Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 25
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Capítulo 25

Al noreste de los desiertos, con las primeras luces del amanecer, llegaron por fin los barcos a la costa.

Aparecieron surgiendo del Mar Central en sigilo, como una flotilla de invasión que llegaba para conquistar un reino.

Si se observaban los navíos con detenimiento reforzaba esa impresión pues estaban cargados hasta el velamen de soldados.

—Ahí llegan, ¿todo despejado? —preguntó Dafne.

—El este está despejado —confirmó Taika mirando hacia el cielo.

—No hay peligro por el oeste —dijo Ivo observando los cielos cubriéndose los ojos con la mano para protegerlos del sol.

—Sin novedad por el sur —afirmó Aiden.

—No hemos visto ningún dragón en bastante tiempo. Esperemos que hoy no nos amarguen el día —dijo Lily y sacudió su melena para que volara con la brisa.

—Por eso mismo estoy nerviosa, cuando menos lo esperas es justo cuando todo lo malo sucede —Dafne arrugó la nariz y soltó un resoplido.

Observaron la flotilla acercarse a la costa.

No era una de invasión, aquellos barcos venían cargados con soldados de Kraido, rebeldes que se habían unido a la causa.

No solo traía personas, sino esperanza para Tremía.

Esto era lo que más le importaba a los miembros de la Escuadra roja que guardaban sobre los acantilados y observaban con corazones que latían como tambores.

—¿Cuántos barcos contáis? —preguntó Ivo.

—Cerca de un centenar. Me sorprende el tamaño de la flota —expresó Taika.

—No esperábamos tantos. Me alegra en el alma, pero va a resultar complicado transportarlos por el desierto —dijo Ivo.

—No os preocupéis por eso. Nosotros nos encargaremos de que lleguen sanos y salvos hasta las tres ciudades —aseguró Aibin señalando al grupo de guerreros Desher Tumaini que lo acompañaban.

—Menos mal que te tenemos a ti, de lo contrario pereceríamos todos en el desierto —agradeció Dafne.

—Los rebeldes de Kraido siempre contarán con nuestro apoyo, ayudaremos en lo que haga falta —aseguró Aibin.

—Y juntos forjaremos la caída de los dragones —respondió Dafne con un optimismo que ella misma se forzaba a tener.

—Eso es mucho desear. La caída de los dragones no ha sucedido nunca. Por mucho que queramos y por mucho que nos aliemos con todos los que quieran que caigan no va a hacer que ocurra ni rápido ni de forma indolora —advirtió Aiden.

—Bueno, ya estamos otra vez con los comentarios en favor de los dragones. Si no vas a decir algo positivo es mejor que no digas nada —replicó Lily y le lanzó una mirada de enfado.

—He dicho lo que pienso, tengo derecho a hacerlo. Además, todos sabéis que es verdad. No lo digo por contrariaros, sino para advertiros. Nuestra suerte puede terminar en cualquier momento y siempre la estamos forzando.

—Agradecemos tus advertencias —dijo Taika—. Sé que lo haces de buen corazón.

—Yo no estoy tan segura de eso. Creo que lo hace porque tiene el corazón prendado por los dragones. Pero un día ese corazoncito de piedra oscura que ahora pertenece a esas bestias terminará por pertenecer a esta encantadora Escarlatum.

Aiden miró a Lily totalmente sorprendido y con unos ojos que parecían querer saltar de su rostro de dragón. Abrió la boca para contestar, pero no pudo.

Dafne sonrió. En los peores momentos, en los más difíciles, siempre podía contar con el carácter extrovertido, jocoso y totalmente atrevido de su compañera.

No podía pedir una mejor. Por muy difícil que se pusieran las cosas, ella siempre conseguía, de una forma o de otra, levantarle la moral.

Y últimamente lo necesitaba más que nunca.

No contaban con la presencia de Nahia y eso era difícil para toda la Escuadra.

Ninguno lo comentaba, pero Dafne sabía que no solo la echaban de menos, sino que necesitaban de su liderazgo y fortaleza.

A ella le había caído encima la responsabilidad de sustituir a su amiga en su ausencia y, aunque no era lo que quería ni había pedido, no tenía más remedio que soportar la carga.

Siempre había pensado que Taika tomaría el mando si no estaba Nahia, pero no había sido así.

El Felidae no quería liderar, así que esa labor había recaído en ella.

Lo hacía lo mejor que podía, pero era una carga que sentía a cada paso que daba, y más ahora que los rebeldes se contaban por miles.

Mientras observaba los barcos acercarse a la costa para desembarcar, Dafne apenas podía creer que hubieran conseguido semejante logro.

Aquellos barcos llegaban cargados con tropas de Kraido que habían desertado de los ejércitos de los cinco reyes dragones y se habían unido a la rebelión.

Organizarlo no había sido nada sencillo, pero lo habían logrado.

Los barcos eran de la flota de la ciudad estado de York.

Había tenido que negociar con Urrejaun y, para sorpresa de Dafne, habían conseguido llegar a un acuerdo.

El líder de la poderosa ciudad estado había accedido a ayudarles, por supuesto, a cambio de un precio.

Le había sorprendido sobre todo que alguien que hasta ese momento era enemigo ayudara ahora a los soldados de Kraido a huir de los dragones.

Era como si el oro pudiera borrar todos los malos recuerdos de los de York.

En ningún momento los embajadores habían echado en cara al nuevo reino rebelde que se estaba formando en el noreste del desierto que hubieran sido enemigos con anterioridad.

Era algo que a Dafne le costaba entender, pero parecía ser que en York el oro era más importante que los sentimientos.

Por fortuna para los rebeldes, los cofres de las tres ciudades que controlaban estaban llenos y habían podido usarlo en el trato.

—Bajemos a recibirlos —dijo Dafne abandonando sus pensamientos.

—Sí, recibámoslos como se merecen —alentó Lily.

El grupo descendió por un camino encrespado y largo entre los acantilados hasta una playa de rocas.

La escuadra estaba acompañada de un centenar de soldados de Kraido, en su mayoría Felidae, y otro centenar de Desher Tumaini que escoltaban a Aibin.

Llegaron hasta la playa y se encaramaron a una gran roca que hacía mucho tiempo que se había desprendido desde uno de los acantilados y ejercía como una pequeña montaña en mitad de la playa de piedras.

Los primeros navíos llegaron hasta la playa. Con premura, desembarcaron a todos sus ocupantes usando barcazas para unos pocos, mientras que la mayoría saltaba del barco y nadaba.

—Así me gusta, que muestren espíritu —dijo Lily al verlos saltar y nadar.

—Cuando el espíritu está elevado, el cuerpo lo sigue —comentó Ivo como si fuera un mantra.

—Sus corazones están llenos de esperanza, por eso no pueden esperar a desembarcar —dijo Taika.

—Una esperanza que no voy a decir que sea baldía, pero que creo que muy probablemente termine en una gran decepción —expresó Aiden.

—¿Qué parte de que si no tienes nada positivo que decir deberías mantener tu piquito de dragón cerrado no has entendido? —Lily le envió una mirada de enfado.

—Entiendo perfectamente lo que me has dicho, pero seguiré expresando mi opinión y puede que un día me lo agradezcas porque te salvará la vida a ti y puede que a todos —Aiden no se acoquinó.

—No nos viene mal tener una voz crítica en el grupo —dijo Taika—. Siempre es aconsejable tener un punto de vista diferente en una escuadra. No hay solo una verdad y contraponer opiniones es bueno y sano.

—Que yo sepa la verdad siempre es una. No hay dos verdades —replicó Dafne, que arrugaba la nariz.

—Hay tantas verdades como puntos de vista existen. Nadie es poseedor de la verdad absoluta y siempre es posible discutirla —se unió Ivo a Taika.

—No sé qué me produce mayor dolor de cabeza, si las barbaridades que suelta este cabeza de roca o las filosofadas de nuestro Tauruk —Lily sacudió la cabeza con fuerza, como si quisiera sacar lo que había oído.

—Concentrémonos en el trabajo que tenemos por delante, que es mucho y debemos hacerlo con rapidez. Lo último que necesitamos es que aparezca un dragón cuando estamos desembarcando a las tropas —dijo Taika.

—Como siempre tienes razón —dijo Dafne—. Mantengamos la cabeza fría y en su sitio y pongamos a salvo a todas estas tropas lo antes posible.

Un momento más tarde llegaban hasta ellos los primeros soldados rebeldes. Se acercaron hasta la roca en la que estaban, los miraron y con expresiones de esperanza preguntaron qué debían hacer.

Dafne señaló hacia el camino que subía por el acantilado.

—Debéis dirigiros a la pared de ese acantilado y subir por él. Encontraréis nativos del desierto que os indicarán por dónde ir. Cuando lleguéis arriba habrá un líder de los nativos del desierto que os indicará qué hacer.

Los soldados siguieron las instrucciones y comenzaron a subir por el acantilado.

Los primeros barcos soltaron a toda su carga en la playa rápidamente y abandonaron la zona para regresar a York.

El resto de los barcos fueron maniobrando y se posicionaron de forma lenta pero segura frente a la gran playa y los acantilados.

De pronto lo que había sido un pequeño desembarco se convirtió en uno masivo.

De una veintena de barcos cercanos a la playa saltaban soldados al agua y otros montaban en barcazas y remaban hacia la costa.

Lo que hacía un momento era una playa desierta con el mar enfrente ahora parecía un hormiguero inundado.

Los soldados rebeldes nadaban con todo su ser como si con cada brazada estuvieran un poquito más cerca de alcanzar la libertad.

Dafne observaba. Sabía que todavía les quedaba mucho por luchar para conseguir la tan ansiada libertad.

Sin embargo, estaban un poquito más cerca.

De estar en Kraido sometidos a los dragones a estar en Tremia en aquel momento nadando por la libertad había un abismo de diferencia y esto todos lo sabían.

Era lo que los motivaba a seguir adelante pese a que en breve tendrían que volver a luchar y sería contra los dragones, un enemigo mucho más poderoso que cualquier otro que se hubiesen encontrado hasta ese momento.

Esto todavía le daba más valor al esfuerzo de aquellos soldados.

Sabían que iban a tener que enfrentarse a los dragones y, aun así, nadaban con todo para hacerlo.

Dafne y sus compañeros de escuadra fueron indicando a todos los que llegaban a la playa lo que debían hacer. Grupo tras grupo los enviaron hacia la cima de los acantilados tan rápido como pudieron.

Una de las barcazas llegó hasta la playa sin soldados de Kraido, sino con soldados de York que acompañaban a un hombre mayor con una túnica elaborada.

Dafne lo reconoció.

—Embajador Ambros, no esperaba verte aquí.

—Me envía el ilustre Urrejaun, líder la ciudad estado de York.

—Los soldados llevan un cofre pequeño con ellos —susurró Lily a Daphne a la oreja.

Dafne observó a la escolta del embajador y vio el cofre.

—Encargaos vosotros de seguir dirigiendo a los que llegan, voy a hablar con el embajador —dijo Dafne a sus compañeros.

—Yo me encargo —dijo Taika.

Ivo y Aiden asintieron.

—Yo voy contigo, quiero saber qué pasa —dijo Lily a Dafne.

—De acuerdo, vamos.