Cielos funestos (La senda de los dragones 8) Capítulo 11
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Capítulo 11

Ingrid y Nilsa ayudaban a los soldados a quitar las rocas y la tierra desprendidas.

Necesitaban despejar el túnel y hacerlo con rapidez, pero las cosas no iban bien.

Los soldados trabajaban con ímpetu, pero se estorbaban y lo mismo sucedía con ellas dos.

Había demasiada roca y tierra que sacar de allí y el túnel era estrecho, lo que impedía que pudieran trabajar más de cuatro sin entorpecerse.

—Voy a poner algo de orden —dijo Ingrid a Nilsa, dejando a un lado una gran roca que acababa de mover.

—Será mejor que pongas mucho orden, porque esto no avanza y el tiempo pasa demasiado rápido.

—Tranquila, yo me encargo. Tú sigue mis instrucciones.

—Sin problema.

Ingrid se abrió paso hasta llegar a la cabeza del túnel, donde los soldados trabajaban.

—Deteneos. Escuchadme —dijo, y palmeó las espaldas de dos de ellos.

Ambos se detuvieron y miraron a Ingrid.

—Necesito que trabajemos en orden y de forma eficiente. Ahora mismo movemos tierra y rocas, pero obtenemos pocos resultados.

El espada real la miró y negó con el dedo índice.

Ingrid se llevó la mano a la frente. Aquellos hombres no la entendían, tendría que darles las instrucciones como si fueran niños.

Por señas, indicó al espada real que se apartara y se situara detrás de ella.

Él lo entendió y obedeció. Ingrid cogió entonces a uno de los soldados y lo colocó frente a los escombros, en el lado izquierdo.

Acto seguido, tomó a otro y lo situó en el lado derecho.

Se volvió hacia un tercero, lo agarró del brazo y lo colocó en el centro.

Hizo lo mismo con un cuarto. Les indicó con los dedos que los cuatro debían sacar rocas.

Luego, situó a tres detrás de ellos. También por señas, les indicó que los cuatro primeros debían pasar las rocas a los tres siguientes.

Después colocó a otros dos detrás del grupo de tres y les señaló que debían pasar las rocas hacia atrás.

Finalmente creó una línea de diez soldados, de uno en uno. Entonces se volvió hacia Nilsa.

—Tú encárgate de que los ciudadanos vayan pasando las rocas hacia atrás. De otra forma, no podremos pasar.

—Yo me encargo —dijo Nilsa.

Retrocedió hasta llegar a los primeros civiles.

Tal y como Ingrid había hecho, les indicó con gestos que iban a llegar rocas, que debían pasarlas hacia atrás y que tenían que formar una especie de cadena.

Fue retrasándose mientras los civiles se colocaban en líneas de a dos para pasar las rocas.

Le llevó un buen rato organizar la línea hasta el final, hasta la entrada desde la ciudad.

Tendrían que llevar los escombros hasta el fondo, porque eran demasiado cuantiosos para dejarlos a lo largo del túnel.

De hacerlo, crearían un cuello de botella que impediría el flujo adecuado de personas.

Nilsa regresó rápidamente hasta la cabeza y le indicó a Ingrid que ya estaba todo organizado.

La rubia norghana se dirigió al espada real con gestos y comenzaron a trabajar con el nuevo sistema.

Ingrid daba instrucciones palmeando hombros y espaldas a los soldados para que le hicieran caso, cosa que no siempre sucedía porque no la entendían.

Los cuatro primeros fueron pasando las rocas hacia atrás y la cadena comenzó a funcionar.

Nilsa, que se había situado a medio camino, subía y bajaba por el túnel para organizar el trabajo y ayudar cuando alguna roca no se movía por la razón que fuera.

Pronto el esfuerzo comenzó a dar fruto. Las primeras rocas llegaron al final del túnel y los soldados allí las echaron al interior de la ciudad.

Nilsa llegó hasta la cabeza e informó a Ingrid de que el sistema funcionaba.

—Estupendo. Ahora sí que vamos a conseguir despejar este paso y salir de aquí.

—Nada como una buena organizadora —sonrió Nilsa.

En el túnel en el que Gerd y Astrid estaban atrapados las cosas no iban tan bien. El espada real y los soldados en cabeza no conseguían que la puerta de salida cediera.

—Será mejor que les eches una mano, grandullón —sugirió Astrid a Gerd—. Son fuertes, pero no tanto como tú.

—Ahora mismo les enseño lo que vale un norghano de las montañas.

Gerd fue hasta la puerta de salida y le cedieron paso para que empujara.

Con un gruñido de oso, arremetió con todas sus fuerzas, apoyando el brazo y el hombro contra lo que parecía una pared inamovible.

Empujó con todo su ser durante un buen rato, al igual que el espada real y los otros soldados que estaban a su lado, pero tampoco consiguió abrir la puerta.

Lo intentó un rato más, aunque por desgracia no hubo suerte.

Tuvo que resignarse y volvió con Astrid.

—Necesitamos alguna idea, porque así no vamos a abrir esta puerta.

Astrid asintió y se quedó pensando un momento.

—Lo tengo. Necesitamos un ariete.

—Aquí abajo no veo muy claro que encuentres ninguno.

—Si la puerta no abre, habrá que tirarla abajo y para eso necesitamos un ariete.

—Sí, eso podría funcionar, solo que no creo que haya uno aquí —Gerd miró adelante y atrás en el túnel.

—Yo sé cómo conseguir uno —dijo Astrid con confianza.

Gerd la miró con ojos de no saber cómo iba a hacer aquello, pero no dijo nada.

Astrid se dirigió rápidamente hasta el espada real y le hizo gestos para explicarle lo que necesitaban.

El espada lo entendió enseguida, pero, al igual que Gerd, le indicó que allí abajo no tenían ningún ariete disponible.

Astrid asintió para hacerle saber que lo entendía y luego le indicó que la siguiera.

Como no se movía, lo cogió de la pechera y se lo llevó.

Retrocedieron por el túnel hasta la mitad, mientras todos los civiles que aguardaban para salir los miraban con ojos llenos de preocupación, miedo y en algunos casos terror.

Se sentían atrapados allí abajo. Todos eran conscientes de que la muerte se acercaba y de que, en aquel momento, no podían salir.

Astrid llegó hasta el lugar que ella buscaba y señaló al espada real unas vigas de madera que reforzaban el túnel.

Se acercó a la más gruesa y le indicó que necesitaban aquella viga.

Su idea era quitar la viga de soporte y usarla como ariete.

El espada la observó gesticular y, al cabo de un momento, comprendió lo que la morena asesina tramaba.

Asintió, se volvió hacia los soldados que había cerca y les indicó en rogdano lo que necesitaban hacer.

Los soldados se pusieron a la labor al momento. Despejaron la zona haciendo que varios grupos de refugiados se echaran hacia atrás y otros se apelotonaran hacia delante. Buscaban evitar que murieran aplastados si al quitar la viga se producía un desprendimiento.

Astrid le indicó al espada real que la quitaran con mucho cuidado.

Debían evitar que aquella sección del túnel colapsara.

Si la habían reforzado con aquellas vigas era por alguna razón.

Los soldados también lo entendieron, ya que los gestos de Astrid eran claros e indicaban la pared cayendo sobre ellos.

El espada real asintió y les dijo a los soldados que tuvieran cuidado.

Un momento más tarde comenzaron a quitar la viga con tanta delicadeza como pudieron, que no fue demasiada, ya que tampoco disponían de herramientas adecuadas para realizar aquel trabajo.

Les llevó algo de tiempo, pero finalmente consiguieron liberar la viga y, para su alegría, el túnel no colapsó.

Sin embargo, todos se quedaron con la impresión de que podía hacerlo en cualquier momento y de que debían salir de allí lo antes posible.

El espada real y los soldados regresaron corriendo con la viga hasta la puerta de salida.

Gerd sonrió al ver llegar al grupo.

—Veo que has conseguido tu propósito —le dijo a Astrid cuando llegó.

—He recordado que vimos vigas en varios puntos del túnel. Creo que nos servirá.

—Eso espero yo también.

El espada real y los soldados no perdieron un instante y comenzaron a golpear la puerta con la viga a modo de ariete.

Los golpes eran contundentes y estruendosos, sobre todo en el interior del túnel, que producía un eco que enviaba el sonido hacia atrás y atemorizaba aún más a muchos de los civiles.

Gerd relevó a uno de los soldados, que ya estaba sin fuerzas, y Astrid hizo lo mismo con otro un momento más tarde.

Golpearon aquella puerta con toda la fuerza que tenían hasta que finalmente cayó hacia el exterior, arrancada de sus goznes.

Gerd resopló, muy aliviado.

—Por fin.

—Menos mal —dijo Astrid.

Los soldados y el espada real estaban exhaustos, pero aun así salieron para que el flujo de personas pudiera comenzar.

—Será mejor que tú y yo salgamos ahí fuera y nos aseguremos de que los demás pueden salir —dijo Astrid a Gerd.

—Sí, vamos rápido. No quiero que tengamos un disgusto esperándonos.

Astrid y Gerd dejaron al espada real y a los soldados en cabeza organizando la salida de los civiles y ellos salieron. Estaban en el sótano de algún edificio de piedra.

Echaron mano a sus armas y subieron al piso superior despejando una trampilla.

—Esta salida no está hecha para tal cantidad de civiles —dijo Astrid a Gerd—. Vamos a tener que ampliarla.

—Sin problema. El suelo es de madera, podemos tirar medio piso si hace falta.

—Primero asegurémonos de que fuera no nos espera nadie.

Gerd asintió y los dos salieron. Por desgracia, sí que los esperaban y los habían oído.

En el otro túnel, Ingrid y Nilsa lograron que se retiraran todos los escombros y se sacaran del túnel. Tenían el paso despejado.

—Adelante, a la salida —indicó Ingrid al espada real y a los soldados.

Esta vez sí la entendieron todos y salieron corriendo tan rápido como podían. Ingrid notó que estaban muy cansados, pero esperaba que no tuvieran más complicaciones.

Por fortuna, así fue. La salida era una trampilla de metal de bastante tamaño. El espada real le indicó que tenían que levantarla y, por el rostro que puso, Ingrid y Nilsa supieron que iba a pesar mucho.

Ingrid asintió y le dijo que se apartaran él y sus soldados, y que dejaran que un grupo nuevo se encargara. El espada real entendió y envió la orden hacia atrás. No tardaron mucho en aparecer una docena de soldados.

Ingrid y Nilsa ya estaban en posición para empujar y les indicaron que ayudaran.

Los soldados se colocaron bajo la gran trampilla e Ingrid dio la orden y comenzaron a empujar.

La trampilla no parecía querer abrirse. Les llevó un rato escuchar un sonido de piedra rozando contra metal y, un instante después, cedió.

Los soldados la hicieron volcar por completo y cayó contra el suelo de arriba con algo de estruendo.

Ingrid y Nilsa sacaron la cabeza con cuidado, el enemigo podía estar esperando.

No vieron ni escucharon movimiento, pero aun así subieron con las armas en las manos, preparadas para hacer frente a cualquier enemigo.

Observaron el entorno en medio de la penumbra durante un momento para acostumbrar los ojos, pero no captaron nada.

Ingrid avanzó agazapada y Nilsa la siguió.

Estaban en una habitación amplia de paredes de piedra, que palparon buscando una puerta. Finalmente encontraron una.

—Esperemos que no haya que echarla abajo —susurró Nilsa.

—La puerta es de metal y tiene una cerradura.

Escucharon un ruido a la espalda y descubrieron al espada real. Se acercaba con una llave enorme en la mano. Hizo un gesto de abrir.

Ingrid asintió.

El espada abrió la puerta y se retiró. Ingrid y Nilsa asomaron la cabeza y observaron el exterior. Estaban en una especie de ermita. A un lado había tumbas de piedra con cruces pequeñas y al otro, varios árboles. No vieron presencia enemiga.

Las dos guardabosques rastrearon los alrededores sin alejarse demasiado, solo lo necesario para establecer que todo estaba despejado.

Regresaron a la ermita. La cabeza del espada real apareció en la puerta e Ingrid le hizo un gesto para que avanzaran. Un momento después, los soldados organizaban la salida de los civiles por aquella ruta de escape. Ingrid y Nilsa vigilaron el proceso, por si acaso, avanzando en medio de la noche.