Capítulo 44
La flotilla de rebeldes de Kraido llegó a York sin grandes incidentes por el camino, algo que todos agradecieron. Fue un trayecto tenso, eso sí, pues todos creían que en cualquier momento los dragones aparecerían en los cielos para llevarlos al fondo del mar, de donde no regresarían.
Se encontraron con que estaban evacuando la ciudad.
Todo el mar frente a la ciudad y parte de la costa estaba lleno de barcos cargados rebosando de personas.
Les costó mucho trabajo maniobrar entre los cientos de navíos y miles de barcas y barcazas que colmaban la zona y dificultaban la navegación, sobre todo hacia la ciudad.
Lograron llegar dejando las embarcaciones cerca del puerto como pudieron, en medio de todas las demás.
Había un caos ordenado muy intenso allí.
Los oficiales del ejército y los capitanes de los barcos intentaban cargar con la mayor rapidez posible.
Tenían mucha prisa y los gritos y órdenes que se escuchaban así lo indicaban.
Nada más poner pie en tierra firme, los llevaron casi corriendo a ver al señor de la ciudad.
No tuvieron que explicar quiénes eran o qué hacían allí, los oficiales que salieron a recogerlos lo sabían perfectamente.
Tenían órdenes de no perder un instante.
Recorrieron media ciudad en un abrir y cerrar de ojos esquivando a todas las personas que la abandonaban.
La audiencia con Urrejaun, líder de York, fue en su elegante salón de audiencias.
Lo acompañaban Magures, Mago Primero de la ciudad, varios oficiales del ejército y Celopus, el intérprete al que necesitarían para entenderse.
También estaba Dameros, el famoso mago conocido por tener magia dorada.
A todos les impactó mucho verlo, pues habían utilizado sus esferas de sustancia dorada y ahora estaban frente a su artífice.
—Bienvenidos, mis valiosos aliados de Kraido —saludó Urrejaun.
—Los rebeldes de Kraido valoran y aprecian la alianza con la ciudad de York y su líder, Urrejaun —respondió Dafne.
—Y nosotros valoramos a los rebeldes de Kraido. Me han llegado informes sobre vuestro reino, de cómo ha crecido. Ahora se extiende desde el norte de los desiertos hasta el océano del sur. Todo el este de los desiertos que perteneció al Imperio Noceano está bajo vuestro control. Mi enhorabuena.
Dafne permitió que apareciera una pequeña sonrisa victoriosa en sus labios.
—Ha sido más por necesidad que por ambición. Pero sí, estamos orgullosos de lo que hemos logrado.
—Y debéis estarlo —afirmó Urrejaun—. Habéis liberado una enorme parte de los desiertos. Un nuevo y fuerte reino ha nacido.
—Eso esperamos.
—Gracias por haber acudido con tanta premura a mi llamamiento.
—Tu mensaje dejaba claro que se trataba de una emergencia, por eso hemos venido tan rápido como nos ha sido posible.
—Que hayáis acudido con tanta rapidez os honra.
Dafne inclinó ligeramente la cabeza.
—Intentamos siempre actuar con honor.
Urrejaun hizo un gesto de agradecimiento antes de continuar.
—Significa mucho para nosotros.
—En el mensaje nos informabas de que una hueste de dragones se dirigía hacia York. Nosotros no hemos visto dragones ni durante la travesía ni al llegar a la isla. ¿Sigue siendo una amenaza real?
Urrejaun suspiró.
—La amenaza sigue siendo muy real, por desgracia para todos.
Ahora mismo nuestros espías nos informan de que los dragones están atacando el reino de Moontian.
No sé si lo conocéis, pero se encuentra en una enorme cordillera montañosa situada en el centro-este del continente.
Según parece, los dragones están teniendo dificultades para someterlo.
Se les está resistiendo más de lo esperado, lo cual nos ha favorecido.
Dafne frunció el ceño.
—¿Cómo puede resistir un reino pequeño frente a una horda de dragones?
—La montaña los protege. Ni siquiera un centenar de dragones puede atravesar fácilmente una masa de roca de semejante magnitud.
La reina y su pueblo se han refugiado en las profundidades de las cavernas.
Siempre ha sido un reino extremadamente difícil de conquistar y muchos lo han intentado, incluidos nosotros.
—Me cuesta creer que un centenar de dragones no pueda abrirse paso por la fuerza —comentó Lily.
—Por mucho que lo intentaran, les llevaría años abrir una brecha lo bastante grande para alcanzar las profundidades.
Además, estoy convencido de que la reina, que es una mujer inteligente y experimentada, habrá llevado a toda su gente a los niveles más profundos de esa cordillera. Es lo que haría yo.
—Bueno, dentro de lo que cabe son buenas noticias —opinó Ivo—. Significa que existe un reino capaz de resistir a una hueste de dragones.
—Son buenas noticias solo en parte. Que no hayan conseguido entrar no significa que no hayan causado enormes pérdidas. Muchos guerreros murieron defendiendo los accesos. Finalmente, según mis espías me han informado, la reina decidió abandonar las entradas y refugiarse en el corazón de la montaña.
—Es parecido a la estrategia que seguimos nosotros en las Montañas de la Sangre de los Desher Tumaini.
—Exactamente. Todo apunta a que, si queremos sobrevivir a esta hueste de dragones, tendremos que refugiarnos bajo tierra o en el interior de grandes montañas, lugares a los que ellos no puedan llegar.
Ivo asintió lentamente.
—La madre naturaleza nunca deja de sorprenderme. Las montañas representan una fuerza que ni siquiera los dragones pueden doblegar, del mismo modo que no pueden doblegar una tormenta o detener un tornado.
—Precisamente por eso creo que debemos encontrar un refugio antes de que los dragones lleguen a York —continuó Urrejaun—. Un lugar protegido por grandes cordilleras.
Fue entonces cuando Dafne comprendió por qué los había hecho llamar.
—¿Quieres trasladar a tu ciudad a una cordillera montañosa?
—Así es. Esa es mi intención. Es nuestra única posibilidad de supervivencia.
Enfrentarnos a más de un centenar de dragones sería una locura, incluso contando con magia dorada.
Sería como enfrentar lanzas y flechas contra alientos elementales de dragón.
Mis magos más poderosos me han hecho comprender esa realidad.
Urrejaun hizo un gesto hacia Magures.
—Lo hemos estudiado mucho y hemos llegado a la conclusión de que, incluso con los grandes magos que tenemos aquí, no podremos detener a semejante número de dragones —explicó el Mago Primero.
—¿Ni con vuestra magia dorada? —preguntó Taika.
Dameros dio un paso al frente.
—Nuestros cálculos indican que, incluso con todas las reservas de magia dorada de las que disponemos no podríamos defender la ciudad durante más de una semana.
Y eso suponiendo pérdidas masivas. Podemos utilizar la magia dorada para atacar a los dragones, pero seguimos siendo vulnerables a sus alientos elementales y a su fuerza devastadora —hizo una breve pausa—.
No lograríamos sobrevivir. Si habláramos de veinticinco dragones, o incluso de cincuenta…
lo intentaríamos. Pero más de un centenar…
eso es una sentencia de muerte. Podríamos resistir durante algún tiempo, pero acabaríamos siendo aniquilados.
Urrejaun retomó la palabra.
—York está condenada. Debemos abandonarla —sus palabras resonaron con fuerza en la sala.
—Vaya… —se lamentó Dafne y arrugó la nariz. Esperaba mejores noticias al llegar allí, algún tipo de solución.
—Y no creáis que esta decisión me resulta sencilla.
He dedicado toda mi vida a fortalecer esta ciudad, a convertirla en un lugar capaz de resistir cualquier amenaza.
Pero hay enemigos contra los que no se puede luchar y un gobernante debe reconocer la derrota cuando la tiene delante.
No pienso condenar a mi pueblo a una muerte segura por orgullo.
Dameros suspiró profundamente.
—Llevamos años investigando formas de combatir a los dragones. Gracias a ello hemos conseguido una fuente sostenible de magia dorada. Sin embargo, el problema ya no es la calidad de nuestras armas, sino la cantidad de enemigos, son demasiados.
—Nosotros hemos conseguido matar dragones gracias a tu magia —señaló Dafne.
—Y me alegra saberlo. Pero imaginad que, en lugar de enfrentaros a uno o tres dragones, tuvierais que luchar contra treinta al mismo tiempo. No existe defensa capaz de soportar algo así.
Dafne dirigió una mirada a Taika. El Felidae respondió con un leve asentimiento y bajó la vista. No había discusión posible.
—El siguiente problema es encontrar un lugar donde refugiarnos—continuó Urrejaun—. Un lugar seguro y con espacio suficiente para miles de personas. No solo hablamos de los ciudadanos de York, también están los refugiados que hemos acogido de otras ciudades de la región.
—Si estás pensando en las Montañas de la Sangre, descártalo —dijo Dafne de inmediato—. No será posible, no darían abasto.
Urrejaun asintió lentamente.
—Lo imaginaba.
—Entiéndeme, cuando los dragones destruyan York vendrán a por nosotros.
Si alguna vez tuve dudas, ahora ya no me queda ninguna.
Y, después de escuchar todo lo que has contado, todavía lo veo más claro.
Bajarán por la costa este a los desiertos, a por nosotros, los rebeldes que odian.
Las tres ciudades del norte se refugiarán en las Montañas de la Sangre y no hay espacio suficiente para todos sin realizar enormes trabajos de excavación que requerirían mucho tiempo del que no disponemos.
—Ya suponía que sería así. Sin embargo, si no me equivoco, en los desiertos controláis al menos otras dos grandes cordilleras. ¿No podrían servir como refugio?
—Sí, es cierto —admitió Dafne—. Existen dos cordilleras con capacidad para albergar poblaciones enteras.
—Pero no están preparadas para ello —añadió Taika.
—Entonces tendremos que prepararlas cuanto antes —insistió Urrejaun.
Dafne dejó escapar un suspiro.
—No será sencillo. Trasladar una ciudad entera hasta el corazón de los desiertos ya es una tarea monumental. Convertir esas cuevas en lugares habitables será aún más difícil.