Capítulo 13
Ingrid y Nilsa observaron al grupo de soldados Fatum que hacían guardia.
—Están demasiado cerca —murmuró Ingrid sin apartar los ojos del campamento.
—Cierto —Nilsa apretó el arco—. Nos descubrirán en cuanto comencemos a sacar a los civiles del túnel.
Ingrid frunció el ceño.
—Vamos a tener que encargarnos de ese puesto de vigilancia.
—¿Cómo quieres hacerlo? —Nilsa la miró de reojo—. ¿Por las buenas o por las malas?
—Vamos a intentarlo primero por las buenas y, si no lo conseguimos, por las malas —dijo Ingrid.
—Pero perdemos el factor sorpresa si lo hacemos así —Nilsa señaló hacia los soldados.
—Quizá —concedió Ingrid—, pero no quiero matar a soldados Fatum si podemos evitarlo.
—Estoy de acuerdo. ¿Qué hacemos entonces? —Nilsa esperó con los ojos fijos en su compañera.
—Rodearemos su puesto de vigilancia y los sorprenderemos por la espalda —señaló los flancos del campamento.
—¿Juntas o por separado?
—Hagámoslo por separado —Ingrid escrutó el terreno—. De esa forma tendremos mayores posibilidades de sorprenderlos.
—De acuerdo —Nilsa comprobó la dirección del viento—. Yo iré por el norte.
—Yo por el sur —dijo Ingrid.
Las dos guardabosques norghanas avanzaron agazapadas, dando un rodeo cada una por su dirección. Se situaron en posición y observaron el puesto. Contaron una docena de soldados Fatum. La mayoría dormían, pero cuatro hacían guardia, uno en cada dirección cardinal.
Ingrid y Nilsa prepararon sus arcos. Pusieron una flecha elemental de tierra en la cuerda y se aproximaron a los guardias que tenían en su dirección, agachadas y en silencio.
Escucharon rugidos que las obligaron a detener el avance y mirar hacia el cielo.
No muy lejos había algún dragón. Mejor si se apresuraban.
Ambas pensaron lo mismo y pasaron a la acción.
Ingrid salió de detrás de una roca de tamaño considerable y apuntó al soldado. El Fatum, al verla, dio un brinco hacia atrás del susto y la miró con los ojos muy abiertos.
Nilsa salió de detrás de unos arbustos y apuntó al soldado de guardia.
El Fatum reaccionó amenazándola con la lanza.
Su rostro de bellas facciones mostraba terror.
Nilsa le hizo un gesto negativo con la cabeza.
Estaba a cinco pasos del soldado; antes de que pudiera llegar a ella, lo derribaría de un flechazo al torso.
Él comprendió el mensaje y se quedó quieto, sujetando la lanza con las dos manos.
Tenía el escudo apoyado sobre una roca a su lado.
Nilsa le hizo un gesto con el arco para que bajara la lanza.
El soldado lo pensó un momento y luego giró la cabeza para ver qué hacían sus compañeros.
Los otros dos vigías aún no se habían percatado del acercamiento de Ingrid y Nilsa y el resto dormían apaciblemente.
Ingrid vio que el soldado iba a dar la alarma y le hizo un gesto con el arco para que no lo hiciera.
El Fatum dudó, pero decidió tomar el camino difícil: comenzó a gritar y obligó a Ingrid a tirar.
La flecha de tierra le estalló en el torso con una explosión aturdidora y cegadora que lo dejó incapacitado.
Ingrid avanzó hacia él y lo remató de un codazo en la nariz.
Escuchó otra explosión de una flecha de tierra y supo que Nilsa había soltado.
La pelirroja, al otro lado, puso otra flecha de tierra en la cuerda y, sin pensarlo dos veces, soltó alcanzando al vigía que tenía más cerca.
Ingrid dejó fuera de combate al otro con otra flecha de tierra.
Los soldados que dormían despertaron, se pusieron en pie entre gritos de alarma y sorpresa y cogieron sus lanzas y escudos.
Ingrid y Nilsa ya tenían otra flecha en la cuerda y apuntaban con los arcos al grupo.
—¡Quietos todos donde estáis si no queréis morir! —Ingrid dio un paso al frente, con el arco tenso apuntando al corazón.
Los soldados Fatum se sorprendieron al oír a una humana de Tremia hablar el idioma de Kraido. Por un momento todos se quedaron quietos, con lanza y escudo preparados, mirando a Ingrid y a Nilsa con expresiones de temor y sorpresa.
—¿Cómo es que puedes hablar nuestro idioma? —el soldado entornó los ojos.
—Tengo un anillo mágico que me lo permite —Ingrid levantó brevemente la mano libre antes de volver a asir el arco.
—Tú no eres rogdana —el Fatum la estudió de arriba abajo.
—No, no lo soy, soy norghana —se irguió—. Y soy además aliada de la rebelión.
Esto último captó la atención de todos.
—¿De la rebelión de los pueblos de Kraido? —dijo el soldado, intercambiando una rápida mirada con sus compañeros.
Ingrid asintió.
—Así es, conozco a la líder de la rebelión y tengo una alianza con ella —respondió.
Se hizo un silencio tenso. Los soldados observaban a Ingrid y Nilsa con expresiones de duda y extrañeza.
—¿Por qué nos cuentas eso? ¿Qué te hace pensar que nosotros estamos con la rebelión?
—Sois soldados de Kraido y sois Fatum, deberíais estar con la rebelión —dijo Ingrid.
—¿Qué conoces tú de los Fatum? —la voz del soldado se endureció.
—Sé que sois un pueblo sometido, un pueblo con gran alineación con la magia y con el que se ha cometido una injusticia tremenda —la voz de Ingrid se endureció—. Que os hayan cortado las alas me resulta abominable e impensable, pero siendo los dragones quienes lo han hecho, no me extraña.
Los soldados volvieron a mirarse entre ellos, pero no dijeron nada. El que parecía el mayor de todos bajó la lanza y adoptó una pose menos agresiva.
—No podemos saber si lo que dices es cierto —razonó—; eso nos pone en una situación complicada.
—No lo entiendo —Ingrid inclinó levemente la cabeza—. La situación no es nada complicada: lo que tenéis que hacer es dejar las armas y marchar sin informar a los dragones.
—Si hacemos eso nos matarán cuando descubran lo que ha sucedido —apretó la lanza.
—Cierto, solo que no os encontrarán —dijo Ingrid.
—¿Por qué dices eso?
—Porque habréis desertado y os habréis unido a los rebeldes en una de las ciudades que mantienen —dijo Ingrid.
Los soldados lo pensaban.
—Hemos oído muchos rumores sobre la rebelión —dijo otro, dando un paso al frente—. Dicen que hay brujos de dragón que liberan ciudades en el desierto, pero no tenemos certeza de que nada de eso sea así.
—Ni la tendréis si os mantenéis en Rogdon —dijo Ingrid.
—Las cosas aquí son diferentes, aquí dominan los dragones —el soldado miró al cielo.
—Por esa misma razón debéis desertar y dirigiros a los desiertos del este —Ingrid mantuvo el arco apuntando, por si acaso—. Estoy segura de que por el camino encontraréis a muchos de los vuestros que ya lo han hecho.
—¿Por qué tendríamos que creerte? —el soldado ladeó la cabeza—. No haces más que ampliar los rumores que nos han estado llegando y que no podemos comprobar si son ciertos o no.
Ingrid los miró con intensidad en los ojos.
—Podéis creerme porque si estuviera mintiendo mi compañera y yo os habríamos matado ya.
Nilsa asintió y les dirigió una sonrisa irónica.
—No creo que vosotras dos podáis matarnos a todos —dijo el soldado.
—Te aseguro que podemos —movió el arco y luego bajó la mirada a su cinturón—. Tanto con arco como con cuchillo y hacha. Somos guardabosques norghanas, estoy segura de que habéis oído rumores sobre nosotras.
El Fatum asintió despacio.
—Hemos oído hablar de los guardabosques norghanos y sus flechas que explotan —dijo.
—No tenemos por qué derramar sangre —Ingrid bajó levemente el arco, sin llegar a hacerlo del todo—.
Coged vuestras cosas y marchad, uníos a la rebelión.
Os aseguro que todos los rumores que están llegando son ciertos.
Buscad a vuestros compañeros en las ciudades del norte, al este de los desiertos, y uníos a ellos. Luchad contra los dragones.
—Suena demasiado bueno para ser verdad —dijo el soldado.
—Lo es —Ingrid los recorrió con la mirada uno a uno—. Y lo que os sugiero es que escapéis, no solo vosotros, sino todos los que están sitiando la ciudad.
El soldado frunció el ceño.
—Eso es bastante complicado, hay varios dragones dirigiendo el asedio.
—Sois inteligentes y escurridizos; mi consejo es que informéis a todos vuestros compañeros de que este es el momento de huir y unirse a la rebelión —propuso Ingrid.
—¿Por qué es este el momento?
—Porque pronto llegará una horda de dragones y entonces no podréis hacerlo —señaló al horizonte—. Tenéis una oportunidad para escapar y es ahora. Informad a vuestros compañeros y huid.
Esto captó la atención de todos. Los soldados quedaron desconcertados y pensativos por un largo momento. Finalmente, el líder del grupo se pronunció.
—Quiero creer lo que me dices. No estoy del todo convencido, pero tengo esperanza, como el resto de mis compañeros —levantó la vista y la clavó en Ingrid—. Es por esa esperanza en que un día seremos libres que elijo hoy creerte.
Se dio la vuelta y se dirigió a sus compañeros.
—Marchemos. El día que hemos estado esperando por fin ha llegado. Haremos como nos ha indicado la norghana: informaremos a nuestros compañeros de que los rumores son ciertos y de que debemos abandonar Rogdon para dirigirnos al sur a buscar a los nuestros y unirnos a ellos.
—Me alegro de que toméis la decisión correcta —Ingrid inclinó la cabeza.
El soldado hizo un gesto de respeto y señaló a los vigías que estaban aturdidos.
—Ayudadles y lleváoslos —dijo Nilsa.
Poco después, con paso decidido, todos los Fatum abandonaron el campamento de vigilancia y se perdieron en la noche.
Nilsa se acercó hasta Ingrid y las dos bajaron los arcos.
—¿De verdad crees que no darán la alarma y se unirán a la rebelión? —preguntó en voz baja.
—Creo que sí, o al menos eso espero —Ingrid no apartó los ojos del camino por el que habían desaparecido los soldados—. Si nos traicionan lo sabremos pronto, pero algo me dice que estos Fatum lo que necesitaban para desertar era un poco de confianza, y eso es lo que he intentado transmitirles.
—Lo has hecho estupendamente bien —Nilsa sonrió—. Los has convencido por completo.
—Enseguida lo sabremos —se volvió hacia Nilsa—. Prepárate por si acaso.
Aguardaron un rato con las armas preparadas por si los soldados regresaban con refuerzos o llegaba la alarma desde la distancia. Por fortuna, no sucedió nada.
—Regresemos con el resto y comencemos a evacuar —dijo Ingrid.