Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 47
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Capítulo 47

La Escuadra Ígnea observaba la columna desde lo alto de la cordillera montañosa de Jibalalfajr. Se encontraban en una cueva superior desde la que podían divisar varias leguas de desierto.

A lo lejos, una interminable fila de personas, animales y carretas avanzaba hacia las montañas con ritmo lento. El calor del desierto y el cansancio de los días de viaje acumulado no les permitía ir más rápido.

Ivo observó el convoy durante unos instantes.

—Ya llegan los últimos grupos de la ciudad. Es una gran satisfacción ver que estarán a salvo.

Lily apoyó una mano sobre su hombro.

—¿Los últimos de verdad o todavía queda alguien más por llegar?

—No, estos deberían ser los últimos —Ivo miró a Taika—. ¿Verdad?

El Felidae asintió.

—Es el último convoy. Cuando entren en la cordillera habremos terminado la operación de evacuación de los refugiados de York.

Aiden observó la larga columna.

—Aun así, les llevará bastante tiempo. Debe de haber cerca de mil personas.

Taika frunció el ceño.

—Lo que me preocupa es que estén llegando de día. Les indicamos que debían hacerlo durante la noche. Algo ha debido retrasarles.

Ivo señaló hacia la base de la montaña.

—Ahí salen los nuestros.

Un centenar de soldados de Kraido avanzaba para encontrarse con el convoy y escoltarlo hasta las cavernas.

Lily sonrió.

—No puedo creer que hayamos conseguido poner a salvo a todos los refugiados de York. Ha sido todo un logro —esbozó una sonrisa traviesa—, aunque tampoco es que dudara de nosotros. Después de todo, somos los mejores.

Aiden resopló.

—Hemos tenido suerte. Si los dragones no se hubieran entretenido en el norte, ya estaríamos todos muertos.

—¿En el norte? En York ya no queda nadie —comentó Ivo.

Taika negó lentamente con la cabeza.

—No. Parece que después fueron a por Yatro, la ciudad-estado regida por la Hermandad de los Espíritus. Sus sacerdotes se negaron a abandonarla y obligaron a los ciudadanos a quedarse, según los informes que ha recibido Urrejaun de los espías que ha dejado atrás.

Lily hizo un gesto de horror.

—Eso es terrible —permaneció pensativa un instante—. Aquellos Magos de Espíritus nunca me gustaron. Los pobres ciudadanos no tenían culpa de nada —puso cara de enfado.

Ivo bajó la mirada.

—Era un lugar triste. Aquellas personas vivían para ser utilizadas, para que la oscura Hermandad les extrajera su energía vital. Merecían algo mejor.

En ese momento apareció Dafne.

—¿Habláis de Yatro?

Todos asintieron.

—Ya no existe —continuó ella—. Los informes indican que la hueste de dragones la arrasó por completo.

Ivo suspiró con gran tristeza.

—Cuánto lo lamento…

—¿No sobrevivió nadie? —preguntó Lily.

—Algunos lograron escapar cuando las defensas se derrumbaron —respondió Dafne—. Pero la mayoría murió.

Guardaron silencio unos instantes. Finalmente, Aiden habló.

—Ahora que todo el norte ha caído, los dragones se dirigirán al sur.

Lily se tensó.

—¿Crees que vendrán a por nosotros?

—Y a por todas las ciudades cercanas —respondió él.

Dafne asintió.

—Debemos preparar nuevas evacuaciones. Me temo que serán necesarias.

Taika se apoyó contra la entrada de roca y la observó.

—También tenemos que despejar las Montañas Negras. Las necesitaremos.

—Allí viven los Aljisaw —recordó Dafne—. ¿No se ha conseguido llegar a un acuerdo con ellos?

—Cada vez que lo hemos intentado han respondido con flechas. Han matado a varias delegaciones.

La expresión de Dafne se endureció.

—Entonces ya han tenido su oportunidad. Si no quieren colaborar por las buenas, tendrán que hacerlo por las malas.

Taika convino con un gesto afirmativo.

—Debemos actuar deprisa. Necesitamos esas montañas antes de que lleguen los dragones. Esta cordillera y la de las Montañas de la Sangre no dan para más.

—De acuerdo. Nos pondremos en marcha cuanto antes. Avisaré a Aibin, no me gusta adentrarme en el desierto sin él.

—Será lo mejor —coincidió Taika—. Nadie conoce mejor estas tierras desérticas.

La columna de refugiados ya se encontraba al pie de las montañas cuando sonó la alarma. El sonido se propagó de puesto en puesto a lo largo de toda la cordillera. Los vigías habían visto algo.

Lily fue la primera en asomarse al exterior.

—Tenemos problemas.

Ivo se acercó y siguió su mirada. Una nube oscura avanzaba por el cielo desde el norte.

—Tenemos compañía, y de la nefasta.

Dafne y Taika se unieron a ellos. La nube se hizo más nítida conforme se acercaba. Era un grupo de dragones. Aiden fue el último en salir. Al verlos suspiró como si estuviera viendo la muerte llegar a por él.

Dafne entrecerró los ojos.

—Son menos de los que esperábamos.

Taika observó atentamente.

—Sí. Calculo unos veinticinco, debe de ser una avanzadilla para localizarnos.

—Y vienen deprisa —advirtió Aiden.

Abajo, los últimos refugiados corrían hacia las cuevas. Ya habían visto a los dragones y sabían perfectamente lo que ocurriría si no llegaban a tiempo.

Dafne tomó una decisión de inmediato.

—Dad la orden. Hay que proteger a los refugiados.

Lily, Ivo y Aiden salieron inmediatamente de la cueva.

Dafne observaba con preocupación a los que corrían por la ladera.

—Deben darse prisa. No lo conseguirán si siguen a ese ritmo —dijo temiéndose que los dragones fueran a calcinar a aquellos pobres antes de que alcanzaran las primeras cavernas de la parte baja de las montañas.

Taika seguía observando el avance de la hueste.

—Quizá lleguen a tiempo. Si se apresuran lo suficiente, aún tienen una oportunidad.

Ivo y Lily regresaron tras un momento.

—Las órdenes ya han sido transmitidas —informó Ivo—. Se están propagando por toda la cordillera.

Aiden entró en la cueva casi al mismo tiempo.

—También he avisado a los soldados de York. Vamos a necesitar a sus arqueros si los dragones atacan.

Todos volvieron la vista hacia el cielo. Los dragones ya habían llegado a la cordillera. Volaban muy alto. Durante unos instantes parecieron limitarse a observar el terreno.

—Están reconociendo la zona —dedujo Taika.

Entonces cambiaron de dirección y comenzaron a descender. Cada vez más rápido, cada vez más cerca de las montañas.

—Van a atacar —advirtió Taika.

Dafne salió de la cueva y gritó con todas sus fuerzas.

—¡Corred! ¡Corred por vuestras vidas!

Las alarmas sonaban por toda la cordillera. Soldados y refugiados se apresuraban cuanto podían.

Los dragones realizaron una primera pasada de reconocimiento. Después una segunda y una tercera. Con cada una de ellas descendían más, hasta situarse a la altura necesaria para atacar. Iban a incinerar la caravana en cuanto estuvieran a doscientos pasos del suelo.

En ese momento aparecieron los arqueros de York. Desde las posiciones más elevadas de la cordillera, cientos de flechas con sustancia dorada surcaron el cielo dirigidas a los dragones, que se vieron sorprendidos.

La caravana se convirtió en un caos. Las personas abandonaban carros y pertenencias para correr hacia las cuevas más cercanas.

Los soldados de Kraido les hacían señales desesperadas.

—¡Por aquí!

—¡A las cavernas!

—¡Rápido!

Los dragones fueron alcanzados por las flechas y comprobaron para su pesar que atravesaban tanto sus defensas mágicas como sus escamas. Los rugidos resonaron por toda la cordillera. Varios dragones descendieron lanzando fuego, hielo y rayos sobre la caravana.

Más soldados aparecieron en cuevas intermedias y comenzaron a disparar. Los dragones no esperaban aquella resistencia ni flechas de aquel tipo. Dos de ellos fueron derribados casi de inmediato y se estrellaron contra las laderas de la montaña con las alas perforadas.

Los arqueros de York sabían exactamente dónde tirar. Las alas eran enormes, un blanco fácil cuando los dragones no maniobraban. Gracias a la sustancia dorada podían atravesarlas. Por desgracia, algunos dragones alcanzaron la parte final de la columna.

Los últimos refugiados todavía no habían llegado a las cuevas donde ocultarse. Los ataques elementales causaron cientos de bajas.

Dafne apretó los dientes.

—Malditos…

Los soldados continuaron tirando sin descanso. Mientras tanto, los refugiados que iban en cabeza lograban alcanzar las cavernas y ponerse a salvo.

Los dragones dieron la vuelta y realizaron otra pasada, esta vez más rápida.

Esperaban reducir el tiempo que permanecían expuestos a las flechas, pero el resultado no fue el que imaginaban.

A medida que avanzaban paralelos a la cordillera, nuevos grupos de arqueros aparecieron desde posiciones más elevadas y tiraron contra el grupo de dragones.

Cuando las bestias aladas escapaban del alcance de unos tiradores, entraban en el de los otros. Comenzaron a sufrir pérdidas y pronto una decena de ellos estaban heridos o fuera de combate.

Finalmente se retiraron, elevándose rápido hacia las alturas para quedar fuera de alcance. Una vez logrado, comenzaron a dar vueltas alrededor de la cordillera, a suficiente distancia para evitar las flechas.

Dafne observó los círculos que trazaban en el cielo.

—¿Crees que volverán?

Taika no respondió.

—No lo sé. Los hemos sorprendido, esto no entraba en sus cálculos. Han perdido varios compañeros.

Aiden negó con la cabeza.

—Volverán.

—¿Tan seguro estás? —preguntó Ivo.

—Sí —Aiden señaló el cielo—. Los dragones no aceptan las derrotas.

Lily desenvainó su daga.

—Podríamos salir y rematar a los que han caído.

—No —respondió Taika de inmediato—. Sería un error.

—Pero tenemos la oportunidad.

—Y ellos tienen más de una docena de dragones volando sobre nuestras cabezas.

Lily resopló, enfadada.

—Tienen que pagar por la muerte que han traído.

—Haz caso a Taika —dijo Aiden—. ¿O es que quieres morir?

Antes de que Lily pudiera responder, los dragones iniciaron un nuevo descenso.

Dafne maldijo en voz baja.

—Ahí vienen otra vez.

Los dragones descendieron de nuevo, pero esta vez no se dirigieron contra los refugiados. Su objetivo eran las posiciones defensivas donde estaban los tiradores.

—Van a por los arqueros —se dio cuenta Dafne.

Los dragones lanzaron sus alientos elementales contra las cuevas donde se refugiaban los soldados de York.

—Malditos —gruñó Lily.

—Han comprendido dónde está el verdadero peligro —razonó Taika.

Sin embargo, los arqueros de York llevaban años luchando contra aquellas bestias y sabían exactamente qué hacer.

En cuanto veían a los dragones descender, tiraban una última salva y se refugiaban en las profundidades de las cuevas.

Los alientos elementales golpeaban la entrada, pero la mayoría de los soldados ya se encontraba a cubierto.

Cuando los dragones comenzaban a elevarse, reaparecían los de York y volvían a tirar.

Uno de los dragones descendió más de lo habitual. Mucho más. Demasiado…

Aiden se dio cuenta.

—¡Dragón!

No perdió el tiempo. Agarró a Lily por el brazo y tiró de ella hacia el interior de la cueva.

—¡Adentro!

Dafne y Taika reaccionaron al instante y corrieron tras ellos. Ivo fue el último. Su enorme cuerpo tardó un instante más en ponerse en movimiento. Aquel instante casi le costó la vida.

El dragón abrió las fauces y un aliento helado atravesó la entrada de la cueva. El frío inundó el túnel como una gélida ola mortal. Sintieron cómo la temperatura se desplomaba. Dafne sintió el hielo morderle la espalda, pero logró alcanzar la segunda cámara en el interior.

Ivo no tuvo tanta suerte. Un grito de dolor resonó detrás de ellos.

Taika se volvió.

El Tauruk había caído al suelo. Gran parte de su espalda estaba cubierta por una gruesa capa de hielo.

—¡Ivo!

Taika regresó de inmediato. Lo agarró por los hombros y tiró de él con todas sus fuerzas. Aiden se unió a él y entre ambos consiguieron arrastrarlo hasta la cámara interior.

Lily se arrodilló junto a Ivo.

—Está herido.

Dafne ya estaba a su lado.

—Yo me encargo.

Sin perder un segundo apoyó las manos sobre la espalda congelada del Tauruk y un frío intenso recorrió sus dedos. Cerró los ojos y comenzó a utilizar su talento curativo.

Ivo apretó los dientes. El dolor era evidente.

Dafne examinó las heridas. La congelación era extensa, pero superficial. Respiró algo más tranquila.

—Se salvará.

Lily soltó el aire que había estado conteniendo.

—Menos mal.

—Por poco… —murmuró Aiden.

—Necesito unos minutos para curarlo —dijo Dafne—. Id a ver qué está ocurriendo fuera.

Taika y Aiden asintieron.

Regresaron con cuidado hasta la entrada de la cueva. El suelo estaba cubierto de hielo. Avanzaron despacio para no resbalar y, al asomarse al exterior, contemplaron una escena sorprendente.

Varios dragones más habían sido derribados. Los arqueros seguían tirando y la defensa continuaba funcionando. Los dragones atacaban las cuevas con sus alientos elementales, pero los soldados se escondían.

—Parece que no están consiguiendo eliminar a los tiradores —observó Aiden.

—Las cuevas son profundas —respondió Taika—. Mientras mantengan la disciplina, podrán resistir.

Aiden señaló los cuerpos de los dragones muertos que yacían sobre las laderas.

—No deben de estar muy contentos con esto.

Aun así, los dragones no se retiraban.

Realizaron otra pasada y después otra más.

Estaban obcecados. Pero los resultados apenas cambiaron.

Cada ataque les costaba nuevas heridas y más bajas y no conseguían matar suficientes tiradores.

Finalmente dejaron de descender y comenzaron a ganar altura.

Subieron cada vez más hasta convertirse de nuevo en siluetas oscuras contra el cielo.

Aiden observó cómo se alejaban.

—Se retiran.

Incluso él parecía sorprendido.

Taika siguió observándolos durante un momento.

—Han sufrido demasiadas pérdidas. Su ego los pierde, pero no son irracionales del todo.

Los dos guardaron silencio pensando lo mismo. Aquello no era la hueste, solo una avanzadilla. El resto llegaría.

Taika rompió finalmente el silencio.

—Debemos preparar mejor las defensas.

—Ya tenemos a todos los refugiados dentro de las montañas —dijo Aiden.

—Ahora debemos planificar cuándo correr, cuándo esconderse y cómo sobrevivir.

Aiden volvió la vista hacia el norte, hacia el lugar del que algún día llegaría la hueste completa. Cien dragones o quizá más.

—Cuando lleguen lo pasaremos mal.

Taika asintió.

—Sí. —Luego miró hacia las cuevas llenas de refugiados—. Pero sobreviviremos.

Aiden permaneció en silencio. Finalmente asintió.

—Eso espero.