Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 40 #3
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Capítulo 40 #3

Dafne dejó escapar el aire. Aiden estaba débil, febril y al borde del colapso, pero despierto. La pócima había funcionado. Lo había traído de vuelta, aunque infectando el cuerpo. Ella se había encargado de la infección. Ya no corría peligro.

—Me alegro de verte despierto. Nos has puesto en una encrucijada —dijo Taika.

—¿No lo hago… siempre?

—Ya lo creo. Tu alma y tu mente son de lo más intrigantes y, al mismo tiempo, siempre me recuerdan que la naturaleza crea entes complejos. Tú eres uno de ellos —dijo Ivo.

—Lo tomaré como… un cumplido.

Dafne necesitó descansar un día entero antes de intentarlo con los otros dos brujos de dragón.

Aibin le aconsejó esperar, pero ella no quiso demorarlo demasiado.

Si la mente de Aiden había regresado, los demás también podían hacerlo.

Repitieron el proceso con extrema cautela.

El primero de los brujos tardó más. La fiebre lo sacudió con violencia, pero Dafne logró mantenerlo con vida hasta que abrió los ojos.

También se tiñeron de rubí durante un momento antes de apagarse casi por completo.

El segundo estuvo a punto de no resistir.

Su corazón se debilitó y durante unos instantes nadie en la sala se atrevió a respirar.

Dafne, exhausta, apoyó la frente en su pecho mientras enviaba los últimos restos de su energía curadora a través de sus manos.

El brujo despertó cuando ya casi estaba en el otro mundo.

Dafne se quedó sentada en el suelo, incapaz de levantarse. Taika se agachó junto a ella.

—Has estado magnífica. Ya has hecho suficiente.

—Por hoy —respondió ella, casi sin voz.

Ivo la ayudó a ponerse en pie con una delicadeza sorprendente para alguien de su tamaño.

—Has devuelto tres almas al mundo.

—No empieces con frases solemnes, Ivo. Estoy demasiado cansada para apreciarlas.

—Entonces las guardaré para mañana —sonrió el Tauruk.

Lily fue a ver a Aiden. La enfermería estaba ahora tranquila, ya que la mayoría se habían retirado a descansar. Aiden dormitaba. Lily pensó que quizá había vuelto a irse. No fue así. Abrió los ojos. Esta vez estaba más consciente.

—Sigues aquí —dijo él, todavía con un destello rubí en los ojos.

—No te emociones, me ha tocado vigilarte.

Aiden intentó incorporarse, pero Lily lo empujó suavemente hacia la almohada.

—Ni se te ocurra. Tienes que descansar.

—¿Y esa preocupación por mí?

—Deja de intentar morirte y no me preocuparé. No me sienta bien preocuparme, me arruga la frente y me apaga la expresión. Pierdo belleza y encanto.

Aiden cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, el reflejo rubí seguía allí, débil, en el fondo de su mirada.

—Recuerdo al dragón.

Lily perdió parte de la sonrisa.

—No hace falta que hables de eso ahora.

—Recuerdo los ataques mentales… el dolor… el sufrimiento… Creo que me protegí en lo más profundo de mi mente.

—Pues has vuelto. Así que deja de presumir de experiencias horribles.

Aiden la observó en silencio.

—También recuerdo otra cosa.

Lily se tensó.

—Ah, ¿sí?

—Que no te hablaba. Estaba muy enfado contigo.

Ella apartó la mirada.

—No sé por qué…

—Sí lo sabes, porque me encantaste usando tu talento.

—Para salvarte la vida, cabeza de granito.

—Me anulaste la voluntad.

—No fue exactamente así.

Aiden alzó una ceja.

—¿No?

—Bueno, tal vez fue bastante así —admitió ella—. Pero ibas a morir. Te dio un ataque de los tuyos. Uno grave y no atendías a razón.

Aiden no respondió de inmediato.

Lily lo observó. Estaba débil, podía verlo y si algo no era Aiden era débil.

—Lo siento —dijo al fin.

Aiden la miró.

—¿Qué?

—No hagas que lo repita. Pedir disculpas es muy poco favorecedor para una Escarlatum. Perdemos el brillo de nuestra piel.

Aiden dejó escapar una respiración que casi fue una risa.

—Te perdono.

Lily abrió mucho los ojos.

—¿Me perdonas? ¡Pero si te salvé la vida!

—Por eso.

—¡Eres un cabeza de dragón!

—Casi me muero hoy. He decidido no gastar mis pocas fuerzas en seguir enfadado.

—Eso es muy práctico. Un poco decepcionante, porque no te has disculpado conmigo, pero práctico.

—Además, si no te perdono seguirás viniendo a molestarme hasta que lo haga.

Lily sonrió.

Aiden la miró durante un largo momento.

—Me disculpo por haberme enfadado contigo.

Lily se quedó sin réplica. Aquello la dejó desencajada.

—Bien… deberías… —fue cuanto pudo decir.

—Seré un cabeza de material rocoso, pero sé reconocer cuando no he hecho bien las cosas. No debí enfadarme, me salvaste la vida.

Lily abrió más todavía los ojos.

—¿Seguro que no estás sufriendo fiebres altas y deliras?

—Algo de fiebre debo tener, pero no muy alta.

Lily lo miró a los ojos y no pudo sino alegrarse. Una felicidad nerviosa la envolvió.

—Me alegra que hayas vuelto.

Aiden no apartó la mirada.

—Y yo de que estuvieras esperando.

Lily le tomó la mano como si fuera un gesto casual, casi accidental, pero no la soltó. Aiden cerró los ojos, agotado, pero la comisura de sus labios seguía levemente curvada. Lily permaneció allí, con la mano entrelazada con la de él, hasta que su respiración volvió a hacerse profunda y tranquila.

Cuando Dafne pasó más tarde, los vio así y no dijo nada. Solo sonrió un instante antes de marcharse. Entre tanta muerte y sufrimiento aquella escena le lleno el alma de esperanza.