Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 52
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Capítulo 52

La recuperación de Eki concluyó en un par de semanas. Aunque se había ido apagando lentamente, ahora comenzaba a encenderse con rapidez. Cada día amanecía visiblemente más fuerte. Su magia se restableció poco a poco hasta recuperarse por completo.

La alegría de todos fue enorme. Aroa no cabía en sí de gozo y Nahia y Logan tampoco, nadie lograba explicarse lo ocurrido.

En cuanto a la extraña habilidad que Eki había desarrollado, decidieron no intentar invocarla de momento.

Al principio, porque aún no se había restablecido y después, ya sano, por miedo a que recayera.

Pero la alegría duró poco. El comandante les informó de que el Gran Oráculo había tenido por fin su esperada visión y los requería. Partieron hacia el templo esa misma mañana. Él encabezaba la comitiva, escoltado por dos escuadras aéreas, y esta vez no incluyó a la Meteorito.

Nahia volaba sobre Eki. Sabía que no resistirse y regresar a Jadrakos había sido lo correcto, pero un nudo en la boca del estómago le advertía de un gran peligro.

«Te noto muy inquieta», Eki percibió su desasosiego a través del vínculo que los unía.

«Lo estoy. Tengo un mal presentimiento con esto del Gran Oráculo».

«No hay mucho que podamos hacer. Si nos requiere debemos presentarnos. De no hacerlo nos acusaran de traición al instante. El comandante lo dejó bien claro».

«Estoy pensando que quizá hubiera sido mejor no volver aquí y unirnos sin más a la rebelión», Nahia se removió en la silla.

«Esa era otra opción, aunque no la óptima. Aquí seguimos en una posición ventajosa. Tenemos acceso a información de primera mano y sabemos qué ocurre del lado de los dragones».

«No lo había pensado así, pero tienes toda la razón. Mientras estemos a este lado de la línea, entenderemos mejor la situación y tomaremos mejores decisiones».

«Exactamente. Aunque después de lo ocurrido con los Usik y los Masig, tengo bastante claro que tarde o temprano habremos de pasarnos al bando rebelde. Cuanto más lo demoremos, más ventaja tendremos para ayudarles».

Las escamas de Eki refulgieron.

«¿Te he dicho alguna vez que hablar contigo siempre me tranquiliza? Nada como tener un amigo inteligente que piensa bien las cosas», Nahia posó la mano sobre las escamas del cuello del dragón.

«Que me llames amigo significa mucho para mí. Te lo agradezco de verdad», el sentimiento se trasladó por su vínculo.

«Se me ha escapado, pero imagino que hasta un dragón puede tener amigos», bromeó Nahia.

«No demasiados, pero alguno que otro sí. No somos tan dados a lo social como los humanos».

«Está más que claro», Nahia resopló.

Siguieron volando. Todos sabían que la verdadera tensión llegaría ante el Gran Oráculo. Habían preparado una excusa, una verdad a medias, para justificar por qué no habían destruido a Iruki y a Asti. No era mala defensa, pero tratándose de los dragones el plan podría no funcionar.

Nahia pasó la mirada por las dos escuadras que los escoltaban y se reafirmó en su idea: resistirse no habría servido de nada.

Además, tras sus últimas experiencias con el Gran Oráculo quería saber si podía vislumbrar algo sobre ella y la rebelión.

Sus visiones siempre resultaban intrigantes y difíciles de interpretar, pero arrojaban luz sobre un camino posible y eso quizá pudiera acercarla a su objetivo: conseguir la libertad para todos.

Llegaron a la Perla del Auspicio. Nahia contempló el imponente edificio donde residía el Gran Oráculo.

La gigantesca esfera que formaba su parte central refulgía bajo el sol de Kraido, con la mitad izquierda plateada y la derecha dorada.

Una amplia vía, también mitad oro y mitad plata, conducía hasta él.

Descendieron tras el comandante, que tomó tierra justo frente a la entrada. Aroa y Eki aterrizaron detrás, y las escuadras de escolta tras ellos, vigilando sus espaldas.

«Aguardaremos a que el Gran Oráculo nos dé entrada», Zaldi-Beltz-Lehen plegó las alas.

Esperaron un buen rato. El edificio parecía desierto, aunque todos sabían que el dragón plateado moraba allí y solo lo abandonaba para reunirse con los cinco reyes en el Templo de la Avenencia.

Cuanto más se alargaba la espera, más crecía la inquietud de Nahia. Buscó a Logan, montado sobre Aroa. Él debió de leer el desasosiego en su rostro porque enseguida le hizo una seña para que se mantuviera tranquila.

Nadie pronunció palabra, ni el comandante ni las escuadras, y el ambiente oscilaba entre lo solemne y lo funesto.

Por fin, tras una larga espera, la gran esfera destelló en plata y empezó a rotar sobre sí misma. El movimiento atrajo todas las miradas. Giró hasta dejar al descubierto su interior.

El efecto resultaba extrañísimo. La esfera estaba hueca y revelaba un enorme anfiteatro circular en su interior. Al fondo, en el lado opuesto, aguardaba el Gran Oráculo.

«Que entren el comandante, su jinete y los requeridos. Los demás, montad guardia».

El mensaje cayó sobre todos con una fuerza tremenda, cargado de sabiduría milenaria. Era imposible no sentirlo.

«Muy bien. Seguidme».

Zaldi-Beltz-Lehen se encaminó hacia el gran edificio y los mencionados lo siguieron. Al llegar al anfiteatro, Zaldi-Beltz-Lehen se hizo a un lado para que Aroa y Eki ocuparan el centro.

El lugar sobrecogía. Nahia alzó la vista al cielo y se topó con la esfera abierta hasta la mitad, recogida la otra mitad tras el Gran Oráculo. El efecto era imponente.

El ser que los requería medía más de sesenta varas.

Nahia confirmó una vez más que era el dragón más grande y resplandeciente que había visto.

Sus escamas eran plateadas, con vetas de oro que le recorrían el lomo, los costados y las alas.

No podía volar, sus alas estaban decrépitas.

Sus ojos eran de plata con el iris de oro y desprendía un aura casi palpable, plateada y con destellos dorados. Tenía el aspecto de un ser de leyenda.

El gran dragón mitológico se dirigió a ellos.

«Os he requerido y habéis acudido. Eso me complace», sus escamas despidieron un fulgor plateado.

«Siempre a las órdenes de nuestro señor», respondió el comandante.

Los demás callaron y bajaron la cabeza.

«Lo que no me complace es que vosotros cuatro no hayáis cumplido la misión que os encomendé.

Os envié a territorio Usik y Masig a enfrentaros al gran mal y a acabar con él.

Erais los elegidos para lograrlo, así lo vi en una de mis visiones.

Pero las últimas me muestran un destino nuevo, uno en el que esa misión no se cumple.

Explicaos», el dragón bajó la cabeza y su voz se tornó más grave.

El mensaje llegó con una fuerza tremenda que prohibía la mentira, la explicación que el Gran Oráculo esperaba no debía decepcionarlo.

Como habían acordado, fue Eki quien tomó la palabra, con toda la calma y la inteligencia que lo caracterizaban.

Saludó y bajó la cabeza con respeto antes de explicarse.

«Gran Oráculo, viajamos a territorio Usik y Masig, como nos pediste, y buscamos el gran mal.

No fue tarea sencilla, pero lo encontramos.

Son unos medallones Ilenios, con magia dorada de gran poder.

El poder de esos medallones es capaz de matar dragones, eso es lo que descubrimos, el gran mal que fuimos a buscar.

Encontramos a los Portadores, pero no pudimos erradicarlo. Fuimos derrotados».

El Gran Oráculo guardó silencio. Sus escamas titilaron de forma opaca, como perdiendo intensidad.

«¿Sois conscientes de que habéis fracasado?».

«Somos conscientes, Gran Oráculo, pedimos perdón», Eki intentó que el mensaje transmitiera la mayor disculpa posible.

«Las disculpas ya no sirven de nada. Los fracasos no se perdonan, los dragones no toleran la debilidad», su voz milenaria se endureció.

«Su poder era mayor que el nuestro…» intentó defenderse Eki.

«Si no fuisteis capaces de derrotar a esos Portadores deberíais estar muertos y no aquí, ante mí. Eso me hace sospechar que hay juego sucio en todo esto. ¿Por qué seguís vivos, si os derrotaron?».

De nuevo Eki midió bien sus palabras, pues la respuesta era delicada y de gran calado.

«No sabemos por qué los dos Portadores no nos remataron tras derrotarnos. Nos dejaron malheridos, inconscientes, pero no acabaron con nosotros. Ignoramos la razón. Quizá fuera compasión».

El gran dragón plateado soltó un rugido hondo y ancestral que estremeció a todos los presentes.

«El destino puede tomar infinidad de caminos, según las acciones de quienes lo trazan, las vuestras y las de esos dos Portadores que deberían haberos matado. Que sigáis con vida no me convence. Por fortuna, soy el Gran Oráculo y, como tal, puedo verificar vuestra historia mediante una visión».

Nahia tragó saliva. Si el Gran Oráculo descubría lo ocurrido estaban perdidos. Siempre había creído que veía el porvenir, no el pasado, y aquello la desconcertó.

«Como sabéis, aguardaba una visión importante y por fin la he tenido».

Sus ojos refulgieron en dorado y plateado y luego se cerraron un instante, como si se estuviera sumergiendo en el recuerdo de lo visto.

«En ella he visto una pequeña parte del porvenir próximo centrada en vosotros y los Portadores a los que debíais haber matado. Esa visión del mañana me ha aclarado el ayer. Voy a mostraros lo que vi. Os interesa…» explicó el Gran Oráculo.

Nahia volvió a tragar saliva y bajó la cabeza. Aquello se ponía muy feo.

El Gran Oráculo empezó a destellar con un plateado intensísimo.

«Esta es la visión que he tenido».

A medida que el dragón plateado se adentraba en la visión, Nahia notó un calor en la nuca y supo que la escama plateada de Garran-Zilar-Denbo se activaba.

Fuese lo que fuese lo que el Oráculo había visto, importaba al destino, no solo de los dragones, sino de ellos y de la rebelión.

Aquello avivó aún más su interés y su temor.

La escama de la nuca le quemaba cada vez más, la sentía arder.

Dedujo que lo que generaba la visión les concernía de lleno.