Capítulo 46
Los días pasaron y Eki no mejoró. Nahia acudía cada mañana, en cuanto Droken se lo permitía, y lo encontraba más apagado que la víspera.
Los dragones probaron distintas esferas de sanación.
Las acercaban al cuerpo de Eki, las dejaban latir contra sus escamas y las retiraban agotadas.
Ninguna surtía efecto, era como tratar de encender un fuego bajo la lluvia.
En el barracón Nahia y Logan estaban preocupadísimos.
—No lo entiendo —Logan se pasó una mano por el pelo con la voz tomada—. Las esferas funcionan con cualquier dragón. ¡Con cualquiera! ¿Por qué no con él?
—Porque lo suyo no es una herida ni una enfermedad —Nahia se frotó los ojos cansados—. Es algo de su interior, algo de su magia.
—Tiene sentido —Logan asintió—. No es físico, es una dolencia mágica.
—Y yo no puedo ayudarle —Nahia apretó los puños—. Lo he intentado, pero no soy sanadora. Quizá Dafne podría, aunque está en Tremia y, así y todo, dudo que los dragones lo permitieran. A mí me dejan pasar, pero sé que les molesta que entre en el castillo.
Los dos guardaron silencio, cansados y ojerosos, sin más que hacer que esperar un cambio que no llegaba.
Lo único bueno era que del otro problema no sabían nada.
—Ninguna noticia del Oráculo, ¿verdad? —preguntó Nahia.
—Nada de momento —dijo Logan.
—Menos mal —dijo ella—. Esperemos que siga así. Si nos llama ahora…
—Eki no podrá ir —Logan terminó la frase por ella.
—No puede ni levantarse —Nahia suspiró tan hondo que el aire se le escapó por la espalda.
Deseaba que aquel dragón de plata y oro siguiera encerrado en su trance y, a ser posible, durante años. Cada día sin visión era un día más con vida.
Aquella mañana, cuando Nahia fue a visitar a Eki encontró a Aroa llorando. La gran dragona blanca, que aspiraba a ser matriarca algún día, derramaba lágrimas espesas que rodaban por sus escamas y caían cerca de Eki, al que velaba noche y día sin descanso.
—Se pondrá bien —Nahia le acarició el flanco para animarla.
«Yo también quiero pensarlo, pero se está quedando sin fuerzas».
—Saldrá de esta —Nahia le sostuvo la mirada—. Estoy convencida.
«Ojalá. Ya no estoy tan segura…».
Nahia intentó animar a la dragona blanca, pero no podía negar lo evidente: Eki ya solo abría los ojos una rendija, de la que apenas salía un brillo, y cada respiración le costaba más que la anterior.
Aun así, se negaba a aceptar que su dragón fuera a morir y le transmitía ese mismo sentimiento a Aroa.
—Conseguiremos que sane de una forma u otra. Ya lo verás —se prometió tanto a Aroa como a sí misma.
El comandante en persona acudió al cabo de unos días. Zaldi-Beltz-Lehen contempló a Eki con sus experimentados ojos largo rato, en silencio.
«Le hemos dado cuanto teníamos y no responde a ninguna esfera de sanación. Lo siento, creo que se nos va. Sea lo que sea lo que le aflige, no tiene cura» envió a Aroa y Nahia. Por una vez no había dureza en su voz, sino una suerte de pesar.
Nahia no respondió. No le salían las palabras.
El comandante marchó y Aroa y Nahia se quedaron con Eki. Los ojos de ambas estaban anegados en lágrimas.
Pasó otra semana y la cosa no mejoró. Nahia se quedó esta vez a solas con Eki.
Aroa, que llevaba días sin comer, había cedido por fin a sus súplicas y se había ido a comer algo.
En los aposentos solo quedaban el dragón moribundo y su jinete.
Nahia estaba sentada sobre la gruesa alfombra, con la cabeza de Eki apoyada de lado y los ojos cansados del dragón clavados en ella.
No le quedaban fuerzas ni para mirarla. Nahia le acarició el morro con dedos temblorosos.
—No te vayas —pidió con un hilo de voz—. Te lo ruego, tienes que vivir. No te apagues.
Entonces Eki destelló. Fue un fogonazo plateado, breve y limpio que le recorrió el cuerpo de la cabeza a la cola. Y con aquel destello, parte de él se desvaneció. No mucho, solo un poco, como si su contorno se hubiera borrado del aire. Nahia se quedó perpleja.
—¿Eki?
Destelló de nuevo. Otro fogonazo de plata y otro pedazo de su cuerpo se difuminó. Y otra vez. Y otra. Los destellos se acompasaron, regulares, insistentes, como los latidos de un corazón, y con cada uno de ellos Eki se desdibujaba un poco más, se hacía más tenue, más lejano. Se borraba de la vida.
—¡No! ¡Eki, no! —Nahia lo abrazó con todas sus fuerzas, como si pudiera retenerlo solo con los brazos, como si su voluntad bastara para impedir que el cuerpo del dragón se deshiciera entre sus manos.
Pero el cuerpo se le escapaba. Latido a latido, destello a destello, Eki se consumía. La alfombra bajo él quedó a la vista. Un último fogonazo, más intenso que todos los anteriores, la cegó un instante. Y cuando abrió los ojos, Eki ya no estaba.
Nahia se quedó sola, con los brazos cerrados en torno al vacío y la alfombra desnuda ante ella. Se había ido, consumido del todo. Se había apagado como una llama y ella no había podido hacer nada. Las lágrimas le desbordaron los ojos y le rodaron por las mejillas.
Estaba desolada.
—Eki… —sollozó.
Y entonces, al otro lado de la estancia, el aire restalló.
Un fogonazo de plata estalló junto a la pared opuesta y de la nada surgió Eki, entero, plantado sobre las cuatro patas. No reapareció caído ni agonizante, sino erguido, como quien acaba de cruzar un portal. Nahia se levantó de un salto con el corazón desbocado, sin entender nada.
—¿Eki?
El dragón parpadeó, miró alrededor como si despertara de un sueño extrañísimo y la buscó con la mirada.
Conforme pasaban los instantes y volvía a estar presente en la sala, su debilidad empezaba a retirarse.
Las escamas recuperaban poco a poco su brillo.
Todo él emitía un suave fulgor plateado, un fulgor de vida.
Nahia corrió hacia él y le abrazó el cuello, riendo y llorando a la vez.
—Estás vivo. ¡Estás vivo! —se apartó para mirarlo a los ojos—. ¿Qué ha pasado? Te has… te has ido… te has desvanecido. Te he visto morir.
«No lo sé. Me he… desplazado. En el espacio, pero también ha sido otra cosa. No solo el espacio», respondió Eki, en su voz mental había el mismo asombro que en la de ella.
—¿El tiempo? —Nahia apenas se atrevía a decirlo.
«Quizá. No estoy seguro».
El dragón flexionó las garras y examinó la situación, como si su propio cuerpo fuera un misterio recién descubierto.
«Me encuentro mejor, mucho mejor. Lo que se apagaba ya no se apaga. Algo le ha sucedido a mi magia, Nahia. Ha cambiado. No sé qué, ni sé por qué, pero ya no soy el de antes».
Nahia le apoyó la frente en el torso y cerró los ojos.
No entendía nada de lo que acababa de ocurrir y, al mismo tiempo, sentía muy hondo que aquello no era el final de algo, sino el principio.
Que lo que había estado a punto de matar a Eki era, en realidad, un poder nuevo abriéndose paso a la fuerza.
—Pues lo averiguaremos juntos, como siempre —dijo con una sonrisa entre lágrimas.
Y, por primera vez en muchos días, en los fríos aposentos de Jadrakos hubo algo parecido a la esperanza.