Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 29
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Capítulo 29

Aibin abría camino acompañado de un centenar de guerreros de los Desher Tumaini.

Le seguían los rebeldes de Kraido, más de ocho mil soldados de todas las razas, liderados por Dafne y el Escuadrón Rojo.

Se dirigían al sur a liberar las cuatro ciudades que aún estaban bajo dominio de los dragones en la parte este de los desiertos noceanos.

Marchaban de noche para evitar el sofocante calor del desierto.

Los rayos de fuego del sol de aquellos lares castigaban cuerpo y alma y era mejor evitarlos.

También buscaban evitar ser descubiertos por algún dragón que todavía permanecía en la zona.

Hacía algún tiempo que no los avistaban, pero podían aparecer en cualquier momento y causar estragos.

Aibin era quien se encargaba de planificar la ruta y la forma en la que debían cruzar los desiertos.

Dafne y sus compañeros tenían toda la confianza del mundo en él.

No solo era un experto en todo lo que estuviera relacionado con el desierto y la lucha en aquellos parajes, sino que además era muy inteligente.

Por lo que les había contado conocía muy bien aquella zona y hacía no demasiado que la había cruzado con Nilsa.

Aun así, consultaba con el general Abdu Baba la ruta a seguir cada anochecer y ambos enviaban avanzadillas para asegurar el trayecto.

Cuando llegaba el amanecer, se detenía la marcha y montaban tiendas para poder esconderse del sol.

Estas tiendas eran del estilo de los desiertos y Aibin les había explicado cómo debían construirlas para que fueran confortables y al mismo tiempo no se asaran en su interior cuando el sol castigaba sin piedad.

Una de las estrategias que les había sugerido el general era la de forrar las tiendas imitando el color de la arena para camuflarlas en caso de que algún dragón pasara volando en misión de reconocimiento.

Desde las alturas el millar de tiendas parecería una larga duna y si el dragón no se acercaba mucho, no podría distinguirlas.

Habían trabajado mucho en conseguir que se mimetizaran con la arena y Dafne estaba sorprendida del buen resultado obtenido.

Todas estas medidas de seguridad no solo eran necesarias, sino que aseguraban que podrían sobrevivir al desierto y a los dragones que se cruzaran.

El Escuadrón Rojo iba apoyado por otros cinco escuadrones de brujos de dragón que se habían unido a la causa.

Se encargaban de que todo el montaje y desmontaje de las tiendas se hiciera de forma rápida, eficiente y sin errores.

Dafne había dejado a otros dos escuadrones de brujos de dragón dirigiendo cada una de las tres ciudades del norte que ya controlaban.

Disponían de otros tres mil soldados, pero no quería correr riesgos y perder todo lo que habían conseguido por lanzarse a liberar más ciudades.

En los primeros días de trayecto no tuvieron ningún percance y, por fortuna, no vieron ningún dragón en la zona. Todos avanzaban a buen ritmo, con el ánimo y los cuerpos tensos. Según fueron pasando los días sin incidentes se relajaron un poco.

Llegaron a las cercanías de la primera de las cuatro ciudades, la amurallada Madinatalmusa. Aibin les avisó de que tras las siguientes dunas podrían ver la ciudad y Dafne dio la orden de que todos se mantuvieran quietos y en total silencio.

Acompañada de Aibin, unos cuantos guerreros y el Escuadrón Rojo subieron a la duna más alta, se tumbaron en la cima y observaron la ciudad bajo el firmamento estrellado.

—Es una ciudad bien grande —dijo Dafne algo sorprendida.

—Sí, es una de las ciudades mayores del desierto. No es la más importante, esa es Kabiramadina, que se encuentra al final del continente al sur y que tiene salida al mar —explicó Aibin.

—¿Alguno ve rastro de algún dragón? —preguntó Lily.

—No se ve ninguno, pero siendo de noche es más que posible que esté dentro de la ciudad durmiendo —razonó Taika.

—No tenemos información sobre esta zona del desierto, ¿verdad? —preguntó Dafne a Aibin.

—No, mis guerreros no suelen adentrarse tan al sur. Nos mantenemos en el norte, no puedo aportar más inteligencia sobre lo que aquí sucede.

—¿Qué te ha dicho el general? —preguntó Taika.

—Lleva tiempo en el norte, no tiene información sobre lo que ha sucedido aquí en los últimos tiempos.

—A veces uno debe enfrentarse a las sorpresas que la vida le ofrece. Es lo que hace que la vida en sí tenga ese carácter emocionante y que hace que merezca la pena vivirla —expresó Ivo con carácter optimista.

—Este no es el mejor momento para ponerse filosófico —dijo Lily.

—No es que me ponga filosófico, es que soy Ivo.

—Ya, ya, ya sé que eres Ivo. Yo soy encantadora y bellísima y no voy todo el rato alardeando de ello —sonrió coqueta.

—Sí que lo haces… —masculló Aiden por lo bajo.

—Acamparemos aquí y aguardaremos al amanecer para obtener más información —dijo Dafne.

—Será lo mejor. Podemos observar lo que sucede durante esta noche. El problema es que al llegar el amanecer si hay un dragón en esa ciudad nos puede sorprender —razonó Taika.

—Si pudiera iría yo o enviaría a algunos de mis guerreros a investigar, pero nuestra etnia es diferente a la de los noceanos y con una sola mirada sabrán quiénes somos. Los Desher Tumaini no solemos visitar ciudades noceanas, por lo que de inmediato despertaríamos sospechas.

—Sí, sobre todo en cuanto vean vuestros ojos rubí, que son de lo más llamativos —dijo Lily—. Preciosos, no me entiendas mal, pero muy sorprendentes y llamativos.

—Cierto. Esa idea no es buena, no quiero que os arriesguéis —dijo Dafne.

Dafne se quedó pensativa mientras todos observaban la ciudad en la noche.

Estaba medianamente iluminada y en las almenas se veían soldados haciendo guardia que de tanto en tanto recorrían las murallas de un lado a otro.

Cuando llegaban a los lugares donde había antorchas o braseros se les veía bien.

Eran soldados de Kraido y también alguno noceano.

—Tenemos otra opción —dijo Aibin.

—Adelante, soy toda oídos —dijo Dafne.

—Llevamos con nosotros al general y sus tropas noceanas. Podríamos enviar a unos cuantos a la ciudad al amanecer para que hicieran el reconocimiento. A los noceanos se les permite libre paso en todas las ciudades del desierto. No levantarán demasiadas sospechas si no van vestidos como soldados.

—Una idea interesante y acertada —opinó Taika—. El problema es que debemos encontrar quienes quieran colaborar, puesto que arriesgarán la vida bastante más de lo necesario.

—Los noceanos que llevamos son todos voluntarios, ninguno está siendo obligado a trabajar para nosotros —rebatió Dafne.

—Eso no quiere decir que no nos vayan a traicionar si se ven en una situación comprometida —advirtió Aiden—. Y más si hay un dragón en la ciudad.

—Ese es un riesgo que vamos a tener que correr —Dafne arrugó la nariz.

—En ese caso será mejor que hablemos con el general y encontremos a los voluntarios. Debemos aseguramos de que elegimos bien —dijo Taika.

Regresaron con los soldados y se organizó una reunión entre el Escuadrón Rojo y el general Abdu Baba. Aibin ejercía de intérprete, como era siempre el caso al hablar con los noceanos.

—Buscamos media docena de valientes de entre tus soldados que quieran ir a la ciudad y recaben información para nosotros —informó Dafne al general noceano.

El anuncio cogió por sorpresa al general, que no esperaba nada parecido.

—¿Queréis que mis soldados espíen para vosotros?

—Así es. Necesitamos saber qué pasa en la ciudad y si hay un dragón en ella.

—Mis soldados son infantería, no son precisamente espías… No sé si valdrán.

—Tendrás el honor de elegir a los que sirvan —dijo Dafne.

El general lo entendió. Asintió y fue a reunirse con sus oficiales.

Dafne los observó mientras hablaban. Llamaron a filas en silencio.

El general se dirigió a sus soldados. Por las caras de extrañeza a ellos también les había cogido por sorpresa la petición.

Por un largo rato Abdu Baba, sus oficiales y los soldados hablaron entre ellos.

Se tomaron su tiempo para encontrar a los candidatos.

Por fin, se volvió y se acercó a Dafne y su grupo.

—Ya tengo los voluntarios.

—¿Servirán? —preguntó Dafne.

—Sí, servirán.

Taika tomó la palabra.

—Pídeles que no hagan nada extraño. Simplemente deben entrar en la ciudad al amanecer, indicar que van a comerciar y lograr pasar al interior.

Una vez dentro necesitamos que obtengan información de forma disimulada sobre cuántos soldados hay y cuántos dragones se encuentran allí, si es que hay alguno.

Antes de que llegue la noche y cierren las puertas deben abandonar la ciudad, como que continúan camino. Entonces regresarán aquí a informar.

—De acuerdo, así se hará —confirmó el general.

—¿Enviarás a algún oficial? —preguntó Dafne.

—Sí, dos capitanes. Quiero asegurarme de que todo sale bien.

—Me he imaginado que lo harías.

El general levantó la mano y llamó a los voluntarios. Se aproximaron.

—Estos son los elegidos para la misión. ¿Te parecen bien?

Dafne los observó. Parecían soldados curtidos y los dos oficiales tenían ya sus años.

Fue a darles el visto bueno, pero antes quiso asegurarse de que no se estaba equivocando y miró Taika.

El Felidae asintió lentamente dándole su aprobación.

Dafne y él habían desarrollado una confianza que ahora les permitía con un simple gesto aceptar o rechazar ideas y acciones sin la necesidad de tener que discutirlo.

Dafne confiaba completamente en el criterio de Taika.

Con los otros la relación era un poco más compleja.

Lily siempre requería de una conversación animada para cualquier decisión, así era su carácter, y Dafne lo aceptaba porque en el fondo era una amiga excepcional.

Ivo, con su mentalidad filosófica, era más difícil de entender y comprender.

Y, por supuesto, Aiden era el que más le complicaba las cosas, ya que su visión era siempre más cautelosa y debía prestar mucha atención a lo que le decía.

Sobre todo, en todo lo referente a los dragones.

—Muy bien. Adelante con la misión.

Con la llegada del amanecer los voluntarios noceanos se dirigieron a la ciudad.

Vestían ropajes de comerciantes y portaban víveres con los que comerciar.

Antes de partir, Dafne les dio las últimas instrucciones.

Aquella misión era muy importante y no tenía una confianza plena en aquellos soldados.

Esperaba que lo hicieran bien, pero era confiar en alguien a quien no conocía, por lo que había un riesgo intrínseco.

Cuando el grupo marchó la Escuadra Roja observó su partida desde la cima de la duna.

—Si confías demasiado en los noceanos tendrás un futuro lleno de problemas —recitó Aiden.

Dafne lo miró.

—Quizá, pero de momento estamos en esta lucha juntos y los necesitamos.

Observaron cómo los soldados noceanos entraban en la ciudad y pudieron constatar que no tenían ningún problema para hacerlo.

Los guardias en las puertas los dejaron pasar.

Comenzaron bien la misión, lo que tranquilizó a Dafne y sus compañeros.

Tampoco se oían rugidos de dragón, lo que era muy positivo.

Pasaron el día vigilando la ciudad. Para camuflarse y que no los achicharrara el sol, levantaron una pequeña tienda desde la que vigilar.

No vieron ningún dragón saliendo de la ciudad o entrando en ella y tampoco en los cielos.

Si los espías regresaban e indicaban que tampoco había ningún dragón allí, las cosas se pondrían de su lado.

Dafne deseó que así fuera, ya tenían suficientes problemas y algo de suerte en aquellos momentos no les vendría nada mal.

Un poco antes del anochecer los soldados salieron de la ciudad y, como si fueran una pequeña caravana de mercaderes, se dirigieron hacia el norte pasando cerca de donde acampaban.

Disimularon alejándose un poco más y luego se dirigieron al campamento.

Cuando llegaron ya era de noche y el Escuadrón Rojo al completo aguardaba.

—¿Qué habéis descubierto en la ciudad? —preguntó Dafne sin perder tiempo.

Aibin tradujo.

—Hay unos dos mil soldados de Kraido y unos mil noceanos. Ningún dragón — resumió el informe uno de los capitanes.

—Eso son buenas noticias —se animó Lily.

—Cuando dices mil noceanos, ¿te refieres a soldados? —quiso aclarar Taika.

—Correcto. He proporcionado información militar. En la ciudad hay más de diez mil civiles, la mayoría noceanos.

—¿Están los soldados noceanos colaborando con los soldados de Kraido? —preguntó Dafne.

—Eso parece. Estaban ambos vigilando desde las murallas y torres.

—Curioso —dijo Taika—. Esto es algo que no hemos visto en las ciudades del norte.

—Parece que la situación es complicada en el sur y los soldados de Kraido están buscando la colaboración de los noceanos a los que derrotaron —explicó Abdu Baba.

—Eso no nos favorece —comentó Aiden—. Si se han aliado bajo el mando de los dragones tendremos un problema.

Dafne asintió.

—En cualquier caso, no son más que tres mil soldados, así que no deberían ser un problema —intervino Logar, de la Escuadra Candente.

—No deberían resistirse demasiado una vez vean nuestras fuerzas —opinó Brendan, de la Escuadra Ardiente.

—Pronto lo comprobaremos —dijo Dafne—. ¿No hay rastro entonces de ningún dragón? —insistió a los hombres del general.

—No hay rastro alguno de ningún dragón —confirmaron.

—En ese caso tomaremos la ciudad al amanecer —sentenció Dafne.