Capítulo 5
Jordan
—Ha adelgazado cuatro kilos desde que llegó. No me quito ese dato de la cabeza —insiste Tessa, mostrándome los resultados del último control médico de Noa.
—Puede deberse a muchos factores, cambios en la dieta y…
—Tiene una tensión muscular horrible en el cuello y en la espalda, de esas que no se arreglan en un par de sesiones en la camilla.
Físicamente está para jugar, no es eso lo que me preocupa.
Le pregunté si estaba durmiendo bien y me dijo que sí.
Pero no me lo creo. Jordan, ya sabes que las jugadoras siempre dicen que están bien y esa chica no lo está.
Por algún motivo, mientras escucho sus palabras, recuerdo la fiesta de bienvenida. Aquel día, Noa sonrió a todo el mundo mientras estrangulaba la correa de su bolso con la mano izquierda.
—¿Tú la ves entrenar?
—Casi todos los días. Corre igual que la primera semana, puede que más —admito.
—Eso no siempre es buena señal.
—Ya. Casi nunca lo es —reconozco—. Al menos no al principio, hasta que se rompe.
—¿Y qué hacemos? Porque el problema es que está rindiendo. Un gol y tres asistencias en tres jornadas. Mientras rinda, Drummond no va a querer que toquemos nada, sobre todo con el dinero que se han gastado en su fichaje —protesta Tessa—. ¿Tú no puedes hacer nada?
—El seguimiento del programa es voluntario por parte de la jugadora. Si la cito por mi cuenta, me salto el protocolo que yo misma escribí —le explico mientras pienso en cómo hablar con ella sin que se note mucho.
—Vale, avísame si consigues algo —dice antes de irse.
***
Jade me pidió cita hace unos días. No explicó para qué; en ella eso significa que es importante. Llega puntual, se sienta muy recta en la silla, con las manos sobre las rodillas y va directa al asunto.
—Mi rutina de la suerte antes de los partidos está creciendo sin parar —confiesa—.
Antes eran un par de cosas y ahora casi no me da tiempo a terminarla.
Cada vez que añado algo y juego bien, debo continuar con ello porque tengo miedo de que si lo corto, empezaré a jugar mal.
Reviso las espinilleras, cuento los pasos que hay del vestuario al túnel, entro al campo con el pie derecho, guardo una moneda en la media.
Antes era algo que me relajaba. Ahora, si no la termino, salgo al campo con la sensación de que me he olvidado de algo y que todo saldrá mal.
La escucho, o eso creo, porque mientras habla estoy pensando en cómo puedo acercarme a Noa y conseguir que se abra conmigo sin que se note.
—¡Jordan! —protesta, dejando las manos quietas y clavándome la mirada—. No me estás escuchando.
No lo dice enfadada. Jade nunca se enfada, pero te suelta las cosas de un modo tan cortante que te descoloca. Le propongo retomarlo otro día con más calma y ella asiente, recoge su chaqueta de chándal del respaldo y hasta me da las gracias al salir.
***
El miércoles me acerco a la banda al final del entrenamiento.
Hades hace sonar el silbato, el grupo va saliendo del campo en dirección a las duchas y Noa se queda un rato más tirando faltas, ella sola, colocando los balones sobre la hierba mojada.
Desde que recibió la bronca por perder el balón en un partido ha estado muy callada, o eso me cuentan, y dedica incluso más tiempo que antes a tirar faltas tras la sesión.
La espero antes de que se meta en el edificio principal.
—¿Qué tal te estás adaptando al equipo? —pregunto cuando pasa a mi lado.
—Bien —responde un poco seca—. Todas las compañeras me están ayudando mucho.
Sonríe al decirlo, pero es una sonrisa forzada, la misma que le vi repartir en la fiesta. Sujeta con fuerza la bolsa de los balones y los dedos le tiemblan un poco.
—Ya sabes que puedes pedir una sesión siempre que quieras —le recuerdo—. Con Valeria o conmigo. No hace falta ningún motivo en especial, Iris viene a veces solo para hablar y dice que le ayuda mucho.
—Lo tendré en cuenta. Gracias —me corta, dirigiéndose hacia el vestuario.
Estoy a punto de preguntarle si fue a la cafetería de Ballard que le recomendé, pero ya ha cruzado la puerta.
Antes de irme, paso por el despacho de Valeria y me asomo.
—¿Noa Reeves te ha pedido alguna sesión?
—No —responde, levantando la vista del ordenador—. Y te lo habría dicho si lo hubiese hecho. ¿Por? ¿Está bien?
—Sí —respondo, aunque no sé si eso es verdad o es solo lo que me gustaría creer.
Al llegar a mi despacho, elijo un libro pequeño, uno que he releído tantas veces que tiene las esquinas blandas, pero que a mí me ha ayudado mucho y le tengo un gran cariño. Abro la primera página y escribo a mano: “Tienes razón. La próxima vez, tú hablas y yo te escucho con atención”.
Lo dejo en la taquilla de Jade, apoyado en la balda, para que lo vea nada más abrir.