Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 18
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Capítulo 18

Lasgol echó a correr para poner distancia entre él y el dragón marrón, que bajaba del cielo a acabar con su vida.

Sus habilidades de Agilidad Mejorada y Reflejos Felinos le permitieron dar un par de quiebros y abrir unos trescientos pasos de distancia.

Sin embargo, la bestia se le echaba encima a gran velocidad y pronto lo tendría al alcance de sus ataques.

Mientras corría, encajó una flecha en la cuerda del arco e invocó la habilidad de Tiro Múltiple.

Se detuvo en seco, giró sobre sí mismo, levantó el arco y apuntó.

Cuando tenía localizado al dragón y fue a soltar le golpeó un tremendo ataque mental.

Fue como si un millar de rocas estallaran dentro de su mente y le causaran dolor en todas direcciones.

No había logrado ponerse a distancia suficiente. Ni siquiera pudo soltar. El dolor era tan inmenso y la explosión tan aturdidora que se fue al suelo y se quedó tirado de espaldas, incapaz de moverse, sin poder hacer nada más que sufrir.

El dragón lanzó un segundo ataque mental y le lapidó la mente sin piedad.

Por la velocidad tremenda que llevaba, la bestia pasó de largo sobre él.

Tuvo que virar y se dispuso a volver a atacar y acabar de una vez con su vida.

Esta vez emplearía el aliento elemental o incluso las garras, y lo destrozaría.

Lasgol estaba indefenso. En medio de aquel dolor atroz, supo que había llegado su final.

Pero algo despertó en lo más profundo de su mente: una luz verde con una parte blanca en su interior, un punto que brillaba con el color de la naturaleza y en el centro con el de la luz.

Diminuto al principio, apenas una chispa.

En medio de su sufrimiento, Lasgol se aferró a ella y se concentró en aquella luz para soportar el dolor indecible que lo desgarraba.

La chispa fue ganando brillo, creció y empezó a alumbrarle la mente, que se bañó de verde y blanco. Cuanto más se ampliaba el destello y más iluminaba su pensamiento, menos dolor sentía. Era como si aquella luz verdiblanca lo sanara y destruyera el dolor que el ataque mental le infligía.

El dragón ya se encaraba de nuevo para lanzar su ataque final y, fuera del tipo que fuese, acabaría con Lasgol.

Sin embargo, a él no le preocupaba eso, sino la luz de curación que devoraba su dolor.

El destello terminó por llenarle toda la mente y, de súbito, Lasgol se vio libre del tremendo sufrimiento.

El dragón no pareció advertir que su ataque mental ya no causaba daño, lo creía completamente dominado.

Lasgol permaneció inmóvil en el suelo, pero mantenía una mano aferrada al arco dorado y una flecha de aire en la otra.

La bestia descendió hacia él. Con los ojos entrecerrados, Lasgol se preparó para rodar sobre sí mismo si atacaba con el aliento elemental.

Aún conservaba la Protección de Boscaje y confiaba en que aguantara un golpe y le diera margen para escapar.

Pero el dragón optó por destrozarlo y bajó con las garras por delante.

Lasgol las vio.

Se giró a la derecha, se impulsó con la mano de la flecha sin dañarla y se puso en pie de un brinco. Antes de afianzarse del todo, ya tenía el arco armado. Apuntó, invocó Tiro Poderoso y volcó una enorme cantidad de energía en el arco.

El dragón notó que algo no iba bien, pero ya era tarde para cambiar su ataque. Estaba a punto de caer sobre su presa. Rugió y mostró las fauces con las que pensaba destrozar aquel cuerpo humano.

Lasgol soltó y la flecha alcanzó al dragón en plena boca.

La explosión, multiplicada por la magia dorada del arco, estalló dentro de las fauces y generó cientos de rayos que quemaron la boca, penetraron en la garganta y treparon hasta el cerebro de la bestia.

Lasgol se lanzó a la izquierda justo cuando el dragón caía sobre él con toda la fuerza de su ataque físico.

Algo lo golpeó y lo lanzó con fuerza. La protección quedó hecha pedazos y un dolor tremendo le estalló en el brazo derecho y en la pierna izquierda.

Cayó y rodó varias veces sobre sí mismo entre punzadas de dolor.

Se dio la vuelta y comprobó que el dragón no se levantaba: había quedado estrellado contra el suelo.

Estaba aturdido y malherido, pero no muerto.

Con esfuerzo, soportando el castigo que su cuerpo le transmitía a cada movimiento, hincó una rodilla, recuperó el arco y le encajó una flecha.

Fue a tirar, pero al cargar, el brazo no le respondió y un dolor tremendo lo envolvió.

Tenía un problema serio, si el dragón se recuperaba no podría defenderse.

La bestia rugió.

En ese instante, a su espalda surgieron dos figuras que tiraron contra la cabeza de la gran bestia marrón.

Dos flechas de fuego estallaron y la prendieron.

El dragón rugió de nuevo, pero no consiguió defenderse.

Las dos tiradoras cargaron otra vez y soltaron otras dos flechas de fuego y, al reventar sobre la cabeza, la envolvieron en llamas.

El dragón emitió un sonido de sufrimiento y, poco después, se desplomó muerto a un lado, con la cabeza calcinada por completo.

Mientras, no muy lejos, Camu agitaba las alas y dio un brinco para echar a volar. Tenía que ayudar a Astrid y Gerd, que tiraban de nuevo contra el dragón azul.

Dos explosiones sacudieron el ala derecha de la bestia, y de las detonaciones brotaron nuevos rayos que quemaron y dañaron una amplia franja del ala por efecto de la magia dorada.

El dragón perdió el ala y, sin poder usarla, se estrelló delante de los dos tiradores.

Rugió de rabia y avanzó hacia ellos arrastrándose, hasta ponerse a cuatro patas y seguir adelante.

Astrid y Gerd retrocedieron a la carrera y pusieron trescientos pasos de distancia con la bestia, que volvió a lanzar su aliento elemental, pero se quedó corto. Rugió de rabia y siguió avanzando hacia los dos guardabosques, que ya ponían otra flecha en los arcos mientras retrocedían.

Camu voló tan rápido como pudo hasta alcanzar al dragón azul. Se elevó en vertical, ascendió un poco más y se dejó caer a peso muerto sobre la cabeza de la bestia, que descargaba su ataque contra Gerd sin advertir que el Drakoniano Superior se le venía encima.

Camu se desplomó y golpeó con todo el peso de su cuerpo la cabeza del dragón, que quedó medio enterrada en el suelo por el impacto.

Batió las alas con fuerza y volvió a elevarse.

El golpe le había dolido, pero había caído de posaderas y eso había amortiguado el daño.

No así al dragón, que había recibido todo el impacto sobre el cráneo.

Lo miró, estaba completamente aturdido, ni siquiera rugía.

Sacudía la cabeza de un lado a otro en un intento por recuperarse.

Antes de que Camu repitiera el ataque, Astrid y Gerd tiraron contra la cabeza del dragón con flechas de aire. Las detonaciones de tormenta, de las que surgieron rayos, lo aturdieron de nuevo por completo.

Camu vio su oportunidad de caer otra vez sobre la bestia y se dispuso a hacerlo.

En ese momento, alguien le dio el alto.

—¡Quieto donde estás! Yo me encargo de rematarlo —dijo una voz que Camu reconoció al instante.

Era Viggo, que llegaba corriendo como una exhalación.

El dragón levantó la cabeza, con los ojos perdidos y quemados, pero solo alcanzó a ver a Viggo saltando sobre él con dos cuchillos que destellaron en dorado.

No tuvo opción. Viggo clavó ambos en mitad de la frente.

Se sujetó a la cabeza, los arrancó, se reacomodó y volvió a hundirlos.

Esta vez le atravesó el cráneo y lo mató.

—Deja de hacer ataques de colibrí elefante y baja aquí, bicho —Viggo limpió una hoja contra el muslo y alzó la vista hacia Camu.

«Yo no hacer ataques de colibrí elefante» replicó Camu, y batió las alas con energía.

—¿Ah, no? Te he visto, y lo ibas a repetir —dijo Viggo.

«Yo ayudar. Buen ataque. A mí gustar» Camu descendió levitando, satisfecho.

—Decidle al bicho que no haga ataques burdos, es ridículo —Viggo se volvió hacia los demás.

Astrid y Gerd ignoraron a Viggo y sus comentarios.

Camu tomó tierra a su lado.

—Eres un valiente —Gerd le palmeó el costado con su manaza.

—Y un amante de los riesgos. Bien hecho —felicitó Astrid con una sonrisa.

—¡No le felicitéis! Lo que faltaba… —Viggo se llevó las manos a la cabeza.

—¿Dónde está Lasgol? —preguntó Astrid, y barrió el campo con la mirada.

—Allí veo fuego —Gerd señaló un punto entre las sombras.

—¡Vamos! —Astrid echó a correr antes de terminar la frase.

Llegaron al punto del incendio y encontraron la cabeza del dragón ardiendo y a Lasgol, a quien Ingrid y Nilsa atendían.

—¿Está bien? —Astrid se arrodilló a su lado y lo miró con los ojos llenos de amor e inquietud.

—Estoy bien, solo un poco magullado —dijo él.

—Está algo más que magullado —puntualizó Nilsa.

—Le ha dado un buen porrazo el dragón —Ingrid le palpó el brazo con cuidado—. No sé si tiene alguna herida interna o alguna fractura en el brazo y la pierna contraria. Dadme un momento.

—El rarito no es muy duro, lo más probable es que lo tenga todo roto —dijo Viggo con su habitual sorna.

«Tú callar. No gracioso. Lasgol muy fuerte. Estar bien» intervino Camu, y se irguió sobre las cuatro patas.

—Ya veremos —Viggo fue a apagar el incendio—.

A ver, ¿a quién se le ocurre prenderle fuego a un dragón?

Debéis matarlos en silencio y a cuchilladas, no con ataques estruendosos haciendo que se estrellen y prendiéndoles fuego.

Parece que queréis avisar a todos los dragones de Tremia para que vengan aquí.

—Parece que no tiene nada roto, pero puede haber derrames internos —Ingrid se puso en pie y se sacudió las rodillas—. Compruébalo tú misma, Astrid, a mí solo me parecen golpes muy fuertes.

«Yo saber. Mucho contento» Camu sonrió.

—Menos mal —Astrid le acarició a Lasgol el pelo y la mejilla con ternura.

Él intentó levantarse, pero no pudo, el dolor persistía. Astrid reparó en su gesto de sufrimiento y se volvió hacia Ingrid.

—¿Estás segura de que no tiene nada roto ni descolocado?

—En principio, no —Ingrid se encogió de hombros—. Solo parecen golpes muy fuertes.

Astrid examinó a Lasgol con cuidado y cariño y, al cabo de un momento, llegó a la misma conclusión.

—No, no parece que tenga nada roto. Menos mal —le apartó un mechón de la frente—. Pero si te duele tanto puede que haya algo de derrame interno. Por si acaso, no hagas movimientos bruscos y descansa un rato.

—No os preocupéis. He recordado o descubierto, no estoy seguro cuál de las dos, que tengo una habilidad que me ayuda a curar lesiones menores.

Todos lo miraron sorprendidos.

—¿Desde cuándo? —preguntó Astrid.

—Pues no lo sé, desde que me fui de Norghana… creo… no me aclaro. También me ha pasado algo raro con los ataques mentales… Igual he desarrollado otra habilidad… No sé…

—Es que eres un rarito de los de verdad —replicó Viggo.

—Voy a intentar curarme. Dadme un rato.

—Parece que hemos acabado con los dragones de avanzadilla —valoró Nilsa.

—Me parece que has hablado demasiado pronto, pelirrojita —dijo Viggo.

Todos lo miraron. Viggo señaló al cielo, hacia el sur.

Hacia ellos avanzaban diez dragones, perfectamente distinguibles.

—Lo que os había dicho, menos ruido y menos fuego, o nos van a destrozar —dijo Viggo.

Lasgol, desde el suelo, contempló a los dragones recortados contra el cielo nocturno y resopló.

No iban a tener ni un instante de descanso. Y lo peor de todo, eran demasiados para hacerles frente.