Capítulo 38
Estaba amaneciendo cuando el ejército de los rebeldes de Kraido llegó hasta las inmediaciones de la gran ciudad de Kabiramadina.
Los Desher Tumaini que Aibin había enviado como avanzadilla regresaron a informar.
Hablaron con él y, cuando terminaron, volvieron a marchar en dirección sur.
Aibin se acercó hasta el Escuadrón Rojo.
—¿Qué nuevas tenemos? —preguntó Dafne.
—Estamos a dos días de trayecto de la ciudad.
—¿Qué han visto tus guerreros?
—La ciudad parece tranquila. La están vigilando.
—¿Algún rastro de ese dragón que esperamos?
—De momento no hay rastro de él. La ciudad y sus alrededores están despejados.
—Entonces debemos preparar la toma de la ciudad. Llevamos muchos días de marcha y me preocupa que las tropas estén cansadas de esta larga campaña —miró hacia la columna de soldados que tenía a su espalda.
Aibin asintió.
—Lo mejor será dirigirnos a un gran oasis cercano y acampar. Allí tendremos agua para el ejército y sombra, está rodeado de palmeras.
—Eso nos sentará muy bien a todos. De acuerdo, llévanos.
Aibin asintió y llamó a una docena de sus guerreros, a los que indicó que abrieran camino.
El ejército acampó alrededor del oasis. Levantaron el millar de tiendas y las camuflaron lo mejor que pudieron con la arena del desierto.
Llegaba el día y bajo la luz del sol radiante eran vulnerables.
No al ejército de la ciudad, puesto que no saldrían a enfrentarse a ellos en campo abierto, sino al dragón que dominaba aquella región.
Una vez las tiendas estuvieron levantadas y camufladas, los soldados comenzaron a llenar sus pellejos con agua del oasis.
Cuando los tenían repletos, llenaron todos los pellejos adicionales de reserva que llevaban.
En el desierto podían pasar días sin comida, pero no sin agua.
Los rebeldes habían aprendido enseguida que en aquel entorno árido y tórrido uno no duraba ni dos días.
Dafne se maravilló de aquel paraje, que de tan bello hacía olvidar lo inclemente y despiadado que era el desierto. Tal y como Aibin había dicho, había grandes palmeras. En cantidad, además, y rodeaban un gran lago de agua azulada que nadie se explicaba cómo era posible que estuviera allí.
Dafne disfrutó un momento del entorno. Luego su mente le dijo que tenían que ponerse a trabajar, el campamento estaba ya establecido.
—Reunión de brujos de dragón —ordenó.
La orden llegó a los brujos de las diferentes escuadras y se presentaron ante Dafne y el Escuadrón Rojo en medio del oasis.
Observó que todos formaron por escuadra tal y como lo habían aprendido a hacer en Drakoros.
La diferencia era que allí formaban ante un dragón que era su líder y ahora formaban ante ella y el Escuadrón Rojo, que siempre se situaba a su espalda, como cubriéndola y dando apoyo moral, eso Dafne lo captaba.
Los líderes no eran ya los señores dragones, sino ella y su escuadrón.
Aquel cambio era tan significativo como difícil de creer.
Lo que se había logrado a base de lucha y sufrimiento era impresionante.
Hacía poco que habían tomado la ciudad Albahrwalm.
Había sido una liberación sencilla porque no habían opuesto resistencia.
La pequeña ciudad con salida al mar por la costa oeste les había abierto las puertas al verlos llegar.
Se les habían unido más rebeldes de Kraido y brujos de dragón.
Estaban ya en más de diez mil de Kraido y tres mil noceanos.
Tenían un ejército impresionante. Las dos docenas de brujos de dragón que ahora formaban el ejército rebelde escucharon prestando toda su atención.
—Observaremos la ciudad por un par de días y si no hay rastro de ese dragón la tomaremos —anunció Dafne.
Los escuadrones asintieron dando su conformidad.
—Los brujos de dragón de la ciudad de Albahrwalm dijisteis que aquí había un dragón, ¿correcto?
—Sí, es su base. Pasa la gran mayoría de su tiempo aquí, aunque suele hacer viajes al oeste, creemos que a recibir órdenes.
—Solo nos queda liberar esta ciudad. Estamos muy cerca de alcanzar nuestro objetivo de crear este gran reino en los desiertos de Tremia. Seremos un gran reino, una nación dentro de Tremia. Más que eso, habremos liberado todo el este de los desiertos de los dragones.
—Ambos son grandes logros —intervino Ivo—.
Un día solo lo soñamos y hoy estamos muy cerca de lograrlo.
No debemos dejarnos llevar por la emoción o la urgencia de poder palparlo con las manos, precipitarnos puede llevarnos al fracaso.
Actuemos con cabeza y visión como hemos hecho hasta ahora.
No nos apresuremos y perdamos todo lo que hemos conseguido en el último momento.
—La verdad es que cuando tienes razón, pues tienes toda la razón —le dijo Lily a Ivo.
—Gracias por esas palabras, son muy acertadas —dijo Dafne, que entendió que no debía correr ahora. Podía tropezar antes de cruzar la meta y sería terrible para todos.
—Planifiquemos bien esta última liberación —comentó Taika.
Dafne le hizo una seña a Aibin, que aguardaba una distancia con sus guerreros para que se uniera a ella. Asintió y se acercó.
—¿Qué opinas, Aibin? ¿Cómo deberíamos proceder?
—La ciudad es muy grande y tiene salida al mar.
Siempre ha sido un lugar de gran importancia para cualquier reino que la ha conquistado.
También ha sido una de las ciudades más difíciles de tomar por los reinos que lo han intentado.
Sus murallas son altas y fuertes y sus defensores resistirán hasta el final.
O así ha sido siempre, me gustaría saber qué opinan los noceanos.
—Muy bien. Llamad al general Abdu Baba.
El general apareció en cuanto lo localizaron en medio de las tropas noceanas.
—¿Qué opinas sobre la ciudad?
—Es una auténtica maravilla. La llaman la Joya del Fin del Mundo . Está al final del continente, solo hay mar al este y al sur desde la posición de la ciudad. Es grande, bella, poderosa. Siempre lo ha sido… Y rica, hay mucho comercio.
—¿Ahora también?
—Ahora no lo sé, la gobiernan los dragones. Puedo decirte que hay muchos noceanos en la ciudad.
—¿También soldados?
—También —asintió el general.
—Pero sus defensores son ahora soldados de Kraido. Entregarán la ciudad sin duda —dijo Lily—, como lo han hecho en Albahrwalm.
—No necesariamente, no debemos confiar en ello —replicó Taika.
—¿Qué táctica emplearemos esta vez? —preguntó Dafne.
—Si una táctica ha funcionado bien contra un dragón, deberíamos volver a repetirla —recomendó Taika—. No hay razón para cambiarla.
—Pero tuvimos muchas bajas… —dijo Dafne.
—Sí intentamos otra nueva correríamos un riesgo mayor, ya que no sabemos cómo saldría —rebatió Taika—. Muy posiblemente perderemos más vidas.
Dafne miró a Aibin.
—¿Qué opinas?
—No se me ocurre nada que obligue a un dragón a bajar de las alturas, y si no lo hace no tenemos opción para vencerlo.
—¿General?
—Opino igual. Mejor usar la misma táctica, aunque podemos variarla y ajustarla a la situación actual.
Dafne inspiró antes de hablar mientras lo debatía en su mente.
—Es cierto que perdimos a muchos soldados y que es muy arriesgado, pero estoy con Taika en que si intentamos alguna otra cosa sería todavía más peligroso y podría salir muy mal.
—Más vale práctica vieja conocida que nueva y posiblemente desastrosa por conocer —dijo Ivo.
Dafne asintió.
—Repetiremos la táctica y esta vez lo haremos mejor y tendremos menos bajas.
—Tendremos que aguardar a que ese dragón aparezca —dijo Aibin.
—Aparecerá —aseguró el líder brujo dragón de la ciudad de Albahrwalm.
—Muy bien. Nos acercaremos hasta la ciudad.
Les pediremos amablemente que se rindan, nos la entreguen y se unan a nosotros —dijo Dafne—.
Si se niegan es muy probable que ese dragón esté de camino.
Si se unen a nosotros es que no ha aparecido en mucho tiempo y no creen que vaya a volver pronto.
En cualquier caso, lo primero que hay que hacer es ir hasta la ciudad y comprobar qué dicen sus líderes.
—¿Iremos con todo el ejército? —preguntó Abdu Baba.
—No, mejor una pequeña delegación. No me quiero arriesgar a que el dragón nos sorprenda en el camino.
Dafne y la delegación de rebeldes de Kraido aparecieron ante las puertas de la gran ciudad amurallada.
Era más grande de lo que Dafne había imaginado.
Las murallas que la rodeaban eran altas y gruesas.
El viento les traía un olor que todos apreciaban, el del mar.
Estaba muy cerca y podían sentir en sus rostros la caricia de la brisa salada de la zona.
—Puertas cerradas y soldados en las murallas. No empezamos bien —opinó Lily.
—Hemos llegado con mil soldados rebeldes, así que es normal que tomen sus precauciones —dijo Taika.
Dafne miró a Aibin, que iba con ellos. De los líderes de los rebeldes, Dafne había seleccionado solo a la Escuadra Ígnea y a Aibin y sus guerreros.
El resto de los brujos de dragón estaban con el ejército en el oasis.
No quería arriesgar porque si algo sabía era que los dragones podían crear el mayor de los problemas en cualquier momento.
—Aguardemos. Saldrán a negociar —dijo Taika con confianza.
La delegación rebelde esperó a las puertas de la ciudad a una distancia prudencial por si atacaban con arcos desde las altas murallas. No parecían tener intención de hacerlo, pero era mejor asegurar.
Finalmente, tal y como Taika había deducido, las puertas de la ciudad se abrieron y un grupo de dos mil soldados de Kraido salió a su encuentro.
—Vienen mostrando su poderío —comentó Lily.
—Es natural que quieran enseñarnos que si tenemos malas intenciones tienen fuerza suficiente para rechazarnos —dijo Aiden.
Lily le guiñó un ojo con coquetería, pero Aiden la ignoró. Desde el incidente del encantamiento estaba de lo más reacio a ser amable con ella.
—¿Cuántos soldados hay en la ciudad? —preguntó Dafne a Aibin.
—Tres mil de Kraido. Noceanos no sabemos, pero podrían llegar a más de cinco mil.
—Entendido. Nos lo pueden poner difícil.
Al frente de los dos mil soldados venían tres escuadras de brujos de dragón. La primera avanzó y las otras se detuvieron y esperaron.
—Sabéis quiénes somos, ¿verdad? —preguntó Dafne en cuanto se acercaron.
—Lo sabemos, los rebeldes de Kraido —le respondió uno de los brujos de dragón, un humano.
—Entonces sabéis por qué estamos aquí.
—Para tomar la ciudad —dijo el humano—. Nos han llegado rumores de que habéis estado tomando todas las ciudades hacia el norte.
—“Liberar” es un término más exacto. Solo nos queda esta para tener todo el este de los desiertos, pero no quiero que lo veáis como que venimos a conquistar la ciudad.
No es así. Venimos a liberarla y anexionarla al nuevo reino de los rebeldes de Kraido.
Tenemos un ejército de más de trece mil soldados con nosotros.
No podréis hacernos frente, pero no es necesario que lo hagáis.
Podemos llegar a un acuerdo y liberar la ciudad de forma pacífica.
No tiene por qué haber derramamiento de sangre —ofreció Dafne con tono serio, pero no amenazante.
—Esa es una propuesta muy interesante.
—Solo tenéis que abrir las puertas y nuestras fuerzas entrarán de forma pacífica.
—Tenemos un pequeño problema para hacerlo.
—El dragón al mando de esta zona.
—Así es. Está en el oeste, en la ciudad de Stambus. Pero regresará en breve.
—Entonces le daremos una sorpresa que no olvidará nunca.
—¿Podréis matarlo? —la expresión del brujo de dragón era de inquietud.
—Podremos, sí. Ya hemos matado al otro dragón y a este también lo mataremos.
—¿Cómo?
—Con vuestra ayuda.
El brujo de dragón se quedó pensativo. Se volvió hacia sus compañeros y conversaron entre ellos. Finalmente, se dio la vuelta y se dirigió a Dafne.
—Llevamos mucho tiempo esperando a que la revolución llegara hasta aquí y por fin lo ha hecho. La mayoría de los soldados de la ciudad están con la causa. Nos uniremos a vosotros.
—Esas son excelentes noticias —Dafne tuvo que reprimir un resoplido de alivio.
—¿Cómo queréis proceder?
Dafne lo pensó.
—Primero debemos asegurar la ciudad y encerrar a quienes están con los dragones. También a los líderes de los noceanos que puedan aprovechar la ocasión para rebelarse.
—Muy bien, nos encargaremos de ello.
—Reuniré a nuestro ejército. Cuando esté todo dispuesto entraremos en la ciudad.
Las dos delegaciones se separaron.
—Ha ido muy bien —dijo Lily muy animada.
—Sí, mejor de lo esperado. Ahora solo tenemos que matar a un dragón.