Capítulo 21
Viggo corría hacia el siguiente dragón derribado con Ona y Argi a su lado. Intentaba ir más rápido que sus dos compañeros, pero no lo lograba, ambos eran rapidísimos. Lo que no sabía era si no lo adelantaban porque no podían ir más deprisa o porque sabían que no debían.
El dragón que tenían frente a ellos parecía fuera de combate.
No se movía, debía estar aturdido por el golpe o muerto por los ataques.
En cualquier caso, Viggo iba a asegurarse de que así fuera.
Llegó a la carrera por el costado izquierdo y, en lugar de subir por la cola y el lomo, se acercó por el flanco para saltar desde ahí. Sería más rápido.
El dragón se movió y su ala izquierda golpeó a Viggo justo cuando saltaba al lomo de la bestia.
Lo atrapó en el aire y lo lanzó por encima de su cuerpo hasta hacerlo caer al otro lado.
Viggo comprendió el error que había cometido.
Por fortuna, él era como un gato y cayó de pie.
Se volvió hacia el dragón y se encontró al monstruo mirándolo con la boca abierta.
Había caído algo apartado, a la derecha, aunque la bestia alcanzaba a verlo.
Giró el cuello con esfuerzo, lo suficiente para encararlo.
—Maldición, va a usar su aliento elemental —masculló.
Por un instante se vio perdido. El dragón fue a soltar su aliento sobre Viggo, pero la cabeza se ladeó hacia abajo. El aliento brotó y pasó por un costado sin alcanzarlo. Viggo vio a Ona y Argi mordiendo el cuello de la bestia, colgando con todo el peso de sus cuerpos.
Maravillosos bichos. No perdió un instante y corrió para saltar al lomo del dragón. La bestia intentó alcanzarlo con su aliento, pero no pudo: la rapidez de Viggo y el peso que le colgaba del cuello forzaban la cabeza hacia abajo. Aterrizó sobre el cuerpo escamado.
El dragón se irguió sobre una pata. Viggo mantuvo el equilibrio y siguió trepando.
Sabía lo que pretendía la criatura, que ahora sacudía la cabeza y el cuello para librarse de Ona y Argi.
En cuanto se alzase sobre dos patas, usaría una garra para destrozarlos.
Eso no iba a pasar, él se encargaría de que ni a la minina ni al chucho les ocurriera nada.
Llegó al punto débil como una exhalación, saltó hacia delante en plancha y hundió las dos dagas.
El dragón se quedó con una zarpa a medio alzar, completamente paralizado.
Viggo saltó del lomo del dragón al suelo.
—Ya podéis bajar —se limpió las dagas en el muslo y miró a Ona y Argi, que seguían aferrados al cuello del dragón con sus poderosos mordiscos.
Obedientes, los dos soltaron la presa y cayeron al suelo.
Se acercaron a Viggo, que se agachó y los acarició.
—Bien hecho, bichos —les rascó tras las orejas.
Los dos gruñeron mostrando los colmillos.
Viggo no se inmutó.
—Sí, yo también os quiero mucho —se puso en pie—. Terminemos la tarea y volvamos con los demás. Sin mí seguro que se meten en líos.
Gerd llegó hasta Ingrid.
—¿Cómo está? —se acuclilló junto a ella.
—Creo que tiene el brazo derecho roto —Nilsa sostenía el codo con cuidado.
—Vaya… —Gerd frunció el ceño.
—Bueno, al menos es el derecho. El importante es el izquierdo, el del agarre —Ingrid intentó mover los dedos.
—Te pondrás bien. Unos huesos rotos no son nada para nosotros —Astrid le apoyó una mano en el hombro sano.
—Yo me encargo de sanarte —Aliana se acercó.
—¿Los demás están bien? —Komir llegó tras ellos.
—Sí, en principio solo magulladuras —dijo Nilsa.
Ella y Gerd sangraban por cortes superficiales.
—Pero nuestro querido Camu puede tener problemas —Nilsa volvió la vista hacia él.
Lasgol y Haradin estaban con Camu. Permanecía tumbado en el suelo.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Lasgol con una rodilla hincada y la mano izquierda sobre el lomo de su amigo.
«Yo bien, solo golpes».
Camu apenas movió la cabeza.
—¿Cuántos golpes? —Lasgol entornó los ojos.
«Dos o tres, no más».
—Me parece que no estás tan bien —Lasgol le acarició el lomo.
«Yo mucho duro».
—Eso ya lo sabemos, pero los dragones también lo son y te han dado de lo lindo.
«Yo poder aguantar, yo Drakoniano Superior».
Camu intentó levantar la cabeza.
—Fascinante criatura —dijo Haradin a Lasgol.
«Yo mucho fascinante, sí», alzó el morro hacia el mago.
—No lo dudo viendo cómo puedes hablarme directamente a la mente —Haradin se inclinó sobre él, impresionado.
«Yo magia poderosa. Poder volar también».
—Tú y yo tenemos que ser amigos. Me fascinas —dijo el gran mago.
«Si tú ser bueno, nosotros poder ser amigos».
—Creo que lo soy. Puedes preguntarle a Lasgol, él me conoce —dijo Haradin.
—Haradin es bueno, de toda confianza —confirmó Lasgol.
«Entonces nosotros amigos».
—Aliana te curará, tranquilo —dijo Lasgol.
«Yo mucho tranquilo, yo fuerte».
Lasgol miró a Haradin y negó con la cabeza. Haradin lo entendió.
Un rato más tarde, Aliana curaba a Camu. Acababa de sanar a Ingrid, que intentaba mover el brazo muy despacio sentada en el suelo.
—Ya has oído a Aliana, no puedes tirar en un par de días, hasta que el hueso esté bien sanado —dijo Nilsa a su lado.
—Su poder de sanación es increíble, te ha dejado casi como nueva —dijo Gerd sosteniendo el arco y el carcaj de Ingrid.
—Lo es, sin duda. Si no fuera por ella pasaría semanas sin poder empuñar el arco. Tiene un don maravilloso —Ingrid flexionó los dedos con cuidado.
—Pues no fuerces y eches a perder esa sanación —advirtió Nilsa.
La conocía muy bien y ya notaba por los gestos de su amiga lo impaciente que estaba por coger el arco. Miró a Gerd y, con disimulo, negó con la cabeza para que no le dejara hacerlo. El grandullón asintió y, sin llamar la atención, fue a ver cómo avanzaba la curación de Camu.
—Se pondrá bien, ¿verdad? —Gerd bajó la voz para no interrumpir a Aliana, muy concentrada, que pasaba las manos por su costado.
Haradin asintió.
—Su poder se intensifica muchísimo con la ayuda del medallón, cada vez más. No creo que tenga problemas para ayudarle, salvo porque es una criatura cuyo cuerpo desconoce y tendrá que estudiarlo bien antes de aplicar la sanación —dijo el mago.
—Eso me tranquiliza mucho —resopló Lasgol.
—Si no es una herida mortal podrá sanarlo —dijo Komir, que apareció tras ellos.
—¿Todo despejado? —Haradin se volvió hacia él.
—De momento no se ven más dragones en los cielos —Komir oteó de nuevo las alturas por si acaso.
—Estos debían de ser la avanzadilla, la que iba a informar a la gran hueste alada de lo que encontraran —razonó Haradin.
—Estos no van a informar de nada, nos da algo más de tiempo —dijo Komir.
—Cierto. Tenemos que terminar de evacuar la ciudad —Haradin suspiró.
—Al ver a los dragones en todas las rutas de escape habrán detenido la huida —Komir frunció el ceño.
—Esperemos a que Aliana termine de sanar a nuestros heridos y luego retomemos las rutas que estábamos dirigiendo —dijo Haradin.
Aguardaron hasta que Aliana terminó. En ese tiempo apareció Viggo con Ona y Argi.
—¿Todo bien? —Ingrid se incorporó para recibirlo.
—Todo perfecto. Hemos estado rematando a unos cuantos dragones. Aquí la minina y el chucho se han portado bastante bien —Viggo señaló a Ona y Argi con el pulgar.
Ambos le gruñeron.
«Ellos no ser chucho y minina», Camu se ponía ya en pie.
—Por supuesto que son chucho y minina, igual que tú eres un bicho y bien feo. ¿Ya te has vuelto a chocar con algún dragón? —increpó Viggo.
«Yo no chocar con dragón, dragón chocar conmigo. Y tú ser el más feo de todos».
—No te metas con Camu, que bastantes problemas tenemos ya como para aguantarte a ti también —recriminó Nilsa.
Lasgol, que ahora acariciaba a Ona, miró a Viggo.
—Ingrid se ha roto el brazo, pero Aliana la ha curado.
De inmediato, la cara de Viggo se quedó blanca, como si le hubieran chupado toda la sangre. Corrió junto a Ingrid y con los ojos llenos de preocupación le acarició la mejilla y le puso una mano en el hombro.
—¿Estás bien, mi amada belicosa?
—Sí, estoy perfectamente. Por cierto, mil gracias, Aliana —Ingrid buscó a la sanadora con la mirada.
Estaba sentada en el suelo recuperándose del esfuerzo de curar a Camu. Junto a ella, Komir montaba guardia con la espada entre las manos, protegiendo a su esposa.
—Siempre podréis contar con mi sanación, mientras me sea posible —Aliana esbozó una sonrisa cansada.
—Y siempre te lo agradeceremos —dijo Lasgol—. Tienes un corazón enorme.
—No hace falta tener mucho corazón para ayudar a grandes amigos como vosotros, que nos estáis ayudando en Rilentor. Si no lo hiciera sería la mayor de las desagradecidas —Aliana negó con la cabeza.
—Por fortuna eres una bendición caída del cielo para todos nosotros —Komir le dio un beso en la frente.
Haradin observaba los alrededores y el cielo nocturno, centrado en los siguientes pasos a dar. Luego regresó con el grupo.
—Si Aliana ya está recuperada tenemos que regresar de inmediato y hacernos cargo de nuestras rutas de huida. Debemos asegurarnos de que lleguen a un lugar seguro. Dadas las circunstancias, mis amigos norghanos, voy a tener que pediros que nos ayudéis a poner a salvo a toda esta gente —dijo Haradin.
—¿Qué necesitas que hagamos? —Lasgol dio un paso adelante.
—Cada ruta de huida tiene un refugio que establecimos en su día por si sucedía una catástrofe semejante a esta que estamos viviendo.
Siempre pensamos que ese día no llegaría, pero ha llegado.
Por eso toda esta gente debe alcanzar esos refugios.
El problema es que no están cerca. Tendremos que viajar protegiendo a quienes huyen hasta que lleguen a ellos —explicó Haradin mirándolos.
—¿A qué ciudades quieres que los llevemos? —Ingrid ladeó la cabeza.
—Ahí está la cuestión —Haradin abrió los brazos—. No estarán a salvo en ninguna ciudad, hay que llevarlos a las montañas. Tienen que esconderse en cavernas y bien profundas. Es la única forma de que los dragones no los maten a todos.
—No es por ser un aguafiestas, pero Rogdon es más plano que la palma de mi mano. ¿A qué montañas te refieres? Aquí no hay montañas —Viggo señaló alrededor.
—Tienes razón. Las montañas a las que me refiero son las que rodean al reino de Rogdon. Esas montañas altas y extensas las habréis visto al venir desde Norghana y al cruzar el Paso de la Media Luna.
—Están a días de distancia. Y con refugiados, a muchos días —Viggo puso mala cara.
—Entiendo que os pido mucho. Estoy seguro de que lo que deseáis es regresar a casa cuanto antes, pero os necesitamos —insistió Haradin.
—Tenéis a un ejército que puede conducir a los civiles a esos refugios —rebatió Ingrid.
Haradin señaló a los dragones muertos a su alrededor.
—Ellos no pueden hacer lo que hacéis vosotros.
—Ayudaros con los refugiados nos retrasaría muchísimo —dijo Ingrid, nada convencida.
—Tenéis que ayudarnos. Si no lo hacéis miles de personas pueden morir —dijo Komir—. Yo también quiero regresar con los míos, los norriel, y asegurarme de que están bien, pero ahora mismo mi corazón me dice que debemos ayudar a las gentes de Rilentor.
—Komir tiene razón. Ayudadnos, por favor. No podemos dejar que estos dragones los maten —rogó Aliana.
—Ahora mismo no hay más dragones en los cielos. Puede que no vengan más hasta que llegue la gran hueste, así que no nos necesitaríais —Ingrid se cruzó de brazos.
—Creo que podemos llegar a un acuerdo —dijo Haradin—.
Tres de los refugios a los que hay que llevar a estas pobres almas se encuentran en el lado este de las montañas, a ambos lados del Paso de la Media Luna.
Vosotros tenéis que salir por ese lugar, no hay otra forma.
Y precisamente allí es a donde se dirigen los que huyen.
Acompañadnos y aseguraos de que lleguen a los refugios de la cordillera este.
Después podréis seguir, bien por el Paso de la Media Luna, bien por los pasos secretos de la cordillera este.
Ambos os llevarán a las llanuras de los Masig.
Se hizo un momento de silencio mientras las Panteras de las Nieves sopesaban lo que Haradin, Komir y Aliana les pedían.