Capítulo 53
«¿Qué desea el Gran Oráculo que se haga con los traidores?».
Zaldi-Beltz-Lehen mantuvo la cabeza erguida ante el dragón plateado. Era consciente de la gravedad de los cargos y del castigo que podían acarrear y esperaba la condena.
El Gran Oráculo lo miró y, por un momento, no respondió.
Se quedó pensativo. Quizá buscaba una nueva visión que lo guiara hacia la decisión correcta.
El silencio se prolongó y la tensión creció entre los presentes.
Ningún dragón de las escuadras movió un músculo, y la gran sala se había quedado tan quieta que Nahia oía su propia respiración.
El resplandor de la esfera teñía de plata las escamas de cuantos aguardaban el veredicto.
Nahia sabía que el oráculo no tendría piedad con ellos: los dragones jamás la tenían y aquel no era solo un dragón, era un líder. Se temió lo peor.
Notaba la magia plateada de aquel ser milenario llenar la sala, y de ahí dedujo que consultaba alguna visión antes de decidir su suerte.
No alcanzaba a ver esa visión en su mente, así que no podía estar segura, pero el poder del dragón lo impregnaba todo.
Miró de reojo a Logan, él también temía un desenlace devastador.
Estaba muy serio, más pálido que de costumbre.
Nahia apretó los dientes y se obligó a mantener la calma.
El Gran Oráculo se decidió al fin. Las escamas plateadas refulgieron al pronunciarse.
«Los cuatro acusados aquí presentes son sentenciados por cometer alta traición a los dragones a prisión perpetua. Los quiero encerrados a los cuatro y que jamás vuelvan a ver la luz del sol».
Nahia se quedó petrificada. La sentencia era muy dura… aunque, en realidad, había temido la muerte, de modo que no lo era tanto. Pensar que pasaría el resto de sus días en una celda le erizó la piel y le hundió el espíritu.
Miró a Logan. Él le devolvió una mirada de aliento y cerró el puño en resistencia.
Tenía razón. Mientras siguieran vivos, habría esperanza.
No entendía por qué el Gran Oráculo los había condenado a cadena perpetua en lugar de a muerte, pero alguna razón habría.
Algo había visto en su última visión que le hizo cambiar de parecer y perdonarles la vida…
de momento. Nahia ignoraba qué era y cuál había sido el razonamiento de aquel descomunal dragón plateado, solo sabía que algo ocurría con ellos en el futuro, que el oráculo lo había visto y que por eso no los mataba.
Habría dado lo que fuese por saber qué era.
Por desgracia, el dragón no se lo revelaría, mucho menos tratándose de algo que ella intuía crucial.
«La sentencia del Gran Oráculo se cumplirá. ¿Dónde desea el Gran Oráculo que cumplan condena? Pueden hacerlo en uno de los cinco reinos de los reyes dragones o aquí», dijo Zaldi-Beltz-Lehen con una reverencia de cabeza.
El Gran Oráculo no necesitó pensar esta respuesta, le salió instantánea.
«La condena se cumplirá aquí, en zona neutral. No deseo que se cumpla en ninguno de los cinco reinos porque alguno de los reyes podría aprovecharlo en su beneficio. Estos cuatro prisioneros son de máxima importancia y deben permanecer en zona neutral, a mi alcance», ordenó.
«Muy bien, así será. ¿Desea el Gran Oráculo que cumplan condena en Jadrakos o en Drakoros?», preguntó el comandante.
Esto lo meditó un poco más.
«Ambas servirían, pero al tratarse de dragones raudos y sus jinetes, y para evitar conflictos con antiguas amistades, prefiero Drakoros.
Su prisión es además la mejor y más segura de todo Kraido.
Me pondré en contacto con el coronel Lehen-Gorri-Gogor de la academia y le informaré de la gravedad del asunto, de la importancia de los prisioneros que le envío y de la necesidad de mantenerlos presos y bien vigilados en las mazmorras».
«Una sabia elección», Zaldi-Beltz-Lehen repitió su gesto de respeto ante el Gran Oráculo.
Nahia sentía por el vínculo la preocupación y angustia de Eki. La condena era durísima para ella y Logan, pero también para Eki y Aroa. Quizá lo fuera incluso más, ya que eran dragones y la traición y el encarcelamiento de por vida tenía ramificaciones que Nahia solo podía empezar a comprender.
El comandante se volvió hacia los cuatro procesados y se dirigió a ellos.
«Espero que acatéis la condena con honor. Os conozco y, aunque me asombra lo que habéis hecho, os tengo por honorables y confío en que no me crearéis problemas. Si intentáis huir o resistiros, me veré obligado a emplear la fuerza contra vosotros y no tendré piedad».
Miró a Droken, que lo montaba.
«Capitán, que los condenados salgan al exterior y sean escoltados».
Droken asintió y se encaró con los cuatro.
—Poneos delante de mí. Salid ya.
Eki y Aroa intercambiaron una mirada y la dragona blanca asintió. No tenían escapatoria. Con las dos escuadras, el comandante y el capitán, de allí no saldrían con vida si intentaban algo. Además, el Gran Oráculo podía parecer vetusto, pero su poder mágico era inmenso y los destruiría, seguro.
Salieron con Zaldi-Beltz-Lehen y su jinete tras ellos. Las dos escuadras que aguardaban fuera los vieron aparecer y, por las expresiones de los cuatro condenados, adivinaron que las noticias eran malas.
El comandante les resumió lo sucedido y la condena. Las dos escuadras que los acompañaban se movieron inquietas. No esperaban aquello. En cuanto lo asimilaron se pusieron muy tensos.
Nahia imaginó las caras de sus compañeros de la escuadra aérea, que estaban en Jadrakos, cuando se enteraran. Se iban a quedar atónitos ante semejante revés.
De los jinetes presentes, algunos negaron despacio con la cabeza y otros se quedaron mirando a los cuatro como si no acabaran de creerlo. Nadie pronunció palabra. Ante una sentencia del Gran Oráculo, no había nada que decir.
Los cuatro condenados se mantuvieron firmes, sin mostrar cuánto les pesaba la sentencia. Por fuera, ni un gesto, pero al amparo del vínculo, Nahia y Eki sí cruzaron unos sentimientos.
«Lo siento, Eki, no quería esto para ti, para nosotros…».
«No es culpa tuya. Conocíamos los riesgos y decidimos correrlos».
«Aun así, siento mucho haberte arrastrado hasta esto».
«No me arrepiento de haber hecho lo que he hecho y de tomar las decisiones que he tomado. Eran las correctas, me lo dice mi corazón y me lo dice mi conciencia».
«Pero nos van a privar de la libertad para siempre».
«Aun así hicimos lo correcto y no deberías culparte de nada».
«Intento no culparme, pero no puedo quitarme de la cabeza el sentimiento de que es mi culpa y yo os he arrastrado a los tres a esto».
«Pero no es tu culpa y no nos has arrastrado, así lo siento yo y estoy convencido de que así lo sienten Logan y Aroa».
«La vida no es justa, no os merecéis esta condena», se lamentó Nahia.
«Eso es verdad. La vida rara vez es justa y sí muy dura, pero nosotros somos todavía más duros. Sobreviviremos y saldremos adelante».
«Espero que sí, pero en estos momentos el desaliento me aplasta» dijo Nahia. Sintiéndose terrible por el destino de sus compañeros bajó la cabeza, apenada.
«No agaches la cabeza más de lo justo. Deja que nos crean rotos, pero no hundidos».
«Lo estoy un poco. Mientras respiremos, esto no ha terminado», Nahia se animó un poco.
«Esa es mi jinete. Saldremos de aquí».
Nahia no contestó, pero algo se le enderezó por dentro.
Dejó de sentirse una condenada para empezar a sentirse una presa que ya contaba los días detrás de los barrotes antes de escapar.
Zaldi-Beltz-Lehen dio la orden y alzaron el vuelo de regreso. Las dos escuadras se cerraron en torno a ellos, una delante y otra detrás, ya no como escolta, sino como muro: cuatro presos volando en el centro de una jaula de alas.
El viento de la altura le mordía la cara a Nahia, que llevaba el visor levantado, aunque el frío que de verdad la calaba le venía de dentro.
Por desgracia, no volvían a Jadrakos, sino a Drakoros, y la condena se cumpliría en unas mazmorras que ella conocía.
Abajo, las tierras neutrales de Kraido, pasaban indiferentes a cuanto se decidía sobre ellas.
Mientras volaban hacia la academia de los brujos de dragón, Nahia se aferró al único consuelo que halló: había vivido en aquel lugar, había recorrido sus pasillos y bajado a sus mazmorras a todos los subniveles.
Eso eliminaba gran parte del miedo de la condena.
No era así para sus compañeros. Imaginó que para ellos no habría ni ese pequeño asidero.
Para Logan, Aroa y Eki verse encerrados allí abajo sería una experiencia terrible, sobre todo para los dos dragones raudos, criaturas hechas para el cielo condenadas a cuevas subterráneas a gran profundidad sin volver a sentir el viento bajo las alas.
Logan miró a Nahia y luego habló con Aroa.
«Saldremos de esta. Siempre lo hemos hecho», envió para darle ánimos pues por el vínculo sentía que Aroa estaba muy apenada.
«Esa es mi esperanza. No quiero perderla».
«No lo hagas, no es el final».
«No lo es, pero ha estado muy cerca de serlo. No sé por qué el Gran Oráculo no nos ha condenado a muerte, yo lo daba por hecho».
«Algo tramará».
«Sí, seguro. Yo merecía morir por haber derramado la sangre de los míos y acabado con la vida de dragones».
«No digas eso, Aroa. No es cierto, hiciste lo correcto. Esta condena no debe cambiar tu visión sobre lo ocurrido».
«Lo intento, pero tengo la sensación de que esta condena es en realidad un castigo por las muertes que llevo a mis espaldas».
«No es así. Esta condena es porque estamos en el lado en el que debemos estar y luchamos por lo que es verdadero y correcto, por la libertad de todos los pueblos esclavos».
«Tus palabras tienen sentido y me calman el alma, pero estoy un tanto desolada por tener que pasar el resto de mis días en una prisión sin poder volver a volar, surcar los aires y sentir el viento en mis alas».
«Solo puedo ofrecerte esperanza, no tengo nada más ahora mismo. Pero estoy seguro de que conseguiremos salir de esa mazmorra antes o después».
«Gracias, Logan, tus palabras me animan y tranquilizan mi alma».
«Siempre me tendrás a tu lado. Si cometes un acto que en verdad requiera condena no te preocupes que te lo haré saber.
De momento, en todo el tiempo que te conozco y he estado contigo solo puedo asegurar que eres una dragona de un tremendo corazón y todas tus acciones han sido honorables y correctas».
Aroa no dijo nada más, pero Logan sintió por el vínculo que la dragona blanca se calmaba y sus inquietudes se apagaban. La angustia que sentía desapareció. Esto también ayudó a Logan a calmar las suyas propias porque, aunque hablaba con confianza, no las tenía todas consigo.
Llegaron a Drakoros. En cuanto divisaron las murallas almenadas y las torres de la academia recortadas contra el cielo los cuatro supieron que su futuro daba un vuelco brutal.
Nahia reconoció cada perfil: los patios donde se había entrenado, la mole del castillo, los edificios de entrenamiento, la biblioteca y, por supuesto, las nefastas mazmorras.
Hasta entonces habían estado del lado de los dragones o, al menos, no los habían descubierto como traidores.
Todo cambiaría en cuanto aterrizaran. Ya no serían solo traidores encubiertos, sino enemigos de los dragones condenados al encierro de por vida.
Alcanzaron la academia y descendieron hacia la plaza frente al majestuoso castillo. Vieron que tanto el coronel Lehen-Gorri-Gogor, al mando de la academia, como su mano derecha, el comandante Bigaen-Zuri-Indar, aguardaban. Como escolta tenían a una veintena de dragones.
El Gran Oráculo ya habría contactado con el coronel y le habría transmitido la sentencia, así como las medidas de seguridad que debía adoptar para que los cuatro prisioneros no volvieran a ver la luz del sol.
Apenas tocaron tierra, un dragón guardián se abalanzó sobre Aroa y, de un zarpazo seco, la obligó a plegar las alas sin miramientos.
La dragona blanca soltó un gruñido. Eki tensó el cuello, dispuesto a encararse.
Nahia sintió la rabia subirle por el pecho.
Debían controlarse, un solo paso en falso y los matarían allí mismo.
«Quietos. Hoy no. Hoy aguantamos», rogó Aroa.
Lehen-Gorri-Gogor observó con los ojos cargados de desdén y un punto de ira. Si por él hubiera sido, los habría matado allí mismo. No dijo nada, como si ya no fueran dignos siquiera de que les dirigiera la palabra.
Desde las almenas y las atalayas los dragones de guardia de la academia los seguían con la mirada.
Nahia sintió el peso de aquel desprecio caer sobre ella.
Para ellos no eran prisioneros cualesquiera, eran traidores, lo que más despreciaba un dragón.
Bajó la vista lo justo para no provocar a nadie, sin humillarse del todo, tal como Eki le había pedido.
El comandante de Jadrakos puso a los cuatro traidores sentenciados en manos del coronel de Drakoros y partió de regreso con sus escuadras.
Lehen-Gorri-Gogor gruñó y señaló con la cabeza hacia las mazmorras. Luego dio la orden a sus dragones y una docena de ellos condujo a los cuatro prisioneros hacia su encierro.
Nahia iba pensando que su destino parecía pasar inevitablemente por aquel lugar.
Los iban a retener en las mazmorras de Drakoros, un lugar horrible que robaba la vida en sus oscuras y lúgubres profundidades.
Un lugar donde Nahia tenía un amigo secreto y un aliado poderoso. Al pensarlo, su moral se elevó.
—No todo está perdido. Hay esperanza. Y eso es todo lo que necesito —se dijo a sí misma entre dientes.
Miró a Logan y le hizo un gesto de fuerza.
Él asintió y le devolvió el gesto.
Nahia supo que aquello no era el final.