Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 45
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Capítulo 45

La evacuación no tardó demasiado en completarse. Urrejaun y sus militares lo tenían todo previsto y en menos de una tarde terminaron de cargar los últimos barcos de su descomunal flota antes de dar la orden de partir.

Los barcos de los rebeldes de Kraido navegaban en cabeza con la inmensa flota de York tras ellos. El clima era bueno y el viento les favorecía. Parecía que tenían algo de suerte de su lado. Cuánta no lo sabían, pero pronto lo descubrirían.

—¿Crees que lo lograremos? —preguntó Lily a Dafne con tono preocupado.

—Espero que sí, por el bien de todos. No solo por nosotros, sino por las miles de personas que viajan en esos barcos a nuestras espaldas.

Aiden observó el mar durante un momento.

—Somos como cáscaras de nuez flotando sobre un río. En cualquier momento pueden aplastarnos.

Lily puso los ojos en blanco.

—Tu optimismo va a acabar gafando el viaje, así que mejor que no digas nada.

—Es de sabios no llamar a la mala suerte cuando no es necesario —comentó Ivo.

Dafne miró hacia la inmensa flota que los seguía. Cientos de barcos llenaban el mar hasta el horizonte. Algunos navegaban tan cargados que apenas parecían mantenerse a flote. Arrugó la nariz. Más vale que no se encontraran, no ya con un dragón, sino con una tormenta.

Taika observó el norte.

—Creo que hemos partido a tiempo. Los dragones todavía tendrán trabajo antes de terminar con el reino de Moontian. Después llegarán a York y descubrirán que la ciudad está vacía. Eso nos dará cierta ventaja.

—Una ventaja que vamos a necesitar —añadió Aiden.

—Sin ninguna duda —coincidió Dafne—. Debemos avisar a Aibin y pedirle ayuda. Tiene que estar preparado para lo que viene.

—Enviaré una paloma de inmediato —dijo Taika—. También informaré de nuestro plan para que llegue a las demás ciudades. Todos los brujos de dragón deben estar preparados para evacuar en cuanto sea necesario.

Poco después, varias palomas abandonaron el barco y emprendieron el vuelo hacia las Montañas de la Sangre y las ciudades de los desiertos.

—Quiero pensar que todo irá bien, eso es lo que voy a hacer. Así contrarresto las malas vibraciones que Aiden envía al universo —dijo Lily y sacudió su melena azabache a la brisa marina pestañeando con fuerza en dirección al Drakónido.

Aiden fue a decir algo, pero Lily puso su dedo índice sobre sus labios y le guiñó un ojo. El Drakónido calló.

La gran flota se dirigió hacia la parte norte de los desiertos pegada a la costa. Si se internaban en alta mar muchas embarcaciones no podrían soportarlo y se hundirían. Aquel era un viaje en el que verían la costa todo el camino a excepción de cuando cruzaran la desembocadura del Mar Central.

—Este tramo es el más peligroso, ¿verdad? —preguntó Lily cuando lo alcanzaron y se dio cuenta de que no avistaban tierra a estribor.

—Así es —confirmó Taika.

—Mantengamos la calma. La costa volverá a aparecer pronto para iluminar de tranquilidad nuestros corazones ansiosos en la mar. Nos echa de menos, puedo sentirlo en la brisa que nos llega como su abrazo —dijo Ivo con tono poético.

—Mejor que la alcancemos pronto… Menudo bucólico que se nos ha puesto cabeza de buey —susurró Lily a Aiden.

—No seas mala —replicó el Drakónido.

Cruzaron la desembocadura del Mar Central y no encontraron demasiados problemas. Alguna embarcaciones sufrieron al ser el oleaje más fuerte en aquella zona, pero no perdieron a ninguna.

Finalmente alcanzaron la costa norte de los desiertos. Lo habitual era que se dirigieran a Jafarika, pero no tenían tiempo de hacerlo y siguieron hacia el sur. Tampoco se detuvieron en Zarasha, pese a verla desde los barcos en la costa noreste.

Avanzaban tan rápido como podían, conscientes de que los dragones podían aparecer a sus espaldas en cualquier momento.

La flota, que había comenzado la travesía como un enorme bloque compacto, se fue estirando poco a poco hasta convertirse en una larguísima hilera de barcos que parecía no tener fin.

Finalmente, la flotilla de los rebeldes de Kraido, que navegaba en cabeza, llegó al lugar donde debían desembarcar.

—¿Es aquí? —preguntó Lily al ver que iban directos a la costa a estribor y ya no continuaban hacia el sur.

—Sí. Ya estamos muy cerca —respondió Dafne.

—Una vez desembarquemos, ¿qué ocurrirá con los barcos? —preguntó Ivo.

—He ordenado a los capitanes que continúen hacia el sur, hasta Kabiramadina.

—No pueden regresar hacia el norte —añadió Taika—. Prevemos que los dragones vendrán por esa dirección cuando comiencen a perseguirnos.

—Esperemos que no vengan en absoluto —deseó Lily.

Dafne arrugó la nariz.

—En situaciones como esta la buena suerte suele desaparecer cuando más la necesitas.

—No pensemos en eso. Confiemos en que todo irá bien y que los dragones no conseguirán alcanzarnos. Somos buenas gentes realizando buenas obras —dijo Ivo con su habitual optimismo filosófico.

Todos miraron a Aiden, esperando uno de sus comentarios pesimistas. Sin embargo, esta vez no dijo nada. Simplemente observó el cielo durante unos instantes y luego resopló.

El desembarco de los rebeldes fue rápido. Pronto estuvieron sobre la arena de los desiertos observando cómo sus embarcaciones continuaban rumbo al sur mientras los primeros barcos de York comenzaban a llegar a la costa.

Por desgracia, y como ya esperaban, el desembarco de los navíos de la ciudad resultó mucho más complicado.

Los enormes barcos mercantes iban cargados hasta la punta de los mástiles de personas, suministros, animales y mercancías.

Trasladarlo todo hasta tierra firme iba a ser una tarea lenta y agotadora.

Dafne y sus compañeros observaban desde la playa las maniobras de acercamiento y desembarque, y pronto comprendieron que aquello iba a llevar mucho más tiempo del que les habría gustado.

—Son lentísimos —se quejó Lily—. Como sigan a este ritmo los dragones nos alcanzarán aquí mismo y algo mucho peor: se me va a quemar toda la piel. Este sol es insufrible.

—Deben darse más prisa —coincidió Dafne.

Mientras la inmensa flota desembarcaba a lo largo de kilómetros de costa, comenzaron a llegar los refuerzos procedentes de los desiertos.

Un Escuadrón apareció en el horizonte acompañada de cerca de un centenar de soldados de Kraido.

Procedían de Madinatalmusa y venían con gran cantidad de camellos para el transporte.

Dafne avanzó para recibirlos.

—Llegáis justo a tiempo.

Uno de los Brujos de Dragón, saludó a Dafne y después al resto de la Escuadra Ígnea.

—Hemos venido en cuanto recibimos las instrucciones enviadas desde Jafarika.

—Entonces ya estáis al corriente de lo que ocurre —intuyó Dafne.

—Sí. Todas las ciudades han sido informadas y ya se están realizando preparativos por si la hueste de dragones aparece.

Taika dio un paso adelante.

—¿Lo saben todas las ciudades?

—Todas han recibido el aviso. También se han enviado expediciones a las cavernas para comenzar a acondicionarlas.

—Esas son buenas noticias —se animó Dafne.

—Muy buen trabajo —añadió Taika.

—Todas las ciudades están colaborando para preparar las cordilleras del centro de los desiertos. La única excepción es Kabiramadina, que es la que se encuentra más al sur. Está demasiado lejos y tendremos que encontrar una solución diferente.

Taika asintió.

—Cierto, está demasiado alejada de las cordilleras. Tendremos que pensar una alternativa.

Dafne señaló hacia el mar.

—Lo estudiaremos después. Ahora ocupémonos de lo que tenemos delante.

Toda la costa estaba cubierta de barcos hasta donde alcanzaba la vista.

Cientos de embarcaciones formaban una inmensa línea paralela a la playa.

Barcazas cargadas de personas, provisiones y armas iban y venían sin descanso de los navíos a tierra y viceversa.

El espectáculo era impresionante, y la angustia de los que intentaban llegar a tierra, también.

—Tenemos que trasladar a todos estos ciudadanos de York —explicó Dafne a los recién llegados.

—Lo mejor será llevarlos primero a Madinatalmusa —propuso el líder del Escuadrón Blanco. Desde allí podremos distribuirlos.

—Sí, será lo mejor —convino Taika.

El desembarco resultó exactamente tan lento como todos habían previsto.

Las horas fueron pasando mientras cientos de barcos vaciaban poco a poco su carga sobre las playas de arena blanca.

Miles de personas avanzaban entre cajas, animales, carros y montones de suministros.

El proceso se prolongó durante toda la noche y toda la mañana siguiente. Al anochecer las cosas iban mejor.

Lily observaba el movimiento incesante con expresión de inquietud. Quería que fueran diez veces más rápido, pero no era posible y ella lo sabía.

—Menos mal que ya están terminando.

—Apenas queda nada —dijo Ivo con entusiasmo intentando levantar la moral.

Las playas estaban abarrotadas. Hasta donde alcanzaba la vista solo había personas, provisiones y soldados que intentaban mantener un mínimo de orden. Fue entonces cuando Urrejaun apareció acompañado por Dameros, Celopus y varios miembros de su guardia personal.

—Mis oficiales me informan de que el desembarco ha concluido —anunció el gobernante de York.

Dafne asintió. Habían tardado mucho más de lo que le hubiera gustado, pero comprendía que trasladar a miles de personas desde los barcos hasta tierra firme no era precisamente una tarea sencilla.

—Que los capitanes lleven los navíos hacia el sur y después rodeen la costa hasta alcanzar la Isla de Ascuas. Allí podrán esconder las embarcaciones.

Urrejaun asintió.

—Así se hará.

Dafne observó el horizonte. La noche caía y el firmamento nocturno despejado comenzaba a llenar el cielo. No había tiempo que perder, debían ponerse en marcha.

—Ahora es imprescindible movernos con rapidez. En cuanto amanezca estaremos completamente expuestos en mitad del desierto. Hay que poner en marcha la caravana cuanto antes y aprovechar la noche.

Se volvió hacia los rebeldes.

—Mis hombres ayudarán a guiar a los refugiados de York y resolverán cualquier problema que surja durante el trayecto.

—Seguiremos todas vuestras indicaciones —respondió Urrejaun.

Luego inclinó ligeramente la cabeza.

—Y quiero agradeceros una vez más lo que estáis haciendo por nosotros. Mi pueblo jamás lo olvidará.

Dafne negó suavemente.

—Cuando todos estemos a salvo podrás agradecérnoslo. Ahora tenemos mucho trabajo y muy poco tiempo.

—De acuerdo.

Dafne endureció el tono y dio la orden.

—Nos ponemos en marcha.

La inmensa multitud empezó a organizarse y pronto se dispusieron a seguir a los rebeldes que ejercían de guía.

Soldados, civiles, carros, animales y suministros formaron una gigantesca columna que se extendía a lo largo de kilómetros.

La gran caravana comenzó a adentrarse en las dunas interminables.

Les esperaba una travesía larga y agotadora antes de alcanzar la seguridad de la gran ciudad del desierto.

Mientras caminaban, muchos no podían evitar mirar por encima del hombro. Sus ojos se dirigían constantemente hacia el norte, hacia el lugar del que esperaban ver aparecer a los dragones. Nadie decía nada, pero todos compartían el mismo pensamiento.

Si la hueste de dragones los alcanzaba antes de llegar a las montañas todo habría terminado.