Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 39
73%

Capítulo 39

El gran dragón blanco llegaba desde el oeste. En las murallas de la ciudad los soldados bajaron la cabeza mostrando el respeto que debían a su señor que regresaba.

La gran plaza estaba despejada y los soldados formaban en ella como siempre que el señor regresaba. El dragón dio dos vueltas sobre la ciudad y rugió con fuerza anunciando que llegaba a su reino.

Todos los civiles noceanos estaban refugiados en sus casas y no saldrían, ya que tenían prohibido hacerlo a menos que su señor así lo indicara.

Era una tarde calurosa, no era diferente a cualquier otra tarde. El dragón vio que todo estaba como esperaba y descendió para tomar tierra en mitad de la plaza levantando una importante polvareda, ya que sus poderosas alas blancas eran las de un gran dragón veterano.

Los soldados, tanto en las murallas como los que formaban en la plaza, mantuvieron la cabeza gacha como debían.

El dragón rugió una vez más anunciando que tomaba posesión de su ciudad. Liderando a los soldados frente al dragón había un escuadrón de brujos de dragón.

El dragón recogió las alas.

«Reportad lo que ha pasado en mi ausencia» ordenó a los brujos.

Estos levantaron la cabeza. Solo que no eran los brujos que el dragón esperaba encontrarse, sino el Escuadrón Rojo.

«¿Qué sucede? ¿Quiénes sois vosotros?».

—Somos los rebeldes de Kraido y hemos venido a por ti —dijo Dafne.

El dragón se quedó tan sorprendido que por un instante no pudo reaccionar.

Dafne dio la señal extendiendo los brazos y luego señaló al dragón con sus dos dedos índices.

En ese momento se escuchó un sonido rasposo, como si se arrastrara una pesada soga.

Por la espalda del dragón pasaron a la carrera un centenar de soldados arrastrando una enorme cuerda de izquierda a derecha.

Del otro lado salieron otro centenar tirando de otra pesada soga, estos de derecha a izquierda.

Se cruzaron en el medio y cada grupo siguió tirando en su dirección.

El dragón no se percató, ya que miraba a los brujos de dragón que tenía en frente con ojos de total extrañeza.

«Sea lo que sea esto, pagaréis» prometió mientras comenzaba a salir de su asombro.

—Veremos quién paga aquí hoy —respondió Dafne sin achicarse.

«¿Cómo te atreves, minúscula esclava? ¡Vas a morir ahora mismo!». El dragón abrió la boca y fue a usar su aliento elemental contra Dafne y el Escuadrón Rojo.

Los soldados terminaron de tirar de las cuerdas corriendo hacia ambos lados de la plaza. De debajo del dragón, donde estaba oculta, una gigantesca red se levantó y se cerró sobre todo su cuerpo, envolviéndolo por completo.

Cogido totalmente por sorpresa, el dragón se quedó sin saber qué pensar o hacer.

Subidos a los tejados de las casas adyacentes a la plaza y otras cercanas, aparecieron los rebeldes de Kraido a miles y, con tremenda energía, lanzaron redes y cuerdas sobre el dragón.

Del interior de las casas en los costados a izquierda y derecha del dragón aparecieron más soldados, que cogieron los extremos de las cuerdas y las redes y tiraron con fuerza de ellas.

El dragón no podía creer lo que estaba viendo. Rugió lleno de rabia e intentó liberarse atacando las redes y cuerdas que lo intentaban apresar.

—¡Ahora! ¡Todos conmigo! —dio la orden Dafne a sus compañeros de escuadrón.

Con rapidez vertieron algo de sustancia dorada en las puntas de sus lanzas y levantaron sus defensas físicas y mágicas para protegerse.

Un instante después atacaban. La Escuadra Ígnea fue directa a por la cabeza del dragón, con la Escuadra Ardiente a la izquierda del cuello y la Candente a la derecha.

El dragón ya intentaba echar a volar con sus alas, pero no consiguió elevarse por tenerlas apresadas. Intentó sacudirlas, pero de todos los rincones aparecían soldados y más soldados y le lanzaban más cuerdas y redes.

Al ver que Dafne y sus compañeros iban directos a por su cabeza les lanzó su aliento elemental.

La fuerza del caudal y lo dañino de los rayos de tormenta que contenía destruyeron la parte de la red que atrapaba la cabeza.

El dragón la sacó y dirigió su caudal sobre la Escuadra Ígnea, que avanzaba hacia él con decisión.

Recibieron la tremenda descarga de cientos de rayos sobre sus cuerpos, pero consiguieron soportar el primer ataque gracias a las defensas antimagia que habían levantado.

Todos eran conscientes de que solo podrían aguantar uno más de los ataques como mucho, así que corrieron a clavar sus lanzas en el cuello del dragón.

Taika fue el primero en llegar y golpeó con fuerza clavando toda la punta de la lanza y parte de la asta de acero en el interior del cuello.

Los demás llegaron tras un momento y clavaron las suyas cerca de donde lo había hecho Taika.

El dragón no podía escapar, estaba atrapado.

Mientras la mitad de los soldados tiraban con todas sus fuerzas de las cuerdas y redes que atrapaban a la gran bestia, la otra mitad comenzó a lanzarle lanzas y jabalinas a ojos y boca.

Miles de proyectiles de acero salieron de todas las direcciones y se dirigieron a su cara.

Dafne notó que el dragón cerraba los ojos y la boca para protegerlos del ataque, por lo que su aliento de tormenta se detuvo.

Esto les daba un respiro. La estrategia de atacar al dragón con lanzas y jabalinas no era tanto para acabar con él, pues sabían que era extremadamente difícil sin disponer de sustancia dorada para todos los soldados, sino parar darles la oportunidad a ellos.

No había para todos, pero tenían la sustancia dorada.

—Vamos, hay que conseguir acabar con él antes de que se recupere de la sorpresa de la trampa y reaccione.

—Terminemos con él —dijo Lily.

El dragón sintió que las lanzas y jabalinas golpeaban su rostro, pero al tener las alas atrapadas y no poder desplegarlas no podía cubrirse la cabeza.

La sacudió y movió de lado a lado para evitar que le alcanzaran con facilidad los proyectiles de los soldados.

Los brujos de dragón daban órdenes para que el ataque no fuera corto con miles de lanzamientos, sino uno largo con cientos de ellos continuados.

Necesitaban distraer al dragón lo máximo posible.

Un ataque único con todos los soldados lanzando sus proyectiles contra la bestia no era lo que necesitaban, sino cubrir el avance del Escuadrón Rojo.

El dragón se dio cuenta de que seguían cayendo proyectiles sobre su cabeza y cara y que no podía abrir los ojos para protegerlos, así que decidió atacar a ciegas con su aliento elemental.

Moviendo la cabeza de derecha a izquierda barrió todo cuanto tenía delante con su aliento de tormenta.

Alcanzó a un grupo de soldados que no pudieron ponerse a salvo a tiempo y los rayos los golpearon saltando de un soldado a otro.

Murieron entre convulsiones producidas por las descargas.

—¡Salid del alcance de su aliento! —ordenó Dafne al Escuadrón Rojo.

Todos se retrasaron rápidamente.

La gran bestia no rugió. Continuó enviando su caudal de muerte contra todo lo que estaba a su derecha y luego a su izquierda, volviendo a alcanzar a los soldados que intentaban atraparlo con cuerdas y redes.

Según morían entre tremendos calambrazos y convulsiones, nuevos soldados salían de entre las casas para reemplazar a los caídos.

Tenían que mantener al dragón preso o estaría todo perdido.

Varios murieron atravesados por los proyectiles de sus propios compañeros, que caían de todas las direcciones intentando alcanzar la cabeza del dragón.

Ahora la movía sacudiéndola con fuerza para evitar los proyectiles al tiempo que continuaba enviando su aliento a cuanto tenía enfrente y a sus lados.

Intentaba a su vez liberar sus alas, que había conseguido extender, pero estaban atrapadas bajo redes y cuerdas.

Empleaba todo su empeño en liberarlas, apoyando sus patas delanteras y traseras contra el suelo y ejerciendo fuerza hacia arriba.

Sin embargo, los miles de soldados que tiraban de las cuerdas y redes hacia el suelo con todo su ser estaban logrando que el dragón no pudiera elevarse pese a todos sus esfuerzos.

En medio de una furia tremenda la bestia intentó dar un brinco para elevarse aún sin poder liberar las alas.

Envió a más de un centenar de soldados por los aires que perdieron el agarre de las cuerdas cuando consiguió elevarse un par de varas del suelo.

De inmediato más soldados salieron a reemplazar a los que habían quedado sin posibilidad de tirar.

Una cosa era cierta, el dragón era más poderoso que ellos, pero ellos eran muchísimos más en número.

Los soldados noceanos salieron de sus escondites y se dirigieron con rapidez hacia donde los demás tiraban.

Como no había suficientes cuerdas y redes para que todos los soldados noceanos tiraran, lo que hicieron fue una táctica extrema, pero eficiente.

En lugar de tirar de las cuerdas se lanzaron al suelo sobre las redes y pusieron todo el peso de sus cuerpos como lastre.

En un momento varios miles de soldados noceanos estaban alrededor del dragón, no luchando contra él, sino usando sus cuerpos como peso para que no pudiera elevarse.

El dragón volvió a intentar dar un brinco y liberarse, pero esta vez, gracias al esfuerzo combinado de noceanos y rebeldes de Kraido, no lo logró. Viendo que la situación se le complicaba todavía más, rugió lleno de ira y sacudió su cabeza y cuello, que era lo único que podía mover.

—¡De nuevo, todos a una! —ordenó Dafne y asaltaron al dragón con sus lanzas.

Este los alcanzó con su aliento. La fuerza tan tremenda del caudal los lanzó hacia atrás y tuvieron que hacer un esfuerzo sobrehumano para no irse al suelo. Consiguieron mantener el equilibrio mientras rayos y relámpagos los golpeaban sin descanso.

—¡Avanzad, hay que herirlo antes de que nos venza! —gritó Dafne a sus compañeros.

—¡Aguantad la fuerza del caudal y avanzad! —dijo Taika.