Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

Noa

Deshago la primera maleta en menos de veinte minutos.

Casi todo lo que llevo en ella es material de entrenamiento.

Con la segunda tardo un poco más, porque vienen las camisetas de la selección.

No podía dejarlas en casa, así que las doblo bien y las dejo en un estante para ellas solas en el armario.

El resto de la ropa lo meto prácticamente a puñados donde cabe.

El piso lo ha alquilado el club hasta que encuentre algo que me guste o bien decida quedarme en él toda la temporada.

Está en Belltown, planta once, con muebles grises que se ve que los han comprado el mismo día en la misma tienda.

Encima de la mesa han dejado una cesta de fruta con un lazo rojo y una tarjeta: “Bienvenida a las Seattle Emeralds”.

En la pared, un cuadro de una ola, totalmente impersonal.

Desde la ventana del salón, si te pegas al cristal, se puede ver un trozo de la bahía.

El complejo deportivo donde entrenamos está a veinticinco minutos caminando, así que camino porque de ese modo tengo algo con lo que matar el tiempo.

Todo el equipo está de pretemporada en Florida y tengo unos días para mí sola antes de incorporarme.

Al llegar, el vigilante de la entrada mira mi acreditación provisional, la comprueba con su lista y me abre con un sencillo buenos días. Dentro no hay nadie.

En el pasillo que lleva al vestuario cuelgan las fotos de las cuatro ligas ganadas en los últimos años.

Cuatro plantillas casi iguales, los mismos brazos sobre los mismos hombros.

Mala señal, eso significa que son un grupo muy unido y a mí me complica las cosas.

En la última, una jugadora rubia con coleta sale con la boca abierta, gritando algo que arruina la foto.

Es raro que nadie la haya querido cambiar.

El vestuario ya tiene una taquilla asignada para mí, con un chaleco GPS con mi nombre a la espalda colgado en una percha.

El plan de entrenamiento para la semana me llegó por correo la noche anterior: gimnasio, carrera, cargas suaves.

Lo cumplo entero y añado veinte minutos tirando faltas yo sola; al fin y al cabo, el correo no dice que no lo haga.

Las luces del gimnasio funcionan con sensor, así que si estás tú sola y te quedas demasiado tiempo parada descansando entre las series, se apagan.

Por lo demás, es una auténtica maravilla; se nota que en este equipo manejan un buen presupuesto.

La piscina de recuperación está quieta y a oscuras, con las calles de frío y calor apagadas y el agua tan lisa que da pena tocarla.

Me asomo al campo principal, con el césped recién cortado, y me quedo un buen rato de pie en la banda izquierda, esa que dentro de nada será mía, antes de despedirme de las gradas vacías.

La cafetería está cerrada, pero la máquina del pasillo funciona. Por suerte, según Google Maps, entre mi apartamento y el complejo deportivo hay cinco cafeterías. Alguna sabrá preparar un buen flat white.

***

La noticia se filtra en mi segundo día en Seattle. Un periódico inglés publica el acuerdo con la cifra del traspaso incluida, y a mediodía esa cifra está en todas partes y ha crecido un montón. Ese es el titular: la cifra. Mi nombre va en la segunda línea, se ve que eso importa menos.

Así que el teléfono se pasa la tarde vibrando sobre el sofá del salón.

El grupo del vestuario de mi antiguo club se vuelve loco: noventa y dos mensajes, la mitad de ellos memes, en algunos una figura que nada entre monedas de oro o billetes verdes.

La otra mitad son las distintas versiones de la cifra del traspaso con signos de exclamación.

Tengo también llamadas perdidas de periodistas que no sé de dónde han sacado mi número personal.

Incluso un correo del club, muy amable: el anuncio oficial será la semana que viene, no hables con nadie hasta entonces, y me adjuntan el plan de medios; dos entrevistas, una sesión de fotos, la palabra “disponibilidad” escrita tres veces.

Lo piden con mucha educación, eso sí, pero llegan tarde, porque ya se ha filtrado.

Contesto al grupo con un emoji, a los periodistas con nada y al club con un escueto “Ok”.

Después bajo a por el flat white. La primera cafetería del mapa está cerrada.

La segunda hace una cosa a la que llaman flat white y que ni siquiera se le parece: demasiada leche, y un poco quemada.

Me lo bebo por educación y la tacho de mi lista.

La dependienta me pregunta si soy nueva en la ciudad.

Le digo que sí y luego me informa de que si me gusta el fútbol femenino, a quince minutos juega el mejor equipo del país, las Seattle Emeralds.

Por la noche salgo unos segundos en el bloque de deportes de un informativo de la televisión nacional. El presentador menciona la cifra, dice que el club no confirma ni desmiente nada y añade que juego en la banda derecha a pesar de que llevo toda la vida jugando en la izquierda.

***

Me da la impresión de que en esta ciudad llueve todos los días.

Como mucho, hace una pequeña pausa para volver a empezar.

Aun así, salgo a correr de igual modo por el paseo de la bahía.

Ocho kilómetros a cuatro minutos el kilómetro.

Un señor con un perro menea la cabeza y pone los ojos en blanco al verme.

Juraría que hasta el perro ha hecho una mueca.

De vuelta, en el ascensor, me doy cuenta de que llevo varios días sin hablar más de diez palabras seguidas con ninguna persona y eso es bastante deprimente, así que llamo a mi hermano Callum mientras me estiro contra la pared del salón.

—Sales en todas partes —dice a modo de saludo.

—Ya.

—Papá ha dicho que... —Se detiene—. ¿Qué tal todo?

—Bien. El piso que me ha puesto el club es muy grande. Llueve mucho.

—¿Ya has hablado con alguien?

—Con el vigilante del complejo deportivo. Bueno, hablar, no mucho, me ha abierto la puerta —bromeo.

Le explico que mis compañeras están en Florida, así que estoy sola unos días.

Él me cuenta su partido de fútbol del sábado, casi minuto a minuto, y yo me emociono con un gol que ni siquiera he visto.

Es un idioma que los dos hablamos sin esfuerzo desde que éramos niños porque nuestro padre siempre estuvo obsesionado con este deporte.

A mi hermano le costó muchos disgustos, papá todavía repite que ha sido una decepción enorme para nuestra familia.

A las tres de la mañana me llega un audio. Normalmente no lo habría visto, pero todavía estoy tratando de adaptarme al horario de los Estados Unidos. Un número americano que no tengo guardado. Tres minutos y cuarenta segundos.

—Buah. Inglesa. Soy Iris, la delantera. La buena, ¿eh?

Si te han dicho otra cosa te han mentido.

No voy a confesar quién me ha dado tu número, así que no me lo preguntes.

A ver, tres cosas, que aquí está casi amaneciendo y yo todavía no me he acostado.

Tengo que ir corriendo al hotel, que hoy cogemos el avión.

Es que estaba de fiesta con Tina y nos acordamos de ti.

Bueno, lo primero, bienvenida: llegas al mejor equipo del mundo, aunque vosotras os creáis que sois mejores.

También en Seattle llueve mucho, ya te irás acostumbrando.

Si Tina te dice una copa y nos vamos, no le hagas caso porque suele ser mentira y te acaba liando.

¿Cuántas cosas te he dicho ya? No sé, tenemos una fiesta preparada para ti, para darte la bienvenida y eso.

No puedes negarte, ni lo intentes, te lo digo por ahorrarte el esfuerzo.

Uy, ¿estabas durmiendo? Bueno. Eso. Si te he despertado, lo siento, y tan amigas. Volvemos en nada, no hagas planes.

Juraría que son más de tres cosas, pero habla de manera tan atropellada y con tanta energía que es difícil contarlas.

Lo escucho entero de nuevo, sentada en la cama, y guardo el número de teléfono. Escribo “Iris” y añado: “la delantera”. Mi primer teléfono del equipo.

Me asomo a la ventana. Fuera sigue lloviendo.