Capítulo 50
Las Panteras de las Nieves iban hacia el Campamento con el corazón pesado y el estómago revuelto por lo que habían encontrado en la capital.
Si lo hallado allí les había dejado completamente abatidos, lo que fueron descubriendo a medida que recorrían su amada tierra las dejó con sensaciones todavía peores.
Todas las aldeas cercanas a la capital estaban desiertas. Habían parado en varias con la intención de recabar información sobre lo sucedido y sobre el paradero de las tropas del reino, pero no habían encontrado un alma a quien preguntar.
—Esto es de lo más inquietante —Nilsa paseó la mirada por las casas vacías mientras abandonaban la aldea en la que acababan de entrar.
—Han abandonado las aldeas. Eso significa que sabían que venían los dragones o que los vieron y huyeron —razonó Astrid negando con la cabeza.
—Sea como sea, parecen aldeas fantasma —comentó Gerd.
—Sí, pero no te vayas a morir de miedo ahora, ¿eh? —dijo Viggo, esbozando media sonrisa para aligerar el ambiente.
No lo logró. Los ánimos de todos estaban por los suelos y los comentarios ácidos de Viggo, que en otros momentos siempre los animaban, ahora no surtían efecto.
—Mejor que nos contengamos con los comentarios —Ingrid le lanzó una mirada de que no era el momento.
Viggo tuvo que darle la razón y asentir.
«Aldeas vacías ser mucho triste. Yo preocupar dónde estar gente», envió Camu que movía la cabeza de un lado a otro.
—Todos nos sentimos como tú, Camu —dijo Lasgol con cariño.
«Yo esperar gente estar bien en algún sitio».
—Sí, nosotros también —Astrid lo acarició con suavidad.
—Continuemos, aquí no hay nada más que ver —dijo Ingrid.
Todos montaron y siguieron hacia el norte.
Prosiguieron el camino y alcanzaron las primeras ciudades, donde se encontraron con la misma imagen desoladora: estaban vacías, no había un alma en ellas.
No solo eso, la gente se había marchado a toda prisa, dejando atrás sus enseres y objetos personales, por lo que dedujeron que no habían tenido mucho aviso antes de partir.
—Al menos no nos hemos topado con rastro de sangre ni muerte —Gerd se inclinó sobre la silla para escrutar el suelo.
«Yo mucho triste todo el mundo marchar. Pero ser buena noticia. No muertos», se sumó Camu al pensamiento de Gerd.
Ona y Argi exploraban las casas y las inmediaciones de las ciudades para asegurarse de que, en efecto, no había muertos. Hasta el momento no habían hallado indicio alguno de que los dragones hubieran asaltado la ciudad.
—Da la impresión de que los dragones tomaron la capital, pero no el resto de las ciudades —Ingrid entornó los ojos hacia el horizonte.
—Es lo mismo que hicieron en Rogdon —dijo Astrid.
—Esas son buenas noticias. La gente habrá podido huir —Lasgol resopló de alivio.
—Continuemos, tenemos que llegar cuanto antes al Campamento.
Decidieron no parar más, puesto que ya tenían claro que habían abandonado aldeas y ciudades.
No sabían si todas, pero sí las más cercanas a la capital y algo más al norte.
Para llegar antes al Campamento salieron de los caminos y acortaron hasta alcanzar el río.
Luego subieron siguiendo la ribera hasta la entrada secreta.
En todo el trayecto no encontraron a nadie, pero esto no los extrañó, aquella no era una zona por la que soliera transitar gente.
Tampoco habían avistado ningún dragón en todo el recorrido, lo cual era buena señal.
Lo que más les preocupaba era que hubiera dragones rondando el reino y matando a la gente, pero no parecía ser el caso.
Si no fuera porque conservaban la esperanza de que hubieran escapado y se hubieran puesto a salvo, dirían que algo fantasmagórico le había sucedido a todo el reino.
Llegaron a la entrada del Campamento y detuvieron las monturas.
Camu, Ona y Argi aguardaban tras ellos. Lasgol casi tenía miedo de entrar, por si lo que fueran a descubrir les rompía todavía más el corazón.
No era el único, todos observaban la entrada con expresión de gran preocupación.
Nadie daba el paso para llamar, precisamente porque todos pensaban lo mismo que él. Todos excepto Viggo, por supuesto.
—Ya me encargo yo, que os veo un poquito afectados —dijo, y azuzó su caballo hasta la entrada secreta, donde silbó tres veces de un modo especial para que le abrieran.
Por un momento no sucedió nada y un silencio sepulcral cayó sobre ellos.
Cuando ya pensaban que también estaba desierto o algo peor, la entrada comenzó a abrirse.
—Parece que hay alguien en casa —Viggo sonrió, festivo.
Cuando se abrió el acceso al Campamento todos se quedaron expectantes, sin saber muy bien si aquello era demasiado bueno para ser verdad o si guardaba una trampa.
—Vamos, ¿a qué esperáis? Está todo bien —Viggo les hizo un gesto con la mano para que avanzaran.
Los demás se miraron y, con cierta resistencia, comenzaron a acercarse.
—Ya me encargo yo de mirar si hay problemas —Viggo desmontó y se adentró en el Campamento con los dos cuchillos en las manos, en guardia.
—Ten cuidado, no te confíes —Ingrid frunció el ceño, tan poco convencida como el resto.
Las situaciones vividas y lo que habían visto en la capital los tenía muy descolocados.
Viggo ya correteaba de un lado a otro agazapado, buscando algún peligro. De pronto, se detuvo y levantó las manos con los cuchillos en ellas.
—¡No tiréis, me rindo! —exclamó.
De inmediato, todos armaron sus arcos y apuntaron, buscando a quien tuviera apresado a Viggo.
El momento de tensión pasó en cuanto vieron que Viggo sonreía, cosa que no podía ser mala señal.
Levantaron la cabeza y descubrieron que en las atalayas de vigilancia había guardabosques y que estaban apuntando a Viggo.
Observaron alrededor.
Todo seguía como siempre. Distinguieron la gran área abierta, los grandes bosques, ríos y lagos interconectados por descampados hasta donde el ojo alcanzaba a ver.
Todo rodeado de una barrera de árboles y setos que lo escondía del mundo exterior.
Vieron los talleres a un lado y los establos, también a los guardabosques que vigilaban la entrada, muy bien camuflados, a los que no habían divisado al llegar.
Había infinidad de caballos en los cercados, bien cuidados, y más guardabosques con ellos.
Por el número de monturas, Lasgol calculó que debía de haber muchísimos guardabosques.
—Somos las Panteras de las Nieves. ¡No tiréis! —Ingrid alzó los brazos para mostrar que no eran una amenaza.
Viggo, en cambio, parecía estar disfrutando de la confusión que su llegada había creado entre los vigías.
Al escuchar aquello, los vigías bajaron los arcos y las Panteras de las Nieves hicieron lo propio.
Los vigilantes les hicieron señas de que avanzaran y así lo hicieron, despacio, para no provocar ningún conflicto.
Llegaron al centro del Campamento y pudieron ver la biblioteca y la casa de mando al fondo, en mitad del estanque, como una isla de comando donde los líderes de los guardabosques tomaban las decisiones.
Cuanto más avanzaban, más compañeros aparecían.
En un momento se corrió la voz de su llegada y de todos los rincones empezaron a salir guardabosques, como si el propio Campamento los estuviera creando o estuvieran escondidos debajo de las piedras. Salían y, al verlos, sonreían.
—Esto me da esperanzas —dijo Ingrid. Miró a derecha e izquierda y vio que cada vez más guardabosques salían a saludar.
—A mí también —Nilsa saludó con la mano a los que venían a su encuentro.
—Menudo alivio —dijo Gerd, y resopló con fuerza.
La preocupación de Lasgol se disipaba poco a poco y su corazón se animaba. Miró a Astrid, y ella sonrió.
—Hay que confiar siempre —Astrid le hizo un gesto de fuerza con el puño.
Lasgol no había perdido nunca la esperanza, pero era cierto que, en los momentos más duros de aquellos últimos tiempos, había llegado a dudar de que hubiera un destino feliz para ellos, para los guardabosques, para Norghana, para toda Tremia.
De momento parecía que los guardabosques habían sobrevivido, y verlos allí los llenó no solo de alegría, sino de esperanza para el futuro.
Uno de los veteranos se les acercó.
—Será mejor que vayáis a ver a Sigrid a la casa de mando —dijo, y señaló al fondo de la isla.
—¿Está bien? —preguntó Lasgol.
—Sí. Nuestra líder está bien y nos guía con sabiduría —dijo el veterano y asintió con orgullo.
Lasgol miró a su espalda para asegurarse de que tanto Camu como Ona y Argi lo seguían. Los tres estaban allí, observando. Despertaban un gran interés, sobre todo Camu, y muchos guardabosques se acercaron a verlos y a saludar. Aquello encantó a Camu, que sonreía más de lo habitual.
—Estás contento con toda la atención que estás recibiendo, ¿eh? —Lasgol le acarició el lomo escamado.
«Yo mucho contento. Guardabosques reconocerme y quererme», Camu agitó la cola y sonrió.
—Supongo que también te refieres a que reconocen y quieren a Ona y a Argi —dijo Lasgol.
«Sí, también. Yo contento por ellos. Más contento por mí», Camu ladeó la cabeza, muy ufano.
—Será egocéntrico el bicho este… —dijo Viggo, y puso los ojos en blanco.
—Mira quién fue a hablar —replicó Gerd—. No conozco a nadie más creído ni más lleno de sí mismo que tú.
—Pero eso es porque me lo merezco. Y a mí no me hace ilusión que me agasajen como al bicho, la minina y el chucho —Viggo se cruzó de brazos.
De inmediato, Ona y Argi gruñeron a Viggo y los guardabosques que los rodeaban se echaron un poco atrás al ver los colmillos de la pantera de las nieves y del lobo gigante.
Muchos de aquellos guardabosques ya los conocían, pero otros no, porque, habiendo tantos allí, seguramente habían llegado de todas las partes del reino.
—Vamos a ver a Sigrid —Ingrid echó a andar hacia el puente.
—De acuerdo —Astrid la siguió.