Capítulo 3
Jordan
Wesley me abre la puerta con un rotulador rojo y grueso destapado en la mano.
—Llegas tarde —anuncia—. Ya hemos colgado la pancarta —añade, señalando con el dedo índice.
Detrás de él, la casa donde viven Zoe y Tessa está llena hasta la cocina. Una enorme pancarta cuelga del marco del salón, cada letra de un color diferente: BIENVENIDA, NOA. La A del final está apretada contra el borde, porque el papel se acabó antes que las letras.
—Está muy bien, Wes, ¿la has hecho tú? —pregunto.
—La A la he hecho yo —puntualiza, y se va por el pasillo gritando—: ¡Mamá! ¡Ha venido Jordan!
Tessa me pone un vaso en la mano antes de que me dé tiempo a quitarme la chaqueta. Zoe pasa con una bandeja y me señala el fondo del salón con la barbilla.
—Ahí la tienes. Ha llegado hace cinco minutos. Iris está haciendo las presentaciones.
—¿Cómo va?
—Todavía no la ha soltado, tampoco la deja hablar, ya sabes cómo es Iris.
Y efectivamente, Iris lleva a la jugadora inglesa del brazo por el salón como si le estuviese enseñando un piso.
—...esa es Tina, solo toma chicles de sandía, así que no los aceptes.
Bueno, si te gusta el sabor a sandía vale, es que yo no puedo con él.
Esta es Zoe, la capitana. Parece muy seria, pero es un cielo y lleva toda la vida en el equipo.
Tú hazle caso. Por cierto, ¿estás durmiendo bien?
No, ¿verdad? Esas cosas se ven en la cara.
Tranquila, el primer mes se suele dormir fatal y luego ya no te quieres ir.
Pregúntale a la Brasileña, ya verás. Bueno.
Eso. Ahora los niños, que Wesley lleva toda la tarde esperando para conocerte.
Noa dice “encantada” por cuarta vez en un minuto. Sonríe a todo el mundo, pero con la mano izquierda estrangula la correa de su bolso. Nadie más parece notarlo, aunque yo suelo fijarme en ese tipo de cosas, supongo que forma parte de mi trabajo.
Wesley se planta delante de ella y la examina de arriba abajo.
—¿Cómo te llamas?
—Noa.
—¿La de la pancarta? —pregunta.
—Sí, esa.
—¿Solo Noa?
—Noa Reeves —responde.
—Noa Reeves —repite Wes muy bajito y luego se va a contárselo a Lina.
—Buah, a mí todavía me llama Idis y a ti por el nombre completo, eso sí que es tener categoría —bromea Iris, que ha vuelto a aparecer a su lado.
Lina se acerca poco más tarde, con Wesley de escolta, y le explica las normas de la casa: dónde se dejan los vasos sucios, qué sofá es donde se suele sentar Wesley, o que si quiere tarta, que lo diga ahora porque luego no queda.
—Cuídame esa banda que era la mía —murmura Mireya, acariciando de manera inconsciente la barriga.
En la cocina, mientras relleno el vaso, Iris aparece a mi lado y me habla en voz baja.
—¿Qué te parece la inglesa? —pregunta.
—Muy educada y también muy cansada.
—Ya —dice, asintiendo despacio con la cabeza—. Por eso le organicé la fiesta, lo demás ya vendrá. Tú a lo tuyo, bruja, contrólala, ¿eh? Aunque sea desde lejos.
Y regresa al salón avisando a voces que la pancarta se está cayendo.
***
Cuando Tina toma el mando de la música, el salón deja de ser un sitio donde se puede hablar y se convierte en una pista de baile improvisada, con los críos en el centro, así que aprovecho para salir al jardín.
Noa está sola en una esquina a pesar del frío, con el vaso intacto, mirando unos arbustos como si estuviese meditando.
—Veo que te has escapado. No me extraña, tus compañeras pueden ser un poco intensas al principio —le digo, colocándome junto a ella.
—Necesitaba un minuto, pero no se lo digas a Iris.
Dentro, alguien sube el volumen.
—¿Tú en qué posición juegas? —pregunta.
—¿Yo?
Se queda callada y muerde el labio inferior, como si temiese haber metido la pata.
—Perdona, espero no haberte ofendido. Creía que conocía a todas las jugadoras del equipo por los vídeos y las fotos. Lo siento —se disculpa.
Justo cuando estoy a punto de explicarle que no juego al fútbol y que soy la psicóloga deportiva del club, Tina cambia la canción y medio equipo lo celebra a gritos.
—Llevo una semana bebiendo el peor café de mi vida —dice de pronto, supongo que para llenar el silencio y cambiar de tema.
—¿Dónde lo has probado?
—En tres cafeterías y la máquina junto al vestuario. De momento, va ganando la máquina —bromea—. No consigo encontrar un sitio que prepare un buen flat white.
—Bueno, es que pedir eso aquí no es muy común, pero conozco un local donde lo preparan muy bien, o eso me han dicho.
Está en la zona de Ballard, espera que te escribo el nombre —digo, cogiendo una servilleta de papel—.
Pruébalo y luego me cuentas si merece la pena.
Por cierto, yo no juego al fútbol, me dedico a escuchar —añado con un guiño de ojo antes de meterme dentro de la casa.
***
Preparo una sesión grupal para el equipo entero el jueves por la mañana, en la sala que da al campo principal.
Les he puesto su nombre en cada silla, porque dejar que este grupo elija dónde quiere sentarse es arriesgarte a empezar con veinte minutos de retraso.
A Noa la he colocado en segunda fila. No demasiado delante como para que se sienta presionada, pero tampoco tan atrás que pueda esconderse.
—Cuando sintáis la tensión, pensad rápido en cinco cosas que podéis ver, cuatro que podéis tocar y tres que podéis oír.
Luego dos que podéis oler y finalmente una que podéis saborear.
Hace falta practicarlo un poco antes de necesitarlo, pero funciona porque mantiene la mente ocupada en otra cosa que no sea la ansiedad.
Ya se lo he explicado a media plantilla en privado a lo largo de los años, pero en grupo es diferente.
—Yo veo cinco cosas —dice Iris, con la mano levantada, pero sin esperar el turno—: Tina, Tina, Tina, Tina y Tina, que se está comiendo un chicle de sandía.
—Vale, cuatro cosas que puedas tocar, Iris.
—Lo primero que me viene a la cabeza es una cochinada, así que en horario laboral no lo contesto —bromea.
Media sala se ríe. Las dejo. Iris sabotea las sesiones desde que la conozco, pero en el fondo me ayuda, porque relaja el ambiente y luego todo el mundo entra mejor en la dinámica de grupo.
Cuando el ruido baja, me doy cuenta de que Jade sigue con su lista, contando con los dedos contra la pierna, moviendo los labios.
Ella siempre la hace entera. Sigue cualquier instrucción al pie de la letra.
Noa permanece sentada cerca de la ventana con cara de estar de paso. Asiente cuando toca, no pregunta nada, mantiene la espalda muy recta. Las manos, en cambio, se mueven cada vez que digo algo.
Al terminar, Iris se lleva a medio equipo a comer a un restaurante que acaba de descubrir a las afueras de la ciudad y la sala se vacía en un abrir y cerrar de ojos. Noa se queda un instante colocando su silla.
***
Valeria me trae el informe de la sesión individual del día siguiente.
—Es correcta, educada, pero no da nada que sea mínimamente personal —anuncia, encogiéndose de hombros—. Creo que esa chica lleva años trabajando con psicólogos deportivos y sabe manejar la situación.
—¿Seguimiento?
—Le he dicho que lo hacemos a petición suya, es lo que marca tu protocolo. Se lo dejé muy claro y simplemente respondió “ok”. Estoy casi segura de que no va a pedirlo.
Estudio su dossier. Reeves, Noa. Extremo izquierdo. Tres páginas de estadísticas y algunos vídeos, entre ellos uno de la celebración de un gol en el partido más importante de su vida: acaba de marcar, corre con la boca abierta y sus compañeras llegan desde atrás para echársele encima.
Pero celebra con la grada, no con ellas. Como si necesitase demostrar algo a alguien.
Cierro la carpeta. El té se me ha quedado frío, casi sin tocar. El vídeo, no sé por qué, lo veo de nuevo.