Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 42
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Capítulo 42

En Jadrakos, Nahia llevaba días esperando en tensión una llamada que no llegaba.

Cada amanecer pesaba más que el anterior.

Sentada en la cama de su habitación del barracón de jinetes, con el codo de su armadura de plata y rojo apoyado en la rodilla, repasaba por enésima vez la orden que el comandante les había transmitido.

El Gran Oráculo aguardaba una visión de enorme trascendencia, una que los incumbía a ellos; hasta que se diera, debían permanecer en Jadrakos y estar disponibles.

Zaldi-Beltz-Lehen había sido muy explícito.

La visión les incumbía, de eso estaba segura, y lo que fuera a ver no sería bueno, eso también lo sabía.

La idea se le había clavado en el pecho como una daga de plata.

El Gran Oráculo podía ver partes del futuro y lo que más temía era que viera la verdad.

Que aquel dragón milenario de escamas de plata con vetas de oro escudriñara los hilos del porvenir y descubriera lo que ocultaban.

Que viera la rebelión de Kraido, que la viera a ella al frente de todo y, peor aún, que viera a Logan a su lado.

Si eso ocurría, no habría perla ni portal que los salvara. El castigo a la traición a los dragones era siempre el mismo: la muerte.

Logan entró en la habitación tras llamar en la puerta.

Nahia no tuvo que levantar la mirada, sabía que era él por la forma en la que llamaba.

El guapo moreno de ojos claros se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros.

No hizo falta que dijeran nada. Logan compartía el mismo miedo que sentía ella y por eso la abrazaba.

—Otro día más —murmuró y le apretó el hombro—. Y sin noticias del Oráculo.

—Que no lleguen —Nahia resopló—. Que tarde cuatro estaciones si hace falta.

—No perdamos la esperanza —Logan buscó su mirada—. Todavía no estamos condenados.

—Lo estaremos en cuanto tenga su gran visión —apretó los dientes.

—¿Tan claro lo tienes? —Logan frunció el ceño.

Nahia asintió despacio.

—Nos verá y nos condenará a muerte.

Logan posó la mano sobre la de ella.

—Ten esperanza.

—Lo intento —dijo Nahia—, pero ¿qué más puede pasar, aparte de lo que ya tenemos? Nos retiene aquí sin necesidad.

—Si nos retiene es porque no tiene la confirmación de lo que sospecha —Logan le sostuvo la mirada—. Y quizá no la consiga, por mucho que llegue esa visión que espera.

—Eso es mucho desear —Nahia torció el gesto—. Cuando la tenga nos verá y nos condenará.

—Hemos pasado por cosas parecidas y peores, y siempre hemos salido adelante —Logan le besó la mejilla—. Mantente fuerte, lo conseguiremos.

Las palabras de Logan le calaron hondo. Estaba demasiado negativa, demasiado pesimista y no era el momento.

Él tenía razón: habían superado situaciones difíciles, algunas al borde de la muerte.

Aquella solo era una más y así debían afrontarla.

No iba a venirse abajo y mucho menos a convertirse en una carga para él.

—¿Sabes qué? —Nahia le rozó la mejilla—. Mi moreno guapo y de pocas palabras… Cuando hablas, hablas de verdad y me llegas dentro. Tienes razón, seguiremos luchando hoy, mañana y todos los días.

—Me alegro de haberte levantado el ánimo —Logan sonrió, algo cohibido.

Nahia no se resistió a aquella sonrisa ni a aquellos ojos que la miraban con amor, y lo besó.

—Ya me siento mejor —dijo—. Tus palabras y tus besos me curan el alma y me llenan el corazón de esperanza.

Logan asintió y no dijo nada más.

Al caer la tarde ambos bajaron al comedor a cenar. La Escuadra Meteorito ocupaba una de las mesas largas. En cuanto los vieron entrar, Tilsa les hizo una seña para que se acercaran. Antes comían juntos como una escuadra, ahora, pese a lo ocurrido entre ellos, el gesto seguía en pie.

Nahia titubeó un instante y luego se sentó frente a la Felidae leona. Logan ocupó el sitio de al lado.

—Quiero que sepáis una cosa —Tilsa dejó la cuchara—. No queríamos traeros, no así.

—No tuvimos elección —Faden hablaba sin la habitual y alegre sonrisa que le iluminaba el rostro—. El comandante nos lo ordenó a nosotros y, sobre todo, a nuestros señores dragones.

Sarmas removió la comida de la bandeja sin probarla, su piel carmesí parecía tensa.

—Vosotros nos entendéis, pero ellos no —el Escarlatum no levantó la vista—. Azkar-Gorri-Bat, Lau-Azkar-Urdin… nuestros señores dragones no caminan con la rebelión como Eki y Aroa. Si nos hubiéramos negado, nos habrían entregado al comandante sin dudarlo.

—Lo sé —Nahia apartó la vista del plato y se esforzó por que la voz no le saliera amarga—. Hicisteis lo único que podíais hacer.

Tilsa asintió, aliviada, y le tendió una zarpa por encima de la mesa que Nahia estrechó.

El gesto valía más que cualquier disculpa.

Eran de los suyos, atrapados en la misma trampa de obediencia y servidumbre a aquellas bestias aladas.

El día que la rebelión alcanzara aquellos cielos, sus compañeros de escuadra lucharían a su lado.

Lo sabía. Pero por ahora solo podían capear los tiempos revueltos lo mejor posible.

—Hemos hablado con nuestros dragones, no creáis que no —Morgana apartó el cuenco—. Por desgracia, no son tan receptivos como los vuestros.

—¿Ningún progreso? —Logan se inclinó sobre la mesa.

—Yo no diría tanto. Algo hay —la morena de pelo rizado y ojos negros negó con la cabeza—. Pero no están cerca de cruzar la línea y pasarse a nuestro lado.

—Lo intentamos sobre todo a través del vínculo y van captando cosas —Tilsa apoyó las zarpas en la mesa—. Ven que los dragones cometen injusticias, barbaridades, que matan por matar. Empiezan a comprender que eso no está bien, que no debería ser así, pero les llevará tiempo.

—Seguid intentándolo —Nahia bajó la voz.

—Pero no arriesguéis demasiado —Logan frunció el ceño—. Las cosas son muy complicadas.

—Tendremos cuidado —Morgana asintió.

—Si lográis que se pasen a nuestro lado sería un apoyo importantísimo. —Nahia inclinó la cabeza hacia ellos.

—Lo entendemos —respondió Faden.

Continuaron cenando y la charla se volvió más liviana.

Hubo sonrisas y buen humor, algo que todos agradecieron.

Quedó claro que no había resentimiento entre ellos y que todos entendían lo complicado de la situación y lo crítico de no cometer errores.

Ni Nahia ni Logan podían permitírselos y tampoco sus compañeros.

Si cualquiera de ellos cometía un fallo, arrastraría al resto en la caída, y eso era lo último que querían.

Nahia sabía cuánto había costado convencer a Eki y a Aroa.

Solo las experiencias que habían sufrido los habían empujado a ayudar a la rebelión y abandonar el lado de los dragones.

Que sus compañeros de escuadra lograran algo parecido sería muy difícil, y por eso no iba a presionarlos.

Además, un error los condenaría a todos.

Tendrían que dejar que los acontecimientos y los susurros del vínculo fueran llevando a esos dragones hacia el lado del bien, hacia los rebeldes.

Unas noches más tarde, Nahia dormía cuando una angustia tremenda le aplastó el pecho.

Era como un peso que le estrujaba el corazón.

Por un momento no supo qué pasaba. Entonces lo reconoció: le llegaba del vínculo, el hilo invisible y vivo que la unía a Eki desde la ceremonia de selección.

No le llegó ningún mensaje, solo angustia pura, un grito mudo que le golpeó a la vez el corazón y la mente.

Se levantó de golpe de la cama en su habitación del barracón, lívida, con la mano apretada contra el centro del pecho.

—¡Eki! —exclamó más fuerte de lo que pensaba. Se quedó quieta intentando descifrar qué sucedía.

Logan abrió la puerta de la habitación y entró. Corrió a su lado con ojos que recorrían la habitación buscando algún peligro.

—¿Qué ocurre? —el moreno la miró a los ojos y la cogió de los hombros.

—Algo le pasa a Eki —Nahia tenía la respiración entrecortada, como en sus ataques—. Por el vínculo… está débil, sin fuerzas. Como si se le escapara la vida. Pide socorro.

Buscó a su dragón con la mente y siguió el vínculo que los unía, por si lograba intuir qué sucedía. Lo que encontró al otro lado, como en una visión, la heló. Eki se apagaba. El dragón raudo de velocidad imposible era ahora una ascua a punto de extinguirse.

—Tengo que verlo —Nahia ya buscaba las botas—. ¡Ahora!

—Los jinetes no tenemos acceso al castillo —Logan abrió las manos, impotente—. Eki y Aroa están dentro y nosotros aquí, en los barracones. Son las reglas de Jadrakos.

—No me importan las reglas —dijo ella—. No voy a dejar que muera.

Fueron hasta el castillo y se detuvieron ante la gran puerta, donde dos dragones montaban guardia.

Nahia quería hablar con ellos, pero sabía que no podía hacerlo a menos que un dragón le dirigiera la palabra primero.

Logan, a su lado, la miraba con preocupación.

No quería que abriera la boca y se metiera en un lío, que era justo lo que iba a hacer.

Por fortuna, no hizo falta. Uno de los dos dragones, el más joven, de escamas blancas, le envió un mensaje mental.

«¿Qué haces aquí, jinete?».

Su tono rozaba el enfado. Nahia sabía que los dragones veían aquello como un acercamiento descarado, al que ella no tenía derecho.

—Mi señor dragón está muy enfermo y me ha enviado un mensaje para que acuda a verlo.

Lo dijo como si Eki la hubiera llamado de verdad, así los dragones le pondrían menos pegas, o eso esperaba.

«Aunque tu señor dragón te haya enviado un mensaje no puedes entrar en el castillo. Ningún jinete puede, salvo el del comandante, el capitán Droken».

—Es una emergencia. Si no lo fuera no estaría aquí —Nahia dio un paso—. Os aseguro que mi señor dragón está muy enfermo. Podría morir.

Los dos dragones se miraron. Percibieron la angustia en el rostro y la voz de Nahia, y la creyeron.

«Iremos a avisar al capitán Droken. Espera aquí, jinete».

Nahia inclinó la cabeza con respeto.

Aguardaron un buen rato a que el dragón que había ido a buscar al capitán regresara. Con cada instante que pasaba, se ponía más nerviosa. La angustia seguía oprimiéndola y no lograba librarse de aquella sensación.

El capitán Droken apareció, su duro rostro de Drakónido desdibujado por la sorpresa. No era de los que cedían.

Nahia se plantó ante él con la esperanza de convencerlo.

—¿Por qué me has hecho llamar en mitad de la noche, jinete? —gruñó con los brazos cruzados.

—Mi señor dragón se está muriendo —Nahia no se anduvo con rodeos—. Lo percibo por el vínculo.

Droken la estudió un largo instante.

—Si así fuera, habría pedido ayuda.

—Quizá no pueda comunicarse con vosotros, no lo sé —Nahia abrió las manos—. Está muy débil, solo sé que el sentimiento me ha llegado a mí.

Droken lo pensó un momento. Luego se decidió.

—Está bien. Iré a comprobar lo que dices —clavó en ella una mirada dura—. Pero más te vale que sea tal como lo cuentas, porque si no el castigo será severo.

—Gracias —dijo Nahia—. Date prisa, por favor.

—Espérame junto a la estatua —Droken señaló el lugar—. Este no es sitio para un jinete.

—¿No podría…?

—No —la rechazó con firmeza—. No sin permiso explícito del comandante.

—De acuerdo. Esperaremos junto a la estatua —intervino Logan, para rebajar la tensión.

Droken entró en la fortaleza y ellos se encaminaron a la estatua del legendario Irabas-Zuri-Gorrotu y su jinete Cidrur, que se alzaba en la plaza.

Tuvieron que aguardar hasta la tarde del día siguiente, pero no se apartaron de la estatua. Sus compañeros de escuadra se acercaron a ver qué sucedía y a esas horas ya estaban todos al corriente.

Al fin, a media tarde, el capitán regresó.

—A tu señor dragón le sucede algo extraño. Se le ha puesto una esfera de sanación, pero no mejora —Droken le hizo una seña hacia el portón—. Acompáñame, pero solo tú. El comandante te concede permiso.

Logan, que se disponía a ir con ellos, se detuvo. Con un gesto animó a Nahia a entrar.

El castillo de Jadrakos era majestuoso, pero a Nahia le pareció frío y silencioso en aquellas circunstancias. Los aposentos de los dragones que formaban la mayor parte del descomunal edificio se abrían a una galería alta desde la que se veían unos jardines interiores.

Eki estaba al fondo de un aposento enorme con cabida para cuatro dragones.

Yacía sobre unas gruesas alfombras de más de dos palmos de altura y aspecto mullido.

A Nahia se le encogió el corazón al verlo.

El dragón plateado, antes reluciente como la luna llena, parecía mortecino, con las escamas opacas.

Apenas levantó la cabeza al sentirla entrar.

Junto a él habían dejado una esfera de sanación blanca y cargada de magia que latía con un fulgor tenue contra el cuerpo del dragón. Latía, sí, pero no lo sanaba.

«No mejora» envió Aroa, que velaba a su lado sin apartar de él sus ojos cansados.

Nahia se acercó.

—¿Saben qué le pasa?

Aroa negó con la cabeza y su mirada era triste.

«No está enfermo y es fuerte de salud. No saben qué le sucede. Yo tampoco».

—Eki… —Nahia se arrodilló junto a su cabeza, tendida sobre la alfombra—. Estoy aquí. ¡Aguanta!

«Has venido… he pedido que te dejaran…», llegó el mensaje del dragón, tan débil como un suspiro que apenas oyó.

Nahia le acarició la cabeza.

—Sí —dijo—. El comandante me ha concedido permiso.

«Dile a Aroa que descanse un poco… lleva conmigo sin dormir desde ayer…».

Aroa miró a Nahia.

«No voy a dejarlo».

Nahia asintió. Eki respiraba muy despacio, como si le costara tomar aire.

—¿Puedo ayudarte de alguna forma? —se inclinó sobre él.

«No lo sé… no lo creo…».

«Yo no he podido hacer nada y lo he intentado todo», intervino Aroa.

—¿Quizá a través de mi vínculo?

«Inténtalo. No perdemos nada».

Aroa la miró con un destello de esperanza.

Nahia se concentró y trató de captar a través del vínculo el mal que aquejaba a Eki. No halló nada dañado en él, solo una debilidad inmensa. Lo intentó varias veces, incluso quiso pasarle parte de su energía, pero nada funcionó. Al final, tuvo que rendirse.

Miró a Aroa. Las dos sabían que la cosa pintaba muy mal.