Capítulo 37
Tres noches más tarde, Foles volvió a salir de la ciudad y buscó hablar con los líderes de los rebeldes, que seguían manteniendo el asedio. La situación no había variado. Los fanáticos no dejaban que se acercaran y los recibían con gritos y flechas si lo intentaban.
Dafne, el Escuadrón Rojo al completo, el general Abdu Buba y Aibin se reunieron con el brujo de dragón.
—¿Qué novedades tenemos? ¿Conseguiste llegar a un acuerdo con los fanáticos? —preguntó Dafne sin perder un instante.
—No ha sido nada fácil, pero creo que hemos logrado un acuerdo. Nos permitirán salir de la ciudad con el amanecer.
—Esas son magníficas noticias —comentó Lily.
—Me parece que es demasiado sencillo —Aiden no se lo tragaba y negaba con la cabeza.
—Sí, yo también opino que no han puesto suficientes trabas —comentó Abdu Baba.
—¿Sospecháis que hay juego sucio en esto? —preguntó Dafne.
—Puede que todo vaya bien, pero debemos prepararnos —comentó Aibin—. Me resulta un tanto sospechoso que los dejen salir sin más conociendo cómo piensan y cómo actúan.
—¿Tú qué opinas? Has sido tú quien ha negociado con ellos —preguntó Dafne a Foles.
—En un principio se negaron en redondo y amenazaron con matarnos a todos, ya que consideraban que lo que proponíamos era un sacrilegio.
Pero el segundo día parece que cambiaron de opinión, o que al menos se plantearon la opción de dejarnos marchar.
El tercer día nos llamaron a una reunión y, esta vez, los ánimos eran más tranquilos.
Nos han ofrecido salir. Con esta gente nunca se sabe.
Puede que, en efecto, nos dejen irnos porque no les interesa tenernos en su ciudad.
Por otro lado, sabiendo cómo piensan me resulta un tanto extraño que nos dejen hacerlo.
— Tenemos que aceptar porque nos conviene, pero estaremos atentos a cualquier tipo de traición —dijo Dafne con tono firme.
—Es la mejor opción y la más cauta —opinó Taika.
Llegó el amanecer y todos estaban preparados para la salida de los soldados de Kraido y los noceanos.
El Escuadrón Rojo aguardaba frente a la entrada sur, los otros escuadrones estaban situados en las tres direcciones cardinales restantes, dirigiendo a los soldados rebeldes por si la cosa se complicaba.
En el interior de la ciudad, en tejados y balcones, podían ver infinidad de fanáticos, todos armados con arcos.
Sus habituales gritos contra los soldados rebeldes de Kraido comenzaron.
Los primeros soldados de Kraido comenzaron a salir por la gran vía sur hacia el desierto, desarmados y en medio de gritos de fanáticos que seguían gesticulando y gritando a pleno pulmón. No entendían lo que decían, pero sin duda por el tono y los gestos no eran buenos deseos de despedida.
Los rebeldes aguardaron en tensión y expectantes. Todos estaban preparados para actuar en caso de que fuera necesario. Las órdenes ya habían sido transmitidas y los escuadrones mantenían vigilancia constante de lo que sucedía.
Dafne observaba cómo los soldados de Kraido salían de la ciudad y sintió cierto orgullo por rescatarlos. Esperaba que no fuera necesario intervenir, pero al igual que el resto de sus compañeros estaba intranquila.
Los primeros comenzaron a llegar hasta donde aguardaba el Escuadrón Rojo. En ese momento, cuando Dafne saludaba, los fanáticos comenzaron a tirar con sus arcos contra el resto de los soldados que salían.
—¡Atención! ¡Traición! —advirtió Aibin.
—¡Proteged a los soldados! —ordenó Dafne de inmediato.
Los rebeldes corrieron con escudos a proteger a los que salían, que vieron las fechas caer sobre ellos y echaron a correr para ponerse salvo.
Los gritos se hicieron más intensos según las flechas alcanzaban a los soldados de Kraido, que ahora corrían por sus vidas.
Los rebeldes atacaron a los tiradores desde los cuatro lados de la ciudad con la intención de distraer y proteger a los que huían.
Los fanáticos comenzaron a tirar desde tejados, atalayas, casas, ventanas y balcones a los rebeldes que se aproximaban con escudos levantados.
—¡Todos a uno! ¡Protegedlos! —ordenó Dafne.
Los últimos soldados de la ciudad ya habían salido y corrían hacía la línea de defensores tan rápido como podían. Tras ellos salían los noceanos, que también corrían sabedores de que iban a tirar contra ellos. Habían conseguido huir de la ciudad, pero ahora tocaba luchar por sobrevivir.
Los soldados noceanos corrían ahora con todo lo que tenían.
Estaban viendo caer a los de Kraido, que habían salido antes que ellos, aunque gracias a la buena labor de los rebeldes, no estaban muriendo muchos.
Los fanáticos seguían tirando con la intención de matar no solo a los que salían sino también a los que llegaban en su auxilio.
El Escuadrón Rojo y con ellos todos los escuadrones de brujos de dragón avanzaron hasta doscientos pasos de la ciudad. Frente a ellos una guardia de rebeldes los cubría con sus escudos. Los brujos de dragón comenzaron a atacar los tejados con tiradores usando la magia y talento que tenía cada uno.
Lily consiguió encantar a varios fanáticos, que dejaron de tirar y a su comando comenzaron a atacar a sus compañeros.
Taika creó una gran oscuridad sobre los últimos que huían para que los tiradores no pudieran verlos y tiraran contra la negrura y fallaran.
Ivo creó enredaderas venenosas que surgieron de los tejados y comenzaron a atrapar a los tiradores impidiendo que continuaran tirando.
Aiden invocó su habilidad de talento élite y comenzó a lanzar jabalinas como un poseso contra los tiradores en las alturas.
Por cada flecha que estos tiraban, Aiden les lanzaba cinco jabalinas, una detrás de otra.
Se las iban pasando dos soldados a su lado.
No solo tiraba rapidísimo, sino también con una fuerza tremenda.
Cuando la jabalina alcanzaba a alguno de los tiradores, éste caía desde el tejado al interior de la ciudad del terrible impacto que recibía.
En los otros lados de la ciudad ocurría algo similar. Todos los brujos de dragón utilizaron su magia y talentos cubiertos por los escudos de los soldados rebeldes para crear dificultades a los tiradores.
Los soldados noceanos de Abdu Buba, a su vez, tiraban con arcos cortos.
Los soldados de Kraido los protegían con escudos mientras ellos tiraban con sus arcos.
La combinación de la defensa que proporcionaban los rebeldes más el ataque de los soldados noceanos era, en aquella situación, muy eficaz.
El problema era que no disponían de la ventaja de la altura.
Así y todo, en combinación con la magia de los brujos de dragón, fueron capaces de crear suficiente caos entre los tiradores y acabar con muchos de ellos.
Esto permitió que los que huían consiguieran ponerse a salvo detrás de la línea defensiva.
Al ver que ya no quedaba nadie por proteger, Dafne dio la orden de retirada.
—¡Atrás todos, nos retiramos!
La orden pasó de escuadrón a escuadrón y todos se retiraron de la ciudad.
Los brujos de dragón lanzaron sus últimos ataques mágicos para cubrir la retirada.
Rápidamente los arqueros noceanos se marcharon y luego los soldados con escudos y los brujos de dragón.
Por fortuna no hubo ninguna baja entre los brujos de dragón y casi todos los arqueros noceanos consiguieron retirarse.
—¡Nos retiramos a mil pasos! —dio la orden Dafne y todo el ejército de Kraido se retrasó a esa distancia sin dejar de mantener la ciudad rodeada, formando un cuadrado alrededor de ella.
Los últimos en lograrlo fueron los heridos, a los que ayudaban soldados. Todos se retiraron excepto Aiden, que seguía como un loco lanzando jabalinas a los fanáticos mientras los soldados que lo cubrían no sabían qué hacer.
Lily se dio cuenta y corrió a su lado.
—¡Vamos, Aiden!¡Tienes que retirarte! ¡Dafne ha dado la orden!
Aiden estaba en un estado de euforia tal que no escuchaba.
Uno de los soldados que lo protegía con su escudo, y que no se había retirado para no dejarlo expuesto, fue alcanzado en el muslo por una flecha y luego en el hombro por otra. Bajó el escudo.
—Retírate —dijo Lily al soldado y ella cogió el escudo mientras él marchaba ayudado por otro compañero.
El último soldado que quedaba para proteger a Aiden recibió tres flechas en el escudo y una en el pie. Al verlo, Lily le ordenó que se retirara antes de que muriera. Le cogió el escudo según se retiraba.
—¡Aiden, tienes que retirarte! —gritó poniéndose delante de él y levantando los dos escudos para protegerlo.
Varias fechas pasaron rozándola y pensó que no la habían alcanzado por muy poco.
—¡Cabeza de roca! ¡Sal de aquí inmediatamente! —gritó con todo su ser.
Aiden no la escuchaba. No escuchaba nada.
—¡Vas a conseguir que te maten! ¡Que nos maten a los dos! ¡Retírate! —volvió a gritar desesperada.
Aiden cogió la última jabalina que le quedaba y la lanzó con tremenda fuerza. Lily pensó que al quedarse sin jabalinas dejaría de atacar y podrían retirarse. Sin embargo, no lo hizo. Se agachó y cogió un arco noceano y el carcaj de uno de los soldados noceanos muertos.
—¡Déjalo estar!
Las flechas caían alrededor de ellos y una alcanzó a Lily en la pierna. La protección física de escamas no dejó que penetrara. Tenía la armadura debajo, pero las flechas podían agujerearla. Era mejor contra cortes que contra ataques punzantes.
Aiden tiraba ahora flechas una tras otra.
No escuchaba nada de lo que Lily decía por mucho que gritara.
La flechas golpeaban ambos escudos repetidamente y Lily estaba cada vez más preocupada.
Envió energía a reforzar su protección de escamas física y miró a Aiden sin dejar de sostener los dos escudos en sus manos.
Tenía que hacer algo o Aiden moriría y no podía permitirlo.
Al pensarlo, se acongojó sobremanera y se le disparó la angustia más de lo que nunca había padecido por ninguno de sus compañeros cuando habían estado en peligro. Sintió que si Aiden moría una parte de ella también lo haría.