Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 35
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Capítulo 35

El ejército de rebeldes de Kraido llegó a la ciudad de Almadinat cuando todavía no había amanecido.

La contemplaron desde lo alto de unas dunas, que se encontraban a buena distancia.

Bajo el despejado firmamento nocturno del desierto, los destellos de la luna y las estrellas alumbraban la ciudad.

Parecía que irradiaba una calma agradable.

Dafne sabía que solo era uno más de los espejismos que una persona podía sufrir en el desierto.

Aquella ciudad era muy problemática, así se lo había advertido Aibin.

—Esta es la ciudad sagrada de los fanáticos de los que me advertiste, ¿no es así?

Aibin asintió.

—Es Almadinat y la etnia que domina esta zona la considera sagrada. Matan a cualquier extranjero, y eso incluye a cualquiera que no sea de su etnia. La rigen religiosos fanáticos. Solo los de su religión, la Almadas, pueden pisar lo que ellos consideran suelo sagrado, donde estamos pisando ahora.

—Parecía bonita desde aquí, ya no me gusta —opinó Lily negando con la cabeza.

—Es más pequeña que Madinatalmusa, y no tiene muralla —analizó Taika con ojos entrecerrados.

—La falta de muralla se debe a que ellos consideran la ciudad abierta a todos… los de su religión —explicó Aibin.

—El término fanáticos debe hacernos recapacitar antes de tomar ninguna decisión —advirtió Ivo con tono filosófico.

—Sí, hay que pensarlo bien —estuvo de acuerdo Dafne.

—¿Nos ocultamos? —preguntó Lily.

Dafne lo pensó.

—¿Estás seguro de que no hay dragón en esa ciudad? —preguntó a Aibin.

—Mis guerreros de avanzadilla me indican que no hay ningún dragón en la ciudad.

—Menos mal —resopló Lily aliviada.

—Pero tenemos otras dificultades… Los fanáticos no la entregarán bajo ninguna condición —dijo Aibin.

—¿Quieres decir que no se rendirán? Deberían estar bajo el mando de las tropas de Kraido de la ciudad.

—Me parece que no es así —negó con la cabeza Aibin—. El general Abdu Baba podrá aclarárnoslo.

El general noceano, que aguardaba algo retrasado, se adelantó.

—Esta ciudad es la más problemática del desierto.

Siempre lo ha sido y, mientras esos fanáticos sigan en ella, siempre lo será.

Nosotros, el Imperio Noceano, no hemos sido capaces de tomarla.

La hemos anexionado, pero realmente sin tomarla.

El emperador ordenó hacerlo en varias ocasiones y todas resultaron un fracaso.

No por no poder derrotar a los fanáticos, sino porque a la larga son ingobernables.

Por ello, al final, los generales tomaron la decisión, sabia a mi parecer, de anexionar la ciudad sin tomarla.

Creo que algo muy similar ha ocurrido con los soldados de Kraido.

No creo que tengan el control, lo más probable es que los fanáticos los hayan dejado entrar para no tener que enfrentarse al dragón, pero sigan manteniendo ellos el poder.

—Esa ciudad me consta que está bajo dominio de los dragones. Esa información tengo —dijo Dafne al general.

—Aunque ese sea el caso, no podemos contar con que los soldados de Kraido se unan a nosotros, por lo que el general ha dicho —Taika lo expresó con tono de cautela.

—Ya… —Dafne miró al noceano—. ¿Qué plantea? —quiso saber.

—Depende de cuánto queráis esa ciudad porque la verdad, no merece la pena.

Aunque la toméis por la fuerza, y os costará vidas poque la defenderán a muerte, siempre tendréis problemas con los fanáticos que la habitan.

No podréis hacerles cambiar de opinión en cuanto a que esa ciudad y las tierras que la rodean son sagradas, y siempre os verán como enemigos que las pisan y deben morir.

No creo que sea una ciudad que tácticamente aporte mucho.

Dafne lo pensó un momento y miró a Taika.

El Felidae vio que Dafne buscaba su consejo.

—Creo que el general tiene razón. Si la ciudad es tan problemática y estamos hablando de auténticos fanáticos que quieren matarnos por sus creencias religiosas, aunque la tomemos, mantenerla será un quebradero de cabeza interminable.

Siempre nos estarán dando problemas. Por otro lado, si hay soldados de Kraido allí, y parece que así es, deberíamos liberarla o, al menos, liberarlos a ellos.

—Comparto tu parecer —dijo Dafne—. Lo que ocurre es que no me gusta la idea de tener una ciudad de fanáticos en mitad de nuestro nuevo reino una vez consigamos anexionar todas las ciudades. Quedará como una isla y un punto de debilidad.

—Quizá sea menos doloroso tenerla anexionada, como la teníamos nosotros —sugirió el noceano.

—En cualquier caso, lo primero que tenemos que hacer es parlamentar con ellos. Si hay tropas de Kraido, debemos liberarlos y ofrecerles que se unan a nosotros, a la rebelión.

—Si hay soldados noceanos todavía en la ciudad me gustaría también poder liberarlos —agregó Abdu Baba.

—No veo inconveniente —convino Dafne.

—Gracias —el general bajó la cabeza con respeto ante Dafne.

—Rodearemos la ciudad antes de que amanezca y veremos cómo acontecen las cosas —ordenó Dafne.

Con el amanecer, la ciudad despertó completamente rodeada de los rebeldes de Kraido y el apoyo de las tropas del general.

Las alarmas sonaron en cuanto los vigías de las atalayas distinguieron al ejército rodeando la ciudad.

Dafne había ordenado que se dejara un espacio de ochocientos pasos hasta los primeros edificios de forma que no pudieran alcanzarlos con arcos de larga distancia.

Le habían indicado que en aquella zona los fanáticos usaban arcos cortos, pero por si acaso prefirió no correr ningún riesgo.

La primera buena noticia fue que no había rastro de ningún dragón.

Ahora era momento de descubrir si había más buenas noticias o no.

Dafne estaba arropada por el Escuadrón Rojo, el general Abdu Baba y sus oficiales, y Aibin y sus guerreros.

Esta vez quería que los vieran a todos, una alianza de rebeldes y gentes de los desiertos.

No sabía si tendría efecto, pero no perdía nada por intentarlo.

Se acercaron a seiscientos pasos frente a la entrada sur de ciudad y se detuvieron.

Aguardaron. La respuesta de los ocupantes de la ciudad fue tirar contra la comitiva con sus arcos cortos.

—Defensas arriba —ordenó Dafne al escuadrón y de inmediato todos levantaron su protección física.

El general y sus oficiales y Aibin y sus guerreros se retrasaron un par de pasos al ver las flechas que cayeron frente a ellos, doscientos pasos cortos.

—Parece que no están de muy buen humor —dijo Lily.

—Tú tampoco lo estarías si te despertaras rodeada de un ejército enemigo —dijo Aiden.

—Esperaremos a que se les pase el susto —dijo Dafne.

—¿Cuántos fanáticos hay en la ciudad capaces de luchar? —preguntó a Abdu Baba.

—Casi tantos como nosotros tenemos aquí afuera. Todo hombre de más de doce años empuñará un arma para defender su ciudad sagrada —explicó Abdu Baba.

—Entiendo, esas no son buenas noticias. No me gustaría tener que luchar contra todos ellos. Tendríamos que matar a demasiada gente.

—Y sufriríamos bastantes bajas —dijo Taika.

Por un largo rato aguardaron a que alguna comitiva saliera de la ciudad a entablar conversaciones, pero lo único que obtuvieron fue gritos de guerra salvajes desde las primeras líneas de casas de la ciudad y flechas que caían cada cierto tiempo.

Parecían querer decirles que si se acercaban los iban a acribillar.

—No estamos consiguiendo nuestro propósito —dijo Lily.

—Me parece que esta liberación se nos va a atragantar —dijo Dafne arrugando la nariz.

—¿Cuántos días pueden aguantar si los asediamos sin entrar? —preguntó Taika al noceano.

—Estas ciudades en medio de estos parajes áridos se construyeron para soportar la hostilidad del desierto.

Podrían aguantar meses. Tienen agua porque cada ciudad se construye siempre alrededor de un oasis natural.

En cuanto a la comida, el desierto enseña a guardarla y a acostumbrarse a consumir muy poco.

Tendrán reservas y saben usarlas de forma razonable.

Aguantarán más que nosotros aquí afuera.

—Algo así me imaginaba por lo que me ha tocado vivir en este mundo de arena —asintió Dafne.

—El desierto nos enseña a todos —dijo Aibin—. Quien no aprende, perece.

—Esto va a llevar tiempo, levantemos tiendas —ordenó Dafne—. Y manteneos atentos.

El ejército de los rebeldes así lo hizo y levantaron tiendas alrededor de toda ella, a una distancia prudencial. Frente a la entrada sur, la más grande de las que tenía la ciudad, montaron la tienda de mando para que la vieran bien, incitándoles a dialogar.

El primer día pasó sin que consiguieran más que gritos y flechas desde el interior. Dentro de la tienda de mando, Dafne recapacitaba con sus compañeros y aliados.

—Quizá deberíamos seguir camino. Todavía tenemos dos grandes ciudades que conquistar mucho más importantes que esta.

—Tampoco sabemos si hay alguno de los nuestros dentro. La lógica dice que debería haberlos, pero no los hemos visto —comentó Taika.

—Si los hubiera no nos estarían lanzando flechas. Ya nos habrán reconocido como soldados de Kraido —dijo Lily.

—No necesariamente. Puede que, como en la ciudad anterior, no estén convencidos de unirse a nosotros y estén usando a los fanáticos para ahuyentarnos —razonó Aiden.

—En cualquier caso, no me gusta esta situación, no es nada clara y estamos al descubierto durante el día, con lo que si pasa un dragón tendremos un problema de los gordos —Dafne negaba con la cabeza.

—¿Qué propones? —quiso saber Aibin.

—Aguantaremos unos días, pero pocos.

—Me parece acertado —estuvo de acuerdo Abdu Baba.

Durante tres días Dafne intentó negociar con los fanáticos de la ciudad, pero no tuvo ninguna suerte. Cada vez que se acercaban o enviaban a un mensajero, los recibían con gritos y flechas. Dafne estaba a punto de tomar una decisión drástica cuando las cosas tomaron un giro diferente.

Varios guardias acudieron a la tienda de mando.

—¿Qué sucede? —preguntó Dafne presagiando el ataque.

—Señora, hemos capturado a un ciudadano que ha salido de la ciudad.

—¿Alguien de la ciudad? Traédmelo de inmediato.

Dafne pensó que sería un espía, estaba casi segura. Lo habrían pillado recabando inteligencia, así que quizá podrían sacarle algo de información.

En cuanto vio al prisionero supo que no era un espía. No solo no era de los fanáticos, sino que era del ejército de Kraido. Era un Fatum y Dafne se dio cuenta de que irradiaba poder, magia.

—Tú eres un brujo de dragón, como yo —dijo Dafne señalándolo con el dedo índice.

—Sí, lo soy. Me llamo Foles, brujo de dragón con talento de Magus, Escuadrón Blanco —se presentó y bajó la cabeza mostrando respeto—. He salido de la ciudad para hablar con vosotros.

—¿Hay más soldados de Kraido dentro?

—Sí, unos dos mil.

—¿Estáis al mando de la ciudad? ¿Cómo es que no habéis querido negociar con nosotros? —se extrañó Dafne.

—Estamos a cargo de la ciudad, pero es solo de forma simbólica.

Los que realmente mandan son los fanáticos, como habéis podido comprobar.

No quieren hablar con nadie, solo matar a cuanto extranjero vean en sus tierras.

A nosotros nos respetan la vida porque saben que los dragones los arrasarán si no lo hacen.

Entregaron la ciudad a los dragones y a las tropas de Kraido, pero en realidad la controlan ellos. Estamos bajo su control.

—Lo que imaginaba —dijo Abdu Baba.

—¿Hay alguna forma de que entreguen la ciudad de forma pacífica? —preguntó Taika.

—Para ellos eso va en contra de su deber sagrado. Deben defender la ciudad de extranjeros.

—Entiendo que si has salido a hablar con nosotros sabes quiénes somos —dijo Dafne.

—Sois los rebeldes, lo sabemos todos. Por eso estoy aquí, para unirnos a vosotros. No queremos seguir en esta ciudad donde en cada momento estamos amenazados de muerte. Si los dragones no aparecieran de tanto en tanto, nos degollarían.

—Muy bien entonces queréis salir y uniros a nosotros.

—Sí, todos. Nadie quiere quedarse en esta ciudad maldita —el brujo de dragón asintió con fuerza.

—Entiendo que no será fácil sacaros de ahí —dijo Dafne.

—Muy complicado —dijo Foles.

—¿Qué hay de los soldados noceanos? —preguntó el general.

—Quedan unos mil en la ciudad y están en la misma situación que nosotros. Peor, porque ellos están bajo nuestras órdenes. En realidad, los mantienen con vida como rehenes por si los noceanos vencen a los dragones y son ellos los que vuelven.

—Entiendo. ¿Es posible sacarlos a ellos también? No quiero abandonarlos a su suerte aquí.

—Es posible, pero muy complicado. Nos tienen en zonas separadas para que no podamos hablar y confabular, pero se puede intentar.

Dafne se quedó pensando un momento.

Taika tuvo una idea.

—La mejor opción que tenemos es que los fanáticos os dejen marchar.

Tenéis que conseguir que os liberen. Podemos ofrecerles que, si os dejan ir, que estoy seguro que lo están deseando hacer porque no quieren que estéis pisando suelo sagrado, no atacaremos y nos marcharemos.

Si no os dejan ir, amenazaremos con tomar la ciudad y matarlos a todos, cosa que no vamos a hacer, pero como amenaza debemos proceder.

—Buena idea —dijo Dafne.

Aibin y Abdu Baba asintieron en conformidad.

—No sé si eso será suficiente. Los fanáticos no son de los que razonan o se achican ante amenazas —dijo Foles.

—Tenemos que intentarlo, tampoco tenemos otra baza más que la de la fuerza militar —dijo Taika.

—Inténtalo —dijo Dafne—. Asegúrales que tenemos magia poderosa además del ejército. Eso les dará qué pensar.

—Está bien. Regresaré al interior e intentaremos convencer a los líderes de la ciudad de que es en bien de todos que nos dejen abandonarla.

—No olvides a los noceanos —añadió el general.

Foles asintió y marchó.