesto y las manos todavía frías, mientras Tessa me toma la tensión por segunda vez.
He jugado finales delante de cincuenta mil personas y llevo casi veinte años entrenando sin fallar un solo día.
Ahora me he roto antes de un partido de liga, en el suelo de las duchas, delante de todo el equipo.
Eso es lo único que me ronda la cabeza mientras me aprieta el velcro.
Hades aparece y nos mira.
—Hoy no juegas —dice sin más, como si a estas alturas alguien tuviese alguna duda de que no estoy en condiciones de hacerlo.
Y se va por donde ha venido. Sin un comentario o una pregunta, y eso no sé si me alivia o me hunde del todo.
—¿Tienes a alguien en casa? —pregunta Tessa mientras recoge el aparato.
—No.
—Pues sola no te vas.
Jordan me espera junto a la puerta con las llaves del coche en la mano.
—Te llevo a casa —anuncia.
Lo dice en un tono que no admite discusión y creo que es mejor así, porque no me quedan fuerzas ni para decirle que no.
***
Su coche está muy ordenado, sin llegar a ser de esos que están tan limpios que dan un poco de miedo.
Fuera ha empezado a llover sobre el centro de Seattle, un agua densa y fría que resbala por el cristal. Cualquier otra persona me habría preguntado cómo estaba; yo habría mentido y ya está. Jordan me coge la mano en cada semáforo y la aprieta. Y eso vale más que un millón de palabras.
Aparca delante de mi portal y apaga el motor. No dice nada de subir al apartamento. Se queda callada, con una mano en el regazo y la otra sobre la mía, mirando la calle mojada.
Y entonces empiezo a hablar. No sé muy bien por qué lo hago, supongo que lo necesito. En la fiesta que me organizó Iris, Jordan me dijo que su trabajo era escuchar.
—Mi padre me llevaba a todos los partidos —comienzo—.
Desde los cinco años. A la vuelta, en el coche, tocaba el análisis.
Lo odiaba más que a nada en este mundo. Nunca me decía lo que había hecho bien, solo los errores.
Yo veía al resto de las niñas celebrar con sus familias incluso si habían jugado fatal y a mí siempre me esperaba una bronca.
En mis mejores partidos, el viaje hasta casa solía durar unos veinte minutos.
Si jugaba mal, lo que hiciese falta. Había días que se quedaba dando vueltas al barrio para que diese tiempo a terminar de analizar todos mis errores.
Jordan aprieta un poco más mi mano.
—Llevaba un cuaderno por cada temporada. Uno para mí y otro para mi hermano. Siguen metidos en una caja en la casa de mi madre, en Kent. Yo no los he leído, pero tampoco soy capaz de tirarlos. Callum sí los leyó y me dijo que las cosas que decía de él le dieron ganas de no tener padre.
Hago una pausa larga para coger aire y soltarlo poco a poco.
Nunca lo había contado de ese modo, tan seguido.
En Londres, cuando tenía dieciséis años, lo mencioné una vez en el vestuario y alguien dijo: “qué suerte, un padre tan entregado”.
Yo hice una broma y todas nos reímos. Nadie sabe lo que lloramos mi hermano y yo después de cada partido.
En un momento dado empieza a decir algo.
—Yo… —y se calla.
—¿Tú qué?
—Nada. Hoy me toca escuchar —se apresura a decir.
Nos quedamos calladas, pero es un silencio cómodo, de esos que son agradables, aunque falten las palabras. Me inclino hasta apoyar la cabeza en su hombro y la dejo ahí hasta que me doy cuenta de lo que estoy haciendo.
—Gracias por traerme —digo nerviosa.
—Descansa, Noa. Mañana no pienses en nada de esto.
Solo eso.
Subo a casa y no enciendo las luces. Desde la ventana del salón se ve la calle, un trozo de bahía negra al fondo y, abajo, el coche de Jordan aparcado donde lo dejó. Con los faros encendidos. No se mueve.
Podría estar mirando el móvil o poniendo el navegador, me digo a mí misma. Los faros siguen encendidos, alumbrando la lluvia delante del portal.
Luego el coche arranca, las luces barren la calle y desaparecen en la esquina.
Me cuesta apartarme de la ventana y prefiero no pensar en lo que eso significa.