Capítulo 10
Cuatro escoltas reales se presentaron ante las Panteras de las Nieves e indicaron con gestos que los siguieran. No podían entender qué decían, pero sí que debían ir con ellos.
—Hay que ponerse en acción —dijo Ingrid.
—De acuerdo —dijo Lasgol.
El grupo se despidió con gestos de confianza y fuerza, y cada uno se dirigió a su salida.
Lasgol observó al escolta que, por lo que Aliana les había explicado, también se les conocía como espadas reales y pertenecían a la guardia de élite del rey: los guardaespaldas personales, los mejores soldados del reino.
Vestían armadura completa y portaban un gran espadón, arma en cuyo manejo, por lo que sabían, eran expertos.
El espada real lo condujo hasta la cabeza de la línea de rogdanos que aguardaba para escapar.
Allí, una docena de soldados de Rogdon los recibieron y comenzó la huida.
Llegaron a lo que parecía un palacete. Entraron y descendieron al sótano.
Pasaron por varias habitaciones de almacenaje hasta llegar a una pared de roca que parecía inamovible.
El espada apretó tres piedras localizadas en diferentes lugares de la pared y, de pronto, con un crujido de piedra contra piedra, una puerta de roca se hizo visible.
Los soldados de Rogdon la empujaron y la puerta de roca se abrió. Encendieron antorchas y comenzaron a avanzar por un túnel muy oscuro. Lasgol miró hacia atrás y vio que otros soldados dirigían a los civiles para que los siguieran.
Una vez en el interior del túnel, Lasgol se dio cuenta de que era bastante parecido, tanto en anchura y altura como en longitud, al que habían usado para entrar en la ciudad.
Se preguntó qué habría al otro lado y si tendrían que luchar contra los soldados de Kraido.
Esperaba que no fuera necesario, pero, como siempre en aquel tipo de situaciones, y más viendo que los dragones venían a acabar con todo, tuvo un mal presentimiento.
No les iba a resultar tan sencillo abandonar la ciudad.
Mientras Lasgol recorría el largo túnel siguiendo a los soldados y al espada real que abrían camino, no muy lejos de allí Ingrid y Nilsa hacían lo mismo con otros y recorrían un túnel muy parecido.
Por desgracia, en su caso se encontraron con un problema tras avanzar un cuarto del túnel: parte de una de las paredes había cedido y se había derrumbado sobre el paso, impidiendo avanzar.
—Voy a ayudar a limpiar el paso —dijo Ingrid a Nilsa al ver que los soldados tenían dificultades para despejarlo y apuntalarlo.
—Yo tampoco voy a quedarme aquí mirando cómo trabajan otros —dijo Nilsa.
Las dos se pusieron manos a la obra para despejar el pasaje.
Gerd y Astrid, por su lado, se encontraron con que el suyo no tenía obstáculos, pero, cuando llegaron al final, hallaron la puerta de salida bloqueada y aquello hizo que toda la fuga quedara atascada.
Los soldados y el espada real que los dirigía intentaban abrir la puerta, pero, por mucho que empujaban, no conseguían que se moviera.
El que no tuvo ninguna dificultad para llegar a la salida fue Viggo.
El espada real y los soldados consiguieron abrir la puerta después del pasaje subterráneo y salieron a lo que parecía una casa de caza en medio de un bosque.
Viggo se agazapó y salió el primero, indicando al resto que aguardaran para ver si estaba despejado.
Por fortuna, la noche era cerrada y apenas se veían luces en el firmamento.
Se desplazó con rapidez fuera de la cabaña y entró en el bosque.
Una vez en el interior, se sintió como en casa.
Aquellos no eran bosques norghanos, sino rogdanos, pero un bosque era siempre el hogar de un Guardabosques.
Comenzó a recorrerlo con tranquilidad, con los dos cuchillos de asesino en las manos y ojos y oídos bien abiertos.
Sin embargo, fue el olfato el que le avisó del peligro.
Se detuvo e inspiró varias veces seguidas para captar el olor y su procedencia.
No tuvo demasiado problema: el olor a una hoguera y a algo de carne asándose en ella le llegó desde el este.
Se dirigió hacia allí agazapado, pasando entre los árboles y evitando arbustos y el boscaje que pudieran generar algún ruido.
Según avanzaba, llegó hasta un claro en el bosque donde había un grupo de soldados de Kraido sentados alrededor de una hoguera, preparando algo de comer.
Contó ocho soldados y los examinó con detenimiento.
Eran del rey dragón azul, de la raza Fatum.
Sonrió, aquello le facilitaba las cosas, o así lo entendía él.
No eran precisamente los más fuertes ni los mejores guerreros de entre todas las razas del mundo de los dragones.
Bellos sí que eran, y esbeltos, pero en combate aquello no era precisamente una ventaja.
Además, él rara vez se dejaba impresionar por belleza alguna, a no ser que fuera la de una buena cantidad de oro brillando a la luz del sol o de una antorcha.
Se quedó pensando qué más sabía de ellos.
Por lo que recordaba de las conversaciones que habían mantenido con sus aliados de la Escuadra Roja, los Fatum eran una raza con afinidad a la magia.
Eso sí le preocupó un poco. Luchar contra magos era siempre una complicación añadida, una que podía costarle un disgusto si no se andaba muy atento y preparaba bien los ataques.
Recordó también que eran ágiles. Esa era una combinación peligrosa, ya que alguien con agilidad y magia era alguien que podía crear problemas graves.
Los observó un poco más y comprobó que vestían como soldados normales, no como brujos de dragón.
Por lo tanto, dedujo que aquellos Fatum no tenían magia.
Darse cuenta de este hecho hizo que se relajara.
Si no tenían magia, acabar con ellos sería más sencillo.
Fue a actuar, pero su instinto y experiencia le recordaron que, si había soldados cenando, también habría otros vigilando alrededor.
Lo primero en aquel momento era encontrar a los vigías y eliminarlos.
Luego se encargaría de los soldados que disfrutaban de su cena nocturna.
Prefería no tener contratiempos como ataques traicioneros por la espalda surgiendo de entre los árboles.
Se dirigió hacia el norte, rodeando la hoguera por el interior del bosque sin que lo vieran.
No tardó en encontrar al primero de los vigías.
Estaba sentado sobre un tronco y vigilaba un camino estrecho que parecía llevar a la cabaña desde la que había salido.
Debían sospechar algo. Ahora entendía por qué había soldados allí y la posición de la hoguera: si querían salir del bosque, debían pasar por aquel camino. Tenía que despejarlo.
Se tumbó en el suelo y comenzó a arrastrarse como una víbora negra, sin hacer apenas el más mínimo ruido.
El vigía estaba mirando hacia el camino y Viggo se le acercó por el costado muy despacio, con la seguridad de quien es maestro en el arte de matar y de sorprender a sus víctimas cuando menos se lo esperan.
Se acercó hasta una distancia desde la cual ya podía realizar el ataque final y aguardó, respirando de forma contenida para no hacer ningún ruido.
El vigía bostezó. Ese fue el momento que Viggo aprovechó para ponerse en pie y saltarle encima con la velocidad de una pantera negra.
Le soltó dos tajos al cuello y el vigía cayó muerto sin saber lo que había sucedido.
—Uno menos —murmuró Viggo para sí mismo.
Un instante después seguía avanzando, esta vez agazapado, en busca del siguiente vigía.
Según sus cálculos y conocimientos habría al menos tres.
No le costó encontrar al segundo. Estaba al norte de la posición de la hoguera, y su función era vigilar que nadie sorprendiera a sus compañeros mientras éstos descansaban.
Viggo decidió usar otra estrategia para acabar con él, ya que vio que tenía un buen ángulo de ataque.
Guardó uno de sus cuchillos y sacó su daga de lanzar.
Se puso en posición de tiro con cuidado de estar los suficientemente cerca y de no hacer ruido, y aguardó agazapado a que el momento fuera oportuno.
Una lechuza ululó y el guardia miró hacia arriba.
Viggo se puso en pie y soltó un latigazo con su brazo derecho.
La daga se le clavó al vigía en el cuello con un sonido hueco.
Por un instante, el guardia no supo qué sucedía.
Se quedó sorprendido y se llevó la mano al cuello. Un momento después moría en el suelo.
Viggo se acercó con rapidez y sigilo y extrajo la daga del muerto.
—Ya solo queda uno —murmuró de nuevo.
Comenzó a buscarlo como un perro de presa. Localizar a este último le llevó algo más de tiempo, ya que estaba justo en el lado contrario. Se acercó arrastrándose, con sigilo, y se puso a distancia de ataque. No se precipitó, aguardó para ver qué hacía el soldado y buscar la mejor forma de atacar.
Este vigía estaba de pie, observando hacia la distancia y atento.
Esto le dificultaba un poco las cosas. No podía permitir que diera la alarma y que los otros soldados de la hoguera pudieran pedir refuerzos.
El guardia miró en su dirección, pero, como Viggo estaba a ras de tierra detrás de unos matorrales, no pudo verlo. Sin embargo, él sí podía ver al vigía.
La ventaja era suya, así que no lo pensó más.
Se puso en posición de salto, agachado, y cuando el vigía miró hacia el lado contrario, Viggo dio un brinco tremendo, saltó por encima del matorral que tenía delante y derribó al soldado.
En cuanto tocó el suelo, el guardia intentó gritar abriendo la boca, pero Viggo se lo impidió: le clavó un cuchillo hasta la garganta y con el otro le cortó el cuello. El vigía murió en un instante.
Viggo se dirigió a continuación a encargarse de los soldados de guardia en la hoguera. Se situó lo más cerca que pudo sin ser descubierto, de forma que pudiera lanzar un ataque rapidísimo. Se preguntó si aquellos soldados de Kraido, en realidad, podían ser rebeldes y matarlos sería un error.
Negó con la cabeza. Si fueran rebeldes no estarían allí, deberían haber desertado ya. Por lo tanto, tenía que asumir que eran soldados leales a los dragones. Esa deducción fue todo lo que necesitó para acallar su conciencia, una que rara vez aparecía.
Observó un momento más y aguardó hasta que varios de ellos se tumbaron a descansar, dejando solo a tres junto a la hoguera. No tenía demasiado tiempo, ya que debía despejar el camino o no habría suficiente margen para evacuar a todos los de su salida.
Cogió carrerilla y, cuando una nube tapó la luna, salió como una exhalación a por los tres soldados que estaban sentados. Atacó encarándolos por la espalda o, como él solía verlo, desde la trayectoria más letal. Ninguno de los tres se percató de que el asesino llegaba a la carrera a por ellos.
Soltó una patada tremenda en la nuca del que estaba en el centro, que cayó hacia delante con el cuello roto.
El que estaba a la izquierda se giró y Viggo le clavó el cuchillo en el cuello.
El de la derecha se levantó sorprendido.
El asesino lo acuchilló primero en el estómago, forzando a que se doblara hacia delante, y luego en la boca, cuando la abrió para dar la alarma, cosa que no consiguió.
Los tres soldados murieron en un momento.
Dos de los otros se percataron de que algo sucedía y se levantaron.
Al primero, Viggo le dirigió la daga de lanzar y le alcanzó en el ojo derecho.
Hacia el segundo corrió de frente y, según abría la boca, le lanzó el cuchillo de la mano derecha, que le golpeó con el mango en mitad de la frente con tremenda fuerza. El soldado cayó sin sentido al suelo.
Viggo llegó hasta él, recogió su cuchillo y se lo clavó en el corazón.
Se giró con rapidez y, al primer soldado que se levantaba, le soltó dos tajos al cuello.
Los otros dos se levantaron, pero Viggo barrió al primero de una patada forzando a que cayera, y al segundo le soltó un fuerte rodillazo en el estómago, dejándolo sin aire.
Con un segundo movimiento de ataque, los mató a los dos con tajos certeros y potentes.
Una vez estuvieron todos muertos, Viggo guardó sus cuchillos, recogió su daga de lanzar, que también guardó, y observó su trabajo de aquella noche.
—No ha estado nada mal. Sigo siendo el mejor asesino de Tremia —se dijo, lleno de orgullo y sintiéndose el mejor.
Un instante después volvía hasta la cabaña para indicar al espada real que todo estaba despejado.
Los ciudadanos de su salida podían comenzar la huida.