Capítulo 23
Nahia, montada sobre Eki, dejaba atrás la parte norte de los bosques Usik.
Ya se habían despedido de Asti y los suyos, y ahora esperaban reunirse con Logan y Aroa.
Al hacerlo habían acordado que, una vez terminaran de inspeccionar sus respectivas zonas, se encontrarían a mitad de camino entre los bosques Usik y las estepas Masig.
Como Tremia era inmensa, para simplificarlo habían decidido reunirse sobre el río Utla.
Mientras volaban a Nahia la invadió una alegría contenida, surcaban de nuevo los cielos despejados, libres de dragones. Las experiencias con los Usik habían sido de lo más intensas y aquel sosiego entre nubes, en un firmamento azul moteado de blanco, le relajaba el espíritu.
La calma le duró poco. Pensó en Logan y la preocupación regresó.
No sabía qué vivencias habría tenido desde que se separaron.
Esperaba que estuviera bien, aunque, si ella había sufrido momentos tan intensos con la tribu de piel verde, se imaginaba que él también habría tenido sus dificultades con los de piel roja.
No tenía por qué ser así, pero, con los tiempos que corrían y las huestes de dragones tan cerca, todo apuntaba a que más de un problema habría encontrado.
Decidió no darle más vueltas, pues cuanto más lo pensaba, más se inquietaba.
«¿Todo bien?», preguntó Eki, que había captado su intranquilidad a través del vínculo que los unía.
«Sí, todo bien. Bueno, ya sabes, estoy un poco preocupada por Logan y Aroa», Nahia se removió en la silla.
Eki dejó escapar un suave resoplido.
«Te entiendo, yo también. Pero estoy seguro de que se encuentran bien. Tanto Logan como Aroa son inteligentes y fuertes, saldrán adelante sea cual sea la situación».
Nahia frunció el ceño.
«Yo también quiero pensar eso, pero ya ves lo que nos pasó a nosotros cuando menos lo esperábamos».
Eki volaba con calma, batiendo las alas con suavidad rítmica.
«Si nos guiamos por las experiencias pasadas y por todo lo que hemos crecido con ellas, tanto Logan como Aroa son ahora capaces de hacer frente a cualquier problema que se les presente en territorio Masig».
Nahia esbozó media sonrisa.
«Cualquier problema, excepto una hueste de cien dragones».
Eki soltó un gruñido grave.
«Sí, cualquier problema menos ese».
No hablaron más del asunto. Ambos desearon que todo les fuera bien a sus compañeros y pusieron rumbo al gran río Utla.
Cuando lo divisaron en la distancia, la belleza de aquella enorme serpiente azul sorprendió a Nahia.
Descendía desde tierras norghanas y se internaba casi hasta territorio de Rogdon.
Nahia se asomó por el costado de Eki para observar mejor aquella maravilla de la naturaleza.
«Qué río tan hermoso», comentó.
«Lo es. Bello, caudaloso y fuente de vida para todas las tierras que surca».
Nahia oteó la forma interminable que trazaba sobre los verdes prados.
«¿Dónde crees que deberíamos esperar? No los veo».
«Yo vuelo directo hacia el noroeste, y entiendo que Aroa descenderá siguiendo una trayectoria sureste. Deberíamos encontrarnos justo donde voy a cruzar el río».
«Entiendo. Bien pensado».
Y tal como había previsto el dragón plateado, encontraron a Aroa y a Logan volando sobre las aguas, en el lugar que Eki esperaba.
«¡Ahí están!», exclamó Nahia y los señaló con la mano.
Eki viró con suavidad.
«Tienen buen aspecto. No los veo en apuros».
Llegaron hasta donde volaban y se pusieron a su altura.
Nahia se inclinó hacia ellos.
—¿Estáis bien? —preguntó.
—Estamos muy bien —respondió Logan.
Nahia hizo una mueca.
—Hemos tenido algunas experiencias desagradables en los bosques de los Usik, por eso lo pregunto.
—Nosotros también en las praderas de los Masig —confirmó Logan.
Nahia suspiró.
—Vaya, lo que me imaginaba.
Aroa giró el cuello hacia ellos.
«Nos habéis encontrado bien, ¿verdad?».
«Estabas justo donde pensaba que estarías», confirmó Eki.
Aroa asintió con la cabeza.
«Hemos volado río arriba y río abajo, un trecho hacia el sur y luego de vuelta hacia el norte, siempre sobre las aguas, para asegurarnos de que os encontraríamos», explicó.
«Bien hecho. Ha funcionado. Tomemos tierra y pongámonos al día», sugirió Eki.
«De acuerdo. Hay un bosque cercano río arriba, hacia el norte. Descendamos allí», la dragona blanca movió la cabeza en esa dirección.
Aroa abrió camino y los demás la siguieron. El bosque de robles apareció tal como ella había anunciado, y tomaron tierra en mitad de la espesura, en un claro por el que discurría un pequeño riachuelo que debía proceder del Utla.
Logan y Nahia desmontaron a toda prisa y se fundieron en un abrazo que culminó en un beso intenso, lleno de amor.
—No sabes cómo me alegra el corazón verte —murmuró Nahia sin soltarlo. Cada instante lejos de él la pesaba y la inquietud crecía con la distancia.
—Más se alegra el mío —Logan le dedicó una sonrisa.
Nahia arqueó una ceja.
—No sé yo si eso es así, pero más te vale.
Logan le apartó un mechón del rostro.
—Te aseguro que es así. No se me dan bien las palabras, pero sabes de sobra que mi corazón es tuyo y que, cuando no estamos juntos, teme por ti.
Nahia rio.
—Bueno, no se te dan bien, pero vas mejorando. Sigue, sigue.
Logan le tomó el rostro entre las manos.
—Verte aquí, delante de mí, sana y salva, poder abrazarte y besarte… me hace sentir pleno.
Nahia sintió que el corazón se le derretía y volvió a besarlo.
Eki y Aroa se saludaron con afecto y observaron el intercambio entre Nahia y Logan.
«Los humanos son de lo más expresivos», comentó Eki.
Aroa plegó las alas.
«Sobre todo si los comparamos con los dragones».
Eki mantuvo la mirada en los dos humanos.
«A nosotros nos han enseñado a mostrar solo fortaleza, ni siquiera inteligencia, nada más que poder. Los humanos, en cambio, expresan lo que sienten».
«Sí, sobre todo cuando es amor. En eso somos muy distintos a ellos».
«El amor se considera una debilidad entre los dragones, y ya sabes que ningún dragón soporta la debilidad».
Aroa dejó caer la cabeza.
«Sí. Hay muchas cosas que los dragones hacemos mal y debemos cambiar. Cuanto antes empecemos, mejor».
Eki percibió que lo decía con un poso de tristeza. Ladeó su enorme cabeza.
«¿Te ha ocurrido algo?», preguntó, pues ya lo intuía.
Aroa agachó el morro.
«Sí. Ha ocurrido algo que cambia las cosas. Y las cambia mucho».
Logan se acercó a la dragona blanca y le posó la pata sobre el torso.
—La culpa de lo sucedido es mía. Yo la forcé a hacerlo.
Aroa apoyó el morro contra él.
«No, no es tu culpa, Logan. Era lo correcto, lo que había que hacer».
Nahia se acercó a ellos.
—Contadnos qué ha sucedido.
Aroa les relató lo ocurrido con los Masig, cómo habían intervenido y cómo habían acabado matando dragones.
Lo hizo con tristeza, sin ocultar cuánto le pesaba.
Aun así, les repitió que no había habido otra opción.
Aunque le dolía en el alma, sabía que era la forma correcta de actuar y que de tener que repetirlo, lo haría sin pensárselo dos veces.
Nahia le acarició el costado.
—No es culpa tuya, Aroa. Es culpa de esos dragones desalmados.
Eki se aproximó a la dragona.
«Siento que hayas tenido que pasar por esto, Aroa.
Sé que es una experiencia durísima, y más para ti, que tienes un corazón noble.
Eres una matriarca en espíritu, una dragona que aporta vida, no muerte.
Por eso sé que esto es aún más duro para ti que para cualquier otro dragón, pero déjame decirte que has hecho lo correcto».
Aroa clavó la mirada en Eki.
«¿De verdad lo crees? ¿De verdad crees que he hecho lo correcto?».
Eki inclinó la cabeza.
«Sí, así lo creo. Y sé el peso que has tenido que cargar».
«¿Habrías hecho tú lo mismo en mi lugar?».
Eki guardó silencio un instante.
«Es una pregunta difícil. Si lo analizo con frialdad, y me conozco bien, en esa situación creo que habría llegado a la misma conclusión que tú.
Solo había una forma de actuar, había que evitar que mataran a todos esos Masig.
Había que defenderlos, y si para ello hacía falta luchar contra los dragones, lo habría hecho».
Nahia miró a Eki con orgullo. Cada vez veía más claro que el corazón del dragón plateado era noble y que siempre actuaría conforme a él.
«Tarde o temprano tenía que pasar. No podíamos mantenernos al margen de este conflicto para siempre. No te sientas mal, Aroa. Tienes todo mi apoyo y toda mi comprensión», reconoció Eki.
Nahia se sentó sobre una roca.
—Nosotros también hemos tenido dificultades en los bosques de los Usik.
Logan se cruzó de brazos.
—Adelante, contádnoslo.
Nahia les explicó todo lo ocurrido: la traición de los Brujos Pájaro, la espada Ilenia y lo que habían descubierto al hablar con el general que estaba al mando de la hueste de dragones.
Logan silbó por lo bajo.
—Vaya, así que habéis estado ocupados. Ya tenemos respuesta a algunas de las preguntas que nos hacíamos Aroa y yo.
—Te refieres a las huestes de dragones… —adivinó Nahia.
Logan se pasó la mano por el pelo.
—Así es. Ahora sabemos que son cuatro. Son muy malas noticias para todas las gentes de Tremia.
—Sí, no podrían ser peores —reconoció Nahia, y bajó la cabeza.
—¿Qué hacemos? —preguntó Logan.
Nahia apretó los puños.
—Quiero advertir al Escuadró Rojo. Dafne, Lily y los demás tienen que saber esto.
«Eso va en contra de lo que deberíamos hacer. Estoy seguro de que el Gran Oráculo ya está impaciente por recibir noticias nuestras», rebatió Eki.
Aroa frunció el ceño.
«Teníamos órdenes de venir a investigar y regresar deprisa. Si no las cumplimos, podemos sufrir graves repercusiones».
Nahia dio un paso hacia ellos.
—Pero hay que avisar a los rebeldes de Kraido en los desiertos, o se encontrarán con una hueste de dragones a las puertas de sus ciudades.
Logan asintió con gravedad.
—Como les ha ocurrido a los Usik y a los Masig…
Nahia negó con la cabeza.
—Mucho peor. A los dragones los Usik y los Masig les dan igual, los rebeldes de Kraido sí que les importan y harán todo lo posible por destruirlos. Los aniquilarán si pueden. Por eso digo que tenemos que volar a los desiertos.