Capítulo 23 #2
«Si vamos a los desiertos perderemos mucho tiempo y es más que probable que lo paguemos», advirtió Aroa.
«El Gran Oráculo puede incluso ver o prever lo que hacemos. Si descubre que ponemos rumbo a los desiertos para avisar a tus compañeros rebeldes, estaremos acabados», razonó Eki.
—En cualquier caso, si volvemos y le mentimos a la cara al Gran Oráculo, si le decimos que no hemos encontrado nada aquí, también nos costará muy caro —replicó Nahia.
Eki entrecerró los ojos.
«Tendremos que pensar una verdad a medias que resulte convincente. No creo que podamos mentirle, pero podríamos decirle que hemos encontrado el gran mal, que sabemos qué es y quién lo tiene, pero que no hemos podido hacernos con él porque es demasiado poderoso».
Nahia se volvió hacia Logan.
—Es una buena excusa. No sé si bastará, pero podríamos usarla. En parte es verdad, tanto Iruki como Asti nos vencieron la primera vez que nos enfrentamos a ellas.
—Lo que se preguntará el Gran Oráculo es por qué seguimos con vida —comentó Nahia.
«Sí, y ahí es donde tenemos que inventar la mentira a medias convincente», explicó Eki.
En ese momento, un dragón pasó sobre sus cabezas a gran velocidad. Los cuatro alzaron la vista.
Nahia entornó los ojos.
—¿Crees que nos ha visto?
«No lo sé, pero me preocupa más otra cosa», expresó Eki.
Aroa siguió el punto con la mirada.
«Era un dragón raudo».
«Eso es».
Nahia se protegió los ojos del sol.
—Yo no lo he podido ver bien. ¿Llevaba jinete?
Logan asintió.
—Sí, era un dragón raudo con jinete.
—Vaya, eso es de lo más extraño. ¿Qué hace un dragón raudo por aquí? —se sorprendió Nahia.
Apenas formuló la pregunta, la respuesta le acudió a la mente.
—Nos buscaba a nosotros.
«Sería lo más lógico, sí».
—Ha pasado de largo, quizá no nos haya visto —deseó Nahia en un intento de ser optimista.
«Esperemos que así sea, porque si es un dragón raudo y nos busca, lo más probable es que lo haya enviado el comandante de Jadrakos».
Logan frunció el ceño.
—¿Crees que pueden saber lo que ha ocurrido?
Aroa resopló.
«Podría ser. Matamos a esos dragones hace ya unos días. Pueden haberlos encontrado o alguien pudo vernos».
«No deberíamos especular tanto. No sabemos a ciencia cierta si ese dragón raudo nos buscaba, ni si tiene que ver con lo sucedido con los Masig», razonó Eki.
Observaron los cielos un buen rato, atentos por si aquel dragón raudo regresaba. No ocurrió nada y se relajaron. No del todo, pero un poco.
Nahia se cruzó de brazos.
—Tenemos que decidir si vamos o no a los desiertos. Mi voto es que sí. Quiero advertir a mis amigos, no quiero que mueran.
«Entiendo tus sentimientos, pero es muy probable que las noticias de las huestes lleguen a ellos antes que nosotros.
El rumor ya correrá por toda Tremia. Ellos están en el extremo sureste del continente y los dragones han entrado por el noroeste.
Si lo pensamos con cabeza, debemos concluir que lo sabrán mucho antes de que lleguemos a avisarles», razonó Eki.
Nahia resopló.
—Cuando te pones tan inteligente y racional es difícil discutir contigo. Pero una cosa es que sea lo más probable y otra que quiera asegurarme.
«Asegurarte significa ponernos a los cuatro en peligro, porque el Gran Oráculo puede crearnos un grave problema».
Nahia se mordió el labio.
—Bueno, eso también es una suposición, no tiene por qué ser así. Tu verdad a medias es bastante buena.
El dragón raudo volvió a pasar sobre sus cabezas. Esta vez todos lo vieron.
—¿Es el mismo? —preguntó Nahia.
—Sí, lo es —confirmó Logan.
—Pues eso no es nada bueno.
«En efecto, no lo es», convino Eki.
—Será mejor que nos marchemos de aquí —dijo Nahia.
«De acuerdo», convino Eki.
Nahia montó sobre Eki y Logan sobre Aroa. Un instante después se lanzaban al aire y se elevaban hacia las alturas. Pusieron rumbo al este sin haber terminado de decidir qué harían.
Ante ellos el cielo se extendía despejado Los dos dragones batieron las alas y surcaron el aire.
Nahia miró hacia atrás, pero no vio al dragón raudo y se tranquilizó. Quizá todo fuera una simple coincidencia y solo estuviera sobrevolando la zona en otra misión.
Continuaron adelante. No volaban demasiado rápido, sino a un ritmo de travesía tranquilo, para ahorrar fuerzas.
De súbito, dos dragones raudos aparecieron a su espalda acercándose a gran velocidad.
Logan miró por encima del hombro.
—Tenemos compañía —advirtió.
«Los he visto», confirmó Eki.
«Sigamos volando con naturalidad. Quizá no vengan a por nosotros», envió Aroa.
Un momento más tarde, otros dos dragones surgieron en la distancia y poco a poco se unieron a sus perseguidores.
Nahia contó los puntos en el cielo.
—Ya son cuatro. Esto no me parece una coincidencia.
«No, no es ninguna coincidencia», convino Eki. Miró hacia atrás y comprobó que los cuatro se mantenían a una distancia prudente.
Continuaron el vuelo y entonces todo cambió. Los cuatro perseguidores aceleraron y les dieron caza.
Nahia se giró en la silla y miró a los cuatro dragones que se aproximaban. Los reconoció de golpe: eran sus compañeros de Jadrakos, la Escuadra Aérea Meteorito.