Capítulo 15
En el exterior, la lona de la tienda izquierda se abrió y dos soldados salieron alarmados por las explosiones.
Se encontraron con Ona, que gruñó y mostró sus fauces.
Los dos soldados se quedaron petrificados, con el rostro deformado por la sorpresa y el horror.
Gerd aprovechó la ocasión y soltó una flecha de aire.
Estalló en el torso del soldado de la izquierda y una descarga tremenda lo sacudió hasta la cabeza; el latigazo eléctrico saltó al soldado de al lado y le golpeó también en el cráneo. Ambos cayeron al suelo, inconscientes.
En la tienda derecha, dos soldados salieron y se encontraron con Argi.
El lobo gigante albino gruñó y mostró su formidable dentadura.
Los soldados se quedaron paralizados: era como si una pesadilla hubiera saltado al mundo real y se les plantara delante.
Argi se lanzó sobre uno de ellos y lo derribó.
Gerd tiró al otro con otra flecha de aire que le estalló en la cabeza y lo dejó sin sentido.
A aquella distancia, Gerd no podía fallar, a menos que los soldados fueran increíblemente rápidos y ágiles, o tuvieran magia.
Astrid avanzó un paso en el interior de la tienda y soltó una tremenda patada al torso del Drakónido a su izquierda, todavía aturdido, que se sujetaba la cabeza.
El Drakónido salió despedido de espaldas y se llevó por delante a un Escarlatum que intentaba ponerse en pie sin éxito.
Ambos golpearon la parte frontal de la tienda; como estaba bien atada, rebotaron hacia el interior y cayeron al suelo.
A la derecha de Astrid un humano había conseguido invocar su habilidad Garra de Fuego.
Eso preocupó a la asesina. Si podía utilizar su magia estaría en un grave problema.
Aquel humano no estaba lo bastante aturdido y aún podía usar sus poderes.
Tenía que cambiar aquello, y de inmediato.
Saltó hacia delante y le estampó la pierna extendida en la cara.
La cabeza se le fue para atrás y, de repente, la Garra de Fuego desapareció de su mano.
Ahora sí estaba lo bastante aturdido. Astrid le soltó otra patada en el estómago y el humano se dobló.
En ese momento, le clavó un rodillazo en la cara y por fin cayó hacia atrás, inconsciente.
Ya solo quedaba un brujo de dragón, el último de la derecha. Astrid tuvo un mal presentimiento. Era un Tauruk-Kapro enorme y ya se despejaba.
En el exterior, Ona derribó a uno de los soldados que salía, mientras Gerd alcanzaba a otro con una flecha de tierra en la cabeza.
De inmediato puso otra en su arco y apuntó hacia la derecha, hacia la tienda de la que se encargaba Argi.
El gran lobo blanco hacía un trabajo excelente: soldado que salía de la tienda, soldado que caía bajo sus poderosas fauces y enorme peso.
Los dos últimos salieron y, al ver a sus compañeros en el suelo ensangrentados y sin sentido, en lugar de enfrentarse a Argi y a Gerd, decidieron escapar corriendo llenos de terror.
—Eso no puedo permitirlo —masculló Gerd, tensando la cuerda del arco—. No podéis dar la alarma.
Apuntó con su arco y se aseguró de no fallar.
Soltó la primera flecha y alcanzó en plena nuca al soldado que corría hacia los árboles cercanos.
La explosión de tierra lo derribó y lo dejó sin sentido.
Con un movimiento rapidísimo puso otra flecha en el arco, apuntó al otro soldado que corría a campo abierto y soltó.
Le alcanzó también en la nuca y explotó. Cayó al suelo inconsciente.
Oyó ruido a su izquierda y giró el arco mientras colocaba otra flecha.
Ona había derribado a un soldado y ahora se enfrentaba a otro, al que ya había soltado dos zarpazos en el torso.
El soldado llevaba una lanza e intentó clavársela a Ona.
La pantera, con un salto muy ágil, salió del alcance del arma.
Gerd no podía permitir que aquel soldado volviera a intentar matar a Ona.
Soltó la flecha y ésta lo alcanzó en el torso.
Fue una explosión de aire y la descarga hizo que todo el cuerpo le temblara y soltara la lanza; aun así, consiguió soportar parte de la descarga y no cayó al suelo. Ona se lanzó sobre él y lo derribó.
Astrid observó al gran Kapro un instante.
Sujetó con fuerza sus cuchillos y se preparó para atacar.
El Kapro tomó la misma decisión y la embistió con los cuernos por delante.
Aquel ataque la pilló por sorpresa: esperaba que el Kapro echara mano a su espada o intentara usar su magia, pero en lugar de eso se lanzó con la cornamenta para arrollarla.
Astrid intentó esquivarlo con un movimiento rápido hacia un lado.
En sus mejores tiempos hubiera conseguido eludir el ataque por completo, pero no estaba en condiciones, no todavía.
Tal y como se había temido al principio, su agilidad y reflejos no estaban aún al nivel de cuando era una espía y asesina consumada.
El Kapro la agarró con un brazo mientras embestía y ella esquivaba, y ambos se golpearon contra la parte posterior de la tienda.
La lona, por el fuerte impacto, se resquebrajó por donde había hecho el corte y ambos salieron despedidos al exterior.
El Kapro cayó al suelo de bruces y Astrid, de espaldas.
La asesina rodó hacia la izquierda y se puso de pie de un salto. El Kapro, más torpe y lento, se levantó y fue a golpear a Astrid con su puño. En ese momento, Ona y Argi aparecieron tras Astrid. El Kapro dudó al ver a las dos fieras y desenvainó su daga.
—Los brazos —indicó Astrid a Argi y Ona con un gesto seco.
Los dos entendieron la orden y atacaron con una rapidez y ferocidad tremendas.
Un instante después, Argi mordía con fuerza el brazo de la daga y Ona, el otro.
Ambos tiraron de los brazos del Kapro mientras éste intentaba quitárselos de encima.
El brujo de dragón tenía mucha fuerza, pero también Ona y Argi.
Astrid aprovechó y se abalanzó sobre el Kapro, al que golpeó repetidamente en la cara con sus cuchillos.
El Kapro se quedó aturdido de nuevo y Astrid fue a rematarlo.
Una flecha de aire estalló en su cara. La descarga terminó de derribarlo.
Astrid se giró y vio a Gerd entre dos tiendas. Le hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza.
—Venid a mí —llamó Gerd a las dos fieras.
Ona y Argi dejaron de morder los brazos del Kapro y corrieron hasta donde estaba Gerd.
—Muy buen trabajo, chicos. Lo habéis hecho muy, muy bien —agradeció mientras los acariciaba.
Astrid llegó hasta Gerd.
—¿Todos fuera de combate? —preguntó, todavía con la respiración agitada.
—No queda ninguno en pie —dijo Gerd.
—Muy bien —celebró Astrid—. Apresurémonos en atarlos, sobre todo a los brujos, antes de que recobren el conocimiento.
—De acuerdo. Manos a la obra —asintió Gerd, descolgándose el arco del hombro.
Con rapidez, Astrid y Gerd ataron a los brujos de dragón primero y a los soldados después con las cuerdas que llevaban consigo. Una vez terminaron y se aseguraron de que estaban bien sujetos, los amordazaron.
—Voy a buscar al espada real y a los soldados. Vigiladlos —dijo Astrid mirando a Gerd, Ona y Argi.
—No te preocupes, nosotros nos encargamos —repuso Gerd, palmeando el lomo del lobo.
Astrid salió a la carrera y se perdió en la noche.
No tardó mucho en regresar con el espada real y una treintena de soldados de Rogdon.
Sacaron a los brujos de dragón y a los soldados y los sentaron frente a las tiendas.
Les pusieron una lanza al cuello para que no intentaran nada.
Gerd tenía el arco preparado y apuntaba a los brujos.
A Ona y Argi les encomendaron la misión de vigilarlos.
Si usaban magia, podía haber problemas pese a estar atados.
Astrid ordenó que les quitaran las mordazas. Iba a hablar con ellos.
—Tenéis la oportunidad de marchar y uniros a la rebelión —dijo Astrid, plantada frente a ellos—. Yo de vosotros la cogería, de lo contrario moriréis aquí.
Los soldados prisioneros miraban a los brujos. Astrid reconoció el miedo en sus miradas. Aquellos soldados probablemente elegirían vivir y unirse a la rebelión, pero tenían miedo de que los brujos los mataran por ello.
—¿Qué me decís, brujos de dragón? —preguntó, mirando uno por uno cada rostro.
—Sabemos de la rebelión y no estamos con ella —contestó el Drakónido, alzando el mentón—. Solo los sucios traidores irían en contra de nuestros señores dragones.
Astrid miró al espada real y a los soldados de Rogdon que rodeaban a los prisioneros. Luego señaló con uno de sus cuchillos.
—¿Veis a estos soldados que os rodean? —Astrid sostuvo la mirada del Drakónido—.
No son vuestros enemigos, el verdadero enemigo son los dragones que os hacen luchar por ellos y morir aquí, en tierra lejana, en una guerra sin sentido que solo ellos desean.
Los soldados de Rogdon no quieren esta guerra.
Ellos no quieren mataros, pero si los obligáis lo harán.
Os vuelvo a preguntar: ¿queréis uniros y vivir, o morir aquí por unos dragones déspotas que no merecen vuestra lealtad?
—Puede que hables nuestro idioma, asesina, pero tus palabras están llenas de traición. Son viles y ninguno de nosotros las escuchará —escupió el Drakónido, ladeando la cabeza con desprecio.
—¿Todos pensáis lo mismo que él? —preguntó Astrid, consciente de que los soldados harían lo que ellos decidieran.
—No todos compartimos su opinión —dijo la Fatum a la que Astrid había roto la nariz.
—¡Calla, traidora! Cierra esa boca o los señores dragones te arrancarán la cabeza —rugió el Drakónido, retorciéndose en sus ataduras.
—No creo que los señores dragones estén en posición de arrancarle la cabeza ahora —replicó Astrid, acercándose un paso—.
Tenéis la oportunidad de conseguir la libertad.
No solo eso: tenéis la posibilidad de rebelaros y luchar contra esas bestias, de uniros a nosotros y que, entre todos, acabemos con esos tiranos de los aires.
—¿Son verdaderos los rumores que hemos escuchado? ¿Eso es lo que nos dices, asesina? —preguntó el Kapro, inclinando la cabeza, interesado.
—Lo son —dijo Astrid—. La rebelión existe. Se agrupa en el territorio del Imperio Noceano, al este de los desiertos. Sus líderes luchan contra los dragones y se alían con todo aquel que se una contra ellos.
—En ese caso, cuenta conmigo —declaró la Fatum bajando la cabeza.
—Y conmigo —dijo el Kapro.
—Malditos traidores sin entrañas, pagaréis con vuestra vida por esto. Los señores dragones os harán sufrir antes de mataros —amenazó el Drakónido con los ojos inyectados en sangre.
Astrid miró al espada real. Señaló al Drakónido y luego pasó su dedo pulgar por el cuello.
El espada asintió y, de un movimiento fulgurante, soltó un tajo tremendo con su espadón y decapitó al Drakónido. La cabeza rodó entre los otros brujos de dragón.
—¿Alguno más opina que se debe seguir a los dragones? —preguntó Astrid, señalándolos con sus cuchillos.
—Yo estoy con la rebelión —dijo el humano.
—Y yo también —dijo el Escarlatum.
Por último, la Felidae pantera asintió.
—Todos deseábamos huir y unirnos, pero este Drakónido leal a los dragones nos lo impedía —explicó la Fatum bajando los ojos.
—Ya no puede impedir nada —contestó Astrid, mirando la cabeza en el suelo.
—Estamos contigo. Estamos con la rebelión —dijo la Fatum.
Astrid se volvió hacia los soldados de Kraido.
—¿Alguno de vosotros quiere seguir luchando para los dragones? —preguntó, deslizando la mirada por todos ellos.
Todos negaron con prisa y vehemencia. Ninguno quería perder la cabeza. Astrid sabía que, probablemente, alguno de aquellos soldados, llevado por el miedo, los habría traicionado, pero no tenían tiempo para vigilarlos y tampoco quería matar a soldados inocentes.
Se volvió hacia los brujos de dragón.
—Os vamos a dejar en libertad —Astrid envainó uno de sus cuchillos—. Cogeréis a estos soldados y saldréis de aquí corriendo sin dar la alarma. Si no lo cumplís, os aseguro que os perseguiré y os mataré a todos uno por uno. ¿Queda claro?
—No te preocupes, asesina, eso no será necesario —aseguró el Kapro inclinando la cabeza.
—Muy bien. Que así sea. ¡Marchad! —ordenó Astrid con un gesto seco de la mano.
Se volvió hacia el espada real.
—Podéis soltarlos —indicó por gestos, señalando las cuerdas.
El espada frunció el ceño e hizo un gesto preguntando si estaba segura.
—Sí, tranquilo —dijo Astrid—. Están con nosotros.
El espada real asintió y dio la orden a sus soldados de soltarlos.
Un poco más tarde, los brujos de dragón y los soldados de Kraido marchaban hacia el este.