Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 19
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Capítulo 19

—¿Qué hacemos? —Gerd miró a sus compañeros, tenso.

—Lo que hacemos siempre: matar a todos los dragones y seguir adelante —Viggo mostró sus cuchillos de asesino.

—Son demasiados para nosotros y más con Lasgol fuera de combate —Ingrid negó con la cabeza.

—Sí, yo también creo que no vamos a poder contra diez dragones —dijo Nilsa.

—Bueno, ellos son diez y nosotros ocho, estará igualado. Y eso contando al bicho, a la minina y al pulgoso, que solo cuentan la mitad —Viggo esbozó una sonrisa torcida.

—Calla, merluzo. La situación es muy grave —Ingrid lo fulminó con la mirada—. Esos dragones van a descubrir las vías de escape y todavía hay muchísima gente saliendo de la ciudad. Nos van a masacrar.

—Más razón para enfrentarnos a ellos —Viggo se encogió de hombros.

—Tenemos que tomar una decisión —dijo Astrid.

—Si no hacemos algo, van a matar a todos esos pobres que huyen de las ciudades —a Gerd se le apenó el semblante.

—Cierto, pero si actuamos es muy probable que no lo contemos —razonó Ingrid.

—Yo también quiero salvarlos —Nilsa apretó los labios—, pero si morimos hoy aquí, no podremos salvar a nadie mañana.

—Lasgol no va a poder luchar —Astrid lo miró con preocupación.

—Necesito… un momento… —Lasgol estaba intentando curarse aplicando su habilidad Curación de Guardabosques, pero no estaba teniendo suerte.

No es que no pudiera invocarla, lo había hecho y había funcionado.

También era capaz de identificar los puntos donde estaban las heridas, pero había algo diferente esta vez.

Cuando intentaba curarlas no cambiaban de color.

Mala señal. Era como si su magia no pudiera con ellas.

Envió más energía, pero el resultado no varió.

Astrid lo observaba muy atenta.

—¿Mejor? —preguntó.

Lasgol negó con la cabeza.

—No voy a poder… curarme de estas lesiones… con mi habilidad.

—Lo dicho, eres más raro que una rana amarilla —dijo Viggo.

«Yo poder volar ahora y generar cúpula antimagia también. Acabar de descubrir habilidad. Yo más poderoso ahora».

Camu agitó la cola, animado.

—Eso no va a poder salvarnos de los dragones, me temo —dijo Nilsa—. Aunque me alegro de que tengas una defensa más con la que ayudarnos.

—A mí no me dan miedo esos lagartijos voladores. Acabamos de matar a varios —Viggo hizo girar un cuchillo entre los dedos—. Así que, por mí, nos los cargamos.

—Si vienen todos a la vez es imposible que les derrotemos y sobrevivamos.

Eso lo sabes tan bien como yo, por mucho que te hagas el gallito —Ingrid dio un paso hacia él—.

Yo también quiero salvar a todos estos rogdanos, pero debemos volver a Norghana y salvar a nuestro pueblo y para ello tenemos que sobrevivir hoy aquí.

—Entiendo lo que decís, pero sigo pensando que no podemos abandonar a esta gente a su suerte —Gerd bajó la mirada—. Me sentiría fatal si los dragones los matasen a todos.

—Hemos tomado decisiones muy difíciles antes, esta no es más que otra —Astrid se cruzó de brazos—.

No veo viable que luchemos con Lasgol herido.

Es el único que cuenta con un arma Ilenia y por mucho que tengamos las esferas de sustancia dorada, no podremos vencerlos.

Si bajan en conjunto nos destrozarán con su fuerza física y mágica.

No quiero abandonar a esta gente, pero ya hemos hecho todo lo que hemos podido por ellos.

No voy a permitir que Lasgol muera aquí, y vosotros tampoco.

En ese momento, tres figuras llegaron corriendo hasta ellos.

—Vamos a necesitar de vuestra ayuda —dijo Haradin algo falto de respiración por la carrera.

—¿Queréis enfrentaros a esos diez dragones? —Ingrid enarcó una ceja.

—Eso es exactamente lo que queremos hacer y para ello necesitamos de vosotros —el mago señaló el cielo.

—No podemos dejar que arrasen a todos los que están huyendo y todavía queda mucha gente dentro de la ciudad. Tenemos que parar a esa avanzadilla —el tono de Aliana sonó muy acongojado.

—Hay que enfrentarse a ellos y detenerlos —Komir señaló al cielo con su espada Norriel.

—Tenemos a Lasgol herido —dijo Astrid—. Sin él, aun con vuestra ayuda, va a ser complicado.

—Yo puedo encargarme de eso —Aliana se arrodilló junto a Lasgol—. Soy sanadora de la Orden de Tirsar, dejadme ver qué puedo hacer por él.

—Los demás mejor nos preparamos para el ataque de esos dragones —Haradin se giró hacia las Panteras, dando por hecho que la sanadora no combatiría mientras atendía al guardabosques.

Las Panteras se miraron.

—Ahora la cosa está más que igualada. Tenemos dos, más cinco de los nuestros, siete; más los tres bichos, diez contra diez. Esto está hecho —Viggo se frotó las manos, muy convencido.

—A mí no me parece bien abandonar a esta gente —dijo Gerd—. Ayudémosles.

—Estoy de acuerdo. Yo también quiero salvar Norghana, pero ahora mismo lo que tenemos que hacer es ayudar a esta gente a huir de una muerte segura —dijo Nilsa.

Ingrid y Astrid intercambiaron una mirada y Astrid dirigió la suya hacia Lasgol.

Aliana mantenía las manos apoyadas sobre el guardabosques, una en el brazo y otra en la pierna.

Tenía los ojos cerrados y, aunque no podían verlo, supieron que la sanadora empleaba su magia para curarlo.

No solo eso, el medallón Ilenio que colgaba de su cuello resplandeció en dorado.

La sanadora usaba el poder del medallón junto a su magia sanadora para ayudar a Lasgol.

—De acuerdo, ayudemos a esta gente —Astrid suspiró hondo.

Ingrid asintió también y se volvió hacia Haradin.

—Estamos con vosotros. Os ayudaremos.

—Muchas gracias a todos. Sé que es mucho pedir, pero debemos salvar a los inocentes que huyen por sus vidas. Gracias por arriesgar las vuestras por Rogdon y sus gentes —Komir inclinó la cabeza.

—Lo primero que necesitamos hacer es llamar su atención. No debemos dejar que ataquen las líneas de escape —dijo Haradin.

—Eso no va a ser nada difícil, tenemos varios cadáveres de dragones rodeándonos —Viggo señaló los cuerpos abatidos.

—De acuerdo, manos a la obra. Preparémonos para hacer que bajen y acabar con ellos —dijo Haradin.

Un momento más tarde, tres de los dragones ardían gracias a la magia de Haradin.

—Ya vienen, nos han visto —Komir alzó la espada Norriel—. Es hora de luchar y de matar a esas bestias aladas sin entrañas.

Los diez dragones comenzaron la maniobra de acercamiento. Bajaron uno tras otro hacia ellos, que aguardaban junto a uno de los dragones en llamas.

—Vendrán a arrasarnos con sus alientos elementales, pero es posible que también nos ataquen con sus garras —Haradin escrutó el cielo.

—Lo sabemos. Contra lo primero tenemos defensa, Camu puede crear una cúpula antimagia —dijo Lasgol.

—En ese caso, levántala y cubríos bajo ella. Nosotros tres podemos crear esferas de protección, tanto físicas como mágicas —Haradin señaló a Komir y a Aliana, que seguía sanando a Lasgol.

—¿Y si atacan con sus garras? —Astrid tragó saliva.

—En ese caso estaremos en graves problemas y debemos asumir que así será —Haradin apretó la mandíbula.

—De acuerdo, preparaos para el combate —dijo Ingrid.

Aliana apartó las manos del cuerpo de Lasgol y abrió los ojos.

—He hecho cuanto he podido. Tenía heridas internas que he sanado, por suerte no había ningún hueso ni músculo roto, así que no necesitará un descanso prolongado.

Pero conviene que no sufra más golpes o mis esfuerzos habrán sido en vano, pues los nuevos golpes empeorarían los que ahora están sanando.

—Intentaré que no vuelvan a alcanzarme —Lasgol se incorporó despacio—. Te lo agradezco de verdad.

—Te lo agradecemos de corazón —Astrid posó una mano en el hombro de Lasgol.

—Nada que agradecer. Es mi deber como sanadora y, aunque ya no ejerza como tal, sigue formando parte de mí ayudar a quien lo necesite. Más en esta situación —Aliana le dedicó una sonrisa cansada.

—Separémonos lo máximo posible, de forma que no concentren el ataque sobre nosotros —dijo Haradin.

El gran mago se situó entre Aliana y Komir, y se separaron unos pasos.

Las Panteras de las Nieves debían permanecer bajo la cúpula antimagia de Camu, así que tampoco podían alejarse demasiado.

Camu se situó en el centro y sus compañeros lo rodearon: Lasgol y Astrid se pusieron delante de él, mientras que Ingrid y Viggo se colocaron a la derecha, y Nilsa y Gerd a la izquierda. Detrás quedaron Ona y Argi.

—Dinos cuánto podemos separarnos —Lasgol se volvió hacia Camu.

«Todos un poco más fuera».

Le hicieron caso y se desplazaron.

«Un poco más», envió Camu.

—¿Estás seguro? —Lasgol lo miró fijamente.

«Sí. Yo estar seguro. Yo más poderoso ahora. Mayor cúpula».

—Ya habéis oído. Separaos un poco más —dijo Lasgol.

Cuando ya estaban al borde de la cúpula antimagia que Camu había creado y que, por desgracia, sus compañeros no podían ver, les avisó de que era suficiente.

«Ya no más».

—Vaya, lo que has mejorado, bicho —dijo Viggo al darse cuenta de que la cúpula se expandía diez pasos a cada lado de Camu en las cuatro direcciones.

—Preparaos, ya descienden —dijo Haradin.

Lasgol levantó la mirada y se preparó para atacar.

—¿Seguro que estás bien? ¿Seguro que puedes luchar? —Astrid, a su lado, lo miró con ojos preocupados.

—Me siento bien. Aliana ha hecho una labor estupenda, ya no me siento herido —Lasgol tensó el arco.

—De acuerdo, pero ya la has oído, que no te alcancen, por favor —Astrid le rozó el brazo.

—No te preocupes, tendré mucho cuidado —Lasgol le dedicó una mirada tranquilizadora.

Astrid asintió, pero la preocupación no desapareció de su rostro. Lasgol sabía que la situación era crítica. Incluso con la ayuda de Haradin, Komir y Aliana acabar con diez dragones era una labor casi impensable. Los dragones rugieron uno tras otro, como anunciando que venían a acabar con todos.

—Rugen para asustaros, pero manteneos firmes, que el miedo no entre en vuestros corazones —dijo Haradin.

—Que hoy recuerden que se enfrentaron a los valientes de Rogdon y a sus aliados, y que los derrotaron —Komir afianzó el agarre de su espada.

—Hoy luchamos junto a Rogdon y acabaremos con toda esta amenaza —dijo Ingrid.