Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 48
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Capítulo 48

Era medianoche cuando se reunieron los líderes de los rebeldes de Kraido: Aibin, líder de los Desher Tumaini; el general Abdu Baba, del Imperio Noceano; y Urrejaun, líder de York.

Dafne había convocado la reunión con urgencia tras lo sucedido con la avanzadilla de dragones que había atacado las Montañas del Amanecer.

—Esa avanzadilla es el preludio de la hueste que está por llegar. Debemos prepararnos —dijo sin rodeos al abrir la reunión.

Aibin, el general Abdu Baba y Urrejaun se sentaron en unos taburetes dentro de la gran cueva, situada en uno de los picos más altos de la montaña.

Desde aquella posición podían contemplar el norte de los desiertos, por donde sin duda descenderían los dragones.

La noche estaba despejada y las estrellas brillaban en el firmamento.

Sin embargo, todos sabían en el fondo de sus corazones que pronto aquel cielo quedaría eclipsado por un centenar de dragones dispuestos a matarlos a todos.

—Sin duda vienen siguiendo nuestro rastro —dijo Urrejaun—. Nos hemos salvado por muy poco, algo que agradecemos y siempre deberemos a los rebeldes de Kraido aquí presentes.

—¿De cuánto tiempo crees que disponemos? —preguntó el general Abdu Baba.

Dafne miró a Taika y le cedió la palabra con un gesto de la mano.

—Esos dragones no estarán volando muy lejos del grupo principal —razonó Taika—. Mucho me temo que solo disponemos de unos pocos días.

—Solo unos pocos días… —murmuró Urrejaun—. Entonces tenemos serios problemas. No tendremos tiempo de reunir suficientes víveres para aguantar el ataque si es prolongado.

—Eso es cierto —dijo Taika—. Ahora mismo solo tenemos agua y víveres para resistir una semana como máximo, pero eso no es lo que más me preocupa.

—¿Qué es lo que te preocupa, entonces? —preguntó Urrejaun.

—Que los dragones lleguen desde el norte y pasen por encima de nuestras tres ciudades antes de alcanzar estas montañas.

—Y esas ciudades están desprotegidas —expresó Ivo preocupado—. Si no las ayudamos, perecerán. No podemos permitirlo, debemos defender a los nuestros. Es nuestro deber y también nuestro honor.

—La situación se está volviendo crítica con rapidez —opinó Dafne—.

Ya habíamos previsto este desenlace y habíamos preparado las primeras estrategias.

Nuestros soldados saben qué deben hacer si presencian la llegada de la gran hueste de dragones.

Los planes fueron establecidos y comunicados a todas las ciudades, ahora debemos ejecutarlos. Taika, si no te importa…

El Felidae asintió y se dirigió al resto de los líderes.

—Los dragones llegarán desde el norte cruzando el Mar Central de Tremia. Las tres ciudades del norte deben ser evacuadas. Enviaremos palomas de inmediato para comunicar las órdenes y comenzar la operación de desalojo. La población deberá refugiarse en las montañas.

Taika miró a Aibin.

—Dos de las ciudades más septentrionales: Jafarika y Zarasha, se refugiarán con los Desher Tumaini en las Montañas de la Sangre.

—Mi hermano, líder de mi pueblo, está al tanto —respondió Aibin—. En cuanto reciba la notificación dará cabida a todos los refugiados de las dos ciudades del norte.

—La tercera ciudad, Shamala, no irá a las Montañas de la Sangre —continuó Taika—. Se refugiará aquí, en Jibalalfajr, en las Montañas del Amanecer. Disponemos de mucho más espacio.

—Bien —dijo Urrejaun—. Parece un plan sólido.

—Hay un problema —añadió Taika—. Podemos evacuar el norte porque contamos con dos grandes cordilleras con capacidad para albergar a muchas personas.

También el centro, Madinatalmusa se refugiará aquí.

La complicación está en el sur. Las dos ciudades también deberán evacuar y esconderse en una cordillera montañosa.

Otro plan no es viable ahora, sabiendo lo que sabemos.

Por desgracia, no podrán refugiarse aquí, ya estaremos al límite de nuestra capacidad y, además, están demasiado lejos para llegar a tiempo si la evacuación debe hacerse con urgencia.

—Entiendo el problema —dijo Abdu Baba—. ¿Qué habéis pensado hacer?

—Vamos a ocupar las Montañas Negras de Aljibalalsaw —respondió Dafne—. Están cerca de la ciudad de los fanáticos y forman una cordillera con muchas cuevas. Tienen capacidad para albergar a un gran número de personas.

Abdu Baba y Aibin intercambiaron una mirada.

—Esas montañas ya están ocupadas por la tribu de los Aljisaw —advirtió el general—. No nos permitirán entrar.

—Son una tribu casi tan belicosa como los propios fanáticos de Almadinat —añadió Aibin—. Será muy difícil, por no decir imposible, que acepten cedernos sus montañas.

—Esa es la dificultad —admitió Taika—. Pero debemos hacerlo. Esa tribu es pequeña y las montañas son inmensas. Tenemos que asegurarlas y usarlas como refugio.

—Tendremos que luchar —dijo Abdu Baba.

—No va a quedarnos más remedio —respondió Dafne—. Sin embargo, la batalla no es lo que más me preocupa, sino el poco tiempo del que disponemos. Los dragones podrían llegar mientras estamos combatiendo en las Montañas Negras.

—¿Qué habéis pensado hacer? —preguntó Urrejaun.

—Comenzaremos de inmediato la evacuación de las ciudades del norte y tomaremos las Montañas Negras para que las del sur también puedan ser evacuadas. Si los dragones llegan mientras estamos asegurando las Montañas Negras tendréis que entretenerlos —dijo Dafne a Urrejaun.

—Quieres que los mantengamos aquí atacando, mientras vosotros despejáis las Montañas Negras, ¿verdad?

—Así es. Eso es lo que necesitamos.

—En cualquier caso, no tendremos otra opción —dijo Urrejaun—. Vendrán y atacarán las Montañas del Amanecer para intentar matarnos a todos.

—Sí, pero lo que no quiero es que pasen por encima de estas montañas y se dirijan al sur. Allí no estaremos preparados todavía. Tendréis que aseguraros de que permanezcan ocupados aquí.

—Me pides que arriesgue la vida de mis soldados más de lo necesario —objetó Urrejaun.

—Así es —respondió Dafne—. En esto todos estamos arriesgando. Por desgracia, esta vez os tocará a vosotros asumir una parte mayor del peligro.

Urrejaun se quedó pensativo.

Ivo intervino entonces.

—En esto somos todos hermanos y debemos luchar como tales. Hoy lucharéis vosotros para salvarnos y mañana lo haremos nosotros para salvaros a vosotros. Así debe ser. Debemos permanecer unidos.

—El Tauruk habla de corazón —dijo Abdu Baba—. Nosotros estaremos arriesgando nuestras vidas en las Montañas Negras junto a los rebeldes de Kraido.

Urrejaun respiró hondo y asintió.

—Tenéis razón. Y os lo debo, os lo debemos. Mantendremos a los dragones ocupados aquí, en las Montañas del Amanecer, mientras vosotros lucháis en las Montañas Negras.

—Gracias, Urrejaun —dijo Dafne—. Sabía que podíamos contar contigo.

—Preparémonos para partir —indicó Taika—. Debemos hacerlo de inmediato.

—Una última cosa antes de marcharnos —dijo Dafne—. Una vez que tengamos aseguradas las Montañas Negras necesitaremos trasladar tiradores de York para defenderlas.

Urrejaun la miró con atención.

—El ejército de Kraido y los noceanos no cuentan con sustancia dorada suficiente —explicó Dafne—. Necesitamos apoyo de York. Solo así podremos mantener a los dragones a raya si intentan entrar en las montañas.

—Eso podemos solucionarlo —respondió Urrejaun—. No veo problema.

—Y, si no es mucho pedir, también necesitaríamos algo de sustancia dorada para los guerreros Desher Tumaini —añadió Dafne—.

Ya hemos visto que los dragones pueden intentar entrar en las Montañas de la Sangre.

Tener sustancia dorada para las jabalinas de los guerreros de Aibin sería muy beneficioso si alguno consigue penetrar en las cavernas.

Es una posibilidad que debemos tener en cuenta.

Urrejaun lo meditó.

—Andamos justos de reservas, pero hablaré con Dameros y mis otros magos para que se esfuercen en generar más magia dorada para los guerreros. No pueden producir demasiada, pero lo poco extra que puedan crear será para los Desher.

Aibin lo agradeció con un gesto de respeto con la cabeza ante Urrejaun.

—Muy bien —dijo Dafne—. Entonces haremos lo siguiente: Aibin y sus guerreros partirán hacia las Montañas de la Sangre en cuanto tengan la sustancia dorada que Dameros pueda generar.

Nosotros nos dirigiremos a las Montañas Negras.

El general Abdu Baba nos acompañará con sus tropas noceanas y, una vez aseguremos la cordillera, trasladaremos allí a las dos ciudades del sur.

Dafne recorrió con la mirada a todos los presentes.

—Buena suerte a todos. La vamos a necesitar.

Urrejaun asintió y Dameros hizo lo mismo. El general Abdu Baba y Aibin se prepararon para marchar.

Unas horas más tarde, el Escuadrón Rojo partió hacia el sur acompañado por tres mil soldados de Kraido y mil noceanos. Se dirigían a las Montañas Negras. Dafne lideraba la columna con la amarga sensación de que era muy improbable que todo saliera bien.

Ivo se colocó a su lado y le habló en voz baja.

—Estás haciendo una gran labor. Todos lo vemos y lo agradecemos. Salvaremos a toda esta gente, ya lo verás. Mantente firme, es lo correcto. Es lo que debemos hacer.

—Gracias, Ivo —respondió Dafne—. Te agradezco tus palabras.

En medio del desierto y con los guías noceanos y Desher abriendo camino, Dafne giró la cabeza y vio al Escuadrón Rojo al completo tras ella.

De algún modo, su presencia le dio fuerzas para seguir adelante.

La situación era muy complicada y lo sería mucho más cuando llegara la gran hueste alada, pero debía mantenerse firme, luchar por sobrevivir e intentar salvar a cuantos pudiera.

El viaje fue largo, pero por fin llegaron al pie de las Montañas Negras.

El sol estaba alto en el cielo. Habían recorrido la distancia desde las Montañas del Amanecer tan rápido como les había sido posible.

Tuvieron que arriesgarse a viajar de día y de noche.

Todos estaban agotados, pero habían llegado a tiempo, ya que no habían recibido noticias de ningún ataque de dragones.

—Los soldados están cansados —dijo el general a Dafne—. Deberían descansar antes de entrar en combate.

Dafne observó a las tropas que formaban a su espalda. Vio los rostros sudorosos y las expresiones de cansancio. Por desgracia, no disponían de tiempo para descansar. Los dragones podían llegar en cualquier momento y necesitaban despejar aquellas montañas.

—Me gustaría concederles descanso, general, pero no podemos. ¿En qué parte de las montañas se encuentran los Aljisaw?

Abdu Baba señaló con el dedo índice hacia el extremo oriental de la cadena.

—En el pico más al este.

—Muy bien. Rodearemos ese pico e intentaremos negociar con ellos. General, cuento contigo para traducir lo que digan.

—Muy bien —respondió Abdu Baba —, aunque no creo que mis servicios vayan a ser muy necesarios.

Dafne entendió la indirecta, pero no se desanimó. Habían rechazado todos los intentos de negociación anteriores atacando a las comitivas enviadas, pero tal vez aún pudieran evitar el derramamiento de sangre.

Los Aljisaw no tardaron ni un instante en salir a combatir.

En cuanto el ejército rodeó la colina, cientos de guerreros surgieron del interior de la montaña como si se tratara de un hormiguero.

Vestían completamente de negro, incluso la cabeza, cubierta por un pañuelo enrollado que solo dejaba visibles los ojos oscuros.

Comenzaron a tirar flechas contra el ejército de Kraido y los noceanos.

Los soldados de Kraido se protegieron detrás de sus escudos, mientras que los noceanos respondieron tirando flechas a su vez contra los atacantes.

Tras un rato de intercambio de saetas, Abdu Baba vociferó que querían hablar con el líder de los Aljisaw.

Al principio, la petición no pareció tener efecto. Dafne ordenó a las tropas replegarse fuera del alcance de las flechas, pero sin romper la formación que rodeaba la colina.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Dafne a Taika.

—Esperar un poco —respondió—. Los hemos cogido por sorpresa. Ahora su líder estará pensando qué hacer con un ejército rodeando su montaña. Es algo que no puede ignorar.

—Puede que lo piense —dijo el general—, pero no creo que colabore.

Mantuvieron la posición hasta que cayó la noche.

Dafne ordenó a sus tropas levantar el campamento y situar vigías alrededor de toda la colina.

Era consciente de que sus soldados necesitaban descanso.

Asaltar la colina no le parecía una opción y mucho menos de noche.

Aquello era como un avispero. Si subían por la ladera, miles de Aljisaw se les echarían encima.

Quizá con la llegada del amanecer el líder de los Aljisaw decidiera hablar con ellos y llegar a un acuerdo.

Eso era, al menos, lo que Dafne esperaba.