Capítulo 33
Taika consiguió sujetarse con la otra mano a una cuerda de la que tiraba un grupo de soldados.
Lily y Dafne se arrastraron hacia él tras superar la última sacudida.
El dragón se dio cuenta de que le estaban masacrando las alas y, sabiéndose perdido, hizo un esfuerzo tremendo para sacar una de sus patas delanteras de la arena.
Logró hacerlo pese a que tenía redes y cuerdas por encima de las que tiraban los soldados rebeldes.
Apoyándose en esa pata consiguió girarse un poco más hacia la izquierda.
Necesitaba defender sus alas. No llegaba con su aliento helado, pero al conseguir girarse vio a los asaltantes. Esto cambiaba las cosas.
Utilizó ataques mentales sobre la Escuadra Ardiente, que estaba acuchillando su ala. Brendan paró en cuanto sintió el primer ataque del dragón.
—¡Ataque mental! ¡Reforzad la protección de escamas antimagia! —gritó a sus compañeros.
Los ataques golpearon a todos los miembros de la Escuadra Ardiente.
Brendan aguantó los primeros, pero no consiguió reforzar suficientemente sus defensas para continuar.
Cayó sobre el ala y se quedó tumbado sin poder reaccionar.
Cordelius, a su lado, dio dos cuchilladas más y tampoco pudo seguir, pues al igual que su compañero cayó sobre el ala mientras el dragón rugía triunfal.
Lara acuchillaba como si estuviera poseída por un espíritu alocado.
Sabía que pronto su defensa caería e iba a intentar lisiarlo antes de que eso pasara.
Draider y Evelyn habían detenido el ataque y enviaban energía a reforzar sus defensas.
Elsa no lo soportó y cayó del ala al suelo, sobre los soldados que mantenían el ala presa.
En la parte anterior, los brujos de dragón a cargo de los soldados intentaban ayudar a sus compañeros de arriba.
—¡Sujetad esa pata, rápido!
—¡Más cuerdas y redes sobre la garra izquierda!
Las órdenes apenas eran audibles entre los rugidos de rabia que soltaba el dragón.
Los brujos de dragón continuaron gritando y dando indicaciones y los soldados lanzaron más cuerdas y redes sobre la pata izquierda.
Resultaba muy difícil lo que intentaban puesto que el dragón la movía para intentar alcanzar con su garra izquierda a quien estuviera cerca.
Consiguió tocar a varios soldados, a los que destrozó con la fuerza de su ataque y lo afiladas de aquellas garras.
Los brujos de dragón a la izquierda atacaron con magia la pata izquierda, pero al no poseer sustancia dorada lo único que podían lograr era distraer al dragón y entretenerlo mientras sus compañeros en alas y espalda lo masacraban.
Sin embargo, aquel dragón era veterano e ignoró los ataques de los brujos de dragón a su pata al no sentir que eran peligrosos. Detuvo sus arremetidas a los soldados cercanos para apoyar mejor la pata en la arena y con un mejor apoyo intentar sacar la otra pata delantera.
Los brujos de dragón vieron lo que intentaba y gritaron con más contundencia, tenían que conseguir atrapar la pata libre. Más soldados llegaron desde el costado y reemplazaron a los que el dragón había descuartizado.
Sobre el ala izquierda ya no quedaban nadie de pie, la Escuadra Ardiente al completo había caído. Estaban retorciéndose de dolor sobre el ala o en el suelo, donde habían aterrizado.
El dragón se giró esta vez hacia la derecha llevando la cabeza cuanto pudo hacia su ala y vio a la Escuadra Candente, que continuaba acuchillando. Logar se dio cuenta de que iba a atacar y dio aviso.
—¡Viene a por nosotros! ¡Alerta!
Toda la escuadra detuvo las cuchilladas y enviaron energía a reforzar sus defensas de escamas antimagia.
Los ataques llegaron al momento y el dragón los alcanzó con unas embestidas tremendas que agotaron las defensas en apenas unos momentos.
Valka fue la primera en sufrir un dolor tan gélido en su mente que parecía que le habían congelado los pensamientos.
Lita y Rogis cayeron de rodillas sobre el ala y se llevaron la mano a la cabeza en un acto instintivo, aunque era completamente inefectivo, solo una defensa antimagia podía defender los ataques del dragón y las suyas acababan de sucumbir.
Beck cayó rodando por el ala a la arena del desierto.
Logar vio que estaba a punto de ser vencido, miró su daga larga y afilada con el filo brillando con sustancia dorada y decidió caer matando.
Atacó con todas sus fuerzas y con toda la rapidez de la que fue capaz.
El dragón rugió de dolor y le envió un ataque mental tan fuerte que el Felidae león salió despedido de espaldas golpeando su cabeza contra el ala. Quedó tendido sin sentido.
Taika consiguió volver a subir hasta la base del cuello del dragón.
Miró hacia atrás y vio que Lily y Dafne se acercaban y que, algo más retrasados, Ivo y Aiden se agarraban a la cresta de la espalda del dragón avanzando como podían.
Este continuaba sacudiendo su cuerpo con fuerza no solo para intentar liberarse sino para quitarse de encima a los que tenía sobre su espalda.
Taika pudo ver cómo la Escuadra Candente caía bajo los ataques del dragón y supo que se estaban quedando sin tiempo.
Sacó su esfera de sustancia dorada y su daga y, con cuidado de no caerse y no perder la esfera, dejó que un par de gotas cayeran sobre el filo de su arma.
—Ya estamos —avisó Dafne.
—No hay tiempo —dijo Taika y sin esperar más clavó su daga donde se suponía que estaba el punto central del sistema nervioso del dragón.
La gran bestia sintió la cuchillada profunda y, levantando la cabeza a los cielos, rugió de dolor.
Dafne pensó que ya lo tenían. Sin embargo, el dragón liberó su pata derecha y sacudió el cuerpo con gran fuerza.
Taika salió despedido hacia un lado. En el último momento, clavó su daga en el lateral del cuello de la criatura y se quedó colgado sujetándose de la empuñadura con ambas manos mientras sus piernas se agitaban en el vacío.
Dafne y Lily se sujetaron a la cresta del dragón y consiguieron que no las echara de su espalda.
—Algo ha ido mal —dijo Lily a Dafne.
—Ya, ese monstruo debería de haber quedado incapacitado, según la información que tenemos.
—¿Crees que la información no es correcta? Porque si no lo es estamos en un aprieto de los buenos.
—No es eso. Si Nahia ha dicho que el sistema central del dragón está ahí, es donde tenemos que atacar. Es lo que tenemos que hacer.
—De acuerdo —dijo Lily, aunque en sus ojos Dafne pudo ver que dudaba.
—Voy a intentarlo yo —dijo. Sacó su daga y esfera dorada y vertió un par de gotas en ella.
Lily sacó la suya y se la mostró a Dafne.
—Úntame a mí también —pidió sosteniendo el arma con firmeza.
Dafne vertió un par de gotas en el filo, que brilló con un destello en dorado potente.
El dragón volvió a sacudirse con todas sus fuerzas y ahora sí consiguió liberar las dos patas delanteras por completo. Golpeó con ellas a los soldados que las intentaban apresar y descuartizó a un centenar de ellos.
Dafne y Lily avanzaron hasta llegar al punto en el que había golpeado Taika. Dafne indicó que lo hicieran un poquito más atrás y Lily asintió.
Dafne levantó el arma y Lily lo hizo también. A una, ambas fueron a golpear en dos puntos algo más retrasados del lugar del primer golpe.
—Ya lo tenemos —dijo Lily triunfal.
El dragón levantó la cabeza con fuerza y, al mismo tiempo, apoyándose en las dos patas delanteras, alzó el cuerpo hacia arriba. El movimiento provocó que Dafne y Lily cayeran rodando hacia atrás por la espalda sin poder ejecutar el golpe final.
Ivo y Aiden vieron a sus dos compañeras a su lado, rodando. Ivo intentó sujetar a Lily, pero su mano no alcanzó a agarrarla. Las dos cayeron por las alas hacia atrás.
—Mejor si nos retiramos —dijo Aiden a Ivo.
—No es momento de retirarse, es momento de alcanzar la gloria que hemos venido a buscar y por la que todos estos valientes entregaron la vida —dijo Ivo y siguió avanzando hacia el punto donde debían golpear.
El dragón sacudió la cabeza y el cuello con enorme fuerza para deshacerse de Taika, que al colgar con todo su cuerpo estaba provocando con su peso que la daga fuera cortando hacia abajo.
Sin que él lo hiciera a propósito, le estaba haciendo una enorme herida en el lateral del cuello de la que brotaba una sangre oscura.
Al ver que estaba hiriendo al dragón y que este se retorcía para evitarlo, Taika comenzó a mover sus piernas y cuerpo para hacer todavía mayor la llaga.
El dragón volvió a sacudir su cuerpo esta vez hacia el lado izquierdo y luego hacia el derecho con movimientos muy bruscos que pretendían liberar sus alas.
A continuación, se fue hacia atrás levantando de nuevo la cabeza y el cuello apoyándose sobre las patas delanteras.
Ivo y Aiden, que seguían avanzando agarrados a la cresta, estuvieron a punto de irse de espaldas como sus compañeras.
El gran Tauruk se agarró con una mano y gracias a su fuerza aguantó.
Aiden se sujetó con ambas manos y consiguió no caer.
—No lo vamos a conseguir —dijo Aiden a Ivo.
—Lo haremos, confía en nuestro destino.
El Tauruk continuó avanzando y Aiden, tras negar con la cabeza, siguió a su compañero de escuadra.
Ivo llegó al sitio donde debían cortar el sistema nervioso del dragón y se sujetó como pudo mientras desenvainaba su daga. Aiden llegó hasta él y también desenvainó.
El dragón volvió a sacudirse. Taika perdió el agarre y cayó sobre los soldados mientras su daga quedaba clavada en el cuello del dragón. Del largo corte que había creado brotaba mucha sangre. Taika desde el suelo pudo ver que la herida era grave.
Pese a las heridas y los esfuerzos de todos los soldados, la poderosa bestia estaba consiguiendo liberarse y ya tenía más de medio cuerpo sin cuerdas o redes que lo atraparan.
Los soldados seguían intentando retenerlo, pero cada vez les resultaba más difícil y la maniobra empezaba a perder efectividad.
—Verteré la sustancia dorada —dijo Ivo a Aiden.
—De acuerdo —respondió el Drakónido mientras se sujetaba lo mejor que podía.
Ivo vertió un par de gotas en su daga y luego otro par en la de Aiden. Los filos de ambas armas destellaron con un brillo dorado.
—Es momento de acabar con esto y pasar a la historia —dijo Ivo convencido.
Aiden no estaba nada convencido, pero no lo mostró, no era el momento ni el lugar.
Ivo golpeó con todas sus fuerzas a dos manos clavando su daga hasta la empuñadura en las escamas del dragón. Para asegurarse de que conseguía su propósito, la sacó y volvió a clavarla a un palmo de donde había efectuado el primer golpe.
El dragón pegó una tremenda sacudida para evitar que acabaran con él y consiguió que Ivo perdiera el equilibrio y cayera hacia el lado izquierdo.
Según caía gritó a su compañero.
—¡Es tu deber, tu destino!
Aiden lo vio caer. Luego miró su daga en una mano mientras que con la otra se agarraba y resopló con fuerza.
Estaba a punto de clavar su daga en un dragón, era algo que jamás había pensado, pero ahí estaba, llevado hasta ese momento por los acontecimientos.
Mientras una parte de su mente le decía que debía clavarla hasta acabar con él, otra parte le decía que era un señor y que lo que estaba haciendo estaba mal.
Por un instante minúsculo dudó, pero una imagen vino a su mente: primero Lily y luego el resto de sus compañeros de escuadra.
No podía fallarles, no podía dejar que el dragón acabara con ellos.
La decisión llegó clara e incontestable, y la tomó.
Cumpliría con su deber y destino, no hacia sus señores dragones, sino hacia su escuadra, sus compañeros, sus amigos… y por la libertad.
Golpeó con toda la fuerza de su brazo y clavó la daga con profundidad para volver a sacarla de inmediato y volver a clavarla de nuevo.
Con cada cuchillada el filo del arma destellaba con un brillo dorado según penetraba en las escamas, carne, músculo y nervios del dragón.
La gran bestia rugió desesperada y, de pronto, como si una maldición hubiera caído sobre él, se quedó completamente quieto, rígido, y se desplomó hacia adelante en la arena.
Aiden se agarraba con una mano a la cresta mientras sujetaba en la otra la empuñadura de su daga. Aguardó un instante para saber si lo había logrado o no.
—¡Lo has conseguido! —llegó el grito de Lily, al que siguió el de Dafne.
—¡Está completamente paralizado! ¡Lo tenemos!
Aiden cogió la daga de Ivo y avanzó por el cuello del dragón, que ahora estaba a ras de suelo, hasta llegar a la cabeza.
Se situó sobre ella.
—¡Está paralizado, pero respira! —dijo Lily.
—¡Acaba con él! —pidió Dafne.
Aiden pudo ver a Taika a su derecha. El Felidae tigre le indicó con un gesto de la mano que golpeara. Aiden respiró, levantó ambas dagas en sus manos de revés y, soltando un tremendo golpe, clavó las dos armas en mitad de la cabeza del dragón, atravesando el cráneo y llegando al cerebro.
La bestia emitió un último gemido y sus ojos se cerraron para siempre.
Aiden se quedó agachado sobre la cabeza del dragón. Se puso en pie sin sacar las dagas del cráneo, miró alrededor y se dirigió a todos los soldados que habían luchado como auténticos valientes contra el dragón.
—¡Por la libertad! —gritó levantando ambos puños al aire.
Los soldados, que apenas podían creer lo que acaban de presenciar, se dieron cuenta de que habían conseguido matar a un dragón, algo impensable. Todos a una gritaron a pleno pulmón.
—¡Por la libertad!