Capítulo 36
La embarcación surcaba el gran río Utla tan veloz como le era posible. Lasgol le había indicado al capitán del navío de guerra norghano que debían alcanzar el reino cuanto antes, pues se trataba de una situación crítica.
Se acercó a sus compañeros, que estaban en la proa de la embarcación, era el lugar donde menos molestaban a la tripulación y también donde más les gustaba ir, a excepción de Viggo, que no se separaba del palo mayor y se aferraba a él como si le fuera la vida en ello.
Ya no se mareaba como antes, pero le había cogido pavor a la navegación, aunque él lo negaba.
Cuando los vientos no eran propicios toda la tripulación, compuesta por curtidos soldados norghanos, se ponía a remar a ritmo, y lo cierto era que hacían que la nave fuera tan rápida como cuando soplaba el viento con fuerza.
—¿Qué dice el capitán Algerson? —Ingrid se apoyó en la borda junto a Lasgol.
—Dice que llevamos buen ritmo y que los vientos nos serán favorables hoy y mañana —respondió este—. A partir de entonces, parece que tendrán que remar.
—Entendido —Ingrid tamborileó los dedos sobre la madera—. Estoy un poco ansiosa por llegar a casa.
—Lo estamos todos. Hay que mantener la calma en estos tiempos convulsos —dijo Gerd.
—Eso se dice fácil, pero conseguirlo no es nada sencillo —Nilsa jugueteaba de pie con Ona y Argi, incapaz de estarse sentada y tranquila por los nervios.
—La verdad es que para algunos de nosotros es más sencillo que para otros —reconoció Gerd sentado con la espalda contra la cabeza de la proa. Disfrutaba de la brisa que empujaba el navío.
—Tenemos que pensar que llegaremos a tiempo y que Norghania estará intacta —intentó animarlos Lasgol.
—Yo opino igual —Astrid se cruzó de brazos—, pero, como bien dice Nilsa, es fácil decirlo y mucho más complicado mantener la calma y no pensar en lo peor, sobre todo después de lo que hemos vivido en Rogdon.
Lasgol no pudo sino darle la razón, él se sentía igual.
Quería creer que la hueste de dragones no había alcanzado todavía el territorio norghano, que seguiría aún en Rilentor.
Pero tras avistar una segunda hueste sobre los bosques de los Masig, ya no estaba nada tranquilo.
Con más de una horda de dragones en Tremia, podían atacar varios reinos a la vez.
Temiendo que los dragones llegaran a Norghania antes que ellos, habían enviado desde el navío un halcón con un mensaje para la líder de los guardabosques en el que explicaban lo que habían vivido y que había al menos dos huestes.
Ya habían remitido información desde Rilentor antes de evacuar, de modo que tanto la líder como los generales al mando de las tropas norghanas conocerían la gravísima situación.
Lo que no podían prever era qué respuesta o solución plantearían unos y otros.
Lasgol esperaba que hicieran caso a la sabia e inteligente líder de los guardabosques, pero, conociendo a los militares, tenía sus dudas.
Los generales mostraban una tendencia innata a resolver los conflictos con guerra y derramamiento de sangre y en esta ocasión ese era el peor de los enfoques.
Si por lo que fuera los dos generales decidían plantar cara a los dragones y resistir en Norghania condenarían, no solo a las tropas, sino también a los refugiados y ciudadanos que se hallaban en la capital del reino.
Aquello preocupaba mucho a Lasgol, que le daba vueltas en la cabeza sin descanso.
Astrid advirtió su preocupación. Se sentó a su lado, le acarició el cabello y le preguntó:
—¿Qué tienes en esa cabecita tuya a lo que tantas vueltas le das?
—Me lees como si nos conociéramos desde hace dos vidas —Lasgol esbozó una sonrisa cansada.
—Bueno, si lo piensas es casi cierto: te conozco desde antes de que perdieras la memoria, o más bien desde antes de que te la arrebataran. Y ahora que poquito a poquito vas recuperando cositas —sonrió Astrid con picardía y le señaló la cabeza.
—Cierto, muy cierto —sonrió él—. No sé cómo has podido aguantarme todo este tiempo.
—Porque eres un encanto. Siempre lo has sido y siempre lo serás, con falta de memoria o sin ella —Astrid sonrió y lo besó.
—Nada de besuqueos, que ya tengo el estómago bastante revuelto —Viggo los observaba aferrado al palo mayor.
Astrid le hizo un gesto con la mano para que los dejara tranquilos.
—Ya me encargo yo de ese merluzo —Ingrid se levantó y fue a sentarse junto a su protestón.
—Dime qué es lo que te preocupa tanto —dijo Astrid a Lasgol.
Él suspiró y dejó escapar el aire despacio, como si quisiera expulsar la inquietud que lo carcomía.
—Me preocupa que lleguemos a Norghania y la encontremos como hemos encontrado… o más bien como hemos abandonado Rogdon.
—Con los dragones a las puertas, quieres decir —dijo Astrid.
—No solo eso, que cuando lleguemos ya la estén atacando.
—Sé que los generales se encargarán de evacuar la ciudad, sin duda, tal y como ha hecho el rey Gerart en Rilentor —Astrid le apretó la mano.
—Yo no confío tanto en ellos —Lasgol negó con la cabeza—. Mis experiencias no han sido positivas, sobre todo en mis tiempos con los Portadores.
—Entiendo lo que dices y tienes razón, puede que no tomen la mejor de las decisiones.
Pero, en cualquier caso, preocuparse ahora por ello, inquietarse, no logra nada porque no sabemos qué está pasando ni qué decisiones se están tomando.
Por eso creo que lo mejor que podemos hacer es mantenernos tranquilos y confiar en que nuestros líderes obrarán lo mejor para nuestro reino.
Lasgol le acarició la mejilla a Astrid.
—No sé qué haría yo sin ti. Ya me siento mucho mejor, más tranquilo.
—Yo diría que te las arreglas muy bien sin mí. Sabes exactamente lo que tienes que hacer y así lo has demostrado todo este tiempo, y también cuando estábamos juntos, aunque no lo recuerdes —Astrid le dedicó una sonrisa pícara.
—No seas mala, no ha sido culpa mía, las cosas se han dado así.
—Lo sé, solo te estoy tomando el pelo —rio ella—. Y con un poco de suerte hasta te animo un poco.
Lasgol sonrió y tuvo que reconocer que, en efecto, Astrid le había levantado la moral. Le dio un beso.
—Estoy convencida de que cuando lleguemos a Norghania la situación estará controlada. De momento, relájate y disfruta de este apacible viaje. Y cruza los dedos para que lleguemos sin toparnos con ningún dragón en el camino.
—Es lo que voy a hacer —asintió Lasgol—. Hemos pasado bastantes experiencias agotadoras y angustiosas en los últimos días, mejor relajarse y disfrutar, no solo de este apacible viaje, sino de la mejor de las compañías.
—Te refieres a nuestros compañeros, ¿verdad? —sonrió Astrid.
Lasgol rio y asintió.
—En especial, a una en concreto —susurró, y la besó.
Los días de trayecto por el gran río fueron pasando y, para alegría de todos, no tuvieron encuentros con dragones.
A lo lejos veían a Camu seguirlos, volando a baja altura sobre el agua.
Habían informado al capitán de que no se preocupara, que no era un dragón, sino un aliado del reino.
El capitán no acababa de convencerse y miraba sin cesar al gran Drakoniano desde la popa del navío.
—Es una pena que no pueda venir con nosotros —Gerd, de pie, miraba hacia Camu en la distancia.
—Sí que lo es. A mí también me gustaría mucho tenerlo aquí —dijo Nilsa.
—Sabéis que no cabe. Bueno, caber… cabe, pero sería un problema para la tripulación, sobre todo cuando tienen que remar. El bicho no haría más que estorbar —Viggo se había acercado hasta la proa aquella mañana.
Ona gruñó y le enseñó los colmillos. Viggo señaló a la pantera con un gesto de desagrado.
—Tampoco entiendo cómo nos dejan llevar a estas bestias con la tripulación.
Esta vez fue Argi quien gruñó y le mostró los suyos.
—¿No puedes estar de buen humor por una vez y no meterte con nadie? —dijo Nilsa.
Viggo se aferró con más fuerza al palo.
—¿Cómo voy a estar de buen humor si vamos en un cascarón flotante?
—Da igual dónde estemos, siempre estás igual —dijo Gerd—. Deberías ser mucho más amable y agradecido.
Viggo torció el gesto.
—Pues no voy a hacer como tú, un bobalicón del que de tan bueno que es todo el mundo se aprovecha.
Gerd se irguió, ofendido.
—Nadie se aprovecha de mí, no sé de qué hablas.
—No seas un dolor de muelas —dijo Ingrid—, y no pagues con nosotros tu mal carácter. Si no te gusta navegar más vale que te acostumbres porque nos toca hacerlo a menudo.
—Por si no te has dado cuenta, somos norghanos y cuando bajamos hacia el sur siempre utilizamos el gran río —dijo Nilsa.
Viggo soltó un bufido.
—Sí, ya sé que somos norghanos y que nos encanta usar navíos de asalto. Ya he intentado acostumbrarme a esto de la navegación y he decidido que no es lo mío. Yo he nacido para andar por tierra firme, esto de surcar las aguas no es para mí.
—Si por mí fuera, te encerraría en la bodega con las provisiones y nos ahorraríamos el dolor de oídos que producen tus continuas protestas —dijo Nilsa.
Viggo sonrió con sorna.
—Sí, tú inténtalo y verás quién sale volando y cae al río.
Nilsa se llevó las manos a las caderas.
—Hace ya mucho tiempo que controlo perfectamente mis nervios, aunque estoy pensando que igual los pierdo ahora mismo y te amordazo, dolor de muelas.
Los demás rieron, pero a Viggo no le hizo ninguna gracia, pues seguía de mal humor y mareado como un pato. Entre gruñidos e improperios, se marchó de vuelta al gran palo mayor y se sentó bajo la vela.
—¿Cómo crees que estará el pobre Camu, que lleva días siguiéndonos? —dijo Nilsa cuando Viggo ya no estaba con ellos.
—Yo creo que estará bien, un tanto solo, pero nos tiene delante y puede vernos a todas horas, así que supongo que no se le hará tan duro —dijo Lasgol.
—A mí me da pena que tenga que ir solo —Nilsa frunció el ceño—. Si hubiera alguna forma de ir con él, lo acompañaría.
Gerd se encogió de hombros.
—Si un día conseguimos montarlo, podrías hacerlo.
—Sí, pero eso no sería muy práctico en este caso porque es un viaje de muchos días y si tiene que llevarte hará que se canse y tarde más —Ingrid sopesaba los pros y los contras de la idea.
—Ingrid tiene razón, aunque me parece buena idea que al menos Lasgol aprenda a volar con él —Astrid miró a Lasgol—. No para las distancias largas, por supuesto, pero sí para las cortas, podría ser una ventaja en combate y para trayectos breves.
—No sé yo, lo de volar no lo tengo nada claro —Lasgol puso gesto de que le daba cierto reparo.
A Gerd se le iluminó la cara.
—Pues a mí me encantaría.
Nilsa rio, nerviosa.
—Yo creo que a mí también me gustaría, aunque seguramente terminaría cayéndome al suelo en algún momento. Y no voy a reconocer que sea por los nervios, aunque seguramente lo sea.
—Sí, la verdad es que en combate podría darnos ventaja —dijo Ingrid—. Cuando termine este viaje podrías intentarlo, Lasgol. Estoy segura de que a Camu le parecerá estupendo.
Lasgol se rascó la nuca.
—Sí, a Camu le parecen estupendas muchas cosas y estará encantadísimo. Pero es que no me veo volando, es algo que creo que solo pueden hacer… ya sabes, los seres que tienen alas.
Nilsa rebufó.
—Pues entonces tendrás que ser tú quien desarrolle la habilidad de volar, como ha hecho nuestro querido Camu.
Lasgol levantó las manos.
—Eso sí que no. Mis habilidades están relacionadas con la naturaleza y con el arco.
—Eso es porque no lo has intentado. Yo creo que deberías hacerlo —dijo Astrid.
Lasgol desvió la mirada.
—Por ahora no creo que tenga ocasión. Cuando lleguemos a Norghania vamos a estar bastante ocupados.
—Buena excusa, pero te seguiremos insistiendo —dijo Astrid y le guiñó un ojo.