Capítulo 43
En los desiertos, Dafne observaba desde las almenas de la muralla norte de la ciudad de Jafarika la interminable columna de soldados de Kraido que llegaban.
Solo llevaban tres días en la ciudad tras regresar de Kabiramadina.
El viaje había sido largo y muy cansado.
Cruzar el desierto acababa con las fuerzas del más fuerte y optimista.
Estaban recuperando las energías gastadas poco a poco, pero el espectáculo que estaban presenciando se las estaba recargando también a pasos agigantados.
No solo las fuerzas que les faltaban, sino sus corazones rebeldes.
—No puedo creer que lo estemos consiguiendo —dijo a Lily, a su lado.
—¿Por qué no? Yo siempre he sabido que lo lograríamos, más tarde o más temprano —sonrió la Escarlatum.
—Ese optimismo yo creo que es debido a nuestras últimas victorias en las ciudades del sur. No estaba en ti antes —dijo Aiden.
—Siempre ha estado ahí. Y calla, cabeza de piedra, que estabas mucho más guapo en la enfermería tumbado y sin decir nada.
—Son más de diez mil, si calculo correctamente —dijo Taika, que observaba con la mano sobre sus ojos de tigre para protegerlos del sol del desierto.
Dafne asintió.
—Las noticias que tengo del Escuadrón Azul, que está dirigiendo las operaciones de recibimiento de desertores de la zona norte de Tremia, me indican que son incluso más.
Casi doce mil soldados son los que han recibido en el último mes.
Los han tenido en el campamento de recepción a la espera de nuestro regreso a la ciudad y ahora los envían para que los acojamos.
—Son noticias fantásticas. La rebelión es cada vez más fuerte y la esperanza está llegando a muchas personas que la necesitaban en Tremia —dijo Ivo con tono conmovido.
—La verdad es que no esperaba que tuviéramos tanto éxito en convencer a los soldados para que desertaran —reconoció Dafne.
—Menos mal que hemos liberado todas las ciudades del este de los desiertos, porque si no, no sé dónde íbamos a albergar a todos estos soldados —dijo Lily sacudiendo una mano—. Porque son un montón.
—La logística y la alimentación de todas estas tropas va a ser un verdadero quebradero de cabeza —advirtió Aiden—. Vamos a tener que hilar muy fino.
—Por eso mismo he dejado a tres escuadrones en cada ciudad.
Preferiría tenerlos conmigo, pero sé que si no están en esas ciudades cuando lleguen los nuevos soldados será un caos.
Ellos se encargarán de organizar y distribuir las tropas y de conseguir el agua y la comida, que son lo más importante en el desierto, sobre todo lo primero.
—¿Podéis creer que hemos conseguido crear un reino en Tremia? Un reino de rebeldes de Kraido. Es algo que ni en mis más locos sueños hubiera pensado que pudiéramos conseguir —dijo Lily resoplando con fuerza, llena de admiración.
—Una gran obra. Una labor fabulosa llena de esfuerzo, sacrificio y honor. Es el comienzo de algo que se recordará en los libros de historia —relató Ivo con su habitual tono trascendental.
—Esperemos que también se recuerden nuestros nombres —dijo Taika.
—Imagino que no lo dices por la gloria, ¿verdad? —se extrañó Dafne.
—No. Lo digo más para que se recuerden nuestras largas vidas.
—Eso ya me parece más un comentario tuyo —sonrió Dafne.
—Si es posible, yo prefiero que mi nombre no aparezca ni en lo corto ni en lo largo —pidió Aiden, bajando la cabeza.
—No seas cabeza de roca. Por supuesto que tu nombre estará en los capítulos de los libros de historia.
Lo estará como uno de los líderes de la rebelión cuando se formó.
Deberías estar muy orgulloso de formar parte de esto, de estar aquí con nosotros, de lo que estamos consiguiendo y de lo que conseguiremos.
Aiden no dijo nada y levantó la cabeza para observar la interminable columna de soldados que llegaban a la ciudad.
—¿Cuántos escuadrones nos quedan disponibles? —preguntó Dafne a Taika.
—Después de haber repartido a todos los escuadrones por las ciudades liberadas, nos quedan tres aquí, en Jafarika.
—¿Por qué lo preguntas? —se interesó Lily.
—Estoy pensando en cuánta libertad de movimiento tenemos nosotros.
—Si quieres saber eso es porque vienen problemas —comentó Lily.
—No es que vengan problemas. Es que me imagino que vamos a tener que movernos en función de por dónde llegue el peligro.
Hasta ahora nuestra base eran las Montañas de Sangre, los desiertos de los Desher Tumaini y esta ciudad.
Sin embargo, ahora que tenemos todo este gran reino que va desde el Mar Central hasta el océano al sur, al este de los desiertos, vamos a tener que defenderlo.
Eso va a requerir que nos tengamos que mover, queramos o no.
—Es un pensamiento acertado —convino Taika—.
Es lo más probable. Debemos establecer un liderato fuerte en cada una de las ciudades y darles autonomía a los escuadrones que están en ellas para que puedan tomar decisiones y ejecutarlas con rapidez.
Es esencial en caso de una situación extrema de emergencia.
—Elabora eso, por favor —pidió Dafne.
—Ya tenemos establecido quién liderará cada ciudad y los escuadrones en ellas, pero debemos darles instrucciones precisas sobre qué deben hacer en función del tipo de peligro al que se enfrenten.
Es decir, si les ataca un dragón deben saber cómo actuar; si les llegan tres dragones, lo mismo.
Deben tener claro el procedimiento a seguir y ejecutarlo rápidamente para que tengamos las mayores posibilidades de sobrevivir, aunque en algunos casos sea necesario abandonar las ciudades.
—Eso de abandonar las ciudades no me ha gustado lo más mínimo —dijo Lily—.
Con lo que nos ha costado conquistarlas…
no pienso volver a recorrer todo el desierto quemando mi maravillosa piel y, mucho menos, sufrir heridas como la que llevo en el costado, que me han hecho fea para el resto de mi vida.
Así que nada de planes de abandonar las ciudades y entregárselas al enemigo.
—No vamos a poder defenderlas en función de qué tipo de enemigo nos encontremos —explicó Taika—.
Solo para matar a un dragón tenemos muchas dificultades y es necesario que estemos, porque somos los únicos que tenemos la sustancia dorada.
Por lo tanto, hay que decirles a los escuadrones al mando de cada ciudad que, si se enfrentan a más de un dragón, deben abandonar y no ofrecer resistencia.
—Aunque no me gusta lo más mínimo, tienes razón —dijo Dafne a Taika.
—No, no tiene razón en absoluto —se negó Lily, sacudiendo la cabeza con fuerza—. No vamos a entregar lo conquistado, lo ganado con sangre. No pienso sufrir más heridas desfiguradoras porque abandonemos las ciudades y tengamos que ir a recuperarlas.
—Hablaremos con Aibin y estableceremos rutas de escape. Cada ciudad tiene relativamente cerca un oasis al cual pueden huir en caso de una emergencia —ofreció Taika.
—¿Quieres que huyan a los oasis? —preguntó Dafne.
—Es lo que deberían hacer y deberían hacerlo de noche. Por lo tanto, hay que establecer planes de evacuación nocturna en caso de una situación de derrota inminente —explicó Taika con su habitual tono suave, sedoso y firme.
—Muy bien. Organizaremos una reunión con Aibin y Abdu Baba y estableceremos las estrategias a seguir en caso de que las ciudades reciban ataques —afirmó Dafne.
Los siguientes días transcurrieron tranquilos.
El Escuadrón Rojo se encargó de dirigir las operaciones de recibimiento de los soldados desertores que llegaban y de su posterior realojamiento en las otras ciudades que ahora componían el reino.
Fueron enviando tantos soldados como cada una de ellas podía albergar.
La mayor de las ciudades era la de Kabiramadina, la última conquistada, y allí fue destinada la mayor parte de los soldados.
También era la que más lejos se encontraba, con lo cual el trayecto les llevaría algún tiempo.
Entre Jafarika y Kabiramadina se hallaban Madinatalmusa y Albahrawan, y parte de los soldados fueron repartidos entre ellas.
Fue terminar de enviar a los soldados a sus ciudades de destino y, tal y como Dafne ya preveía, las malas noticias llegaron.
Una sencilla paloma mensajera se las trajo.
Dafne leyó el mensaje y de inmediato tuvo una muy mala sensación. Su rostro debió mostrarlo porque Lily preguntó.
—¿Qué ocurre? ¿Son malas noticias?
—Sí, lo son. Noticias muy malas. Tenemos que ponernos en movimiento. La ciudad de York nos pide ayuda y, como sabéis, se la debemos. Llegué a un acuerdo con Urrejaun por el que, si un día necesitaban de nuestra ayuda, acudiríamos. Parece ser que ese día ha llegado.
—¿Qué le sucede a la ciudad de York? —preguntó Taika con un semblante inquieto.
—Va a ser atacada por dragones. Les ha llegado información de que una hueste de ellos se dirige a su ciudad. Requieren de nuestra ayuda y de los barcos que nos prestó para montar la línea de transporte de nuestros rebeldes.
—¿Una hueste de dragones? ¿Qué significa eso? —exclamó Lily, a la que se le escapó un gritito.
—Por lo que dice la nota, cerca de un centenar de dragones se dirigen a York.
—Un centenar de dragones… Eso es la perdición absoluta —dijo Aiden.
Ivo negó con la cabeza muy apesadumbrado.
—Cuando las malas noticias llegan, lo hacen en proporciones impensables.
—Y demasiado rápido. No hemos terminado ni de establecernos —se lamentó Dafne.
—No tiene sentido que vayamos. No podremos ayudarles contra semejante cantidad —expresó Lily.
—Estoy de acuerdo con Lily. Si vamos, moriremos —afirmó Aiden tajante.
—Dimos nuestra palabra y uno debe cumplir. El universo no olvida a aquellos que son deshonrosos —dijo Ivo.
—A veces es mejor ser deshonroso que acabar muerto —replicó Aiden.
—Es un suicidio ir al encuentro de un centenar de dragones —Lily levantó los brazos al aire—, y más cuando ahora tenemos nuestro propio reino que defender.
—Yo le di mi palabra y la pienso cumplir —dijo Dafne—. Vosotros podéis hacer lo que queráis, pero yo iré a York con los barcos y ayudaré a Urrejaun, tal y como prometí.
—Es lo correcto y es lo que debemos hacer —se unió Taika.
—Contad conmigo —se unió Ivo.
Lily y Aiden refunfuñaban, cada uno a su estilo, Lily de forma abierta y Aiden de forma más interiorizada. Finalmente, los dos cambiaron de opinión y se unieron a Dafne. No iban a abandonar a sus compañeros de escuadra cuando se dirigían a una situación de peligro terrible.
—Muy bien. Zarparemos de inmediato —ordenó Dafne.
—¿Llevaremos a todo el escuadrón? —preguntó Taika.
—Si los llevamos no quedará nadie para dirigir la ciudad y los necesito aquí. Sobre todo, si esa horda de dragones después de ir a York decide bajar. Estoy seguro de que sabrán que es el centro desde el cual se están llevando a cabo todas las operaciones de los rebeldes —razonó Taika.
Aiden asintió varias veces de forma lenta.
—Los dragones no perdonarán la revuelta. Nos castigarán con dureza en esta ciudad. Estoy convencido.
—De eso no tengo tampoco la menor duda —dijo Dafne—.
Buscarán matarnos a todos por la deshonra que les hemos causado.
Maldición… —Dafne se quedó pensativa—. Hay que ofrecer nuevas órdenes de acción en caso de que los dragones de York bajen aquí.
Estamos relativamente cerca, solo tienen que seguir la costa este, cruzar el Mar Central y llegar aquí.
También necesitamos establecer vigías a lo largo de la costa norte, que nos avisen en caso de que vean a los dragones cruzar el Mar Central.
Si lo hacen deberemos evacuar toda la ciudad.
—Los evacuaremos a las Montañas de Sangre, ¿verdad? —preguntó Lily.
—Sí, así es. Avisaré de inmediato a Aibin para que sepa lo que sucede y a su hermano. Prepararemos el plan de evacuación en caso de que los dragones lleguen hasta aquí. No debemos luchar, debemos salvarnos. Debemos ocultarnos bajo las montañas.
—¿Y qué sucederá si los dragones van a las otras ciudades? —preguntó Ivo.
—Les avisaremos también. Los brujos de dragón en cada ciudad ya tienen un plan de escape hacia los oasis. Les tendremos que decir que tengan muchísimo cuidado.
—Esta vez se pone feo de verdad. Muy, muy feo —advirtió Aiden y sonó a sentencia mortal.
—No perdáis la esperanza. Pase lo que pase la revolución seguirá adelante y conseguiremos la libertad. Ahora es tiempo de luchar y lucharemos. Si hemos de morir, lo haremos también, pero la causa seguirá adelante —dijo Dafne con su ímpetu innato.
Les llevó un día y medio organizar los barcos en la costa.
La flota de los rebeldes, que había crecido con algunos barcos que habían conseguido comprar a los piratas de la isla de Coporne en el Mar Central, se puso en marcha.
Se dirigieron al norte, siguiendo la costa este, hacia la ciudad-estado de York.
La travesía no era difícil en aquella época del año, pues los vientos eran apacibles y no tardarían demasiados días en alcanzar la ciudad, a menos de que se encontraran con algún tipo de problema, como un centenar de dragones.
La Escuadra Ígnea lideraba la flota, navegando en la primera embarcación. Nadie lo decía, pero aquel viaje a todos les parecía que acabaría muy mal, en el fondo del mar con casi toda probabilidad.