Capítulo 24
Los dragones raudos les dieron alcance y se situaron dos a cada lado. Con la cabeza les hicieron gestos para que descendieran.
Nahia se aferró a la silla de Eki.
«¿Qué hacemos?».
Eki observó a los cuatro dragones.
«No sabemos qué quieren. Hasta que lo averigüemos lo más prudente será colaborar».
Nahia señaló a los jinetes con un gesto.
«Son nuestra escuadra aérea, son amigos».
Eki asintió.
«Eso también».
Logan observó a sus compañeros de la Escuadra Meteorito.
«Bajemos y veamos qué quieren».
Aroa perdió un poco de altura.
«Es lo más sensato», convino.
Descendieron sobre una planicie despejada. Aroa y Eki se mantuvieron juntos, mientras los otros cuatro dragones raudos tomaban tierra ante ellos y formaban un semicírculo que los encaraba.
Tilsa, Morgana, Faden y Sarmas saludaron con la cabeza, y Nahia y Logan correspondieron al saludo. Nahia quería preguntar a sus compañeros qué sucedía, pero la etiqueta lo prohibía, eran los dragones quienes debían entenderse primero.
Aroa saludó ladeando la cabeza en tono cordial, como si no sospechara que algo malo ocurría.
«¿A qué se debe esta agradable sorpresa?».
Zuri-Azkar-Bi, el señor dragón blanco de Morgana, dio un paso al frente.
«Nos han enviado a encontraros».
Aroa irguió el cuello, fingiendo sorpresa.
«¿A nosotros? ¿Quién?»
«Zaldi-Beltz-Lehen, comandante de Jadrakos».
Aroa restó importancia con un gesto del ala.
«Oh, no hacía falta. Regresaremos pronto».
Azkar-Gorri-Bat, la dragona señora de Tilsa batió las alas una vez.
«Tenemos orden de llevaros de vuelta de inmediato».
Eki irguió el cuello.
«Me extraña. ¿No podemos terminar nuestra misión? Es importante, es una misión del Gran Oráculo».
«Lo sabemos. El comandante no nos la ha explicado, pero la orden es que os llevemos de inmediato» insistió Azkar-Gorri-Bat.
Se produjo un momento muy tenso.
Eki suavizó el tono y trató de sonsacarles algo.
«Si hay tanta urgencia, debe de ser un asunto grave».
Zuri-Azkar-Bi agitó la cola.
«No tenemos información específica. Solo nos han ordenado venir a buscaros, rastrear el territorio Masig y Usik, encontraros y llevaros de vuelta ante el comandante».
Azkar-Gorri-Bat resopló.
«Se subrayó la importancia de la inmediatez».
Aroa ladeó la cabeza.
«¿Podéis decirnos qué ocurre? Somos amigos, hemos compartido escuadra, hemos combatido juntos y hemos arriesgado la vida por el reino».
«Somos amigos, y te aseguro que, si supiéramos qué ocurre, ayudaríamos» respondió el dragón marrón Marroi-Hiru-Azkar, el dragón señor de Faden.
«En mi opinión, tiene que ver con la misión que os encomendó el Gran Oráculo», aventuró el dragón azul Lau-Azkar-Urdin, señor dragón de Sarmas.
Eki ladeó la cabeza.
«Esa misión no la hemos terminado del todo. Por eso os pedíamos algo de tiempo».
«Eso no va a ser posible. La orden es clara: de inmediato y sin perder tiempo». insistió Azkar-Gorri-Bat.
Aroa inclinó la cabeza.
«No tardaríamos demasiado. ¿Nos podéis dar unos días?».
Zuri-Azkar-Bi titubeó.
«En otra situación no te diría que no, pero es que hemos hallado varios dragones muertos en territorio Masig y eso vuelve crítica la situación».
Eki se removió.
«Nosotros no hemos tenido nada que ver con eso», mintió lo mejor que pudo.
«Puede que no, pero nos mandaron al territorio Masig a encontraros y lo que hallamos fueron dragones muertos. Comprenderéis que por mucho que seamos compañeros no podamos pasarlo por alto, las dos cosas podrían estar relacionadas».
Como eran los dragones quienes hablaban, Nahia no podía intervenir, y eso le carcomía las entrañas.
Sabía que, si pudiera hablar con sus compañeros los convencería sin la menor duda.
Es más, estaba segura de que los jinetes ya simpatizaban con la rebelión.
El problema eran sus dragones, que aún no se habían sumado. La situación era enrevesada.
Azkar-Gorri-Bat levantó el morro.
«No os resistáis. Tenemos orden de llevaros por la fuerza si hace falta y eso es justo lo que no queremos. Como bien has dicho, somos compañeros, hemos luchado juntos y casi morimos por los dragones. No es momento de pelear entre nosotros».
Aroa retrocedió medio paso.
«¿Lucharíais contra nosotros?».
Se hizo un silencio en el que los cuatro dragones se miraron entre sí.
Marroi-Hiru-Azkar alzó la vista al cielo.
«Aunque os dejáramos marchar enviarían otras escuadras con la misma orden, y a nosotros nos capturarían por haberos soltado. El comandante no es ningún necio, sabe que os encontraremos y si volvemos con las manos vacías sabrá que no hemos cumplido. Y eso es traición. Nos condenaría a todos».
«Estoy seguro de que tenéis vuestras razones, y no quiero conocerlas. Bastantes problemas tenemos ya. Venid con nosotros a Jadrakos por las buenas y allí lo aclararéis todo», añadió Lau-Azkar-Urdin.
Zuri-Azkar-Bi clavó en ellos la mirada.
«Vuestras intenciones y vuestras lealtades son cosa vuestra. No vamos a discutirlas, aunque jugáis a algo muy peligroso y podría salir mal», advirtió.
Por el tono de la conversación y por lo que decían los dragones, Nahia comprendió que, en efecto, sus jinetes habían hablado de la rebelión.
Quizá sus simpatías no estuvieran del todo de su lado, pero al menos asomaban.
Que no se mostraran tajantemente en contra y que su actitud no fuera agresiva pese a la orden, le indicó que tal vez ya no estaban tan del lado de los dragones como debían.
Y eso, pese a la situación actual, era un avance.
Eki bajó la voz mental y se dirigió solo a Aroa, Nahia y Logan.
«¿Qué queréis hacer?».
Aroa sacudió las alas replegadas.
«Si nos llevan ante el comandante vamos a tener problemas serios. Lo intuyo».
Logan frunció el ceño.
«Pero si no vamos tendremos que enfrentarnos a ellos, y eso no está bien».
Nahia apretó la mandíbula.
«No está bien, pero tampoco deberían ponernos en esta situación. Estoy segura de que nuestros compañeros nos dejarían marchar, están con nosotros, con la rebelión. El problema son los dragones raudos que montan, que aún no se deciden a pasarse a nuestro lado».
Aroa giró la cabeza hacia el grupo.
«También debemos tener en cuenta lo que han dicho sobre las otras escuadras. Si nos negamos, nos dejen marchar o no, enviarán más y será mucho peor. El comandante sabrá lo que hemos hecho y nos condenará».
Nahia bajó la mirada.
«No quiero luchar contra ellos ni empeorar las cosas, pero me siento fatal por no avisar a nuestros compañeros del desierto».
Eki le rozó la pierna con el ala.
«Yo diría que es muy poco probable que la noticia no les llegue. Piénsalo».
Los cuatro reflexionaron un momento. Nahia respiró hondo y se dirigió a los suyos.
«Está bien. Vayamos con ellos. Entendamos qué quiere y en qué lío estamos metidos, que me imagino que en uno bien gordo».
Eki asintió con un movimiento de la cabeza.
«Es lo más inteligente ahora mismo. Si las cosas se complican en Jadrakos, ya buscaremos la forma de enderezarlas».
Zuri-Azkar-Bi se adelantó.
«¿Habéis tomado una decisión?».
Eki irguió la cabeza.
«Sí. Os acompañaremos, no queremos problemas entre nosotros».
Los cuatro dragones resoplaron y sacudieron las alas dejando salir la tensión acumulada. No confiaban en que aquello acabara en buenos términos.
«Muy bien. Iremos a la perla de los bosques de los Usik, abriremos un portal y cruzaremos al Continente Renacido.
Desde allí usaremos la gran perla para regresar a Kraido.
Una vez allí pondremos rumbo a Jadrakos y nos presentaremos ante el comandante, como ha exigido», estableció la ruta Zuri-Azkar-Bi.
«Adelante. Os seguimos», envió Aroa.
Los cuatro dragones alzaron el vuelo y un instante después lo hicieron Aroa y Eki.
Mientras volaban hacia los bosques de los Usik, Nahia cayó en la cuenta de que volvían a formar la Escuadra Meteorito al completo, como en los tiempos de Jadrakos y el combate en el mundo de los gryphos.
La gran diferencia era que ahora no existía confianza entre ellos, al menos no entre los dragones.
La desconfianza había partido en dos a la Escuadra Meteorito y volver a unirla se le antojaba muy difícil.
El viaje hasta Jadrakos resultó sencillo. Ningún dragón les puso pega alguna en todo el trayecto. Al fin y al cabo, eran una escuadra aérea de dragones raudos al completo y nadie iba a meterse con ellos.
Cuando llegaron descendieron en la plaza, frente al castillo de los dragones y aguardaron. Mientras esperaba, Nahia miró a Logan y él le devolvió una mirada de seguridad. Ella la interpretó como solía hacerlo siempre, debía mantenerse firme. Y lo haría, pasara lo que pasase a continuación.
Aguardaron en tensión. Aroa y Eki miraban hacia el castillo y sus cuatro compañeros de la Escuadra Meteorito se situaron tras ellos como guardaespaldas o, esta vez, como guardias.
Zaldi-Beltz-Lehen salió del castillo con su jinete montado sobre el lomo.
Una escuadra de dragones raudos los seguía a modo de guardia de honor.
Aquello le dio muy mala espina a Nahia. El comandante solía presentarse acompañado únicamente de su jinete, no era normal que lo escoltara una escuadra al completo.
Y, por si fuera poco, una segunda escuadra descendió desde la parte trasera del castillo y se colocó detrás de la Escuadra Meteorito.
Nahia vio a Logan mirar primero a la de delante y después a la de detrás, y hacer un gesto de disgusto.
Ella captó el gesto e hizo otro en el mismo sentido. La cosa se ponía fea.
«Mantengamos la calma y respondamos con inteligencia», intentó tranquilizar Eki.
«En tal caso, mejor que respondas tú a lo que quiera saber», dijo Aroa.
Eki no dijo nada. A través del vínculo que los unía a Nahia le llegó su preocupación y su pesadumbre, aunque por debajo de aquellos sentimientos una fuerza pugnaba por abrirse paso.
Zaldi-Beltz-Lehen se detuvo ante ellos con su comitiva y los examinó de arriba abajo. Su jinete, Droken, los escrutó también, como si tratara de leer en ellos si de verdad eran culpables del crimen que se les imputaba y desconocían.
«Bienvenidos a los cuatro. Veo que mis dragones raudos de la Escuadra Meteorito han cumplido sin dilación la misión que les encomendé, como debían», dijo Zaldi-Beltz-Lehen.
El comandante se volvió hacia los cuatro dragones y éstos agacharon la cabeza en señal de respeto.
«No tenía dudas de que cumpliríais, pues sois dragones honorables.
También me alegra no haber tenido que enviar otras escuadras a buscaros, pero no os engañéis: lo habría hecho si no hubieseis obedecido.
Eso se considera traición, y la traición se castiga con la muerte.
Lo sabéis, pero os lo recuerdo a todos, por si acaso».
Zaldi-Beltz-Lehen calló un momento, alargando la tensión antes de dirigirse a Aroa, Eki, Nahia y Logan. Los miró de nuevo con detenimiento.
«Os preguntaréis por qué os he hecho venir con tanta urgencia».
«Nos ha sorprendido un requerimiento tan urgente, señor», expresó Eki.
«Partisteis en una misión para el Gran Oráculo también urgente, y, por lo visto, no habéis logrado vuestro objetivo».
«La misión era complicada, comandante. Aún no la hemos terminado, pero hemos avanzado mucho», respondió Eki.
Zaldi-Beltz-Lehen asintió varias veces.
«Eso no me corresponde valorarlo. El Gran Oráculo me ha indicado que debéis presentaros ante él».
Eki fingió un sobresalto.
«¿Sucede algo?».
«Si el Gran Oráculo requiere algo, se cumple sin más y no se cuestiona. Ignoro qué desea y por qué os ha hecho llamar con tanta urgencia. Lo único que sé es que ha exigido que su orden se cumpla al pie de la letra y que se os trajera».
«¿Ha dicho el Gran Oráculo por qué?».
Zaldi-Beltz-Lehen golpeó el suelo con la cola.
«No lo ha hecho. Aunque he de admitir que es una petición un tanto severa, así que algo grave debe ocurrir».
«Entiendo. Si el Oráculo necesita vernos de inmediato, estamos dispuestos. Será un honor atender su llamada», disimuló Eki.
«Esa es la respuesta que esperaba de vosotros. Por eso mismo, porque sé que sois honorables, envié a vuestra propia escuadra y no a otra. Sabía que haríais lo correcto. Espero que no me defraudéis ahora».
Eki inclinó la cabeza.
«No lo haremos, señor», aseguró.
Nahia seguía la conversación con atención.
Con cada palabra del comandante, más se convencía de que estaban metidos en un lío enorme.
El Oráculo quería verlos con demasiada premura y eso solo podían ser malas noticias.
También advertía que Zaldi-Beltz-Lehen, por mucho que quisiera aparentar que se fiaba de ellos y los tenía por honorables, albergaba una clara duda en los ojos y en la voz.
Algo ocurría, algo que no les contaba y su antigua confianza se desvanecía.
Y eso no les convenía nada. Zaldi-Beltz-Lehen regía Jadrakos y era una de las figuras más importantes de Kraido.
Aparte de los cinco reyes dragón que gobernaban sus reinos en las nubes y en tierra, el comandante de Jadrakos y el coronel de Drakoros eran las figuras de mayor poder.
Y, por supuesto, el Gran Oráculo, que sin ostentar rango militar podía requerir y dar órdenes tanto a los comandantes como casi a los propios reyes, aunque éstos se resistían.
«El Gran Oráculo está a la espera de una gran visión, una de enorme transcendencia y que os incumbe.
Ahora mismo no puede ser molestado pues se encuentra en trance absoluto.
Debéis permanecer en Jadrakos hasta que la visión se dé.
Cuando ocurra, el Gran Oráculo querrá veros de inmediato y debéis estar aquí y disponibles.
Ha sido muy explícito, de ahí la urgencia».
Nahia empezaba a entender lo que pasaba y la gran visión que el Oráculo esperaba no le gustaba lo más mínimo. Seguro que no veía cosas buenas de ellos. El problema era que no podían hacer nada al respecto. Tenían que cumplir las órdenes, que además eran explicitas.
Eki así lo entendió también.
«Cumpliremos con los deseos del Gran Oráculo, comandante».
«No esperaba menos. Sois libres de deambular en Jadrakos, pero no podéis marchar».
«Lo entendemos, señor».
«Muy bien, id a descansar. Os avisaré cuando el Gran Oráculo tenga su visión y me contacte».