Capítulo 40
Dafne caminaba por la enfermería donde cuidaban a los heridos tras la batalla contra el dragón.
Iba a ver a sus compañeros de escuadrón que, a excepción de Brendan, habían resultado heridos durante el combate.
Por fortuna, ninguno había muerto. Algunos habían estado muy cerca de hacerlo, pero habían sobrevivido.
Sabía que aquello se debía en parte a lo buenos luchadores que eran y a lo mucho que habían mejorado en su defensa y el uso de su magia.
Las últimas batallas los habían obligado a aprender deprisa.
También se debía a que habían tenido suerte, y eso la preocupaba mucho.
Esa suerte podía no acompañarlos la siguiente vez.
Lo pensó mientras cruzaba la sala. En aquella batalla todo había estado de su parte: la trampa había funcionado, los soldados habían seguido las órdenes de los brujos de dragón con tesón y, aun así, casi habían muerto.
No podía quitarse esa sensación de encima. La angustiaba.
Llegó hasta la cama donde yacía Ivo. El Tauruk era tan grande que no cabía en ella, y pies y brazos le colgaban por los lados. Tenía varias quemaduras vendadas, algunas bastante graves. Necesitaría muchas curaciones y un largo reposo.
—¿Cómo estás hoy? ¿Necesitas que te aplique un poco de mi curación? —preguntó Dafne.
—No estoy tan mal como parece —respondió Ivo moviendo con cuidado los brazos y las piernas vendadas.
—La verdad es que no parece que estés en tus mejores condiciones.
—Deberías atender a Lily. Ella es quien peor está llevando todo esto.
Dafne se volvió hacia Lily, permanecía callada en la cama situada frente a la de Ivo. Era extraño que no dijera nada. Se acercó y vio que una lágrima le caía por la mejilla.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? ¿Han empeorado las heridas? —preguntó, preocupada.
—Las heridas están bien —dijo Lily con voz dolida—, pero han quemado mi maravillosa piel. Es el peor castigo para una Escarlatum.
—No es para tanto, solo tienes unas quemaduras en el costado. Son grandes, sí, pero no graves.
—¿Que no es para tanto? ¿Que no es grave? ¡Estoy marcada! ¡Soy horrible! Ningún Escarlatum volverá a mirarme.
—¿Por unas quemaduras que ni siquiera son graves? —preguntó Dafne, sin entenderla.
—Por supuesto que por unas quemaduras. He perdido todo mi atractivo, todo mi encanto.
—No seas exagerada. Deberías alegrarte de que esas heridas no sean graves y, sobre todo, de no estar muerta.
—Casi preferiría estar muerta antes que vivir el resto de mi vida con la piel chamuscada. Es insufrible. Solo pensarlo me tortura. No duermo, tengo pesadillas constantes…
—No digas tonterías. Estás viva y tienes heridas menores. De todos, eres la que menos tiene. Deberías estar contentísima.
—No serán graves para vosotros, pero son gravísimas para mi alma.
—La belleza física es pasajera —dijo Ivo desde la otra cama—. Con los golpes de la vida y el paso del tiempo, desaparece.
—Tú calla, cabeza de buey —replicó Lily, irritada—. Estoy cansada de tus filosofadas. ¿Qué sabrás tú de belleza, que eres más feo que un susto?
Dafne negó con la cabeza y decidió continuar con la visita. Lily tendría que acostumbrarse por sí misma a aquella pequeña tragedia que, para ella, no tenía nada de pequeña.
Llegó a la cama donde descansaba Taika. Se acercó y le puso una mano en el hombro con cariño.
—¿Cómo estás?
—Casi recuperado —respondió el Felidae con una sonrisa.
—De eso nada. Recuperado estás poco, por no decir nada. No intentes levantarte.
—Está bien, haré caso de la curadora.
—Curadora por talento, no por vocación —respondió ella.
—En cualquier caso, una ventaja para nosotros.
—Sabes que hubiera preferido un talento de ataque como el de Nahia, pero reconozco la utilidad del mío. Me alegra poder ayudar, aunque sea después de la batalla.
—Más nos alegramos nosotros —dijo Ivo, que escuchaba la conversación.
Dafne se sintió de alguna forma un poco más tranquila al oírlo.
—Me alegra saberlo.
—Aquel que piensa que lo que la vida le regala no es suficiente nunca será feliz —dijo Ivo—. Un don como tu talento es algo por lo que estar agradecida. Desear otro diferente solo te traerá infelicidad.
—¿De verdad sigue hablando? —protestó Lily—. Le voy a lanzar esta jarra de agua a esa cabeza de cornudo que tiene.
—Parece que no estamos de buen humor —comentó Dafne.
Taika bajó la voz y señaló con un leve gesto hacia la izquierda, donde Aiden yacía inconsciente.
—No son solo sus quemaduras lo que la tienen así.
Dafne siguió la dirección de su mirada.
—Ya entiendo. Está preocupada por él.
—Muy preocupada. No lo va a reconocer, pero lo vemos todos.
—Yo también estoy preocupada por Aiden. Ya debería haber despertado…
—Creo que está preocupada de otra forma.
Dafne comprendió lo que quería decir.
—Sí. Eso también lo he notado.
—¿Sabes qué le ocurre?
Dafne se encogió de hombros.
—El ataque mental del dragón lo ha dejado sin conocimiento y no regresa. Espero que no le haya dañado la mente de forma permanente.
—Eso sería terrible —dijo Taika—. Las heridas físicas se pueden sobrellevar, pero si se rompe la mente, uno pierde quién es. Preferiría perder un brazo o una pierna antes que la cabeza.
—Esperemos que no sea así y que despierte pronto.
—Eso queremos todos.
Dafne se acercó a la cama de Aiden. Le puso la mano sobre la cabeza y comenzó a enviarle energía sanadora.
Sabía que no tenía muchas posibilidades de curarlo, pero debía intentarlo.
Llevaba días cuidando de él y no había conseguido que despertara.
El cuerpo estaba casi sanado, solo conservaba unas pocas quemaduras, nada grave.
Pero la herida de la mente era otra cosa, algo mucho más serio.
En la ciudad no había sanadores capaces de tratar ese tipo de daño.
De todos los brujos de dragón que tenían allí, Dafne era la única con talento de curación y aquello no bastaba.
Esperaba que entre los refuerzos que llegaban por la nueva ruta marítima hubiese alguien con un don parecido al suyo.
Ivo tenía razón, era un talento más valioso de lo que ella misma había querido admitir.
Envió cuanta energía curadora tenía con la esperanza de ayudarlo. Sin embargo, notaba que sus esfuerzos se perdían en la superficie. No podía penetrar en su mente, no podía ver la herida real. La curación mágica requería comprender el daño y ella no lograba alcanzarlo.
Terminó agotada. No le quedaba demasiada energía, pues antes había atendido a la Escuadra Candente y a la Ardiente.
Las heridas de ambas iban mejorando poco a poco.
Al igual que los miembros de la Escuadra Ígnea, sufrían sobre todo quemaduras causadas por los rayos y relámpagos del aliento elemental del dragón.
Dos de ellos tenían un problema parecido al de Aiden y tampoco habían despertado. Aun así, Dafne no perdía la esperanza.
Miró al Drakónido y recordó la escena que había visto de reojo: Aiden enfrentándose al dragón solo poseído por su talento, lanzándose contra la gran bestia para salvarlos a todos.
Si alguna vez había tenido dudas sobre su lealtad por la manera en que hablaba de los señores dragones, ya no le quedaba ninguna.
Aiden era de confianza, lo había demostrado más de una vez y aquella última prueba ninguno de ellos la olvidaría.
Pasaron los días, largos y lentos. La enfermería fue perdiendo poco a poco el olor a ungüentos y medicinas y los heridos más leves empezaron a levantarse.
Primero lo hicieron los soldados; después, los brujos de dragón de las otras escuadras.
Uno tras otro, abandonaron las camas, algunos con vendajes, otros con quemaduras ya cicatrizadas, pero la mayoría vivos.
Taika fue uno de los primeros en insistir en levantarse aunque Dafne lo obligó a permanecer un día más en reposo.
Ivo tardó algo más, no por falta de voluntad, sino porque cada vendaje cubría una zona enorme de su cuerpo.
Lily se puso en pie antes de lo que le habían recomendado, aunque solo para comprobar en cuantos espejos pudo encontrar que sus quemaduras seguían allí.
—Esto es una tragedia enorme —declaró al tercer día, examinándose el costado con una expresión dramática—. Una tragedia hermosa, porque la sufro yo, pero tragedia, al fin y al cabo.
Lily se quedó mirando a Aiden, que seguía sin despertar. “Sigues viva, no te quejes” le diría él, seguro.
—Y tú sigues sin abrir los ojos, cabeza de roca.
Nadie respondió. Lily apretó los labios, molesta consigo misma por haber hablado en voz alta.
Dafne seguía intentando curar al Drakónido cada día al amanecer, al mediodía y antes de dormir.
Colocaba las manos sobre su frente y en sus sienes, y enviaba su energía sanadora con toda la precisión de la que era capaz.
Por desgracia, no funcionaba. Aiden seguía atrapado en alguna parte de su mente y no podía regresar.
No era el único, los otros dos brujos de dragón permanecían igual.
Respiraban, tragaban agua cuando se la daban y sus cuerpos respondían a los cuidados, pero sus mentes no regresaban.
Dafne empezó a temer que nunca lo hicieran.
Lily dejó de bromear. Seguía quejándose de sus quemaduras, de los vendajes y de que nadie entendiera el drama de una Escarlatum marcada por el fuego, pero cada vez pasaba más rato junto a la cama de Aiden y menos siendo ella.
A veces le hablaba, a veces solo se sentaba a su lado y observaba su rostro con semblante muy triste.
Una tarde, cuando la luz del desierto se filtraba por las raídas cortinas de las ventanas de la enfermería, Dafne encontró a Lily allí, inmóvil, con los dedos rozando la mano del Drakónido. Al ver a Dafne llegar, retiró la mano.
—No tienes que fingir conmigo —dijo Dafne.
—No finjo nada.
—Claro.
—Solo estaba comprobando si seguía caliente, por si acaso. No vaya a ser que se muera y nadie se dé cuenta.
—Preocuparte por él te honra.
—Soy una criatura llena de virtudes. Algunas están ocultas bajo capas de belleza y encanto personal, pero existen.
Dafne casi sonrió.
—Despertará.