Capítulo 22
Ingrid miró a Lasgol, que permanecía callado.
—¿Qué opinas, Lasgol? —preguntó.
—Quiero regresar a Norghana con vosotros cuanto antes, pero al mismo tiempo no me parece bien abandonar a estas gentes a su suerte. Haradin tiene razón, nosotros podemos defenderlos de los dragones que aparezcan en vuelos de reconocimiento —elaboró él.
—Eso lo dices porque estos son amigotes tuyos —apuntó Viggo, y le dio un codazo.
—Mmm… —murmuró Lasgol y bajó la cabeza—. No voy a negar que, en efecto, son buenos amigos y que les debo mucho. Eso también pesa en mi forma de ver esta situación. Por eso mismo no he querido imponer mi opinión, decidáis lo que decidáis, estoy con vosotros —buscó los ojos de Ingrid.
«Yo no conocer estos amigos nuevos, pero pensar que nosotros tener que ayudar. Un día poder ser al revés y nosotros necesitar ayuda de nuevos amigos. Mucha gente que no poder luchar contra dragones poder morir si nosotros no ayudar».
Camu los miró a todos con sus grandes ojos.
—Pues ya lo ha soltado el bicho —dijo Viggo, y alzó los brazos al cielo. Sabía que con aquel pequeño discurso la criatura habría convencido a sus compañeros.
—Yo estoy con Camu y Lasgol —dijo Gerd.
—¡Cómo no! Aquí el grandullón de corazón sensible no puede abandonar a inocentes en peligro —Viggo torció el gesto con ironía.
Ingrid miró a Nilsa, y esta asintió con la cabeza uniéndose a la propuesta.
—Está bien, os ayudaremos —dijo Ingrid asintiendo—. Llevaremos a vuestras gentes hasta los refugios de la cordillera este.
—No podremos pagároslo. Gracias, de verdad —Aliana se llevó una mano al pecho.
—Sois bravos y de gran corazón, no olvidaremos esto —aseguró Komir.
—Es lo correcto —Ingrid endureció el gesto—. Las Panteras de las Nieves no abandonan a nadie en peligro.
—Eh, a mí no me incluyas, que yo sí dejaría a todos estos en el peligro que fuera si no me conviniera —replicó Viggo.
—Calla y no digas tonterías, merluzo, que todos sabemos que no es lo que sientes de verdad —Ingrid le clavó la mirada.
—Muy bien, regresemos a las entradas. Los espadas reales tienen cada uno un mapa con los refugios a los que deben llegar.
Debéis reuniros con ellos, y transportar y acompañar a los civiles hasta esos refugios de la montaña.
La última parte de la travesía será algo más complicada, pues hay que subir por la cordillera este, que es tremendamente alta.
No lo será para vosotros, pero sí para los que huyen.
Una vez hayáis puesto a salvo a todos, solo tenéis que pedir que os indiquen uno de los pasos secretos y, desde allí, seguir hasta el río Utla.
—Así lo haremos, Haradin —dijo Lasgol.
—Gracias, Panteras de las Nieves. Ha sido un placer y un honor conoceros.
Algo me dice que volveremos a encontrarnos en un futuro no muy lejano.
Contad con la gratitud y amistad no solo nuestra, sino de todo el reino de Rogdon.
Informaré al rey Gerart de vuestra valentía y enorme honor —Haradin se llevó una mano al corazón.
—No hay por qué darlas. Ha sido un placer conoceros —Ingrid le tendió la mano y el mago la tomó.
Lasgol fue hasta Haradin y lo abrazó con fuerza.
—Ten cuidado. El camino es largo y peligroso —Haradin le sostuvo la mirada.
—Siempre lo es —respondió Lasgol con una sonrisa.
—En efecto, siempre lo es —Haradin devolvió la sonrisa.
Luego Lasgol fue hasta Komir y le dio un abrazo.
—Espero que los norriel estén bien —deseó Lasgol—. Estoy seguro de que os necesitaremos para derrotar a los dragones.
—Ya sabes que siempre puedes contar conmigo, con mi espada y con el pueblo norriel. Bajaremos de nuestras tierras altas y te ayudaremos —Komir apretó el pomo de su espada.
Luego Lasgol se giró hacia Aliana, y ella le dio un gran abrazo y un beso en la mejilla.
—Cuídate mucho, Lasgol. Prométeme que volveremos a vernos.
—No te preocupes, Aliana. Volveremos a vernos y acabaremos con los dragones —dijo Lasgol.
—Muy bien dicho. Cuenta con nosotros para eso —Komir levantó su espada al aire.
Los dos grupos se separaron tras unas sentidas despedidas. Tanto las Panteras de las Nieves como Aliana y Komir intuían que aquella amistad recién nacida sería larga y tremendamente importante no solo para ellos, sino para sus reinos y, probablemente, para Tremia.
Con la llegada del amanecer, las Panteras de las Nieves retomaron sus labores en la huida y contactaron con los espadas reales que dirigían la operación. Camu y Ona se unieron a Lasgol y su grupo, mientras que Argi fue con Gerd.
—¿Cómo organizamos esto? —preguntó Lasgol al espada a cargo. Tuvo que hacérselo entender por señas.
El espada le mostró en el mapa a dónde debían ir. Luego le hizo entender a Lasgol que sería mejor que él y las criaturas cerraran la huida ya que, de llegar algún dragón, lo más probable era que lo hiciera desde la ciudad que dejaban atrás.
Lasgol comprendió lo que le decía. Quería que se quedara atrás, para cubrir la retaguardia y enfrentarse a cualquier dragón que apareciera.
—Me parece lo más acertado, sí —Lasgol asintió.
El espada señaló a varios soldados que estaban con él. Luego, por gestos le hizo saber a Lasgol que iba a ir dejando soldados a lo largo del camino, de forma que los civiles no se perdieran, y enrolló el mapa.
—Bien pensado y bien organizado. Digno de un auténtico rogdano —dijo Lasgol asintiendo y le hizo un gesto de conformidad.
El espada asintió y Lasgol vio en sus ojos el brillo del orgullo de ser rogdano. Para lo bueno y para lo malo eran así: eficientes y cabezas cuadradas.
Lasgol se volvió hacia Camu.
—Nos quedaremos al final de la columna.
«De acuerdo. No problema». Camu agitó la cola.
Los tres corrieron hacia donde los ciudadanos de Rilentor huían por la salida que les habían asignado.
Tuvieron que aguardar un buen rato más, hasta que los últimos hubieron salido de la ciudad.
Una vez que los soldados que cerraban la huida estuvieron fuera de las murallas, Lasgol los hizo marchar por delante y comenzaron la travesía hacia las montañas del este del reino.
Algo muy similar sucedió con el resto de las Panteras de las Nieves.
Todos se quedaron rezagados, defendiendo la huida de los civiles hasta que no quedó nadie en la capital.
Por fortuna, no hubo más avistamientos de dragones, cosa que todos agradecieron, incluido Viggo, por mucho que lo negara.
Ya habían tenido más que suficiente por una noche.