Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 51
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Capítulo 51

Cruzaron el puente de camino a la casa de mando. Dejaron las monturas en el centro de la plaza, junto al pozo, y varios guardabosques se ofrecieron a llevárselas y a cuidar de ellas. Las Panteras de las Nieves se lo agradecieron.

Al cruzar el puente se llevaron una enorme alegría: al otro lado, guardando la casa de mando, se encontraron con los Zorros Plateados.

Sus compañeros sonreían y la alegría sustituyó a la inquietud de los malos tiempos.

Al verlos corrieron a saludar, por un momento se unieron todos en un gran abrazo.

—No sabéis cómo nos alegramos de veros —dijo Molak.

—Nosotros no tanto, sobre todo a ti, capitán maravilloso —dijo Viggo, y le dedicó una reverencia burlona.

—Ya veo que seguís como siempre —Molak se rio de buen humor—. Eso quiere decir que estáis bien.

—No le hagas ni caso —dijo Ingrid y le dio un manotazo en el hombro a Viggo—. Estamos bien y nos alegramos en el alma de veros. ¿Estáis todos bien?

—Sí —dijo Sugensen también sonriendo.

—Ahora un poquito mejor, al veros sanos y salvos —Elina y Frida se acercaron a darles abrazos.

Gonar se acercó a acariciar a Camu, mientras los demás compartían abrazos.

—¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Qué es lo que nos hemos perdido? —preguntó Ingrid a Molak.

—Será mejor que os lo explique Sigrid —respondió este—. Ya le han informado de que habéis llegado y quiere veros de inmediato.

—Nosotros también necesitamos verla, así que será mejor que entremos —Ingrid se dirigió hacia la puerta.

—Nosotras nos encargamos de Camu, Ona y Argi —dijo Frida y Elina asintió.

—Perfecto. Muchas gracias —respondió Lasgol y les dedicó una sonrisa agradecida.

Entraron en la casa de mando y se encontraron a Sigrid junto el fuego con su hermano Enduald.

—¡Qué alegría tan grande veros! —Sigrid se levantó a recibirlos.

—El sentimiento es mutuo —dijo Ingrid y se adelantó—. ¿Qué ha sucedido en la capital?

—Como podéis imaginar una de las huestes, no sabemos cuál de ellas, llegó hasta la ciudad —explicó Sigrid—. Por fortuna vuestros avisos nos llegaron a tiempo. Os debemos miles de vidas. Si no nos hubieseis avisado no hubiéramos podido preparar la huida y habría sido una catástrofe sin precedentes.

—¿Consiguió salir todo el mundo? —preguntó Lasgol.

—Por fortuna, sí —confirmó Sigrid y suspiró aliviada—. Cuando nos avisasteis de que una hueste de dragones se aproximaba desde el oeste, decidimos abandonar la ciudad para no ser exterminados.

—Nos llena de alegría que todo el mundo consiguiera ponerse a salvo —dijo Ingrid—. Nosotros tuvimos bastantes problemas para lograrlo en Rilentor.

—Tenéis que contarme todo lo que os ha sucedido en Rogdon —pidió Sigrid.

—Antes de hacerlo, si no es problema, nos gustaría saber a dónde ha ido toda la gente, dónde están los civiles y los soldados —dijo Lasgol—. Porque aquí solo hemos visto guardabosques.

—Cierto, tenéis razón —Sigrid levantó una mano a modo de disculpa—. Dejadme que os lo explique primero, antes de pediros más información. Los malos tiempos que corren me hacen comportarme con demasiada urgencia.

—¿Se han refugiado los civiles? —preguntó Gerd.

Sigrid asintió.

—Cuando recibimos vuestras noticias desde Rilentor supimos que tendríamos que planificar una defensa o una huida —la líder de los guardabosques señaló a su hermano—.

Opinábamos que no debíamos hacer frente a semejante hueste de dragones o pereceríamos.

Sin embargo, los generales no eran de la misma opinión, querían quedarse y defender la ciudad.

Estuvieron a punto de hacerlo, pero cuando nos llegaron las noticias de una segunda hueste se convencieron de que no había alternativa.

Hasta ellos comprendieron que, aunque consiguieran defender la ciudad de la primera, no podrían hacerlo de la segunda.

En ese momento se decidió evacuar, y menos mal que así fue porque dos días después llegaron los dragones.

Para entonces ya solo quedaban los últimos regimientos y huyeron tan rápido como pudieron, aunque sufrieron algunas bajas en la huida.

—¿A dónde se han dirigido? Porque hemos recorrido todo el camino desde la capital hasta aquí y no hemos visto un alma —preguntó Nilsa.

—Sabíamos que ir a otras ciudades sería retrasar lo inevitable —dijo Sigrid y se acercó al fuego—.

Quienes vivían en la capital podían trasladarse a cualquier ciudad, pero no podríamos defenderla; lo mismo sucedía con las aldeas y las granjas.

Decidimos que tanto civiles como soldados marcharan al norte, a las grandes montañas nevadas.

Allí es donde están ahora. Solo unos pocos regimientos y civiles quedan en el reino, el resto está en el norte.

—¿Cómo de al norte? —preguntó Lasgol enarcando una ceja.

—Muy al norte, en territorio de los salvajes del hielo, en las Montañas Eternas y las Montañas Inalcanzables —contestó Sigrid señalando con su dedo hacia el norte.

—¿Tan al norte? —Astrid enarcó las cejas, sorprendida.

—Sí —Sigrid asintió—. Nuestro aliado del Continente Helado nos ha ofrecido ayuda. Allí hay grandes cuevas donde podemos escondernos. También nos ha ofrecido cruzar y ocultarnos en los grandes glaciares que tienen.

—¿Asrael? —preguntó Lasgol.

—Sí, nuestro gran aliado. Pero esa es una alternativa que esperamos no tener que utilizar, porque, como bien sabéis, las temperaturas gélidas incluso dentro de sus glaciares acabarían con muchos de los civiles.

No creo que pudieran soportarlo. De momento nos guardamos esa opción, en función de cuánto empeore la situación aquí, en Norghana.

—Por eso no hemos visto un alma, ni en el sur ni en el centro del reino —Ingrid asintió, comprendiéndolo.

—No queríamos arriesgar la vida de nadie —explicó Sigrid—. Es imposible hacer frente a semejante número de dragones.

—Sí, lo sabemos —Ingrid lo confirmó con un gesto.

—El rey Gerart ha ordenado una estrategia similar —explicó Lasgol—.

Todos los civiles y soldados se han refugiado en las cordilleras montañosas que rodean el reino de Rogdon.

Les ayudamos a salir de la ciudad y los acompañamos hasta la cordillera del este.

Su plan es muy similar que el que habéis llevado a cabo aquí.

—Los guardabosques se han ido reuniendo aquí, en el Campamento, porque todavía no lo han descubierto —Enduald avivó el fuego.

—¿Qué hay del Refugio? —preguntó Lasgol.

—Malas noticias —dijo Sigrid, y su rostro se ensombreció—.

El Refugio está invadido. Parece ser que han tomado el control de las perlas, no solo aquí, en Norghana, sino en el resto de los reinos.

En el Continente Helado hay más de una docena de dragones y no se separan de ella.

Es lo que nos ha contado Asrael. Sus Arcanos de los Glaciares vigilan el lugar.

—¿Han visto ellos también una hueste en su continente? —preguntó Ingrid.

—No, por fortuna —Sigrid negó con la cabeza—. Creemos que se debe a las condiciones climáticas tan adversas que tienen allí, y a que los dragones no los consideran un reino como tal, ya que no tienen ciudades, sino que viven en el interior de los glaciares y bajo la superficie del hielo.

—Entiendo —dijo Lasgol—. ¿Qué noticias hay de los otros reinos?

—Nos han llegado noticias, pero todas muy poco alentadoras, por no decir desastrosas —respondió Sigrid—.

Lo que le ha ocurrido a Rogdon ya lo conocéis.

Zangria y Erenal fueron arrasadas y sus gentes se esconden.

Por lo que nos han comentado, hay una hueste sobre territorio Usik, y la que llegó hasta nosotros lo hizo desde territorio Masig, por lo que ambas tribus están en tremendo peligro.

No sabemos el grado de fatalidades que han sufrido, pero imagino que su situación será similar a la nuestra.

El Imperio Noceano se ha puesto en contacto y nos ha informado sobre una hueste que está barriendo toda la parte oeste de los desiertos.

—Vaya, esas son noticias muy malas —Nilsa torció el gesto.

—Es peor que eso —continuó Sigrid, y bajó la voz—.

En el este ha aparecido una hueste, no sabemos si la misma que atacó a los Usik u otra, y ha acabado con la ciudad de York, en el norte.

Antes de evacuar, Urrejaun nos envió un mensaje y varias cajas con esferas de sustancia dorada.

Por lo que decía su mensaje huían de York hacia el sur, hacia los desiertos, con la ayuda del nuevo reino de los rebeldes de Kraido que se ha formado en el este.

—¿Un nuevo reino de los rebeldes? No teníamos noticias de esto —Ingrid se inclinó hacia delante, atenta.

—Los rebeldes de Kraido se han hecho fuertes en todo el este del desierto, desde el mar hasta el final del continente —Sigrid entrelazó las manos—. Han conseguido poner bajo su control seis ciudades que antes pertenecían a los dragones.

—Eso son buenas noticias —Gerd sonrió por primera vez en mucho rato.

—Ya lo creo —dijo Lasgol—. La rebelión de Kraido sigue adelante con fuerza. Son excelentes noticias.

—Es impresionante lo que han conseguido Nahia, Dafne y el resto del Escuadrón Rojo —dijo Ingrid—. Realmente, para quitarse el sombrero.

—La mayoría de los rebeldes han cruzado hacia el nuevo reino —añadió Sigrid.

—¿Cuántos pensáis que quedan en Tremia leales a los dragones? —preguntó Lasgol.

—Según la información que tenemos, apenas ninguno —dijo Sigrid, y se encogió de hombros—.

La rebelión ha ido creciendo, el mensaje se ha ido transmitiendo y cuando los dragones ralentizaron sus ataques a la espera de reorganizarse y de reunir a esas tremendas huestes los soldados de Kraido lo aprovecharon y desertaron en masa.

Quedan muy pocos regimientos leales a los dragones, una minoría.

—Me imagino que serán todos de esos cabezas de dragón lame patas —Viggo ladeó la cabeza.

—No te equivocas —confirmó Sigrid—. En efecto, la mayoría de los que no han desertado son Drakónidos. Pero están solos y desbandados, ahora regresarán a las ciudades que han tomado las huestes aladas.

—Que los rebeldes de Kraido se hayan hecho fuertes en el desierto y hayan creado un reino son unas noticias fabulosas —Lasgol esbozó una sonrisa esperanzada.

—Lo son, pero también están teniendo grandes dificultades —respondió Sigrid—. Nos han llegado rumores indicando que la hueste de dragones que ha barrido todo el este ha descendido ahora a los desiertos, siguiendo a los refugiados de York e intentando darles caza.

—Oh, no… —Nilsa dejó caer los hombros.

—Todos los soldados del nuevo reino rebelde y los refugiados de York se han tenido que esconder en las grandes cordilleras montañosas de los desiertos —prosiguió Sigrid.

—Terrible —Lasgol negó con la cabeza.

—Es decir, que hay por lo menos cuatro huestes y han conquistado todos los reinos que quedaban, forzándonos a todos a escondernos —Ingrid fue contando con los dedos.

—Eso, poniéndolo de forma positiva —dijo Viggo.

—Sí, la situación es desesperada —tuvo que reconocer Sigrid, y dejó escapar un suspiro—. Los dragones, por desgracia, dominan todo el continente y no queda ningún reino que les pueda hacer frente o defenderse de ellos.

—¿Qué vamos a hacer? —Nilsa se llevó una mano al pecho, con la voz quebrada por la congoja.

Sigrid caminó frente a ellos, con las manos a la espalda y la cabeza inclinada hacia el suelo. Fue y vino varias veces antes de pronunciarse.

—Lo que vamos a hacer es lo que siempre hemos hecho: seguir luchando —se detuvo y los miró uno a uno—.

La situación es dramática, la peor que jamás hemos vivido y no solo para nosotros, sino para todos los reinos de Tremia.

Llegan tiempos de oscuridad, tiempos en los que toda la gente de Tremia tendrá que esconderse de los dragones en cuevas profundas y bajo tierra.

Será un tiempo de sufrimiento, un tiempo sombrío.

Pero encontraremos la forma de darle la vuelta a la situación, de expulsar a esas huestes aladas de nuestro continente.

Las Panteras de las Nieves asintieron ante las palabras de su líder.

Todos eran muy conscientes de que, en efecto, llegaban tiempos oscuros para toda la humanidad.

Lasgol miró a Astrid y ella le hizo un gesto de ánimo.

Lasgol no sabía cómo, pero iban a conseguir sobrevivir.

Los dragones no iban a lograr su propósito.