Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

Lily miró a Aiden. Su expresión se quebró durante un instante.

—Más le vale.

Al día siguiente, Aibin pidió hablar con Dafne a solas. El líder de los Desher Tumaini esperaba en una pequeña sala cercana a la enfermería. Sobre la mesa había un frasco de cristal oscuro. Dentro se podía ver un líquido rojo, espeso, de un brillo profundo. Parecía sangre iluminada con un rubí.

—Tengo algo que podría ayudar al Drakónido —dijo Aibin.

Dafne se quedó mirando el frasco, bastante intrigada.

—¿Qué es?

—Agua de sanación de las Montañas de Sangre. Es una pócima curativa preparada según una antigua preparación de mi pueblo. Siempre la llevo conmigo cuando recorro los desiertos.

Dafne tomó el frasco con cuidado, como si sostuviera algo muy preciado.

—Has dicho agua y es roja. ¿Viene de vuestro estanque sagrado?

Aibin asintió.

—Nuestra agua es la razón por la que los Desher Tumaini tenemos los ojos rubí. Tiene propiedades que ninguna otra agua posee. Este preparado, además, tiene otras medicinas de mi pueblo. Ancestrales… La tomamos cuando las heridas son graves.

—¿Puede sanar un daño mental o solo el físico?

—En los nuestros, sí. A veces, no siempre. Pero he visto despertar a guerreros que habían quedado perdidos tras venenos, fiebres o ataques a sus espíritus.

Dafne observó el líquido rojo.

—Aiden no es un Desher Tumaini.

—Lo sé.

—¿Qué le haría?

Aibin tardó un momento en responder.

—No lo sé con certeza. A los que no son de mi pueblo no suele sentarles bien. Puede provocar fiebre, dolor, convulsiones… El cuerpo lucha contra el remedio como si fuera veneno antes de aceptar sus beneficios. Algunos no la soportan.

—¿Podría matarlo?

—Sí.

Dafne apretó la mandíbula.

—Entonces me estás proponiendo darle una cura que podría acabar con él.

—Te propongo darle una oportunidad. Si su mente no regresa por sí sola, quizá no despierte jamás. Esta pócima puede ayudar donde tu magia no puede.

Dafne no respondió. El riesgo era enorme, pero la alternativa era quedarse allí día tras día viendo cómo Aiden se apagaba sin poder hacer nada.

—Tengo que hablarlo con los demás.

—Por supuesto.

Dafne reunió a la Escuadra Ígnea aquella noche junto a la cama de Aiden.

Taika acudió aún con vendajes bajo la ropa.

Ivo caminaba despacio, pero se negó a permanecer sentado.

Lily entró la última, miró a Aiden y suspiró.

Dafne fue directa al asunto y les explicó todo con claridad.

La pócima, su origen, los posibles efectos y el riesgo de muerte. Cuando terminó, el silencio fue pesado.

—No me gusta —dijo Lily—. No me gusta nada.

—A nadie le gusta —respondió Dafne.

—Podría matarlo.

—También podría despertarlo.

—O podríamos esperar —dijo Lily, aunque su voz no sonó convencida.

Taika cruzó los brazos.

—Hemos esperado días. Dafne ha intentado curarlo una y otra vez y no hay mejoría. Si seguimos igual, la posibilidad de que despierte por sí mismo disminuye.

—Eso no lo sabes —replicó Lily.

—No. Pero es la conclusión más probable.

Ivo miró a Aiden con tristeza.

—Hay momentos en los que vivir exige arriesgarse. Aiden se arriesgó por todos nosotros cuando se enfrentó al dragón. Quizá ahora nos toque arriesgarnos por él.

Lily bajó la mirada.

—¿Y si lo matamos intentando salvarlo?

Dafne respiró.

—Entonces lo habremos intentado todo, pero si no hacemos nada y nunca despierta, también tendremos que vivir con eso.

Lily fue a decir algo, pero se quedó callada. Durante un rato no hubo más sonido que la respiración de Aiden mientras sus amigos intentaban decidir qué hacer.

—Odio esto —dijo al fin Lily.

—Yo también —respondió Dafne.

—Hazlo —dijo Lily.

Dafne la miró.

—¿Estás segura?

—No, pero hazlo antes de que cambie de opinión.

—¿Los demás?

Taika asintió e Ivo también.

—Está bien. Queda decidido. Le daremos la pócima —sentenció Dafne.

Aibin trajo la pócima al caer la noche. También acudieron varios sanadores tradicionales y dos guerreros Desher Tumaini que conocían los efectos del agua de sanación. Dafne se colocó junto a la cama de Aiden y Lily permaneció al otro lado, rígida como una estatua.

—Debemos darle solo una pequeña cantidad —indicó Aibin—. Si su cuerpo la acepta, veremos reacción pronto. Si la rechaza... también.

Nadie preguntó qué significaba aquello. Todos lo entendieron.

—Adelante —dijo Dafne.

Aibin vertió unas gotas del líquido rojo entre los labios de Aiden.

El Drakónido no reaccionó al principio, pero luego su cuerpo se tensó y sus dedos se cerraron sobre las sábanas.

La respiración se le cortó y volvió de golpe, áspera, como si hubiese tragado fuego.

Las venas del cuello se le marcaron bajo la piel.

—No me gusta cómo respira —dijo Lily.

—Espera —dijo Dafne.

Los párpados de Aiden temblaron y una sombra rojiza apareció bajo ellos. Su cuerpo empezó a convulsionar.

—¡Sujetadlo! —pidió Aibin.

Ivo lo sujetó por los hombros con cuidado, pero con fuerza. Taika y uno de los sanadores inmovilizaron sus piernas. Lily retrocedió un paso, pálida.

—Dafne...

—Lo tengo —Dafne puso ambas manos sobre el pecho de Aiden.

Ahora podía sentir el daño. No en la mente, sino en el cuerpo.

La pócima había encendido algo dentro de él y su organismo luchaba contra aquello como si fuera un veneno.

Eso sí podía curarlo. Envió energía sanadora con toda la intensidad que le quedaba.

La fiebre subió y el cuerpo de Aiden se arqueó sobre la cama.

Durante un instante, Dafne creyó que lo perdían.

—No te atrevas —murmuró Lily—. No te atrevas a morirte ahora.

Los ojos de Aiden se abrieron de golpe.

Eran rubí. No el tono natural de los Desher Tumaini, sino un brillo intenso y extraño que ardía en sus pupilas como brasas vivas.

Aiden soltó un grito ronco y Dafne redobló su curación.

Poco a poco, las convulsiones cedieron y la respiración de Aiden se estabilizó.

El color rubí de sus ojos perdió intensidad, aunque no desapareció del todo.

Lily se llevó una mano a la boca.

—Está despierto.

Aiden parpadeó varias veces. Su mirada tardó un rato en enfocar.

—¿Dónde...?

—En la enfermería —respondió Dafne, agotada—. Y no hables demasiado, casi te mueres otra vez.

—Qué novedad —murmuró Aiden con voz rota.

Lily soltó una risa breve que se convirtió casi en un sollozo.

—Cabeza de piedra.

Aiden giró la cabeza hacia ella. Tardó un momento en reconocerla por completo.

—Sigues viva.

—Por supuesto, alguien tenía que estar aquí para traerte de vuelta.