Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 31
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Capítulo 31

En el reino de Rogdon, la huida desde Rilentor hasta la cordillera este del reino fue larga y lenta.

Los espadas y los soldados se esforzaban porque los civiles avanzaran lo más rápido posible, pues sabían que estaban expuestos en las llanuras.

Aunque intentaban ir cruzando bosques que ofrecieran algo de protección y un lugar donde ocultarse si aparecían los dragones, el reino, llano y de bosques dispersos, no brindaba muchas ocasiones para esconderse.

Además, los civiles habían formado una larga columna que se estiraba por la dificultad que tenían aquellas buenas gentes para mantener la marcha que imponían los que iban en cabeza.

«Nosotros mucho despacio». Camu no dejaba de mirar atrás, preocupado.

«Lo sé, pero no podemos obligarles a ir más rápido. Hay gente mayor, enfermos y muchos no están acostumbrados a esfuerzos prolongados», Lasgol señaló la columna con un gesto.

«Ellos ser de ciudad, no como nosotros».

«Eso es. Nosotros, por ser norghanos y, además, guardabosques, estamos hechos a marchar por todo tipo de terreno y tenemos el cuerpo curtido. Pero estas pobres gentes viven en ciudades y no soportan semejante esfuerzo», observó a una anciana que avanzaba apoyada en un bastón rústico.

«Yo mirar todo el rato atrás, por si venir dragón. Yo tener mal presentimiento».

«No eres el único. Esto va demasiado despacio y temo que en cualquier momento aparezca la hueste a nuestra espalda», Lasgol oteó el cielo despejado.

«Dragones nunca hacer nada bueno. Tampoco cuando no hacer nada, ni cuando hacer algo que parecer bueno».

Lasgol miró a Camu y sonrió.

«Se te ha trabado la lengua».

«Eso no poder ser. Nosotros mensajes mentales».

«¿Quieres decir que no tienes lengua o que no se te traba?» Lasgol enarcó una ceja.

«Tú mucho gracioso. Saber perfectamente que yo tener lengua».

Lasgol sonrió y acarició a Camu en el lomo.

«¿Qué haría yo sin ti y sin Ona?».

La buena pantera de las nieves, que se mantenía algo apartada para no asustar a los soldados que iban por delante, se acercó al oír su nombre.

«Tú no poder hacer mucho sin nosotros, tú saber».

«Sí, lo sé. Y no sabéis cuánto os lo agradezco a los dos» dijo Lasgol, y acarició la cabeza de Ona con ambas manos.

Los días fueron pasando. De no ser por la preocupación de que en cualquier momento apareciera un dragón, Lasgol hubiera disfrutado del tranquilo viaje y, sobre todo, de la compañía de Ona y Camu.

Por fin alcanzaron la altísima cordillera este del reino de Rogdon.

Lasgol veía por dónde subían los refugiados, que ya no formaban una columna, sino una larguísima hilera de apenas una persona de ancho.

«Yo mejor volar cuando ellos no ver». Camu observaba el sendero con desconfianza.

«¿Lo dices porque no cabes por el sendero?» Lasgol le lanzó una mirada burlona.

«Yo caber, pero preferir volar a subir por ahí».

«Estaba de broma. Mejor si no vuelas. Tú puedes trepar por esas paredes empinadas sin problema, esas palmas tuyas se adhieren a todo, ¿verdad?».

«Sí, yo poder, pero ser más lento».

«Si no te importa, mejor no llamar la atención. Si un dragón te ve volar con tus alas de plata querrá venir a investigar qué sucede».

«Tú tener razón. Mejor no llamar atención. Yo subir por paredes escarpadas».

«Ona, tú conmigo» Lasgol se palmeó el muslo para llamar a la pantera, que himpló una vez.

Si el trayecto hasta la cordillera había sido lento, el ascenso a su parte superior lo fue muchísimo más.

Los soldados tuvieron que esforzarse de lo lindo.

Pararon infinidad de veces y hubo gente que no pudo subir y se quedó en una primera cueva más baja, donde aguardaría a ser rescatada más adelante.

Poco a poco, y con el pragmatismo rogdano, consiguieron llegar a las cuevas altas, casi en la cima de la cordillera.

Cuando Lasgol y Ona llegaron allí comprobaron que eran muy amplias, con cabida para muchas personas.

Lasgol localizó al espada real al cargo de su comitiva y fue a hablar con él. Por fortuna había encontrado a un anciano que hablaba norghano.

—Hola, soy Tibuz, antiguo comerciante. Solía hacer la ruta de Rogdon a Norghana. Hablo norghano. Os ayudaré a entenderos —se ofreció el anciano con una sonrisa.

—No sabes cómo te lo agradezco —Lasgol estaba encantado. Los gestos solo podían transmitir hasta un punto.

—¿Están ya todos en las cuevas? —preguntó Lasgol.

—Todos menos los que se han quedado en la parte baja de la montaña —respondió el espada.

—¿Cuán profundas son estas cuevas? —Lasgol observó a la multitud que se apretujaba en la entrada. Si un dragón aparecía y los atacaba con su aliento elemental, los mataría a todos allí.

—Son muy profundas, pero debemos tener cuidado al entrar, todavía no están preparadas para albergar a tanta gente —señaló la boca de la cueva—. Iremos metiéndolos poco a poco y ubicando al pueblo.

—Entendido —dijo Lasgol.

—Han llegado mensajeros con noticias.

—¿De la capital? —quiso saber Lasgol.

El espada asintió.

—La hueste de dragones llegó a la capital y la tomó.

—Era lo esperado. ¿La ha arrasado? —preguntó Lasgol con cierta reticencia.

—No, y es de lo más extraño. Los dragones están en la ciudad y en sus alrededores, posados, descansando como grandes buitres a la espera de echar a volar —el rogdano se encogió de hombros.

Lasgol se quedó muy desconcertado.

—Desde luego que es extraño. Yo también esperaba que arrasaran la capital. ¿Por qué no lo habrán hecho?

—Creemos que es porque no encontraron nada contra lo que luchar. Cuando llegaron no quedaba un alma.

—Debe de ser eso —Lasgol no estaba muy convencido, pero no sabía qué pensar.

Se quedó pensando en aquello, era de lo más extraño.

Los comportamientos de los dragones siempre lo eran, pero solían terminar en muerte y destrucción.

Que en esta ocasión no hubieran hallado a nadie a quien matar y no hubieran destruido la ciudad le pareció algo importante, significativo.

Debía de haber una razón, una causa por la que habían perdonado la ciudad y, tratándose de los dragones, no sería buena.

No entenderla le preocupaba. Los dragones nunca hacían nada bueno por qué sí.

—¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas con nosotros o continúas camino? —preguntó el espada.

—Tengo que continuar —dijo Lasgol—. Debo reunirme con mis compañeros al otro lado de estas montañas y seguiremos hacia Norghana —echó un vistazo al sendero de bajada.

—Vaya, siento oír eso, pero lo entiendo —el espada le ofreció la mano y Lasgol se la estrechó con firmeza.

—Buena suerte. Tenéis mucho trabajo por delante y poco tiempo —dijo Lasgol.

—Lo mismo os deseo. Vamos a necesitar toda la suerte que podamos reunir —respondió el rogdano.

—¿Cómo bajo de aquí? —preguntó Lasgol.

—Yo mismo te indico el sendero de descenso.

Lo guio hasta una pequeña cañada que desembocaba en un sendero abrupto entre las rocas, apenas visible.

Lasgol se despidió de él y, junto con Ona, comenzó a bajar la gran cordillera. Según lo hacían, veía a su izquierda cómo Camu descendía sin apenas esfuerzo, adherido a la pared de roca.

Llegaron abajo y Lasgol oteó el horizonte. Estaban en las praderas Masig.

«Yo no verlos».

Camu acababa de llegar, Ona fue a saludarlo y frotó la cabeza contra su pata delantera derecha.

—Avancemos un poco en dirección al río Utla. Nos los encontraremos por el camino, si es que no ha sucedido nada grave —dijo Lasgol, y se puso en marcha.

«De acuerdo».

Tal y como Lasgol había calculado, enseguida se encontraron con el resto de las Panteras de las Nieves. Cada cual había llegado por un camino distinto, pero todos sabían que debían alcanzar el río para remontarlo y llegar a casa.

—Ya os ha costado llegar. Estábamos a punto de construirnos una casita aquí, en las praderas —dijo Viggo con tono de ironía.

«No ser culpa nuestra. Refugiados ir despacio» se defendió Camu.

—Ya, ya, los refugiados… —Viggo señaló a Camu con la barbilla—. El elefante volador este… Seguro que habéis tardado tanto por lo lento que va.

«Yo no ir lento. Yo poder volar. Y no ser elefante». Camu infló el pecho, ofendido.

—Deja de meterte con él —Nilsa le dio un codazo a Viggo.

Viggo sonrió con malicia.

—¿Ha ido todo bien? —preguntó Lasgol al verlos.

—Todo lo bien que puede ir —respondió Ingrid.

—¿Habéis tenido encuentros con los dragones? —quiso saber Lasgol.

—Ninguno, por fortuna —respondió Nilsa.

—Vamos, todos en marcha —dijo Ingrid, y echó a andar.

No tardaron demasiado en llegar al puesto avanzado norghano en el que habían atracado, y desde allí pidieron que les enviaran una embarcación para recogerlos. Descansaron en el pequeño fuerte y aguardaron la llegada del navío.

Cuando llegó, al cabo de un día, embarcaron y pusieron rumbo a Norghana, remontando el gran Utla.

El trayecto no resultaba nada agradable para nadie, y menos para Viggo, que seguía sin acostumbrarse a los vaivenes del río y se mareaba.

Pero algo más les amargó la travesía cuando estaban a medio camino: al este, sobre los bosques de los Usik, vieron una gran mancha oscura en el cielo.

Todos supieron al instante que era una hueste de dragones, pese a que se hallaba lejísimos. No podía ser otra cosa.

—Vaya, ya nos han amargado el viaje —comentó Viggo.

—Sí, es como una visión de pesadilla que acongoja el corazón —Gerd se estremeció.

—Esa hueste de dragones, ¿es la de Rilentor? —preguntó Nilsa con cara de extrañeza.

—Tiene que serlo, ¿no? —Gerd miró a unos y a otros.

—Me temo que no —se lamentó Lasgol.

—¿Por qué lo dices? —Gerd frunció el ceño, extrañado.

—Porque si la hueste hubiera pasado de Rilentor a los bosques Masig, la habríamos visto —razonó Lasgol—. Es demasiado grande para pasar desapercibida y además hemos estado mirando al cielo durante todo el trayecto —señaló el horizonte.

—Lasgol tiene razón, habría volado por encima de nuestras cabezas —confirmó Astrid.

—¿Estáis intentando decirnos que esa hueste de dragones es un segundo grupo? —Nilsa abrió mucho los ojos.

—Me temo que es la única explicación posible —dijo Lasgol con tono de gran pesar.

—¡Por las montañas nevadas de nuestra patria! Esto es terrible, no solo hay una hueste, hay dos —se lamentó Gerd y se llevó las manos a la cabeza.

—Ya me estaba sentando fatal el viaje en esta cáscara con vela que se mueve con cada soplo de brisa, pero esto lo borda —Viggo se llevó una mano al estómago.

—Todos creíamos que solo habría una hueste de dragones, pero parece que estábamos equivocados —dijo Lasgol, y apretó los labios.

—La situación ha pasado de crítica a aterradora —dijo Ingrid—, pero debemos mantener la esperanza y seguir luchando juntos. Hay que llegar a Norghana y avisar a los nuestros.

—Sí, si es que no hay otra hueste que ya esté allí —replicó Viggo con mala cara.

Esta vez ni Ingrid ni Nilsa replicaron a su comentario, pues todos supieron que podía tener razón. Y, de ser así, sería catastrófico.