Capítulo 4
Noa
La liga empieza el primer sábado de marzo, en casa y con lluvia. Desde el túnel de vestuarios, los gritos en la grada se escuchan como si fuesen un motor al ralentí.
—Tú corre por la banda y pásame el balón en cuanto puedas, del resto ya me encargo yo —murmura Iris Vance a mi lado.
El primer balón me llega nada más empezar el partido, no creo que haya pasado ni un solo minuto.
Un pase de Zoe con el que no puedo hacer casi nada, salvo devolverlo.
Creo que solamente busca que toque la bola pronto y se me pasen los nervios de mi primer partido en el nuevo club.
Más o menos funciona. El pase bueno llega en el minuto veintinueve, con la defensa adelantada y un hueco a mi espalda.
La carrera por fuera es mi especialidad, lo que llevo haciendo desde los cinco años.
Le gano dos metros a la lateral y entro en el área con el balón cosido al pie.
Tengo un par de opciones de pase, pero la oportunidad está clara, así que cruzo el disparo abajo, donde las porteras llegan siempre tarde.
Mi primer gol con las Seattle Emeralds. Cuando quiero darme cuenta estoy de cara a la grada, celebrando con los aficionados mientras las compañeras se me echan encima.
Ganamos dos a cero y en la zona mixta los periodistas me preguntan varias veces por la cifra del traspaso y ninguna por el gol.
La siguiente pregunta es si he venido a ganar la quinta liga en seis años.
Contesto que he venido a jugar al fútbol lo mejor que pueda y a aportar el máximo al equipo.
Cuando era más joven tuve unas cuantas frases sacadas de contexto y más tarde convertidas en un desafortunado titular.
Aprendí la lección a base de golpes. Al periodista no parece bastarle, pero es lo que hay.
En el vestuario, Natalia Costa, la jugadora brasileña que ataca por la otra banda, se deja caer a mi lado y se quita un auricular.
—Muchas preguntas de dinero, ¿no?
—Casi todas.
—Imagino que estás acostumbrada, parte de la prensa es así. Yo llegué a este equipo con una suspensión y entrenando a cuarenta niñas como castigo.
Se pone el auricular otra vez y se va a su taquilla antes de que me dé tiempo a preguntarle por esa suspensión.
***
La segunda jornada jugamos fuera de casa y ganamos de nuevo.
Esta vez no marco, pero doy dos pases de gol, los dos a Iris Vance.
En el primero, viene corriendo hacia mí, me abraza y me levanta del suelo mientras me repite chillando al oído que he venido al mejor equipo del mundo.
En el segundo, acaba expulsada por decirle algo a una jugadora rival que ya le había soltado varias patadas.
Menos mal que estábamos en los minutos finales, aun así, el enfado de la entrenadora es más que evidente, a juzgar por sus gritos.
En el vestuario, Iris pide silencio dando varios golpes en una taquilla.
—Las asistencias cuentan para la estadística de la amistad, que la acabo de inventar este año y va ganando la Inglesa. A ver si os ponéis las pilas las demás, que ella solo lleva aquí un mes.
Muchas protestas, Zoe le tira una toalla a la cabeza mientras Tina escupe medio trago de su bebida isotónica en un ataque de risa.
A continuación, ponen reguetón en unos altavoces mientras las jugadoras se van metiendo en las duchas.
No es que me lo pongan difícil a la hora de integrarme, todo lo contrario, pero se nota que son una familia que lleva jugando juntas mucho tiempo y han compartido numerosas experiencias.
Eso lo hace más complicado para una jugadora que viene de fuera.
Al día siguiente tenemos libre y me acuerdo de la servilleta que me dio Jordan. La tengo guardada en uno de los cajones de la cocina, debajo de las llaves de repuesto, con el nombre de una cafetería de Ballard escrito en una letra pequeña y muy junta. Así que cojo el paraguas y decido probar.
Debo reconocer que Jordan Hayes tenía razón.
El flat white es excelente. El primero decente desde que salí del Reino Unido: la leche en su punto justo y el café por encima de la leche, que parece fácil, pero no lo es.
Fuera, sigue lloviendo, la misma lluvia que en el resto de Seattle, solo que aquí con más plantas.
Por algún motivo que desconozco, Iris me pasó el número de la psicóloga al salir de la sesión de entrenamiento del jueves.
—Guárdatelo, Inglesa. Por si algún día quieres hablar con alguien que no sea yo —me dijo con aire de misterio y luego añadió… —esa mujer es medio bruja.
El mensaje de agradecimiento por recomendarme este lugar lo escribo varias veces.
El primero me sale demasiado largo, con una explicación sobre la temperatura de la leche que no le importa a nadie.
No lo envío. El segundo se queda corto. El tercero intenta tener gracia y no la tiene.
Debería ser fácil, al fin y al cabo, es solo un agradecimiento, en plan: “muchas gracias por recomendar este local. Tenías razón, el flat white es muy bueno”.
Y, aun así, me cuesta encontrar las palabras adecuadas.
***
Los siguientes días empiezo a darme cuenta de algo que prefiero no admitir en público, porque me parece un poco raro.
Sé dónde está Jordan Hayes sin necesidad de mirar.
Noto si se detiene en la banda, si cruza por detrás de la portería camino a su despacho.
No sé en qué momento me he aprendido su manera de caminar, y me molesta haberlo hecho.
Tampoco sé por qué la psicóloga del club pasa tanto tiempo mirando los entrenamientos.
En una de las sesiones, está parada en la banda, junto a Hades, con una carpeta bajo el brazo. En el último rondo se me va un control largo y el balón sale rodando justo hacia ellas. Voy a por él, pero Jordan lo para con el interior del pie y me lo devuelve con un toque limpio.
Ninguna palabra, solo una sonrisa, pero regreso al rondo con el corazón latiendo más rápido de lo que justifica el esfuerzo. Serán las series de velocidad de la mañana, me digo a mí misma, aunque las series fueron ayer.
Por lo demás, mis días van cogiendo una especie de rutina.
Suelo llegar la primera y el vigilante ya me conoce.
Como y ceno en la cafetería del complejo casi siempre, incluso si tengo que hacerlo yo sola.
Me despierto a las cuatro y media de la mañana y me quedo mirando al techo porque no consigo conciliar el sueño.
En el control mensual, la báscula marca cuatro kilos menos que el día que llegué y Tessa me pregunta si estoy durmiendo bien. Le digo que sí.
El jueves, al abrir mi taquilla, me encuentro con una botella de agua que yo no he dejado allí. Miro alrededor y Zoe me guiña un ojo unos metros más allá sin decir ni una sola palabra. No sé qué significa exactamente la botella, quizá una tradición de este equipo. Tampoco lo pregunto.
***
En la tercera jornada doy una asistencia en el minuto doce, otra vez me voy por velocidad de la defensa.
Más tarde, en el sesenta y algo, con el partido empatado, hago una estupidez.
Intento irme por segunda vez con la misma jugada, con Jade sola a diez metros pidiéndome el balón, y lo pierdo.
El contragolpe acaba en un despeje abajo de nuestra portera y un córner que defendemos de milagro.
Terminamos ganando dos a uno y en el vestuario me llevo una de las míticas broncas de Hades.
El mensaje de mi padre llega justo cuando estoy a punto de irme a la cama.
“Para jugar así vale más que no salgas al campo. Eso podía haber costado un gol en contra, tuviste suerte de que su delantera es una inútil. Te dejo un análisis completo del partido en el correo”.
No me dice hola, ni te echamos de menos, ni nada de lo que diría un padre normal.
De mi asistencia de gol ni una sola palabra.
Me dan ganas de coger el teléfono y decirle que la delantera del equipo contrario no es ninguna inútil, sino una de las mejores del mundo, y él lo sabe perfectamente.
Pero prefiero no discutir, porque acabaré llorando como siempre y me dirá que me sigo comportando como una niña pequeña.
Así que pongo la ropa sucia en la lavadora y doy vueltas en la cama hasta las tantas .