Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

El oráculo proyectó la visión sobre sus cabezas. Una imagen comenzó a formarse, difusa al principio, y fue tomando cuerpo poco a poco. Todos observaban con suma atención.

Nahia se sintió extraña. Lo que se formaba sobre ellos, sobre sus cabezas, era lo mismo que estaba empezando a ver…

pero dentro de su mente. Las dos imágenes, la de fuera y la de dentro, se le solaparon y, por un instante, temió marearse.

Parecía una especie de eco… Se quedó muy extrañada y confusa.

Respiró profundamente y se concentró hasta separar las imágenes que buscaban juntarse. Una era la visión del Oráculo y la otra la que le mostraba la escama. No quería que se unieran, deseaba ver qué le mostraba cada una, aunque parecía lo mismo.

La visión fue dibujando un paisaje y, en él, a varias personas, todas con un medallón al cuello.

Tras ellas se veían los cadáveres de decenas de dragones.

Al principio no se distinguía quienes eran, pero, conforme la imagen se acercaba y se centraba, quedó claro que todas eran humanos.

Nahia dedujo que eran los Portadores. Lo comprendió enseguida.

En el centro estaban Asti e Iruki. No los conocía, pero no podían ser otros.

Mientras los observaba, dos dragones con sus jinetes llegaron volando y se posaron frente a ellos. No eran otros que ellos mismos.

El asunto se ponía interesante… y feo para todos.

Nahia vio con desaliento cómo Logan y ella descendían de Eki y de Aroa, se acercaban a los Portadores y los saludaban uno a uno con un abrazo.

Mientras contemplaba aquella escena doble, la de su mente hizo algo extraño.

La escama plateada de la nuca ardió con fuerza, la imagen interior se distorsionó y, junto a los Portadores, apareció una pareja: una mujer de pelo de fuego y una figura encapuchada de la que brotó un destello dorado.

Las dos imágenes no coincidían, y eso la desconcertó.

El Oráculo solo alcanzaba a ver un porvenir, pero ella, gracias a la escama, veía otro muy parecido, aunque no idéntico.

Si los dos futuros diferían, solo cabía una explicación: ella, de algún modo, había cambiado el que veía el dragón plateado.

Ignoraba el cómo o las repercusiones, pero era importante, eso era manifiesto.

Se prometió averiguarlo. De una cosa estaba segura, el destino bueno no era el que mostraba el Oráculo, sino el que ella veía en su mente.

Zaldi-Beltz-Lehen y su jinete se removieron, incómodos.

El destino mostrado por el Gran Oráculo condenaba a Aroa, Eki, Nahia y Logan.

Se veía con claridad que eran amigos de los cinco Portadores y no solo eso, tras ellos yacían muchos dragones muertos.

Todavía no había acontecido, pero por lo que se veía iba a suceder.

Que estuvieran todos juntos resultaba muy significativo, quizá lo más significativo de todo.

El Gran Oráculo detuvo la proyección de su visión.

Al momento, también se volatilizó la que Nahia estaba viendo en su mente.

«La visión me ha mostrado un destino que contradice lo que me habéis relatado. Y no solo lo contradice, es un destino que no debe darse, de tremendo peligro para los dragones. Así lo he sentido mientras lo veía», el plateado de sus escamas se apagó hasta volverse ceniza.

Aroa y Eki se miraron. Eran conscientes de la gravedad de la situación.

«Si es un destino terrible para los dragones, no ha de cumplirse.

Lo que habéis visto no ocurrirá. Debe evitarse y se evitará.

Y también os condena. No habéis sido sinceros, hay amistad entre vosotros y esos Portadores.

Por eso no os mataron, o no os mataron y de ahí surgió la amistad…

da igual, en ambos casos es traición, pues no cumplisteis mi misión.

Y es doble traición en el porvenir, como acabamos de presenciar.

Os convertiréis en aliados y eso conducirá a un destino catastrófico para los dragones».

Nahia supo que estaban condenados. Tenía que pensar en alguna salida.

Una idea le vino a la cabeza. Envió un mensaje mental a Eki.

«Di que no es un destino cierto, sino una posibilidad. No tiene por qué cumplirse».

Su mente se afanaba en hallar una salida y solo se le ocurrió eso.

«Gran Oráculo, si se me permite… Ese camino que nos has mostrado no es del todo seguro. Puede que no llegue a darse, si entiendo bien las visiones».

El Gran Oráculo asintió.

«Cierto, puede que no se dé. Pero lo he visto y eso me basta. No puedo arriesgarme. Es un camino probable, uno que no debe darse».

«Entonces escúchame una última vez».

Eki encaró al dragón plateado sin amilanarse.

«Tú mismo has dicho que tus visiones ya no muestran un porvenir glorioso para los dragones.

Nosotros fuimos los únicos que llegamos hasta el gran mal, los únicos que sabemos qué son los medallones y quién los porta.

Si nos destruyes hoy no evitas ese destino, lo aseguras.

Apagas la única luz que aún puede guiaros hasta ellos para destruirlos y salvar a los dragones.

¿Qué oráculo quema su mejor baza por miedo a lo que todavía no ha ocurrido? ».

Zaldi-Beltz-Lehen agitó las alas, inquieto. Por un instante, los extraños ojos del Gran Oráculo se quedaron quietos, como si sopesaran la certeza de aquellas palabras.

«Hábil… Pero el riesgo pesa más que la baza».

El dragón plateado irguió el cuello para pronunciar la sentencia.

«Os con…».

—Espera.

La palabra brotó de Nahia antes de que pudiera contenerla. El silencio se desplomó sobre el anfiteatro. Hablar a un dragón sin permiso era impensable, y más aún al Gran Oráculo. Notó las miradas clavadas en ella y el pulso golpeándole la garganta.

Los ojos del Gran Oráculo giraron despacio hacia ella. La escama de la nuca le ardió, viva.

«Has destellado mientras yo emitía la visión, no creas que no me he dado cuenta. Soy el Gran Oráculo y todo lo veo».

La voz milenaria cayó sobre ella, curiosa y peligrosa a un tiempo.

«Habla, humana. ¿Qué ha sido eso?».

—También he tenido una visión —dijo Nahia.

El Gran Oráculo la estudió con detenimiento.

«Eso es extraordinario. Un efecto inesperado de mi visión, sin duda» murmuró el dragón.

Nahia tragó saliva. Decir la verdad la exponía, pero callarla los condenaba. Apretó los puños y eligió.

—He visto la visión del Gran Oráculo… y otra distinta, al mismo tiempo —levantó la barbilla y lo miró sin pestañear—.

Otro camino casi igual, pero no idéntico.

El Gran Oráculo ve una senda, yo he visto que hay más de una.

Si solo hubiera una verdad, un único destino, las dos imágenes serían la misma, pero no lo eran.

Eso que indica que no hay un destino cierto, es solo uno de los hilos… y yo he presenciado otro.

Las escamas del dragón centellearon como en una tormenta de plata. En mil años nadie le había dicho que su visión fuera incompleta.

«Curioso. Una humana que ve lo que un oráculo no ve…».

El gran dragón plateado bajó el cuello. La examinó como leyéndole el alma.

«No te creo del todo… pero tampoco puedo ignorarte. Lo que dices me intriga, niña, y tu mirada desafía a la mía, cosa que nadie osa hacer».

Alzó de nuevo la cabeza y su voz retumbó en toda la cúpula.

«Voy a dictar vuestra sentencia por traición».