Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 49
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Capítulo 49

Dafne y sus compañeros montaron el campamento al pie de la montaña, lo suficientemente lejos para no ser alcanzados por las flechas y lo bastante cerca para que los vieran claramente.

Dafne ordenó a las tropas retrasarse y descansar.

Solo ellos quedaron a la vista. Aguardaron, pero no hubo movimiento enemigo.

Los Aljisaw no descendieron de la montaña para atacar y su líder tampoco se presentó a negociar.

No perdieron la calma. Aguardaban junto al fuego, invitando al líder enemigo a acercarse para dialogar.

No sucedió.

—Me parece que no va a bajar —dijo Lily.

—Y estamos bastante expuestos aquí fuera —añadió Aiden—. Quizá deberíamos abandonar esta idea y protegernos con nuestras líneas.

Dafne miró a Taika, que asintió. Aiden tenía razón, estaban arriesgando demasiado y no parecía que aquello fuera a dar resultado.

—Si ese líder es justo, bajará a hablar —opinó Ivo—. Es lo que se espera de alguien que tiene el mando cuando su gente está en peligro.

—Se te olvida que no todos los líderes son justos ni sabios —replicó Aiden.

Ivo hizo un gesto leve. El Drakónido tenía razón.

En ese momento detectaron movimiento en la montaña.

—Atentos todos —dijo Taika, al tiempo que cogía su escudo.

El resto lo imitó. Apenas tuvieron tiempo de protegerse cuando apareció una veintena de Aljisaw. Eran casi imperceptibles entre la penumbra, la noche y la oscuridad de la montaña a sus espaldas.

Los Aljisaw tiraron contra ellos. Las flechas cayeron sobre el pequeño campamento y golpearon los escudos, el fuego y el suelo a su alrededor.

—¡Nos atacan! —dio la alarma Dafne.

Un centenar de flechas de fuego salió desde detrás del campamento y voló hacia la posición desde la que habían tirado los Aljisaw.

Al caer, iluminaron a los arqueros enemigos que habían atacado.

De inmediato, otro centenar de flechas normales surcó el cielo buscando los cuerpos de los tiradores, ahora visibles.

La estrategia del general Baba funcionó.

Una vez iluminados por las flechas de fuego, los tiradores noceanos mataron e hirieron a los que habían atacado a Dafne y su grupo.

Hubo un intercambio de flechas en ambas direcciones. Después, de pronto, los Aljisaw dejaron de tirar y se escondieron de nuevo en su montaña.

—Me temo que ese líder no es justo, ni honorable, y no va a bajar a hablar —dijo Lily—. Así que será mejor que cambiemos de táctica.

—Sí, tenéis razón —reconoció Dafne—. Vamos a tener que hacerlo por las malas, pero evitaremos cuantas muertes de los nuestros podamos. No voy a enviar a todo el ejército a asaltar esa montaña.

—Entonces, ¿qué pretendes hacer? —preguntó Aiden, frunciendo el ceño.

Ya suponía que lo que Dafne iba a proponer no iba a gustarle.

—Vayamos el Escuadrón Rojo, el Escuadrón Blanco y el Escuadrón Azul. Vamos a planificar el asalto.

—De acuerdo —dijo Taika.

Dafne y sus compañeros abandonaron el pequeño campamento de diálogo y se dirigieron a la tienda de mando. Los brujos de dragón de los escuadrones que Dafne requería llegaron con premura.

—Escuchadme, este es el plan —Dafne les dio las instrucciones con rapidez y precisión.

Esperaron hasta que el sol iluminó por completo la montaña negra. De ese modo podrían ver mejor a los enemigos. De noche, tomar aquellas rocas pobladas por Aljisaw era una locura, pero de día, las cosas cambiaban.

—Avanzamos —ordenó Dafne.

Los tres escuadrones comenzaron a avanzar hacia la base de la montaña.

Mientras lo hacían, los arqueros noceanos adelantaron posiciones para cubrirlos.

Los Aljisaw aguardaron hasta que los brujos de dragón estuvieron al pie de las rocas para dejarse ver.

El día no les favorecía tanto como la noche, y lo sabían.

En cuanto los tres escuadrones pisaron la tierra negra, los Aljisaw aparecieron por toda la montaña, saliendo de sus escondites, y se prepararon para tirar contra los asaltantes.

El general Abdu Baba dio la orden y sus arqueros apuntaron contra los Aljisaw. Las flechas pasaron por encima de las cabezas de los tres escuadrones, trazaron una parábola y cayeron sobre los primeros enemigos que se disponían a atacar.

—¡Protecciones arriba! —ordenó Dafne.

Todos los brujos de dragón levantaron sus protecciones de escamas contra ataques físicos. Cada una brilló con el matiz de su propia magia elemental.

Los tiradores Aljisaw soltaron sus flechas sobre los tres escuadrones, que avanzaban por la parte baja de la montaña como un pequeño ejército de semidioses acorazados. Las flechas golpearon escudos, piernas y brazos, pero no lograron detenerlos.

—Proteged el rostro con los escudos y enviad energía a vuestras defensas —ordenó Dafne, que encabezaba la ascensión.

El terreno era escabroso y muy empinado, pero los brujos de dragón siguieron subiendo sin detenerse.

Recibían las flechas como si no pudieran herirlos, aunque todos sabían perfectamente que podían hacerlo.

Los arqueros noceanos continuaban cubriendo la subida, soltando andanada tras andanada para proteger a los tres escuadrones en su ascenso.

Consiguieron llegar hasta los primeros Aljisaw, que dejaron a un lado los arcos y desenvainaron cimitarras y cuchillos curvos antes de lanzarse contra ellos.

La situación se volvió caótica en un abrir y cerrar de ojos.

Los Aljisaw saltaban sobre los brujos de dragón y, al mismo tiempo, eran alcanzados por las flechas de sus propios compañeros, que tiraban desde más arriba, o por las de los noceanos, que cubrían el avance desde abajo.

Los arqueros noceanos iban acompañados por soldados de Kraido, que formaron un muro de escudos frente a ellos mientras los noceanos soltaban flechas desde detrás de la protección.

—Deshaceos de los atacantes. Tenemos que ascender —envió Dafne a sus compañeros.

Era consciente de que no podrían soportar ataques continuos durante mucho rato.

Estaban utilizando demasiada energía para reforzar sus armaduras y, tarde o temprano, sus reservas se agotarían.

Los brujos de dragón repelían a los Aljisaw con su destreza de espada y escudo.

No atacaban con magia porque necesitaban conservar cuanta energía pudieran para reforzar sus defensas, debilitadas por la lluvia constante de flechas.

Los Aljisaw atacaban a gritos, de forma salvaje, lanzándose contra ellos.

Los brujos de dragón los repelían con golpes de escudo, tajos y estocadas que acababan con sus vidas en un instante.

En grupo, los Aljisaw eran peligrosos, pero su habilidad con espada, cimitarra y cuchillo no podía compararse con la maestría de los brujos de dragón, que continuaban despachándolos sin dejar de ascender.

El problema era que cada arremetida les impedía avanzar con rapidez montaña arriba.

Aquello dificultaba la estrategia y ponía en peligro su éxito.

Ivo soltó un golpe de revés con su escudo y envió a un Aljisaw montaña abajo.

Acto seguido, recibió dos flechas en el torso.

Su defensa estuvo a punto de caer, así que envió más energía a la protección, pero se estaba quedando sin reservas.

Tampoco estaba seguro de poder reforzarla al mismo tiempo que se defendía de los asaltantes.

Su competencia mágica no era la mejor y, para usar su magia, necesitaba concentrarse.

Aquella no era precisamente una situación tranquila.

Soltó un tajo tremendo y decapitó a un Aljisaw que venía atacando por el flanco derecho.

Taika lanzaba tajos precisos y estocadas certeras que acababan con los enemigos antes de que pudieran llegar hasta él.

Haciendo gala de su agilidad, se desplazaba un poco a derecha o izquierda sin romper la formación e interceptaba los ataques con gran habilidad.

Dafne y Lily se defendían con el escudo y contraatacaban con la espada para seguir ascendiendo.

Cada vez aparecían más Aljisaw y la situación se complicaba por momentos.

Los otros escuadrones, a izquierda y derecha del Rojo, también se defendían con destreza.

De momento solo habían recibido algunas heridas de flecha, pero nadie había caído.

Aiden luchaba soltando fuertes tajos a derecha e izquierda, derribando a todo enemigo que se le pusiera por delante.

La Escuadra Ardiente y la Escuadra Candente también repelían los ataques con maestría.

Las flechas de los arqueros noceanos pasaban por encima de sus cabezas para caer sobre los Aljisaw situados más arriba.

—Taika, te toca —indicó Dafne.

—Me encargo —el Felidae marchó retrocediendo en lugar de seguir ascendiendo.

—Los demás seguiremos subiendo —ordenó Dafne.

Cuando alcanzaron la mitad de montaña hubo un breve impasse . En lo alto apareció un Aljisaw dando grandes voces y apuntando con sus cimitarras de oro hacia los guerreros vestidos de negro.

Al verlo, Dafne supo que aquel era el líder de los Aljisaw. Las dos cimitarras de oro que empuñaba lo delataban.

—Ahí está el líder. Hay que capturarlo.

—¿Ascendemos? —preguntó Aiden.

—No, aguantamos la posición.

Tres figuras no distinguibles coronaron la cima por detrás y comenzaron a descender con sigilo con la intención de caer por la espalda sobre el líder enemigo.

Dafne lo sabía, aunque no podía verlos porque se fundían con la negrura propia de las rocas de aquella montaña.

Eran Taika y otros dos brujos de dragón envueltos en una oscuridad que no era natural.

Taika lideraba el grupo. El tigre avanzaba envuelto en la oscuridad que su talento generaba.

Con él iban otros dos brujos de dragón dotados del mismo talento, creando una amplia zona en la que no penetraba la luz.

El líder enemigo gritaba órdenes a sus guerreros y no se percató de que, desde la cima de la montaña, a sus espaldas, los tres brujos descendían en total silencio.

—Aguantad. Todos quietos —ordenó Dafne.

El grupo levantaba los escudos y repelía los ataques de los Aljisaw sin avanzar.

—¿Lo conseguirán? —susurró Lily a Dafne mientras soltaba una estocada al cuello de uno de los atacantes.

—Más vale que lo hagan —respondió Aiden—. Nos estamos quedando sin energía para reforzar las defensas. Yo la tengo casi agotada.

Taika y los otros dos brujos de dragón llegaron hasta la cueva donde se encontraba el líder de las cimitarras de oro. Ni él ni sus lugartenientes se dieron cuenta de su llegada. Los tres se dejaron caer en el interior, envueltos en una oscuridad casi absoluta.

Taika propinó un golpe en la nuca al líder, que perdió el sentido y cayó al suelo. Los otros dos brujos de dragón mataron rápidamente a los lugartenientes y despejaron la cueva mientras Taika ataba de manos y pies al jefe Aljisaw con unas sogas.

Cuando lo tuvo inmovilizado, lo amordazó y se lo echó al hombro. Era un hombre de mediana edad, delgado y no muy alto, así que no le supuso demasiado esfuerzo subir con él hasta la cima de la montaña y desaparecer por el otro lado. Comenzaron el descenso tan rápido como pudieron.

Los Aljisaw no tardaron mucho en darse cuenta de que su líder y sus lugartenientes ya no estaban dando órdenes desde la cueva. Un grupo de guerreros se apresuró a investigar qué sucedía y, cuando descubrieron que el líder había desaparecido y que sus hombres estaban muertos, dieron la alarma.

El combate se detuvo. En cuanto se percataron de que su líder había sido capturado, los Aljisaw dejaron de atacar. Permanecieron quietos, observando qué iban a hacer con él.

—Abajo. Nos retiramos —ordenó Dafne.

Comenzaron a descender despacio, con los escudos levantados y con cuidado por si los enemigos volvían a lanzarse sobre ellos.

El descenso fue lento, pero no recibieron más ataques. Cuando llegaron al suelo, fuera de la falda de la montaña, los Aljisaw aparecieron sobre las rocas y se quedaron observándolos.

Taika llevó al líder de las cimitarras de oro hasta el campamento que habían preparado para dialogar. Lo sentó frente al fuego y le quitó la mordaza y las sogas. Dafne se colocó delante de él e hizo llamar al general Abdu Baba para que tradujera.

El general se situó a la espalda de Dafne.

—Vas a decirle a tus guerreros que no ataquen más —dijo Dafne.

—Eso nunca. Os mataremos a todos.

—No creo que estés en posición de matar a nadie. Como puedes ver, tus guerreros han dejado de atacar.

—Solo esperan a que les dé la orden de volver a hacerlo.

—Esa orden no la vas a dar si sabes lo que te conviene —amenazó Dafne, señalándolo con el dedo índice.

El líder la miró. Después observó a los brujos de dragón que se curaban las heridas un poco más atrás y, finalmente, al gran ejército de rebeldes de Kraido y soldados noceanos, formado y dispuesto a entrar en acción.

—¿Qué queréis? Estas son mis montañas. ¡Nuestras montañas!

—Los dragones van a venir —dijo Dafne, señalando el cielo—. Y cuando lleguen necesitaremos un lugar donde escondernos, igual que hacéis vosotros.

El líder entendió lo que Dafne sugería y negó con la cabeza.

—No vamos a aceptaros entre nosotros, no vamos a daros cobijo. La montaña es sagrada para nosotros.

—No es eso lo que te pido. Vosotros solo habitáis la zona este de la cordillera. Mi propuesta es que compartamos las montañas. Vosotros al este, y nosotros en el oeste y el centro.

—Nunca. Las Montañas Negras son sagradas. No pueden compartirse, las mancillaréis.

—Buscamos refugio, no mancillaremos nada. Podemos convivir… Ayudarnos.

—No conviviremos. Mi tribu no lo aceptaría.

—Bien. Entonces cada uno tendrá su lado de las montañas. De lo contrario, tomaremos el vuestro y ocuparemos toda la cordillera. Puedes elegir.

El líder observó de nuevo las tropas.

Se lo pensó.

—No me obligues a mataros —añadió Dafne—. Lo haremos si no hay otra opción. Los dragones llegarán y debemos encontrar cobijo.

El líder se quedó callado y observó la montaña.

—Tengo que explicárselo a mi pueblo. Necesitaré algo de tiempo.

—Tienes hasta medianoche.

El líder asintió y se levantó.

—Hablaremos a medianoche.

Las horas pasaron y llegó el momento acordado.

—¿Crees que bajará o tendremos que subir a sacarlo? —preguntó Lily.

—Esperemos que sea lo primero —respondió Dafne.

La espera terminó cuando el líder de los Aljisaw bajó acompañado por una guardia de un centenar de guerreros. Llegó hasta la hoguera y saludó con la cabeza a Dafne.

—Os permitiremos refugiaros en nuestras montañas.

—Tu pueblo es muy generoso —respondió Dafne, siendo tan educada como pudo—. Lo agradecemos.

—Manteneos al oeste de la cordillera y no habrá problemas.

Dafne asintió.

El líder marchó con su guardia.

—Lo hemos logrado. Tenemos refugio —sonrió Ivo contento.

Dafne resopló.

—Llegan tiempos de oscuridad —dijo mirando las negras montañas.

—Es tiempo de esconderse en la roca y sobrevivir —dijo Taika.