Capítulo 14
Astrid avanzaba en silencio con sus cuchillos de asesina en las manos. Algo más retrasado, Gerd le cubría la espalda moviendo el arco de izquierda a derecha mientras sus ojos buscaban algún enemigo en la noche.
Agazapada y en sigilo, Astrid llegó hasta unas rocas.
Las rodeó con mucho cuidado y descubrió que había un grupo del ejército de Kraido algo más adelante.
Se pegó a la roca y observó, oculta en la penumbra.
Lo que vio no le gustó nada: cuatro tiendas militares con soldados durmiendo en ellas y cuatro vigías, uno en cada extremo del campamento.
Pero eso no era lo que le preocupaba. El problema era que no solo había soldados del ejército de Kraido, sino también un grupo que identificó como brujos de dragón charlando alrededor de una hoguera.
Esperaba equivocarse, pero por lo que había visto se trataba de una escuadra al completo: seis integrantes.
Y estaban despiertos, lo que hacía imposible sorprenderlos. Aquello complicaba mucho las cosas.
Se dio la vuelta y le hizo una seña a Gerd para que se acercara.
El grandullón se dirigió hacia ella con rapidez.
Mientras lo veía correr, Astrid se percató de que Gerd apenas arrastraba secuela alguna de lo que le había sucedido en el Refugio.
Se alegró mucho por él. Alguien con semejante corazón no se merecía lo que le había pasado.
Que ahora pudiera moverse tan bien como antes lo achacaba a su tesón.
Sí, corazón y fuerza de voluntad definían a Gerd.
Eso, y su amor y habilidad con los animales.
Gerd llegó hasta donde estaba y se agachó a su lado, pegando también la espalda contra la roca.
Astrid le cedió su posición para que pudiera ver a qué se tenían que enfrentar.
El grandullón echó una rápida ojeada: sacó la cabeza y la metió en un abrir y cerrar de ojos. Quedó callado, analizando la situación.
—Me ha parecido ver una escuadra de brujos de dragón —Gerd señaló hacia el campamento sin asomar la cabeza.
—Sí, a mí también. Por eso te he hecho venir —le sostuvo la mirada un momento.
—Con esos ropajes que llevan y las espadas a la cintura se diferencian bien de los soldados regulares de Kraido —señaló con el mentón hacia la hoguera—. ¿Qué quieres hacer?
—Preferiría no tener que enfrentarme a ellos, pero dada la situación no tenemos muchas opciones —Astrid echó un vistazo rápido por encima de la roca—. La ruta de escape pasa por aquí, así que tenemos que despejar el camino. Ese puesto de control debemos desmantelarlo.
—De acuerdo, estoy contigo —Gerd asintió con serenidad.
Un sonido los hizo volverse hacia el este. De entre la oscuridad apareció Ona y, al cabo de un momento, Argi.
—Vaya, esta sorpresa sí que no me la esperaba —el grandullón se agachó, dejó de lado el arco y abrió los brazos.
La pantera de las nieves y el lobo gigante fueron hacia ellos. Los llenó de caricias y ambos compañeros las agradecieron.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Todo bien? —preguntó sin soltar a ninguno de los dos.
Ona himpló una vez y Argi soltó un pequeño gemido.
—Parece que todo está bien.
Astrid se acercó y los acarició con cariño.
—Genial, en ese caso nos va a venir muy bien vuestra ayuda.
—Esto iguala un poquito las cosas —Astrid echó con cuidado una rápida mirada hacia el campamento enemigo.
—¿Cuántos soldados, aparte de la escuadra de brujos de dragón? —preguntó Gerd, con el arco apoyado en el muslo.
—Hay cuatro de guardia. En las tiendas deben de estar otros cuatro repartidos en dos; la tercera, imagino, es la de los brujos de dragón, que están ahora alrededor de la hoguera —Astrid fue contando con los dedos—. En total, doce soldados y seis brujos de dragón.
—Nosotros cuatro deberíamos poder con ellos, son solo dieciocho —Gerd resopló.
—Si fueran soldados regulares te diría que sí, pero me preocupan los brujos de dragón y su magia —Astrid apretó los labios—. Esos pueden ser un problema, dependiendo del tipo de magia que tengan.
Gerd arrugó la frente.
—Sí, tienes razón. Podemos tener dificultades.
—Tenemos que intentar cogerlos por sorpresa, es la mejor opción. Ahora mismo están relajados y no esperan ser atacados —se asomó un instante hacia el campamento.
—No va a ser fácil. Hay cuatro vigías y los brujos de dragón están despiertos —Gerd sacudió la cabeza.
—Cierto. Vamos a tener que esperar un poco para poder sorprenderlos.
—No disponemos de demasiado tiempo. Los dragones se acercan y hay muchísima gente que sacar de ese túnel —se asomó de nuevo hacia el campamento, inquieto.
—Lo sé, pero si atacamos ahora, en abierto, con los brujos de dragón ahí, corremos un riesgo demasiado alto —fijó la vista en el campamento—. Si uno de esos brujos tiene el talento de hechicero o magus, puede hacernos cenizas antes de que podamos abatirlo.
—¿Qué propones entonces?
—Vamos a tener que aguardar a que esos brujos de dragón se vayan a dormir. Una vez lo hagan, será el momento de actuar.
—Eso podría retrasarnos demasiado —Gerd arrugó la nariz.
—No lo creo. Es ya bien entrada la noche, se irán a descansar en breve.
—Espero que tengas razón. De lo contrario nos vamos a encontrar con muchos civiles apiñados en los túneles y sin tiempo para salvarlos —Gerd volvió a mirar hacia el campamento con el ceño fruncido.
—Tranquilo, grandullón. Sé que tu corazón quiere salvarlos, pero no debemos precipitarnos.
Yo también quiero, pero mi conocimiento y experiencia me dicen que debemos esperar para tener una mejor oportunidad.
El objetivo es atacar y acabar con ellos antes de que puedan acabar con nosotros —le puso una mano en el brazo—.
Piensa que, si se da la alarma, no podrán abandonar los túneles.
—Sí, eso es lo peor que puede pasar.
—Eso y que nos maten.
Gerd bajó la cabeza.
—Sí, eso sería realmente malo.
—Tranquilo, no sucederá. Sigue mis instrucciones y todo irá bien —prometió Astrid.
—Sabes que confío plenamente en ti. No hay problema, lo haremos como tú creas que es mejor —la miró a los ojos—. Este es tu campo de especialidad, no el mío. La asesina eres tú.
—Gracias por la confianza. No te fallaré.
—Lo sé —sonrió Gerd.
Aguardaron hasta que los brujos de dragón entraron en su tienda a descansar. Tal y como Astrid había previsto, no tardaron demasiado en hacerlo, lo que tranquilizó a ambos: no habían perdido demasiado tiempo.
Una vez que solo quedaron los cuatro vigías en el campamento, Astrid indicó a Gerd que aguardara con Ona y Argi mientras ella se encargaba de los guardias.
La asesina desapareció entre la penumbra de la noche y Gerd esperó acariciando a Ona y Argi. Sabía que Astrid se encargaría de los guardias en silencio y que éstos no tenían ni la más mínima oportunidad.
La asesina no tardó demasiado en regresar.
—¿Todo bien? —preguntó Gerd con la vista fija en la oscuridad de donde ella había desaparecido.
—Todo en orden. Ya no hay vigías —Astrid enfundó sus cuchillos.
—Muy bien. ¿Actuamos ahora entonces?
—Vamos. Con cuidado.
Los cuatro salieron de detrás de la roca y se dirigieron al centro del campamento, donde las brasas de la hoguera iluminaban las tiendas.
Frente a la de los brujos de dragón había un brasero que proporcionaba una tenue luz; aparte de eso, no había más iluminación en el campamento.
Gerd se situó a veinte pasos y se agachó apuntando con su arco hacia las tiendas mientras Astrid, Argi y Ona avanzaban con total sigilo, como tres depredadores de la noche dispuestos a saltar sobre sus presas.
Astrid llegó hasta las tiendas e indicó a Ona y Argi que aguardaran delante de las de los soldados.