Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 41
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Capítulo 41

Las Panteras de las Nieves llegaron a territorio Norghano tras remontar el gran río Utla. Desembarcaron con prontitud.

Estaban al suroeste del reino y en el fuerte donde desembarcaron les consiguieron monturas para que pudieran dirigirse a la capital sin perder tiempo.

Preguntaron al oficial al mando si tenía noticias de los dragones y les informó de que no, aunque al hallarse en la frontera con las praderas Masig, no solían tener demasiada información de lo que ocurría más al norte ni en la capital.

Lasgol se quedó algo más tranquilo, aunque no podían descartar la presencia de dragones.

Camu llegó hasta ellos y lo esperaron antes de partir.

—Cabalgaremos raudos hacia Norghania —dijo Lasgol—. Tendrás que seguirnos cuando puedas, como hasta ahora.

«No problema. Yo descansar y seguir luego. Yo alcanzar más delante», respondió Camu mentalmente.

Lasgol se agachó junto a los animales.

—¿Quieres que dejemos a Ona y a Argi contigo?

«Sí, mejor. Yo más contento con ellos».

Lasgol se dio cuenta de que el largo viaje por el río y los días de soledad le habían pasado factura al pobre Camu.

Lasgol acarició a las criaturas.

—De acuerdo. Ona, Argi, quedaos con Camu y luego id con él. Nos encontraremos en Norghania.

Los dos gimieron una vez y fueron a restregarse contra Camu.

—Muy bien, el resto partiremos hacia Norghania de inmediato —dijo Ingrid.

Un instante después cabalgaban a todo lo que daban los caballos. Viggo iba en cabeza gritando lo mucho que se alegraba de pisar tierra firme y jurando que no lo volverían a pillar para navegar.

Llegaron hasta la fortaleza de Skol, que vigilaba la entrada al reino por el suroeste.

Se acercaron a buscar información, pues en aquella plaza, la segunda más grande del reino, sabrían qué estaba sucediendo.

Alcanzaron la puerta de la gran fortaleza y, para su mayúscula sorpresa, la encontraron abierta.

—Esto es muy, muy raro —Nilsa negó con la cabeza.

Gerd frunció el ceño.

—Buena señal no es, eso seguro.

—Entremos con cuidado y veamos qué sucede —dijo Ingrid.

Desmontaron y, con los arcos preparados, entraron agazapados.

Ingrid, Viggo y Nilsa por la parte izquierda de la puerta y Lasgol, Astrid y Gerd por la derecha. Miraban a todos lados, apuntando con los arcos, temiendo que algo estuviera ocurriendo. La hallaron desierta, no había un alma en ella.

Ingrid señaló los dos flancos.

—Nos desplegamos en dos grupos como hasta ahora. Nosotros tomaremos la zona este y vosotros la oeste, avanzamos hacia el norte.

—De acuerdo —dijo Lasgol.

Se separaron y avanzaron por la enorme fortaleza, en la que reinaba un silencio absoluto. Solo se oía el roce del viento del norte sobre las paredes de piedra negra norghana.

Revisaron la estructura y comprobaron que no había nadie, y tampoco señales de que se hubiera librado una batalla ni de derramamiento de sangre. Aquello los extrañó todavía más. Se reunieron en la sala magna y no hallaron indicio alguno de lo que podía haber sucedido.

Ingrid recorrió la sala vacía con la mirada.

—Esto es rarísimo. Aquí tendría que haber más de tres mil soldados. Los generales nunca dejarían esta fortaleza vacía, eso me resulta impensable.

Viggo dio una palmada a un muro.

—Pues a nadie se la han entregado. Lo cual me recuerda que si la fortaleza está vacía podría reclamarla para mí. Si nadie la quiere, me la quedo yo. Lo digo porque, claro, cuando sea noble necesitaré una fortaleza y esta me encanta: es enorme, fuerte y oscura, como yo.

—Tú eres enorme de bocaza —resopló Nilsa.

—¿No ves que aquí ha pasado algo terrible? Céntrate, por favor —pidió Ingrid.

—Las buenas noticias son que no hay rastro de combate —Astrid observaba por una de las ventanas hacia el patio exterior.

—Ni rastros de sangre en las almenas, el patio o el interior —Lasgol recorrió las defensas con la vista.

—Yo creo que han huido —opinó Gerd.

Viggo puso los ojos en blanco.

—Habló el valiente. ¿Y cómo van a huir?

—Pueden haber huido porque así lo ordenaron los generales —Ingrid se frotó la barbilla.

—Eso indicaría que venían dragones hacia aquí —Astrid palideció.

—Muchos dragones. Una hueste, para que no ofrecieran resistencia —razonó Nilsa.

—Esto son muy malas noticias —Lasgol apretó la mandíbula—. Si han llegado hasta el sur del reino pueden haber llegado hasta la capital.

—Salgamos de aquí y comprobémoslo —dijo Ingrid.

—Sí, aquí no hay nada más que ver —dijo Astrid.

Viggo paseó la mirada por la sala con anhelo.

—Sigo pensando que han abandonado esta magnífica fortaleza para que yo tome posesión de ella. Lo que pasa es que aún no tengo emblema, si no clavaría mi bandera y la reclamaría.

—Deja de soñar en voz alta. A la capital, y raudos —ordenó Ingrid.

—No hay nada malo en soñar un poco. Uno tiene sus aspiraciones —se defendió Viggo.

—Lo hay cuando no es el momento y este no lo es —Ingrid le lanzó una mirada muy seria.

Viggo suspiró y sonrió. Mientras abandonaban la fortaleza y montaban, lanzó varios besos de despedida hacia las murallas.

—Un día regresaré a por ti —prometió, y arreó su caballo.

El viaje desde Skol hasta la capital lo hicieron con el corazón encogido. No sabían qué se iban a encontrar al llegar, pero todos tenían muy mal presentimiento. Nadie dijo nada para no ser ave de mal agüero, aunque todos cabalgaban muy preocupados.

Anochecía cuando por fin llegaron a las inmediaciones de la gran capital norghana. Detuvieron las monturas al sur de las murallas y observaron la ciudad.

Todos se quedaron petrificados de horror.

Sobre la majestuosa y rocosa ciudad de Norghania se posaban más de un centenar de dragones.

Los había por todas partes: sobre las murallas, sobre las torres, sobre los edificios y en el suelo, rodeando la ciudad.

Era una imagen escalofriante. La hueste había tomado la ciudad por completo.

Tardaron un buen rato en asimilar lo que veían con el corazón helado ante semejante imagen.

La desgracia que contemplaban los dejó acongojados.

—Han tomado la ciudad… —dijo por fin Nilsa, con lágrimas en los ojos.

Viggo escupió al suelo.

—No solo la han tomado, sino que están todos ahí, como saboreando su victoria. Pajarracos malditos…

Astrid se cubrió la boca.

—Es horripilante, no hay otra forma de describirlo.

—Hiela el corazón ver la capital del reino conquistada por los dragones —Lasgol negó despacio con la cabeza.

A Nilsa se le quebró la voz.

—Es que no puedo creerlo. Con todo lo que hemos luchado, con todo lo que hemos sufrido, con todo lo que nos hemos esforzado… y hemos fracasado.

Gerd le posó una mano en el hombro.

—No lo veas así. No hemos fracasado, hemos hecho cuanto hemos podido.

—Sí, no debemos venirnos abajo por lo que estamos presenciando. Hemos luchado y seguiremos haciéndolo. Esto no es el final —dijo Ingrid—. Tenemos que mantenernos fuertes. Habrán conquistado el reino, pero no a los norghanos.

—Fijaos, los edificios no parecen dañados. Las murallas están castigadas, pero siguen en pie. Es más, creo que el castillo, la torre de los Guardabosques y la torre de los Magos de Hielo siguen intactos —Lasgol había invocado su habilidad Ojo de Halcón para ver mejor desde la distancia.

—No han destruido la ciudad, eso es muy extraño —Nilsa sacudió la cabeza.

Viggo entrecerró los ojos.

—Alguna razón habrá, y me juego todas mis futuras riquezas, que las tendré, a que no es nada bueno para nosotros.

Ingrid sacudió la cabeza, perpleja.

—No entiendo qué pretenden. Los veo a todos como descomunales aves carroñeras que han dado con un festín, y no comprendo qué están haciendo.

—Viggo tiene razón, algo están tramando. Tendrían que haber arrasado la ciudad —Astrid observaba con los ojos entrecerrados, tratando de descifrar, igual que sus compañeros, qué había sucedido y por qué la ciudad seguía en pie.

Lasgol resopló, intentaba calmar su alma, que estaba quebrada ante semejante visión de horror.

—Es lo mismo que han hecho en Rilentor, así que hay un patrón, y donde hay un patrón hay un motivo.

—Que no hayan destruido nuestra capital nos da esperanza —se alentó Gerd.

—Si la ciudad está tomada por esos dragones, ¿dónde están nuestros soldados y el resto de los guardabosques? —preguntó Nilsa.

—Esa es una muy buena pregunta y es lo que vamos a tener que descubrir —dijo Ingrid.

—Asumamos que no los han aniquilado. Los avisamos con tiempo, estoy segura de que habrán abandonado la ciudad —razonó Astrid.

Gerd torció el gesto con profundo pesar.

—Sí, será mejor que pensemos eso.

Viggo señaló la ciudad.

—¿Qué hacemos? Porque eso de entrar en la capital no creo que sea buena idea.

—Si han huido tiene sentido que lo hayan hecho hacia el norte, hacia las montañas, hacia los lugares más altos. Los civiles no lo sé, pero los soldados, seguro. En cuanto a los guardabosques, pueden haber ido al Refugio o al Campamento —analizó Ingrid.

—Al Refugio no creo, allí está la perla y por lo que sabemos los dragones la habrán asegurado —argumentó Astrid.

Lasgol asintió.

—Sí, yo tampoco creo que hayan ido al Refugio. Pero el Campamento es un lugar secreto, bien resguardado y hasta el momento los dragones no lo habían encontrado.

—Muy bien, en ese caso iremos al Campamento —dijo Ingrid—. Esperemos que nuestros compañeros y nuestra líder estén allí.

—Esperemos que siga en pie —especificó Viggo.

—Más nos vale, si no la situación será devastadora —Gerd suspiró.

Aguardaron a que Camu, Ona y Argi llegaran.

Después de que ellos también contemplaran la tremenda imagen del centenar de dragones posados por toda la ciudad y sus alrededores, todos marcharon en dirección al Campamento con la esperanza de que siguiera allí y de que en él estuvieran sus compañeros y líderes.

Si ya cuando navegaban por el río Utla iban todos con el corazón inquieto, ahora, mientras cruzaban los parajes que tanto conocían de su querida tierra norghana, sus corazones iban cargados de desconsuelo. Sus mentes no podían sino pensar en lo peor.