Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 32
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Capítulo 32

Durante tres días los rebeldes aguardaron la llegada del dragón a la ciudad de Madinatalmusa. Finalmente, al cuarto un dragón de grandes dimensiones de color azul con vetas rojas apareció en los cielos al sur de la urbe.

El Escuadrón Rojo aguardaba escondido en las dunas a que el dragón tomara tierra. Se acercaba el momento de la verdad y todos estaban muy intranquilos y preocupados.

El dragón llegó hasta la ciudad y se posó en medio de la plaza mayor.

No podían verlo al quedar tapado por las altas murallas, pero Dafne y sus compañeros sabían que en ese momento los brujos de dragón a cargo de la ciudad le estarían explicando la situación.

El dragón iba a salir como una flecha a acabar con ellos.

Y así fue. No tardó apenas en salir volando de la ciudad a buscarlos. Venía a matarlos a todos.

El Escuadrón Rojo se dejó ver subido a la parte superior de las dunas y miraron desafiantes al dragón, que voló en círculos sobre ellos a una distancia de más de mil pasos.

Era un dragón veterano y no iba a dejarse sorprender, no se iba a precipitar.

Esto ya lo esperaban y por esa misma razón se habían dejado ver.

Querían que el dragón sintiera el desafío y que la rabia que sentiría por semejante ultraje pudiera con su experiencia.

Era arriesgado, pero tenían que intentarlo.

Enfrentarse a un dragón, en cualquier caso, siempre era no solo arriesgado sino una locura.

—Ahora veremos si las tácticas de guerra contra dragones que hemos estado practicando funcionan o no —dijo Dafne a sus compañeros.

—Lo harán, estoy convencido —dijo Taika—. Hemos trabajado mucho y entrenado día y noche para este momento. Estoy seguro de que funcionarán.

—Los señores dragones son demasiado poderosos para nuestras tretas y tácticas traicioneras. Dudo mucho de que consigamos nuestro objetivo —advirtió Aiden utilizando un tono de cautela más que de reproche.

—Los soldados han entrenado mucho y bien. El entrenamiento, la práctica y el adiestramiento son la base para tener maestría en una labor. Yo creo, como Taika, que todos estamos preparados para este momento —expresó Ivo con su habitual tono filosófico melancólico.

—Sea como sea, es el momento de la verdad. Lo descubriremos en breve —dijo Lily resoplando mientras observaba el vuelo del dragón, que a su vez los miraba desde las alturas.

—¡Todos tranquilos! ¡Mantened la posición! —gritó Dafne a derecha e izquierda para que las escuadras Ardiente y Candente mantuvieran la calma.

Confiaba en ellos, en su temple, pero prefirió animarlos, o al menos intentarlo. Uno no se podía animar demasiado cuando estaba a punto de ser atacado por un enorme monstruo sanguinario.

El dragón dio varias vueltas más, descendiendo con cada una para ir acercándose a los doscientos pasos de altura que necesitaba para atacar.

El Escuadrón Rojo aguardó estoico en formación mirando hacia el dragón sin mostrar el más mínimo miedo a su presencia.

Eso debía de estar carcomiéndole las entrañas.

Ningún dragón, y mucho menos uno veterano y poderoso, soportaría semejante insulto.

Y este no lo hizo.

El dragón llegó a doscientos pasos de altura y pasó volando sobre ellos.

«¿Qué se supone que pretenden estos brujos de dragón traicioneros? ¡Echaos al suelo y rendíos ahora mismo o acabaré con todos vosotros en una pasada!» envió junto a un sentimiento de rabia tremendo.

Dafne miró a sus compañeros y todos le hicieron un gesto afirmativo de que estaban con ella y no iban a entregarse. Dafne señaló al dragón con su lanza y le indicó que bajara a tierra a enfrentarse a ella.

«¡Cómo te atreves, maldita esclava! ¡Vas a pagar con tu vida por esto! ¡La traición más grande es la que un brujo de dragón hace a sus señores dragones! ¡Os voy a sacar las entrañas a todos y disfrutaré haciéndolo!».

—Dragón de agua —dijo Taika—. Su aliento nos congelará.

—Sus garras y colmillos nos destrozarán —añadió Aiden.

—Mantengámonos unidos y saldremos de esta —dijo Ivo—. La unión hace la fuerza de los débiles ante los poderosos.

—¡Invocad escamas de protección, todos! —ordenó Dafne al ver que el dragón ya viraba para realizar la pasada final de ataque.

Todos los brujos de dragón recubrieron sus armaduras de escamas contra ataques físicos y luego con otra de escamas de energía contra ataques mágicos.

Eran conscientes de que contra la fuerza física de un dragón sus protecciones apenas aguantarían un momento, pero debían usarlas o de lo contrario morirían en el primer ataque.

El dragón pasó sobre ellos y abriendo sus fauces atacó con su aliento de hielo.

Era el ataque menos arriesgado y ya lo esperaban.

Se protegieron levantando los escudos hacia el cielo y cubriendo sus cabezas con él mientras las defensas mágicas y físicas que habían levantado los protegían del terrorífico caudal helado que congelaba cuanto tocaba.

La fuerza del caudal era tal que no solo congelaba, sino que también empujaba a quien alcanzaba con tremenda fuerza.

Todos adoptaron una posición defensiva en formación, con el centro de gravedad bajo y las piernas abiertas y flexionadas.

Recibieron el ataque y, con fuerza y experiencia, consiguieron soportarlo.

Mientras el dragón daba la vuelta para volver a atacar, enviaron energía interna a reforzar sus defensas.

—Hemos conseguido aguantar el primer ataque. Conseguiremos soportar el segundo también —dijo Dafne.

Con el paso del tiempo, la experiencia, las batallas y el uso de su magia, todos habían mejorado mucho en lo mágico y también en lo marcial. La vida de un rebelde era una de lucha, sacrificio y dolor constante. Dafne deseó que todos sus compañeros consiguiesen sobrevivir a aquel día.

El dragón volvió a pasar sobre ellos y les envió su aliento helado. El Escuadrón Rojo aguantó el ataque sin perder la formación y la postura defensiva. Su antiguo líder en Drakoros estaría orgulloso.

—¡Aguantamos! —gritó Dafne a sus compañeros intentando darles moral.

El segundo ataque fue demasiado para varios de ellos.

Cordelius, el enorme Kapro de la Escuadra Ardiente, se fue al suelo y un instante después lo hacía su compañero Draider, de espaldas.

Ambos rodaron por la arena para caer de la cima de la duna y que el calor de la arena ardiente los protegiera al tener los cuerpos medio congelados.

En la Escuadra Candente la Tauruk Valka y la Drakónida Lita también cayeron con sus defensas agotadas.

Rodaron duna abajo mientras sufrían los primeros efectos de la congelación al haber traspasado el aliento todas sus defensas.

El dragón cambió de táctica y esta vez descendió con las garras por delante a machacarlos.

Esto era precisamente lo que ellos esperaban y por lo que aguantaban sobre la duna.

Ivo y Aiden estaban sin defensa, solo les quedaba la propia armadura y la tenían recubierta de escarcha, al igual que el escudo y la lanza que apenas podían empuñar.

—¡Ya viene, todos preparados! —dijo Dafne a sus compañeros.

Según el dragón caía sobre ellos, los miembros del escuadrón todavía en pie echaron a correr en todas direcciones.

Habían ensayado aquel movimiento y sabían que era su única forma de salvarse de aquel tipo de ataque.

Justo antes de que el dragón tocara la cima de la duna con sus garras, ya no quedaba nadie del Escuadrón Rojo sobre ella.

Todos rodaban duna abajo por ambos lados.

En ese momento, cuando el dragón iba a impactar contra la arena, se escucharon gritos de los brujos de dragón de las otras escuadras.

De súbito, un millar de rebeldes salió de debajo de sus lonas camufladas con arena y lanzaron sobre el dragón enorme redes y largas cuerdas gruesas.

Este se vio totalmente sorprendido. Mientras golpeaba la arena con sus garras, cientos de redes cayeron sobre su cuerpo.

El dragón rugió de rabia e intentó elevarse moviendo con fuerza las alas, pero las tenía enganchadas con redes de las que colgaban cuerdas de las que tiraban los rebeldes.

Entre las garras sumergidas en la arena de la duna y las redes y cuerdas, el dragón no pudo elevarse y se estrelló contra la arena.

—¡Ahora! ¡Todos! —gritó Dafne desde el suelo.

Dos mil rebeldes aparecieron desde sus escondites tras las dunas y corrieron a lanzar cuerdas gruesas sobre el cuerpo del dragón.

Salían rebeldes de todas partes, como si la arena los escupiera al darse cuenta de que no eran parte de ella.

El dragón terminó de estrellarse y vio que miles de soldados lo rodeaban por todos lados y le lanzaban cuerdas y redes para luego tirar de ellas y evitar de esta forma que consiguiera elevarse.

La gran bestia alada rugió de rabia y se defendió lanzando su aliento de hielo contra los soldados que estaban a su izquierda. Al ser alcanzados por el caudal de helada muerte, quedaron donde estaban completamente congelados, ni siquiera el calor del sol del desierto pudo hacer nada por salvarlos.

A la derecha de la cabeza del dragón otro grupo de soldados lanzaba cuerdas para atrapar su cuello y mantenerlo sobre la arena.

Por desgracia, quienes tenían que sujetar el otro extremo de las cuerdas eran los soldados que acababan de morir congelados.

El dragón se había visto sorprendido, pero ahora se defendía con toda la furia de un depredador gigante acorralado.

En la parte posterior numerosos soldados intentaban con todas sus fuerzas tirar de las cuerdas y redes que ya habían caído sobre el cuerpo del dragón.

Siguiendo las órdenes de los brujos de dragón, se centraban en las alas para que la bestia no pudiera escapar.

Mientras estos soldados luchaban por sujetar al monstruo los que llegaban se afanaban en ayudar.

Parecía como si un ejército de hormigas hubiera atrapado a una serpiente con alas e intentarán inutilizarla.