Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 20
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Capítulo 20

Todos tenían ya una nueva flecha preparada en el arco, con una gota de sustancia dorada en la punta.

Los dragones maniobraron en el aire y dieron la vuelta.

Esta vez no vinieron de frente, sino de costado, en dos grupos.

El primero se acercó por el flanco de Komir; el otro, por el de Camu, desde su derecha.

Todos se giraron para hacer frente a las dos amenazas.

Uno de los dragones acababa de caer. De los diez solo seis seguían en el aire, y atacaron tres por cada lado.

Viggo llegó hasta el primer dragón estrellado y no perdió un instante.

Se le acercó por la espalda. Todavía no estaba muerto, gruñía e intentaba ponerse en pie tras el golpe contra el suelo, pero perdía mucha sangre por el torso.

Aquellos proyectiles le habían abierto heridas graves, no suficientes para matarlo, pero sí para impedirle seguir luchando.

—No te preocupes, no vas a volver a luchar jamás —susurró Viggo mientras corría hacia él tan rápido como le daban las piernas.

Saltó sobre su espalda y trepó por ella veloz como el viento.

La bestia se percató del ataque y giró la cabeza para responder.

Viggo ya conocía sus puntos ciegos, así que subió por la cresta sin desviarse un ápice, seguro de que el dragón no podría volver la cabeza lo suficiente para verlo hasta el último momento y de que no lograría alcanzarlo ni con su aliento elemental ni con sus ataques mentales.

Enfrentarse a dragones tan a menudo tenía sus ventajas, uno aprendía a luchar contra ellos a marchas forzadas.

Tal y como esperaba, el dragón no pudo atacar porque al torcer el cuello no llegaba a distinguirlo.

Aun así, malherido y todo, la bestia no pensaba rendirse y notaba que algo le subía por la espalda.

Se balanceó con fuerza para desequilibrar a Viggo y hacerlo caer.

La sacudida estuvo a punto de arrojarlo al suelo, pero consiguió mantener el equilibrio y se lanzó hacia delante con los dos cuchillos.

Justo cuando el dragón lo vio de reojo y fue a atacar, Viggo cayó sobre su punto débil y le clavó ambos hasta la empuñadura.

El dragón se quedó paralizado por completo, como si lo hubieran convertido en una estatua de carne y hueso.

Viggo supo que su ataque había dado en el blanco y, sin perder un momento más, arrancó los cuchillos, se encaramó a la cabeza y se los hundió en el cráneo.

—Ahora sé exactamente dónde golpearos —murmuró con una sonrisa letal.

Ona y Argi llegaron en ese momento.

—Hay para todos, no os preocupéis —dijo—. Seguidme, hay otro más adelante.

Los tres echaron a correr.

Los tres dragones del lado de Camu atacaron bajando en picado con las garras por delante.

—¡Atención! ¡Cuidado! —Lasgol señaló a las bestias que se precipitaban sobre ellos.

Lasgol invocó Tiro Múltiple y Tiro Certero y usó una flecha de fuego.

A su lado, Astrid soltó otra flecha, al igual que Nilsa e Ingrid, pero los dragones habían aprendido la lección y ya no volaban en paralelo, sino uno detrás de otro, de modo que solo pudieron alcanzar al primero, que recibió las flechas de Lasgol, Astrid y Nilsa en el ala derecha, y las de Ingrid en la izquierda.

Las explosiones prendieron ambas alas, pero mantuvo su ataque y fue directo a chocar contra Gerd y Nilsa, que estaban en ese lado.

—¡Saltad! ¡Poneos a cubierto! —Lasgol agitó el brazo hacia Gerd y Nilsa.

Los dos saltaron para evitar al dragón. La bestia se estrelló contra el suelo con las alas en llamas.

El choque fue tremendo y lanzó a Nilsa y Gerd por los aires.

Salieron despedidos hacia los lados. El dragón en llamas siguió avanzando por el suelo, arrastrado por la inercia del ataque, hasta golpear a Camu en un costado.

Camu y el dragón salieron deslizándose por el suelo hacia Ingrid, que tuvo que dar un enorme salto para esquivarlos.

Por fin, el dragón se detuvo y dejó de arrastrar a Camu.

Ardía. Camu le soltó un tremendo golpe con la cola en la cabeza y lo dejó medio atontado. Las llamas acabarían con él.

Lasgol tiró contra el segundo dragón, que descendía, y Astrid hizo lo mismo. El problema era que no podrían impedir que los golpeara con las garras. Las flechas alcanzaron al dragón en el ala izquierda y la prendieron, pero la bestia no varió su trayectoria. Iba a caer justo sobre los dos.

—Se nos viene encima —avisó Astrid.

—¡Salta! —Lasgol dio un brinco enorme y ella lo siguió para esquivar el ataque.

El dragón golpeó cerca de donde estaban y estuvo a punto de alcanzarlos.

No lo hizo por muy poco. La enorme agilidad de ambos los salvó.

Aun así, sintieron el tremendo impacto, que lanzó tierra y piedras en todas direcciones.

En lugar de remontar el vuelo, la bestia se arrastró por el suelo y se estampó también contra el pobre Camu, que no la había visto venir.

El golpe fue fuerte y Camu se quedó sin aire.

En el otro lado, los dragones emplearon la misma táctica: uno abría camino mientras los otros dos descendían tras él, protegidos por su ataque.

Aliana creó una enorme estalactita del tamaño de la cabeza y cuello del dragón, generándola con sus manos.

Se materializó en pleno aire sobre la cabeza de la bestia.

Luego, con un movimiento brusco de sus brazos hacia abajo, la estampó contra ella, como si estuvieran en el interior de una cueva y se hubiera desprendido de la parte superior.

El dragón perdió el sentido al chocar la mole de piedra contra su cráneo. Sonó como si se le partiera.

Komir atacó creando una lanza enorme de energía pura y la arrojó contra el torso del dragón.

La lanza entró con tremenda fuerza, le perforó el pecho y desapareció en su interior.

Sin sentido y malherido, el dragón continuó su descenso directo hacia Komir.

Fue a estrellarse sobre el norriel, que se desplazó a un lado con movimientos de guerrero experto.

La bestia alada golpeó el suelo con un impacto brutal que levantó tierra y piedras.

Komir se había apartado lo suficiente para no ser alcanzado, pero en el último momento el dragón abrió las alas para frenar y lo golpeó con una de ellas.

La esfera protectora contra ataques físicos detuvo el daño, aunque no el impulso, que lo lanzó veinte pasos hacia la izquierda sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Era como si se hubiese convertido en una pelota de trapo que el dragón hubiera golpeado con el ala para apartarla de allí.

No sufrió daño físico, pero el golpe y el desplazamiento lo dejaron aturdido.

Un momento más tarde, el segundo dragón, de color marrón, se precipitó sobre Aliana.

La sanadora reaccionó con rapidez creando un caudal de piedras y rocas hexagonales de aristas cortantes y lo lanzó directo contra la bestia en un ataque muy similar al aliento que el propio dragón dirigía contra ella.

Los dos caudales se encontraron a media distancia y chocaron en un pulso de fuerzas del mismo elemento: tierra.

El dragón volcó todo su poder en el ataque mientras descendía hacia ella, y Aliana respondió canalizando más energía del medallón que pendía de su cuello.

El duelo fue corto. El caudal de Aliana, mucho más poderoso, destruyó el del dragón y le alcanzó en la cabeza.

Miles de hexágonos de roca afilada no solo le golpearon el cráneo, sino que atravesaron las defensas de la bestia, pues las piedras iban reforzadas con el poder Ilenio.

El dragón perdió el conocimiento antes de estrellarse y, por desgracia, lo hizo frente a Haradin, que salió despedido a un lado por la fuerza del impacto.

El tercer dragón descendió con las garras por delante y, esta vez, Aliana no tuvo tiempo de preparar un ataque poderoso.

Con toda la rapidez que pudo, conjuró un tridente de roca y lo lanzó contra él.

Aun así, la gran bestia intentó detener el tridente con las garras, pero Aliana lo guio con la mano, esquivó las zarpas y le alcanzó en plena cara, justo cuando rugía anunciando su ataque.

Pese a recibir el tridente, que le atravesó la boca y se le clavó en las fauces, el dragón siguió volando y se estrelló contra Aliana, que recibió el impacto de sus poderosas garras y toda la inercia de la embestida.

Salió despedida de espaldas y cayó cincuenta pasos más allá, con sus defensas físicas y mágicas destrozadas.

Quedó tendida en el suelo. Intentó levantarse sin conseguirlo, estaba muy dolorida.

Komir vio que sus compañeros estaban en peligro. Desenvainó su espada y, con el medallón de éter, la recubrió de una energía etérea y dorada. Avanzó veloz hacia el dragón más cercano, que intentaba recuperarse.

—Muere, mala bestia —Komir aferró la espada con ambas manos y descargó un tremendo tajo que le abrió el cuello de lado a lado.

El dragón intentó rugir, pero solo le brotó sangre por la boca, una sangre oscura, maliciosa.

Sin esperar un instante, Komir golpeó de nuevo, esta vez en dirección contraria, sobre el mismo tajo que ya había abierto en el cuello de la bestia.

La espada entró profunda y cortó el cuello por completo separando cabeza y cuerpo.

Echó a correr y, mientras lo hacía, reforzó sus esferas de protección, pues intuía que las iba a necesitar. Llegó hasta Haradin y lo encontró poniéndose en pie.

—¿Estás bien? —preguntó sin detener el paso.

—Ayuda a Aliana —Haradin afianzó los pies en el suelo—. Yo me encargo de aguantar.

—De acuerdo —Komir asintió.

El norriel corrió hasta su amada esposa y se plantó delante de ella para protegerla. Miró alrededor, no había más dragones atacando, solo quedaban el que yacía derribado y el que la había abatido a ella.

—¿Estás bien? —se arrodilló a su lado con la preocupación marcada en el rostro.

—Estoy bien, estoy bien —Aliana respiró hondo—. Solo necesito un momento para recuperarme.

—De acuerdo —Komir afianzó la guardia frente a ella.

Aliana se levantó despacio mientras él la cubría. En cuanto tuvo la cabeza despejada, alzó de nuevo sus esferas de protección.

—Ya estoy. Acaba con ellos —Aliana se irguió, firme.

Komir echó a correr y alcanzó al dragón que había golpeado a Aliana. Le clavó tres estocadas en la boca abierta. El acero recubierto de energía de éter y potenciado por la magia dorada del medallón entró hasta la garganta una y otra vez, hasta matarlo.

Haradin canalizó energía hacia Aliana y Komir para que siguieran luchando sin preocuparse por sus reservas, al tiempo que reforzaba las suyas.

Lasgol invocó Tiro Poderoso y lanzó contra la cabeza del dragón. Repitió el tiro un instante después. Las dos flechas de acero y punta ancha perforaron la frente y el cráneo de la bestia hasta alcanzarle el cerebro. Murió un momento después.

Nilsa y Gerd, ya recuperados, corrieron a rematar al dragón que les había atacado.

Se acercaron por el costado derecho y, con flechas de aire untadas en sustancia dorada, tiraron contra la sien de la bestia, que intentaba levantarse.

A tan corta distancia no fallaron. Las dos saetas estallaron y rayos de tormenta golpearon la cabeza de la bestia.

La magia dorada permitió que las descargas le frieran el cerebro.

El tercer dragón descendió mostrando las garras y fue a por Ingrid, que disparó contra él con una flecha de fuego.

La gran tiradora lo alcanzó en el ojo derecho un instante antes de lanzarse a un lado para que las garras no la destrozaran.

La explosión de fuego, sumada a la sustancia dorada, le dañó gravemente el ojo.

El dragón rugió de dolor, pero no detuvo su ataque.

Ingrid rodó por el suelo. Las garras no la alcanzaron, pero sí una de las alas, que el dragón extendió para golpearla.

El ala la pilló en el costado mientras rodaba y un dolor agudo le recorrió el cuerpo.

El fuerte impacto le hizo perder el arco.

El dragón alzó el vuelo y Astrid tiró contra su ala con una flecha de aire.

La explosión y los rayos le quemaron parte de ella.

Lasgol apuntó con rapidez y tiró con una flecha de fuego.

Empleó Tiro Certero mientras la criatura se elevaba.

Todavía estaba a seiscientos pasos, así que supo que le alcanzaría.

Y así fue. La flecha estalló al golpear el ala y las llamas terminaron de abrasar la zona herida. El dragón, en lugar de retirarse y huir, giró con enormes dificultades y se dirigió de vuelta hacia ellos. Aquellas bestias eran de ideas fijas, los iban a intentar matar como fuera.

—¡Atención, vuelve! —Lasgol señaló al cielo con el arco.

De inmediato, Astrid, Nilsa y Gerd alzaron los arcos y apuntaron. Volaba con dificultades para mantener el rumbo y la altura y se balanceaba con un ala en llamas, pero seguía dirigiéndose hacia ellos.

—Tiramos. Quinientos pasos —Lasgol tensó la cuerda.

El dragón enderezó el vuelo y adoptó posición de ataque con las garras.

—Ahora, a la otra ala —Lasgol ya volvía a apuntar.

Todos soltaron. Las flechas estallaron sobre el ala sana, que prendió en llamas y rayos. El dragón se desequilibró, intentó rectificar, pero no lo consiguió. Pasó cerca de Gerd, aunque sin alcanzarlo, y se estrelló de forma estrepitosa.

—Acabemos con él —Astrid salió como un relámpago hacia la bestia.

Los demás la siguieron, aunque no eran tan rápidos como la asesina.

Para cuando llegaron, Astrid ya había clavado sus cuchillos, que brillaban en dorado, en el cuello del dragón y lo rajaba de arriba abajo.

La bestia rugió de dolor e intentó destrozarla con las fauces.

Astrid lo vio venir y saltó al lomo. Trepó hasta el punto débil de la bestia y le hundió las dagas.

El dragón quedó petrificado. Astrid arrancó los cuchillos, bajó del lomo y, mientras sus compañeros apuntaban, terminó de rajarle el cuello. La bestia murió un instante después.